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Era una horrible noche de tormenta. El Going Merry se sacudía con violencia, el agua de lluvia entraba por todos los recovecos de la nave y tras atar los objetos de la cubierta tuvieron que ponerse a achicar el agua. Pero en medio de todo ese infierno semi sumergido, sin ningún lugar seco, surgió Nami desde el camarote donde Zoro descansaba. Pese al estruendo de los rayos y el infernal ruido de la tormenta todos se giraron para ver qué tenía para decir. En especial Luffy, quién sintió que en el galopar violento de la situación el corazón se le iba a salir del pecho. La angustia le hizo un nudo en la garganta, ya que la muchacha no saldría a mojarse si no fuera algo importante. Por un momento pensó que iba a ponerse a llorar, tal era el gesto de la navegante. Se obligó a retener la calma y escuchar lo que ella tenía que decir.
—Zoro murió —la mirada de ella estaba fija en los ojos marrones de su capitán— y es tu culpa, Luffy.
Despertó de súbito, sobresaltado y angustiado. Tal vez gritó, porque Usopp, desde su hamaca, le había arrojado un zapato. Qué horrible pesadilla. Luffy permitió que el aire escapara de sus pulmones con alivio. Solo había sido un sueño. No obstante, la angustia en su pecho permanecía como una daga clavada en el corazón.
En su inocencia pensó que un bocadillo de medianoche despejaría esos sentimientos angustiantes, así que se puso de pie, se calzó y caminó hacia la cocina. La luz estaba prendida, así que no le sorprendió encontrar a Zoro quien buscaba una nueva botella de cerveza. Este giró y lo miró, porque su capitán se había quedado estático en medio del lugar.
Luego ocurrió lo impensable, pero también lo inevitable. Luffy lo abrazó con fuerza, con tanta que la herida que le había dejado Mihawk comenzó a escocerle un poco. Zoro dejó la botella sobre la mesa y correspondió el abrazo, sin saber bien qué hacer, pero con muchas ganas de saber qué le pasaba a Luffy, porqué lucía tan angustiado y porqué ese abrazo de imprevisto.
—¿Qué pasa, Luffy? —preguntó en sus brazos cálidos. Era reconfortante estar así.
—Tuve una pesadilla horrible —reprimió las lágrimas y hundió la cara en el cuello del espadachín. Olía a acero, a sangre ya seca y acumulada por el tiempo—. Soñé que morías.
—Bueno, pero estoy vivo. —Le acarició la nuca, en pos de tranquilizarlo y enredó los dedos en esa cabellera desordenada. El corazón le latía desbocado a mil por hora. Se sintió mal, pero a la vez se deleitó al pensar que tal vez el sentimiento que abrigaba era correspondido.
—Me muero contigo si te pasa algo, pero… —dijo mirándolo a los ojos, a escasos centímetros de sus labios— nunca me interpondré en tu sueño.
—Lo sé, ya lo hablamos. —Eso era cierto, habían charlado al respecto, largo y tendido, pero en esas circunstancias, las palabras cobraban otro matiz.
Zoro no lo resistió más, tanta cercanía, sentir el aliento cálido de su capitán en la boca, decidió que era un buen momento para darle ese beso que había querido robarle desde que este le despertó en la cama de Nami. Por algún extraño motivo Luffy comenzó a llorar, a la par que sentía el suave roce de los labios de Zoro. Era un beso que sabía a lágrimas y a alcohol.
—¿Qué haces? —preguntó Luffy en su inocencia, y esa abertura de boca fue suficiente para que Zoro le metiera la lengua y lo saboreara a sus anchas, rudo como era él, lleno de un deseo que lo quemaba por dentro.
—Te quiero, Luffy. —confesó, tomando apenas distancia de sus labios. Con amor le secó las lágrimas que ya no brotaban de esos inmensos ojos color café.
—Yo también te quiero Zoro, pero… —balbuceó, quizás un poco confundido. Zoro intentó besarlo en la boca de nuevo, no obstante, su capitán lo detuvo.
—¿No te gustó que te besara? —Trató de tomar algo de distancia en el abrazo, descorazonado por haber malinterpretado todo, pero su capitán se lo impidió, apretándolo de nuevo contra sí, cuidando de no volver a hacerle doler la herida.
—No es eso, no sé. Lo único que sé es que necesito tenerte cerca, no me sueltes. Sigue abrazándome, Zoro.
—Siempre haciéndome la vida complicada, Luffy —terció con una media sonrisa algo socarrona. Le dejó un beso en la frente y otro en la sien derecha—. ¿Los besos así sí te gustan?
El capitán se limitó a asentir levemente mientras Zoro seguía besándole la cara, las mejillas, los párpados cerrados y, ocasionalmente, los labios. Le dejó uno en el cuello, haciéndole cosquillas. Las manos callosas de su primer tripulante le acariciaban el rostro y la espalda, debajo de la camiseta.
