Chapter Text
Un mero estornudo fue la primera señal que avecinaba un posible desastre. Que Kiyoi estornudase era una alarma en sí, como una especie de aviso de que un resfriado amenazaba con dejarlo enfermo en cama durante un par de días. Hira no permitiría que ningún cambio atmosférico osase tumbar a su amado. Iba a tener que tomar cartas en el asunto lo antes posible.
Su estrategia era simple, mas no por ello menos eficiente. En primer lugar, preparó litros de sopa para que Kiyoi entrase en calor. También se apresuró en comprar un pijama tan calentito que Kiyoi parecía un peluche viviente cuando se lo ponía. Hira tenía que luchar contra sus instintos más salvajes para recordarse a sí mismo que su misión era abrigar a Kiyoi, no desnudarlo. ¡Pero estaba tan mono! ¡Tan achuchable! Al menos podría —y pudo— llenar un álbum entero con fotos de Kiyoi con aquel pijama.
Otra medida oportuna fue la de hacerse con una manta extragorda para que Kiyoi pudiese taparse cuando estuviese estudiando un guion desde la comodidad de la mecedora en la que había fallecido la tía abuela de Hira. Ninguna idea era excesiva si con ella lograba proteger a Kiyoi del frío.
El problema era que Hira no podía luchar contra los elementos cada vez que Kiyoi salía de casa. Si por él fuera, se pegaría a Kiyoi como una lapa y lo protegería con su propio calor corporal, pero era probable que Kiyoi se enfadase y que su muchedumbre de fans furibundas, no sin razón, lo tomasen como un acosador y lo matasen en el acto.
La solución de Hira fue hacer él mismo la bufanda más calentita posible. No sabía tejer ni tenía los materiales para ello, de modo que compró varas, se hizo con la mejor de las lanas y se metió de lleno en una serie de tutoriales de Youtube que prometían enseñar a tejer.
—¿Eres una señora o qué? —preguntó Noguchi, algo inquieto mientras Hira practicaba durante su descanso.
No era una señora, no; era un hombre enamorado. Haría todo lo que estuviese en su mano con tal de proteger a Kiyoi del frío. Daba igual lo mono que estuviese cuando se le ponía roja la piel o cuando estornudaba. La misión de Hira era proporcionarle calor.
Hira no era especialmente habilidoso, pero sí tenaz cuando se trataba de Kiyoi. Podría montar un cementerio de intentos de bufanda con las abominaciones que nacieron de su torpeza. Ya ni sabía dónde meterlas y temía que Kiyoi acabase encontrándolas en algún momento.
Fuese como fuese, tras numerosos intentos, Hira logró tejer una bonita bufanda de color lavanda. No había color que le sentase mal a Kiyoi, pero el lavanda realzaba aún más sus ya de por sí divinas facciones.
Kiyoi sacó la bufanda de la bolsita completamente extasiado, acariciando la bufanda con una sonrisa perfectamente besable. Ni el mejor tejido podría ser tan suave como Kiyoi. Era completamente adorable.
—¿De dónde la has sacado? Está chula —Kiyoi se probó la bufanda ante el espejo, satisfecho con lo que estaba viendo mientras Hira no paraba de fotografiarle.
Estaba resplandeciente. El lavanda debería subir de categoría dentro del ránking de los colores y todo por lo hermoso que estaba Kiyoi Sou con aquella bufanda.
—La he tejido yo… —confesó Hira con cierta timidez.
Kiyoi lo contempló boquiabierto, aferrándose a su bufanda como si fuese un salvavidas.
—¿Has aprendido a tejer por mí? —preguntó Kiyoi, ocultando media cara bajo la bufanda.
—No encontraba ninguna bufanda que fuese lo suficiente calentita, así que aprendí a hacer una. —Hira jugueteó con la correa de la cámara—. Últimamente hace mucho frío.
—Hira… —La expresión de Kiyoi se suavizó aún más. Tanto que Hira no pudo evitar darle un beso, aunque quizás hubiese sido el propio Kiyoi el que intentó iniciarlo antes.
Hira se sentía orgulloso de sí mismo por haber sido capaz de obsequiar a Kiyoi con algo que le gustase tanto. Nada le llenaba más que serle de utilidad a Kiyoi y hacerle feliz, aunque fuese con una fracción mínima de lo que alguien tan maravilloso como Kiyoi realmente merecería.
Aquella bufanda había sido todo un acierto. No había día en que Kiyoi no se la pusiese antes de salir, incluso en los días en los que realmente las temperaturas no eran especialmente bajas.
—Es la bufanda que me hizo mi hombre —dijo Kiyoi un día que fueron a pasear juntos.
