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No hay lugar en el cielo para un amor como el nuestro
—Debemos comenzar la procesión en Oldtown. Allí, Su Majestad presentará al Príncipe Aenys ante el Septon Supremo en el Septo Estrellado. Desde ese punto en adelante, la procesión Real se dirigirá hacia High Garden para reunirnos con la Casa Tyrell y continuará hacia Riverlands en dónde su Majestad deberá tratar con Lord Kermit Tully, el-
—Lord Supremo del Tridente, Lord Rowan. Estoy consciente de ello —Aemond deja su cáliz a un lado y posa su ojo sobre su Mano. El anciano abre y cierra la boca repetidamente cual pez e intenta evitar su mirada—. He sido Rey por casi quince años. No vengo a estas reuniones para que se me trate como si fuera un novato.
Los miembros del consejo privado lo observan masajear la cicatriz de su cara con cansancio. A pesar de los años que ya llevaba en su reinado, Aemond no tenía la intención de volverse un Rey débil que delegaba sus obligaciones con la corona a sus consejeros sin supervisión alguna. No sería como su padre, y mucho menos como sus hermanos mayores. Mientras él se sentara en el Trono de Hierro, no daría paso a ningún tipo de negligencia o conspiración.
Lord Unwin había cometido ese error y había pagado con su humillación y sangre.
Aemond admitía que ya era tiempo de realizar otra Procesión Real.
El amor que el pueblo tenía hacia los Targaryens empezaba y terminaba con su pareja y los bebés que había procreado con él; Aemond era su Rey, pero el corazón del Reino le pertenecía a Lucerys.
El Reino continuaba podrido por el resentimiento desde la guerra civil que casi había destruído a su familia. La ascensión de Aemond al Trono estuvo precedida por muerte y fue aceptada por todos con el aliento contenido.
Cada momento desde entonces, desde el segundo en el que la corona fue posada sobre su cabeza hasta el día en el que sus herederos nacieron, Aemond había vivido para mantener el delicado equilibrio que su unión con Lucerys les había entregado.
El pueblo necesitaba ver que La Casa del Dragón estaba estable, que los días donde los hermanos se mataban entre sí por el trono ya eran cosa del pasado y que ahora vivían en una época de paz.
Necesitaban ver que el matrimonio de su Rey y su único consorte omega era uno próspero, una unión de la que había nacido un heredero digno en el cual el Reino podía poner toda su fé. Especialmente porque dicho heredero no había presentado su casta aún.
Aemond levanta su copa vacía y llama al muchacho en cuestión.
Aenys se acerca a él con un cántaro de Arbor gold en las manos y sus ojos pegados al suelo en señal de respeto. El mayor de sus hijos tenía un parecido extraordinario con Aemond; con su cabello platinado y ojos violetas, Aenys le recordaba al niño que había sido antes de esa fatídica noche en Driftmark.
Pero más allá de la apariencia, le era difícil encontrar algo más de sí mismo en el muchacho. Aenys tenía fuego, pero también el débil corazón de Lucerys. Su hijo no era cruel, no había ni una sola gota de Aegon o Daemon presente en su hijo. Por lo contrario, el niño era sensible. Se enojaba rápidamente, pero era incluso más rápido en correr a esconderse tras las faldas de Luke cuando se sentía abrumado.
Lucerys había criado a sus hijos con el suficiente amor como para satisfacer a mil niños y eso había causado que sus hijos fueran muy demandantes. Sus hijas habían sido consentidas a más no poder y sus hijos eran tratados como el tesoro más preciado en el mundo conocido. Lucerys los había hecho niños de carácter difícil aunque blandos con sus mimos, pero Aemond se decía a sí mismo que al menos estaban a salvo.
Con todo lo que habían vivido, Aemond no tenía el derecho de quejarse.
Aenys rellena su copa sin mediar palabra y luego regresa a su posición junto a él. Aemond revuelve su bebida y toma un trago para luego regresar su atención al consejo.