(...)
Los días pasaron en altamar. Cada tanto Zoro se animaba a robarle un beso a su capitán cuando nadie veía y este correspondía sonriéndole con cierta timidez, como si no entendiera qué buscaba de él haciendo esas cosas raras de novios.
Las pesadillas seguían acosándolo y los zapatos de Usopp eran pesados. Una noche se levantó después de tener una, pero extrañamente no fue a la cocina a buscar su bocadillo, en cambio miró hacia al cuervo, en donde seguro estaba Zoro.
Lo buscó, como si tratara de cerciorarse de que estaba vivo, de que seguía con ellos en la tripulación. Cuando escaló cual mono y Zoro lo vio, este dejó la botella a un lado y abrió los brazos para recibirlo de lleno. Luffy se acurrucó en ellos sonriente.
—Hola, Zoro —lo saludó aferrándose a la camiseta de su tripulante.
—¿Otra pesadilla? —consultó el espadachín, Luffy solo asintió.
Zoro le besó la cabeza y luego le buscó la cara, para dejarle uno en la punta de la nariz. Luffy rio despacio, aquello era extraño. Todo lo que hacía su espadachín era raro, pero agradable. Así comenzó la sesión de caricias mutuas. El capitán lo tocaba como si buscara asegurarse de que era real y no un sueño. Terminó sentado sobre las piernas del espadachín y abrió grande los ojos cuando sintió la dureza entre las nalgas.
—Zoro… —reclamó como si el otro hubiera hecho algo malo.
—Lo siento, Luffy —dijo derrotado, lo había descubierto—, es que me gusta besarte. Me gusta mucho y bueno, mi cuerpo… reacciona.
Luffy dejó de lado la cara seria para reírsele, divertido como un niño. Saltó un poco sobre la erección del espadachín, jugueteando. Aquello era interesante, no sabía que podía lograr eso con su primer tripulante. Ya no eran besos castos y puros los que se daban.
—¿Te gusta?
—Deja de hacer eso, Luffy —lo retó, tomándolo de la cintura, pero el otro seguía moviéndose, ahora de atrás hacia adelante, torturándolo—. Si sigues comportándote como un niño… —Se quedó a medio decir, la verdad es que lo que hacía Luffy no era nada infantil.
—¿Qué? —lo retó.
—No respondo de mí —le mordió el cuello, arrancándole un quejido—. Oye, alguna vez… ¿estuviste con alguien?
—¿A qué te refieres?
—A si has tenido sexo antes.
—¿Vamos a tener sexo? —Lo miró con los ojos bien abiertos y ya mecerse sobre él dejó de parecerle divertido.
—No, no sé… —negó con la cabeza confundido— depende de que si quieres.
—Yo no estuve con nadie de esa forma, ¿tú sí? —curioseó, recibiendo un beso en la barbilla.
—He tenido mis aventuras —confesó lamiéndole el lóbulo de la oreja para después susurrarle—, pero puedo esperar. No sé cuánto tiempo más, Luffy, porque me estás volviendo loco.
El mentado se estremeció de pies a cabeza, porque lo susurrado en su oído había sonado casi a una amenaza y a la vez había sido muy sensual. Luffy se dio cuenta de que estaba jugando con fuego, así que salió del lugar y se sentó al frente de él en posición de indio.
—Si es contigo, no me molesta —terminó por reflexionar Luffy.
—No tiene que ser hoy y ahora —le aclaró.
—Lo sé —asintió—, no pensaba en eso. Pero pienso en que quizás deberías enseñarme algunas cosas —comentó serio, pero de nuevo jugueteando.
—Cosas cómo… ¿cómo qué?
—Nunca hice el amor, Zoro —se encogió de hombros—, pero si es contigo, quiero hacer esas cosas.
Si seguían hablando de “cosas” no sacarían nada en limpio, así que Zoro optó por probar una… cosa . Le tomó la mano a Luffy y se la acomodó sobre su entrepierna todavía dura. Luffy apretó un poco, sabía lo que era tener una erección, tampoco era idiota.
—¿Cosas como estas? —En su interior Zoro sabía que tenía que ir despacio, pero se moría de ganas de que algo más pasara— ¿Te gusta tocarme?
—Me gusta —asintió con vehemencia, con la de un niño con juguete nuevo, sin quitarle la mirada de encima a la erección que él mismo había originado, Luffy era consciente de eso.
—Si la saco… ¿me tocarías igual?
—¿Si te sacas qué?
Zoro rio despacio, apenas lanzó unas carcajadas roncas. Luffy era todo un tema, le daba hasta ternura la inocencia de su capitán, tanto como ardor. Tocarse solo ya no le bastaba así que le respondió a la par que bajaba la pretina de su pantalón.
