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Festín en tiempos de plaga

Summary:

El hambre y la plaga asedian un pequeño poblado de Rusia.

Alexander Pushkin, uno de los hijos de la familia más influyente del pueblo, ignora todos los calvarios a su alrededor para sufrir de cuestiones que para los moribundos sería un privilegio: un amor prohibido que jamás podrá ser correspondido. No sólo ama a un hombre, sino que se trata del sacerdote y doctor del pueblo: Fyodor Dostoyevsky.

Su familia, rendida con su oveja negra, le ha pedido una única cosa: «Jamás le entregues tu sangre a nadie». Y, a pesar de ello, Fyodor luce tan inocente cuando quiere analizarle la sangre en búsqueda de la plaga…

Notes:

Escrito para el desafío "AttackOfVampire" de la página "El hiatus nos canceló: el antro nopor de fanfics y husbandos 2D".

Quizá encuentren a lo largo del fic alguna que otra (in)necesaria referencia al Pathologic... Lo jugué para ambientarme en un pueblo asediado por la plaga y había que rendirle honor (?

El título es el mismo de una de las obras de teatro del autor de Pushkin y la idea del fic está inspirado en el mismo.

Chapter Text

En el sendero que llevaba a la iglesia, Fyodor, el nuevo sacerdote del pueblo ya hace unos meses, comenzó a persignarse. Era en ese momento, en el cual las pestañas le ocultaban la mirada para acompañar el gesto, que podía contemplar tanto como quisiera la belleza de dicho sacerdote. Los dedos de marfil dibujaban una cruz imaginaria en un gesto preciso, elegante, más digno que aquello que el pueblo merecía presenciar; las pestañas largas y negras se revelaban incluso más largas que las de las mujeres; y el halo de la mañana lo bañaba de tintes dorados mientras las hojas de las mismas tonalidades caían a su alrededor, como si Dios estuviera complacido con su siervo. Su belleza era más solemne que cualquier rezo. Ah, ¡cómo le fascinaba! En el mundo no existía más nada hasta que aquellos ojos se abrieron y temió que lo descubriera observándolo. Pero ¿por qué se persignaba en medio del sendero? Siguió la mirada del sacerdote: el carruaje que cargaba con los muertos de la plaga.

Imitó el gesto con la esperanza de que Fyodor lo notara.

—Cada vez son más frecuentes —opinó cuando se acercó a él, mientras observaba el carruaje alejarse.

—Antes de venir a este pueblo me habían dicho que la plaga no estaba tan presente —respondió Fyodor—. Pero supongo que ya no hay pueblo que aún no haya sido mancillado. ¿Has venido a la iglesia?

—Sí —respondió, sin saber más que decir.

En realidad, no había nada que le interesara menos que la religión. Incluso lo que había sido su estilo de vida usual la contrariaba. Hace unos meses, no se habría encontrado a sí mismo pulcro, vestido de un traje elegante, usando un sutil perfume, caminando hacia la iglesia quizá para discutir si requería de más fondos, de su ayuda en algún evento, o si podía colaborar de algún modo. Se habría encontrado todavía durmiendo, apestando a alcohol, junto a algún hombre joven. Y así había sido hasta que conoció a Fyodor.

Fyodor había aparecido en la casa de su padre presentándose a sí mismo como el nuevo sacerdote del pueblo. Y no bastó más que un cruce de miradas para que se sintiera abrumado por su presencia. Se hacía llamar a sí mismo sacerdote, pero era distinto a los que siempre había visto: el cabello lacio le rozaba los hombros, en su rostro pálido no había rastro de vello, y la túnica acentuaba una figura delicada. Y, a pesar de su aparente juventud, también ejercía la medicina. Entre tanta muerte, era como la aparición de un ángel. Y al igual que lo divino, era inalcanzable.

—Lamento informarte que hoy la iglesia se mantendrá cerrada. Debo visitar a unos pacientes. Tengo varios que visitar, así que temo que no la abriré el resto del día.

Fyodor caminaba mientras hablaba, como si el tiempo del día se le escurriera de las manos más pronto que para el resto de los mortales.

—¡Usa mi carruaje! —se apresuró a decir, siguiéndole el paso.

—Siento que me aprovecho demasiado de tu amabilidad —confesó Fyodor—. Puedo caminar.

—No, insisto —respondió—. Las calles se han vuelto peligrosas últimamente, y tampoco será de utilidad que hagas visitas estando agotado.

Fyodor detuvo sus pasos apresurados.

—Si insistes…

Su espíritu brincaba de alegría mientras lo acompañaba al carruaje y lo ayudaba a subir. Y cuando lo tuvo frente a él en un diminuto espacio confinado, su propio corazón lo atormentó. Extrañaba aquellos días donde Fyodor no era más que una novedad con la cual deleitar sus ojos, que si quería podía ignorar en pos de algún muchacho que estuviera más a su alcance, pero en algún momento, lo que había comenzado como nada más que la familiar y comprensible lujuria, se había degradado en algo más difícil de satisfacer.