—Tengan escrita la propuesta para la creación del nuevo Gran Septo antes de embarcar. Quiero los planos listos para ser presentados a la Citadel y al Banco de Oldtown para cuando lleguemos. Y en cuanto a Riverlands...—Aemond se pausa de repente; sus palabras se pierden y causa gran confusión entre los miembros de su consejo.
El platinado puede sentir su vínculo con Lucerys envuelto alrededor de él como una segunda piel que lo cubría por completo y palpitaba en su sangre.
El vínculo entre un alfa Valyrio y su pareja no era algo que se pudiera explicar fácilmente a aquellos fuera del Feudo Franco.
A pesar de que las parejas vinculadas no eran algo inusual en Westeros, aquellos vínculos formados por la sangre del dragón eran únicos. Eran similares a los vínculos que se creaban entre un dragón y su jinete.
La forma en la que Lucerys ocupaba la mente de Aemond era similar a cuando estuvo unido a Vhagar y ahora a Vermithor. Era constante, como un cálido e irritante escozor que se mantenía arremolinado en lo profundo de su mente.
El vínculo era la extensión de sí mismo, y el platinado podía sentir casi todo lo que Luke también sentía: miedo, alegría, enojo, placer. El vínculo entre Aemond y su sobrino mantenía a su cuerpo en sintonía con el estado mental de su omega en caso de que éste lo necesitara.
El vínculo de pareja palpitaba en las venas de Aemond, viajando desde su mente hasta su vientre para terminar asentado en una piscina caliente. No estaba seguro de dónde se encontraba su pareja, probablemente estaba en el cuarto de niños que se encontraba al fondo de Maegor's Holdfast, pero era como si pudiera sentir la esencia de su omega en la punta de su lengua.
Limón, hierba dulce, agua salada, y aquel ligero toque a humo que había mancillado la esencia pura de Luke después de la primera vez que Aemond lo había anudado. Todos esos olores invadían sus sentidos a pesar de que el omega se encontraba lejos de su alcance e hicieron que Aemond clavara las uñas sobre el cuero en los brazos de su silla.
Al ver como los pocos alfa en su consejo se retraen, Aemond está seguro de que su propia esencia se encuentra ahora emanando de su cuerpo intensamente. Lord Isembard Arryn aparta la mirada respetuosamente mientras que Alyn Velaryon ahoga su risa contra el líquido en su copa.
Aún siendo el medio-hermano legitimado de su pareja, era poco lo que impedía que Aemond se levantara en dirección del hombre para arrancarle la garganta de un mordisco. El Lord Bastardo de Driftmark tenía un ego demasiado grande para un hombre que había obtenido el título de Lord únicamente por la persona sentada frente a él. La fijación que Baela tenía con el hombre era algo que Aemond simplemente no podía comprender, pero bueno, la mujer era la hija de Daemon.
Tal vez, buscar parejas infieles simplemente estaba en su naturaleza.
Aemond toma una respiración profunda y se levanta calmadamente de su lugar frente al consejo.
—Pueden retirarse ahora. Retomaremos la sesión más tarde.
No se queda a esperar a que los hombres en la sala se paren para hacer sus reverencias ya que su mente estaba demasiado enfocada en buscar el aroma de su omega. Aemond puede escuchar los ligeros pasos de Aenys caminando detrás de él.
Con sus sentidos aumentados, Aemond podía oler a cada cortesano y sirviente que pasaba junto a él en su camino hacia el Holdfast. La pesada capa negra que llevaba puesta flotaba tras él cual sombra, haciéndolo lucir más como un espectro que como un Rey. Su propia mente le gritaba con dientes y garras que buscara a su pareja y que llegara a él inmediatamente.
Incluso la infantil esencia de lavanda y leche de Aenys se había agriado debido a la preocupación por el repentino comportamiento de su padre.
El pasillo entero que llevaba al cuarto de niños estaba tan intensamente impregnado con el aroma de Lucerys que Aemond sentía que se ahogaría en él si no tenía la piel de Luke bajo sus manos lo más pronto posible. Ni siquiera se molestó en tocar la puerta antes de apartar a los miembros de la guardia Real en labor y empujar el gran portón de roble de la recámara.