—La verga —cuando dijo esa palabra Luffy lo miró como si hubiera dicho algo malo—, si la saco… ¿me tocas?
Luffy suspiró, pensó y asintió. Zoro estaba que se reía, que lo mataba, que se lo comía a besos. No sabía. Con el pene alumbrado a media luz por la luna, Zoro le tomó la mano y lo guió en la masturbación. Lo hacía despacio, subía y bajaba con lentitud. Zoro retenía los gruñidos y entrecerraba los ojos deleitado con la sensación. Cuando ya no pudo contenerse más, lo instó a que lo masturbara con fuerza y rapidez. No era capaz de pedirle más que ese tipo de caricia osada, de hecho hasta estaba satisfecho. Así lo sintió cuando tomó la manta y la usó para eyacular sobre la tela.
—Listo —dijo Luffy satisfecho de su propio trabajo mientras se limpiaba la mano con el pantalón.
—¿No quieres que te toque igual? —consultó Zoro con la voz entrecortada por el orgasmo.
—No tienes porqué hacerlo, Zoro —se negó con dulzura—, puedo encargarme yo.
—Pero quiero, ¿puedo? —consultó; debía ir con tacto para no espantarlo.
Luffy en respuesta apoyó las palmas de las manos hacía atrás y ofreció la pretina de su pantalón. A Zoro le gustó ver que su capitán ya estaba duro, porque aunque era inocente sí disfrutaba del trato.
No perdió el tiempo, él lo masturbó con las dos manos, arrancándole suspiros. Le encantaba verle el rostro, era como si Luffy estuviera comiendo el mejor manjar de Sanji. Tenía la misma cara de placer. Cuando el pene se puso tan tieso que hasta por la punta salían las primeras gotas, Zoro abrió la boca y se encorvó para que el semen eyectado fuera a dar a su garganta.
—¿Lo tragaste? —consultó Luffy al verlo incorporarse sin una mueca de asco.
—No quiero ensuciar tanto el lugar donde duermo.
—Eso Zoro, ¿por qué nunca estás en el camarote con nosotros?
—Ya te dije, Luffy. Alguien tiene que vigilar que no aparezca la marina.
—Oye —curioseó volviendo a los brazos de su espadachín sin acomodarse las ropas—, ¿sabe feo? ¿A qué sabe?
—¿El semen? —preguntó y sintió como Luffy asentía contra su pecho adolorido— Ya vas a saberlo.
Luffy se incorporó de golpe y lo miró de reojo con suspicacia, acaso ¿quería más de él? Tranquilidad, señor, hasta ayer se masturbaba una vez por año y no besaba a nadie. Demasiadas emociones por un día.
—Pero hoy no —aclaró Luffy con voz finita.
—Sabe horrible, de todas formas —dijo Zoro y se recostó en el piso trayendo a Luffy sobre él—. Quédate a dormir conmigo, por si tienes otra pesadilla.
—Pensaba quedarme aunque no me lo pidieras.
Luffy bostezó y sobre el cuerpo de su espadachín logró conciliar el sueño. En esa posición Zoro no podía ver el mar, pero decidió que era un buen momento para descansar un poco los ojos, así que los cerró y dormitó.
(...)
Una noche un sueño peculiar despertó a Luffy a mitad de la madrugada; en dicha quimera Zoro peleaba contra Mihawk, pero ganaba. Era raro, porque Zoro no lucía como siempre: tenía un kimono verde, le faltaba un ojo, tenía cicatrices en todo el cuerpo y sus técnicas eran diferentes. Como fuera, no había soñado que moría. Era como si los besos que esporádicamente le daba su espadachín hubieran alejado de sí esos temores, al menos por esa noche.
Se levantó, porque estar despierto implicaba siempre tener hambre, así que caminó hasta la cocina para ir en busca de algún refrigerio. Sanji siempre cuidaba de dejarle algo preparado porque ya había aprendido sus mañas.
—Zoro, ¿qué haces? —dijo con cierta emoción cuando lo vio.
—¿Tú qué haces aquí a esta hora? —consultó tomando un trago de la botella que acababa de robar.
—Soñé de nuevo contigo.
—¿Soñaste que me moría otra vez?
—Soñé que le ganabas a Mihawk —levantó los brazos al cielo, quiso gritar, pero Nami pegaba fuerte cuando la despertaban a medianoche—. Vine a ver si un bocadillo me devolvía el sueño, quiero comer algo.
—Yo te voy a comer a ti, enterito —bromeó Zoro con seriedad, pero lo hizo realidad porque enseguida lo tomó de la cintura, lo tumbó sobre la mesa para irsele al humo. Empezó a besarlo con pasión. No eran los típicos que le daba durante el día, era uno fogoso, casi violento.