Más allá de unas simples palabras sobre las locaciones de las casas de los pacientes o si se estaba adaptando al pueblo, no pudo conversar más con él. Este debía pensar que era un idiota al verlo balbucear y comentar cuanta trivialidad se le ocurriera. Pero por más que temblara y le costara verlo a los ojos, en su interior la felicidad desbordaba por el simple hecho de tenerlo tan cerca.

Que se aprovechara tanto de su amabilidad como quisiera que cualquier gesto suyo era una bendición, aunque también era una condena; cada gesto lo dejaba con un hambre imposible de saciar. ¿Qué pensaría Fyodor si supiera el origen de todas sus bondades? No sólo ambos eran hombres, sino que, como si Dios lo despreciara por la vida que había llevado, Fyodor era un sacerdote, y uno que merecía sus vestiduras. Ayudaba incluso a aquellos que no profesaban sus mismas creencias, servía a los enfermos sin esperar nada a cambio, e incluso ahora que la comida escaseaba, rechazaba cenar con él, diciendo que en aquellas épocas no se debían realizar ese tipo de fiestas. Era modesto, gentil, inmaculado, un santo entre los santos. Y por ello jamás podría poseerlo. Lo único que lo consolaba era que jamás tendría que ver a Fyodor casarse.

Si no fuera el hijo de una de las familias más influyentes del pueblo que, además, le daba fondos a la iglesia, ¿acaso Fyodor repararía en él? ¿Acaso esas pequeñas conversaciones existirían? ¿Acaso sus encuentros se darían sin otro motivo que la iglesia?

En lo más profundo, sabía que Fyodor lo soportaba por conveniencia. Ni su propia familia lo quería; no era más que la oveja negra que a su edad todavía no se había casado, era inútil en los negocios familiares, y se juntaba de compañías que hacían que las personas susurren a su espalda. ¿Ya le habrían comentado a Fyodor los rumores que circulaban sobre él? ¿Los motivos por los que no se casaba, con quiénes se juntaba, cómo pasaba los días?

Fyodor podría saberlo, y no importarle. ¿Era capaz de existir alguien cuya gentileza ignorara tales transgresiones a la virtud? Mas podía ser como su amigo le había dicho: una máscara de falsedades.

 

Por la noche, recibió la noticia de un visitante: el sacerdote del pueblo esperaba en el portón. Exigió que se lo dejara pasar y, tras peinar los pocos cabellos que le quedaban, corrió a recibirlo.

Fyodor lo esperaba en el umbral, y, bajo la luz de la luna, su adorable rostro resplandecía con un fulgor plateado. Al verlo, Fyodor lo saludó con una de sus leves sonrisas. ¿Cómo podía decir el desgraciado de su amigo que aquella era una máscara de falsedades?

—He venido a devolverte el carruaje. Mmmh… —murmuró Fyodor, y se mantuvo en silencio un instante, como si pensara qué decir, tras lo cual volvió a hablar con cierto recato—: ¿Podría pasar unos momentos? No tengo mucho que ofrecer, pero me gustaría agradecer tu gentileza de algún modo.

¿A qué se refería? Su corazón se estremeció, doloroso, aún más excitado de lo que se había puesto ante la noticia de la visita. Por supuesto, estaba malinterpretando las inocentes palabras del sacerdote. ¡Pero cómo anhelaba que sus interpretaciones no fueran erróneas! Asintió y lo dejó pasar, tras lo cual le pidió que lo acompañara a su estudio. Allí estarían solos, por si acaso.

El cuerpo le temblaba y sentía que los colores le invadían las mejillas. Las palabras de Fyodor no dejaban de parecerle una extrañeza mientras caminaba junto a él hacia el estudio. Al espiar a Fyodor, este sólo contemplaba curioso las decoraciones y se mantenía apacible como de costumbre, sin emoción alguna que perturbara sus facciones. Debía ignorar por completo los pensamientos que aquellas palabras, de momento inocentes, habían despertado en él. Le abrió la puerta del estudio, y, tras dejarlo pasar, se dejó caer rendido sobre el sofá, incapaz de continuar sobre sus piernas temblorosas. ¿Qué quería? ¿Tan difícil era hablar con claras intenciones? ¿O acaso era algo que no podía pronunciar frente a sus sirvientes?

—¿Cómo te has sentido últimamente? —preguntó Fyodor.

—Bien —contestó. Frunció los labios; quizá había sido demasiado brusco con su respuesta y debió decir algo más.

—Me alegra —respondió Fyodor y dejó su maletín sobre la mesa de centro frente al sofá—. Con el aumento de casos de personas enfermas me preocupaba que te vieras afectado. De todas formas, uno nunca puede estar seguro. Me gustaría realizarte un examen de sangre para comprobar que todo esté bien.

Palideció de repente.

Su familia lo ignoraba y lo rechazaba. Su padre había comenzado a tenerlo un poco más en consideración desde que comenzó a mostrar interés en la restauración de la religión del pueblo y en su reciente participación de la comunidad, pero había aprovechado algunos de sus encuentros para recordarle la única petición con la que esperaba que jamás lo defraudara.