La escena frente a él no era nada inusual. Naerys estaba sentada en silencio junto a sus cuidadoras y estaba completamente enfocada en el movimientos de sus dedos sobre su arpa mientras tocaba una torpe pero suave melodía.
Incluso Saera se encontraba enfocada en sus estudios, aunque con una clara expresión de aburrimientos mientras bordaba. Maegelle y Rhaella se encontraban jugando con sus muñecas y solo voltearon al sentir la presencia de su padre.
Era una típica y tranquila reunión entre una madre omega y sus hijos.
Las niñas lo observan con curiosidad y sus sirvientes se apresuraron a hacerle una reverencia, pero el foco de Aemond estaba únicamente en su pareja.
Lucerys no había hecho más que transformarse en una hermosa visión con el tiempo. El nacimiento de sus hijos le había devuelto un poco del brillo a su otrora vacía mirada; su largo cabello oscuro ahora rozaba sus clavículas y se posaba contra la piel que se podía ver a través de aquel vestido azul que su pareja llevaba puesto.
Se veía maduro y refinado, como un hombre que había pasado la mayor parte de su vida siendo el consorte real y no solo un muchacho.
Su sobrino frunce el ceño al verlo ahí y deja a un lado la camisa que estaba arreglando, la cual Aemond reconoce como propia.
—Mi Rey —dice Lucerys con calma al levantarse de su asiento y erguirse por completo. Pero incluso así, su cabeza apenas llegaba a la altura del ojo de Aemond—. ¿Cómo puedo servirle?
La diplomacia en la voz de Lucerys lo irritaba. El respeto que su pareja mostraba por él no era más que una máscara, una forma de asegurarle a sus súbditos que la unión que ellos tenían era estable.
—Apestas —dice Aemond toscamente.
Lucerys se retrae inmediatamente como si hubiera sido golpeado mientras que Saera y Naerys sueltan unas risillas contra sus manos.
—¿Disculpa? —responde Lucerys con un tono de voz nivelado pero con un tinte de irritación.
Aemond busca retractarse y aclara su garganta torpemente.
—Solo quería informarte que tu aroma ha cambiado. Es más... dulce.
Lucerys parpadea en sospecha
—¿Dulce? —repite.
—Como el de un omega en celo —habla Saera sin que se le pidiera y luego golpea su nariz con un dedo para probar su respuesta.
Su hija mayor se había presentado como alfa hace apenas unas semanas, pero ya mostraba el entusiasmo de un hombre adulto. Hubiera sido algo impresionante de no ser porque la muchacha disfrutaba de utilizar sus sentidos intensificados para molestar a escuderos y doncellas desprevenidas, o para meterse en conversaciones personales como esta.
—Celo —dice Lucerys lentamente—. Imposible. No he tenido un celo desde antes del nacimiento de las niñas. Los maestres me revisaron y aseguraron que mis días de tener celos habían acabado ya.
Lucerys apenas estaba en el trigésimo año de su vida, pero hablaba como si sus huesos fueran a quebrarse en cualquier momento.
—¿Acaso dudas de mis habilidades como tu alfa? —le pregunta Aemond, sintiendo como el insulto no dicho daba un golpe directo contra su ego.
Lucerys solo le dio una mirada inexpresiva.
—Eso no importa; estoy seguro de que estás pronto a entrar en celo. Incluso los alfas de mi consejo se percataron de ello.
Las mejillas de su esposo se sonrojan al escuchar esa información.
—¿Es eso lo que ustedes hacen todo el día? ¿Olfatear omegas sin que estos se den cuenta? —Aemond solo se lo queda mirando y los labios de Lucerys se curvan en una media sonrisa—. ¿Y qué tienen que esté a punto de entrar en celo? No hay razón para que vinieras corriendo hacia aquí. Como puedes ver —Lucerys se señala así mismo—, aún no estoy en celo.
Aemond se queda callado. No había pensado mucho en la razón por la que se dirigió hacia ese lugar, lo único que sabía era que necesitaba ver a Lucerys.
Su pareja parece percatarse de eso y levanta una ceja para expresar su curiosidad al tiempo que cambia su postura mientras espera por una respuesta.
—Arreglos —decide decir Aemond—. Debemos hacer los arreglos previos.