Kiyoi estaba tan contento con su nueva bufanda que no tardó en subir una selfie en la que se le veía tomándose un frappuccino con la bufanda puesta. Era una fotografía preciosa en la que Kiyoi sonreía un poco, con las mejillas coloradas por el frío y un conjunto en el que una humilde bufanda de lana hecha por manos inexpertas no tenía cabida. Con todo, estaba impecable. No había prenda que no elevase con su belleza.
Las fans de Kiyoi reaccionaron rápidamente a aquella fotografía y no fue ninguna sorpresa que aquella bufanda propiciase un debate. ¿De dónde había salido? ¿Era hecha a mano? ¿Por qué Kiyoi no había usado antes el color lavanda pese a sentarle tan bien? ¿Por qué era tan adorable y atractivo hasta cuando sujetaba un frappuccino? Las respuestas a esas cuestiones y muchas más solamente las tenía Hira. Se sentía un privilegiado.
Nada podría romper este momento mágico.
—Mis fans se piensan que la bufanda me la ha tejido mi abuela —refunfuñó Kiyoi, indignado antes de dejar el móvil de malas formas en la mesita del salón.
—Me siento honrado de ser confundido con tu abuela —admitió Hira con aire soñador.
—¡¡No es algo bueno, idiota!! —Kiyoi frunció el ceño y le lanzó la bufanda a la cara, pero flojito. Casi parecía que se la estuviese pasando—. Eres mi novio. No quiero que te confundan con mi abuela.
Hira desconectó un poco de la realidad al imaginarse a la abuela de Kiyoi —sin duda una mujer hermosa y refinada— tejiendo todo tipo de prendas adorables para el que objetivamente era su nieto más mono. El gesto irritado de Kiyoi, sin embargo, le instó a despertar de su trance.
Ah, estaba cabreado. Kiyoi era un actor cada vez más popular y aspiraba a proyectar una imagen elegante y chic en la que quizás no terminase de encajar aquella bufanda. Qué ególatra fue Hira por tejer aquella monstruosidad, producto de su arrogancia, sin tener en cuenta los gustos estéticos de Kiyoi. Debería haber comprado una bufanda negra, del tono exacto que el fondo del pozo en el que debería precipitarse Hira para pagar por sus pecados.
—L-Lo siento… No pretendía avergonzarte con la bufanda… ¡Kiyoi, no tienes por qué ponértela, de verdad! ¡Te haré otra! ¡O compraré una!
—¡¿Qué?! ¡El problema no es la bufanda! —Kiyoi se enfurruñó. Podría derretir hasta el corazón más gélido— A mí me gusta y no me avergüenzo de ella. Si me pareciera fea, no subiría una foto con ella puesta a Instagram, ¿no te parece?
Hira asintió, pero no terminaba de entender nada. Echó un vistazo a la bufanda que yacía en su regazo.
—¿Entonces… qué quieres que haga con la bufanda? ¿No quieres que la tire? —Se atrevió a preguntar Hira. Se sentía estúpido cuando formulaba preguntas que para Kiyoi debían de tener una respuesta obvia, pero solo poniéndose en ridículo podría entender a Kiyoi.
Cuanto mejor entendiese a Kiyoi, menos daño le haría.
—Lo que quiero es que te la pongas tú —indicó Kiyoi—. Quiero ver cómo te queda a ti.
Hira se disculpó mentalmente con la bufanda. Debía de ser terrible pasar de estar alrededor del cuello níveo de Kiyoi a cubrir la piel áspera de Hira.
Se la puso de todos modos. Era calentita, pero eso no era lo que la hacía verdaderamente especial.
—Mm… Huele a ti… —Hira olisqueó la bufanda.
—Qué asco —comentó con una sonrisa apenas perceptible—. Pero me gusta cómo te queda. Te sienta bien.
—¡A ti te queda muchísimo mejor que a mí, Kiyoi!
—¿No puedes aprender a aceptar un cumplido o qué? —Bufó— Deberías tejer otra igual. Así podríamos tener una cada uno.
—¡P-Puedo hacerlo! ¡Y también puedo tejerte unos guantes para que las manos no se te pongan ásperas! ¡Y un gorro!
—Normal que se piensen que eres mi abuela —Kiyoi, sentándose a su lado en el suelo, se acurrucó junto a él y cogió parte de la bufanda para taparse a sí mismo también.
Aquella bufanda no era lo suficientemente larga como para tapar a dos hombres adultos, así que Hira se pegó un poco más a Kiyoi. Debía de ser lo que Kiyoi buscaba, porque sonrió con aire cariñoso. ¡Ah, la cámara! ¡No podía levantarse ahora a por la cámara para inmortalizar semejante milagro!
—Deja de pensar en hacerme fotos y bésame.
No sería Hira el que osase desobedecer las órdenes de Kiyoi. Estaba más que dispuesto a llenar su vida de bufandas y de besos.