«Jamás le entregues tu sangre a nadie».

No era como si las ocasiones de entregar sangre fueran frecuentes, pero debido al aumento de enfermos podía ocurrir que alguien exigiera que se lo examinase. Y, para su desgracia, Fyodor cada tanto insistía en hacerlo. No quería ofenderlo; cuando Fyodor aguardaba por su respuesta, en absoluto silencio, inclinaba levemente la cabeza y el cabello le rozaba el hombro como si un pintor así lo hubiera concebido y aquel rostro representara la mismísima inocencia. Era un lirio blanco que jamás había sido manchado por pecado alguno. ¿Cómo podía decirle que no cuando lo miraba de semejante forma? ¿Cómo podía dudar siquiera del querido sacerdote que sacrificaba sus días reconfortando a los enfermos?

Además, ¿cuántas ocasiones se presentaban en las que podía sentir aquellas manos sobre él?

—Está bien, pero recuerda no decirle a nadie o alguien del pueblo podría quejarse —contestó, rendido. No era como si su padre fuera a enterarse, y con tantos enfermos exigiendo la atención de Fyodor a él tampoco le beneficiaba que se supiera. Se quitó el traje y se arremangó la camisa mientras Fyodor estiraba unos guantes sobre aquellos delicados dedos.

—No te preocupes, nadie lo sabrá.

Fyodor se sentó junto a él y le estiró el brazo, exponiendo los senderos azules hacia arriba. Preparó la zona, tras lo cual le clavó la aguja.

Estaba tan cerca. Otro de los aspectos que lo incitaban una vez más a la desobediencia de su familia era aquella cercanía, y se atrevió a mirarle el rostro mientras Fyodor se encontraba distraído en la extracción de sangre. Siempre lucía tan pálido, a tal punto que el contorno de los ojos adquirían un gris azulado, pero hoy las mejillas le resaltaban con un encantador tono rosado. Tan fascinado estaba por aquella belleza que siempre la estudiaba, y había notado que el rubor siempre se daba cuando le extraía sangre. Esperaba que aquel rubor no ocurriera con otros pacientes, y fuera sólo él quien lo causara.

Al terminar la extracción, Fyodor se inclinó sobre él. ¿Era este, en realidad, el agradecimiento a su gentileza? Lo aceptaba, ¡que obrara como quisiera! El rostro de Fyodor se posó entre su cuello y su hombro, y escuchó un jadeo ahogado, como si no quisiera que lo escucharan. Y Fyodor permaneció allí, sin obrar de forma alguna.

—¿Te encuentras bien? —preguntó entre tartamudeos.

—La aguja… no la dejes caer —murmuró Fyodor.

Obedeció, y la tomó con cuidado de una mano que pronto cedió ante su propio peso y cayó al ver cumplida su voluntad.

Dejó la aguja sobre la mesa frente al sofá, y, con tanto cuidado como sus manos temblorosas se lo permitieron, alejó a Fyodor de su cuerpo. Aquellas mejillas rozagantes ahora ardían, y la mirada parecía un tanto perdida, como víctima de un éxtasis febril. La expresión le recordaba a aquellas que tanto había visto en sueños de los que nadie podía ser su confidente.

Pero a diferencia de sus sueños, aquel estado debía diferir en las causas.

—¿Acaso… te has contagiado? —preguntó con terror.

—Oh, no —contestó Fyodor, y sostuvo la cabeza con la mano—. No es más que fatiga. Perdón por asustarte. La sangre… ¿dónde está?

—Sobre la mesa —respondió, sin quitarle la vista de encima. Incluso en agonía era hermoso, con aquellos jadeos inauditos, y los ojos perdidos y entrecerrados. Pero no podía dejar de desconfiar en sus palabras. ¿Podría tratarse en verdad de fatiga?

—Necesito un momento —dijo Fyodor.

Fyodor se acostó sobre el sofá con las rodillas levantadas mientras se cubría los ojos con el brazo. Siempre era tan elegante y pudoroso que verlo en tal posición, como si de repente ignorara por completo su presencia, era toda una extrañeza.

—No me mires así —dijo Fyodor sonriendo, mientras cruzaba un poco las rodillas y las atraía levemente hacia el cuerpo. El gesto le pareció un tanto provocativo, pero Fyodor era incapaz de tales actos, por más que su extraña sonrisa pareciera indicar lo contrario. Como si se hubiera tratado de un error, aquel semblante se tornó sombrío—. Mi cuerpo es bastante débil —explicó—, y el aumento de enfermos ha hecho que me sobreexija. Deja de verte tan preocupado. En unos instantes me recuperaré y podré marcharme.

—¿Qué? No puedes irte en ese estado —se apresuró a decir—. Quédate a dormir. —Ante los ojos inocentes que lo observaban agregó entre tartamudeos—: Pediré… pediré que te preparen un cuarto. ¿Quieres comer algo?

Fyodor le dio una de sus adorables sonrisas y negó con la cabeza.