—Arreglos —repite Lucerys con cuidado—¿...para mi celo?
Aemond solo asiente y aparta la mirada. Tener los ojos de Lucerys sobre él era demasiado.
—Sí. Debemos asegurarnos de que nuestra responsabilidades sean delegadas apropiadamente para cuando nos encontremos incapacitados.
—Incapacitados —Aemond ve como los labios de Lucerys forman la palabra para luego sonreír burlón.
—Espero que todo esté preparado y listo para cuando el momento llegue —se escuchan unas cuantas palabras de aprobación de parte de los sirvientes que se encontraban allí y Saera le da una media sonrisa que es demasiado similar a la de su madre.
Aemond se aclara la garganta.
—Eso es todo. Pueden regresar a lo que estaban haciendo.
—Por supuesto, Mi Rey —había un tinte juguetón en la voz de Lucerys—. Que tenga un buen día.
A Aemond le debería molestar que su omega prácticamente lo echara como si él no fuera el rey, pero Lucerys lo estaba observando con sus ojos entrecerrados y los labios curvados, causando que Aemon se sintiera sobrecogido con la necesidad de correr.
El platinado solo asiente cortésmente con la cabeza y se da la vuelta para marcharse.
Aenys lo observa expectante cuando finalmente sale de la habitación, pero Aemond solo bufa e ignora al muchacho para hacerse camino de vuelta hacia su solar.
—Hay otro tema que debemos tratar antes de retirarnos esta tarde, su Majestad —la voz de Alyn Velaryon se siente como una lija contra los oídos de Aemond, y como tantas otras veces, el platinado siente el repentino deseo de que fuera el otro de los dos bastardos de Hulls quien hubiera sobrevivido a la gran guerra.
Aemond levanta la mirada del pergamino frente así y le indica al hombre que continúe hablando.
Su Maestro de moneda, Isembard Arryn, es quien habla en su lugar:
—Nos ha llegado información del hermano de la Reina, vuestro sobrino. El príncipe Aegon acaba de tener otro hijo con su esposa, Lady Daenaera, en su asiento en Dragonstone. Un niño al que llamaron Baelor.
Aemond se lo queda mirando por un largo momento hasta que el hombre se remueve incómodo para luego llevar su mirada hacia el Gran Maestre.
—Envíen una carta. Díganle a mi sobrino que el Rey le desea bienestar a él y a su familia.
—Ese no es el problema, mi Rey —Isembard se aclara la garganta y ajusta su posición en su silla—. Es un príncipe con sangre muy cercana al Trono real y que además ocupa el asiento que debería ser del príncipe heredero. Puede que eso se vuelva un problema, especialmente ahora que el príncipe Viserys está de vuelta bajo la protección de la corona. El evento reciente ha causado que algunos ojos se dirijan hacia los jóvenes. Ojos que aún mantienen la idea de que, aún después de todos estos años, ellos dos son los legítimos herederos.
Sus uñas se clavan en los brazos de su silla. Aemond busca controlar su temperamento ya que a Lucerys le molestaba cuando no lo hacía.
Llevaba quince años siendo esclavo del peso sobre su cabeza. Quince años luchando por reparar un reino que él preferiría ver hecho cenizas.
Desde el día en el que Aemond había logrado salir del maldito Ojo de Dioses había trabajado para reconstruir el reino que él mismo había ayudado a destruir. Y ahora, un grupo de bastardos con vendettas personales contra él se atrevía a conspirar a sus espaldas y ni siquiera eran capaces de mirarlo a los ojos mientras lo hacían.
No permitiría jamás que nadie, ni hombre ni Dios, le arrebatara todo por lo que Lucerys y él habían sangrado y derramado sangre para obtener.
—Yo tengo hijos varones, Lord Arryn —Aemond inclina hacia adelante y se apoya contra sus codos—. Tres, para ser exacto. Además de eso, también cuento con el apoyo de no solo el Banco de Hierro, sino también el banco nuevo de Oldtown.