Con la libido a flor de piel, porque claro, tanto beso y toqueteo lo estaban volviendo loco de deseo, Zoro comenzó a estimularlo acariciándole la entrepierna por encima de la tela del pantalón hasta lograr ponerlo duro. Le daba algo de gracia, porque Luffy parecía seguir el ritmo sin saber bien qué hacer; disfrutaba del trato porque seguía las caricias con ondulaciones de cadera, buscándole las manos, besándolas cuando pasaban cerca de su boca. Luffy se dejaba hacer, correspondiendo con ligeros gestos el trato de su tripulante. Con las pupilas dilatadas y una mirada cargada de deseo le dio el visto bueno a Zoro para ser más osado.
Al capitán la piel se le erizó cuando su espadachín le bajó la pretina del pantalón para masturbarlo. Esa primera vez en el cuervo había sido espectacular, así que Luffy ya sabía de sobra que el espadachín sabía cómo complacerlo, pero cuando sintió uno de los dedos de Zoro acariciarle el ano, sintió miedo y emoción a partes iguales.
—Te va a doler un poco. —Le dijo Zoro al verle la cara. Se veía hermoso con el rostro todo sonrojado y los ojitos bien abiertos.
—No importa… quiero hacerlo.
Y así, el dedo que exploraba la zona logró adentrarse en el interior de Luffy. Apretaba, y mucho. Zoro pensó que quizás su capitán se encontrara nervioso, así que, sin sacar la falange, volvió a subir para robarle un nuevo beso al chico, que lo recibió gustoso. Zoro aprovechó que Luffy estaba un tanto distraído para insertar el dedo medio.
—Relájate entonces, que si sigues apretando, no voy a poder. —Zoro movió los dedos acariciándole la próstata.
Luffy exhaló un tímido gemido de placer y se tapó la boca tratando de cohibirse, sin embargo Zoro quería más. Dejó de besarlo para volver a atender la erección de su capitán y se deleitó al ver cómo este se revolvía de placer cuando empezó a lamerlo desde los testículos hasta la punta del glande. Luego Zoro engulló todo el falo hasta el fondo de su garganta y succionó hasta sentir el semen en la boca. Tragó hasta la última gota. Aún así, Luffy seguía duro.
Zoro era un hombre directo, de armas tomar, por lo que le sacó el pantalón, le mordió el cuello y buscó algo en la cocina con qué lubricar. No fue difícil y untándose un poco de vaselina en el pene -¿para qué querría el cocinero tener vaselina en su cocina?- se bajó los pantalones a la altura de la rodilla.
Volvió a la carga, a situarse sobre su capitán para mordisquearle el cuello y levantarle la camiseta, quería lamer sus tetillas antes de penetrarlo, quería tenerlo muy a tono. Lo logró, porque Luffy gemía cada vez más alto con las caricias, así que Zoro apoyó la punta del glande en la entrada del orificio y empujó sin contemplaciones. Luffy se dejaba hacer, no sabía bien cómo actuar, solo podía disfrutar del trato hosco de ese hombre. De la íntima comunión, de sentirlo dentro suyo.
Zoro empezó a meter y sacar el pene, al igual que hacía con la lengua en la boca de Luffy. Cuando quiso darse cuenta, entre tantos toqueteos, Luffy se había vuelto a descargar sobre su vientre, así que el espadachín no perdió el tiempo y aumentó la cadencia, viendo pequeñas gotas de sudor en la frente de su amante. El orgasmo fue liberador, fue como quitarse un peso enorme de encima. Llenó las entrañas de Luffy quien aún jadeaba, presa de todo el torrente de emociones que había vivido. Y eso que solo había ido por un bocadillo.
—Bueno, esto fue mejor que la comida —reflexionó cuando Zoro le sacó el pene de adentro y le acomodó la ropa con una dulzura inusitada.
—Vaya, puedo tomar eso como un cumplido —bromeó serio—. Entonces… ¿Ya no tienes pesadillas? —consultó, le agradaba no ver en esa carita hermosa la angustia. Una con la que Luffy solía contarle la pesadilla de turno cada vez que se levantaba de madrugada y se encontraban en la cocina. Ya no había lágrimas, sino una hermosa y gran sonrisa de satisfacción.
—No, ya no tengo pesadillas. —Luffy salió de un salto de la mesa pensando en algo loco: que durante el fugaz pero intenso encuentro se había sentido vivo como nunca. Esperaba que Zoro se sintiera igual, porque había sido maravilloso.
Más tranquilo y con un escozor en su parte baja, Luffy despidió a Zoro con un beso en los labios y se fue a dormir. Ya no más pesadillas; no volvió a padecerlas desde entonces y si tenía sueños feos sabía que podía recurrir a los brazos reconfortantes de su espadachín.