A pesar de que Aemond apenas tenía cinco y treinta de edad, su cuerpo ya mostraba evidencia de cansancio. Podía sentir el peso de los años en su espalda y huesos. Sin importar cuántas veces Lucerys usaba sus manos para hundirlas en los nudos de su espalda, la tensión que Aemond sentía constantemente no desaparecía.
Pero sin importar cuán exhausto se sintiera, aquel fuego en su interior que anhelaba una batalla tanto en la corte como en el campo no se había extinguido. Aemond no tenía miedo alguno de permitir que este volviera a arder salvajemente una vez más.
—Todos recordamos la guerra que precedió a mi reinado, ¿no es así? —un bajo murmullo de palabras en acuerdo se escucha alrededor del salón—. Si un nuevo conflicto empieza, no volverá a pasar lo mismo. Solo un dragón puede matar a otro dragón, y aparte de mis primas, no hay otros dragones con jinete fuera de mi descendencia directa. Si otra guerra comienza, no será una guerra en absoluto.
El platinado golpea su dedo contra la mesa.
—Será una masacre.
Alyn Velaryon lo observa cautelosamente.
La puerta del salón del consejo privado se abre de golpe antes de que alguno de sus consejeros tuviera el valor de decir algo.
—¡Su majestad! —Una sirvienta con el rostro pálido, una que Aemond reconoció como parte de las que servían a su esposo, se hallaba parada en la puerta junto al Capa Blanca en labor mientras jadeaba por aire—. Debe venir de inmediato. Ha ocurrido un suceso de gran importancia que involucra al joven Reina y a sus hijos.
Aemond ni siquiera lo piensa antes de empujar su silla hacia atrás, levantarse, y pasar junto a la sirvienta a toda prisa.
Se siente como un tonto por apenas a haber notado las olas que pulsaban a través de su vínculo con Lucerys. Miedo, confusión, preocupación. Todas aquellas emociones se traspasan hacia Aemond y se mezclan la preocupación y enojo que crecían en sí mismo a medida que avanzaba junto a la sirvienta.
Cuando sus botas finalmente cruzan el pasaje que lleva al patio de entrenamiento, Aemond es casi noqueado por la corriente de aromas que invade sus sentidos.
Los primeros aromas que nota son los de sus hijas; el aroma a humo de Saera y la esencia suave y floral de Naerys estaban ambas teñidas con preocupación y miedo. Bajo ambos olores, Aemond podía sentir los infantiles aromas de lavanda y leche pertenecientes a sus cuatro hijos pequeños aún sin presentar que poco a poco también se llenaban de confusión.
El aroma de su pareja era usualmente el más potente. Por lo general, Lucerys olía a limón y a hierba dulce, aunque había un ligero toque a humo que había comenzado a pegarse a él desde que ambos se vincularon.
La sola esencia de Lucerys era suficiente para hacer que Aemond salivara como un perro; el alfa en él no quería nada más que pasar horas con la nariz metida entre los suaves muslos de su pareja mientras bebía de su intoxicante aroma.
La esencia de Lucerys era tan fuerte en estos momentos que Aemond se sintió mareado. Por un momento, temió terminar perdiendo la razón en cualquier momento. Sin embargo, un nuevo olor empezó a nublar sus sentidos; uno que era demasiado intenso y lleno de rabia como para ser ignorado.
Un alfa. Un alfa recién presentado.
Aenys olía como un incendio forestal y rugía como uno desde el lugar donde dos caballeros lo tenían atrapado. Tenía los brazos torcidos tras su espalda mientras gruñía y se empujaba hacia adelante con fuerza.
Por un momento, Aemond sintió el orgullo llenando su pecho. Un hijo alfa era lo que necesitaban para asegurar el futuro de su casa. Con la presentación de Aenys, cualquier rumor de debilidad en la casa Targaryen, así como la incertidumbre de su gobierno, quedaría finalmente sepultado.
El Lord de los Siete Reinos ahora tenía un heredero indiscutible, y con ello tal vez -después de quince endemoniados años- Aemond y Lucerys podrían descansar sin temor a que alguien los apuñale mientras duermen.
Aquello lo llenó de un alivio enorme, uno que le hubiera gustado compartir con su pareja, pero la gravedad de la situación finalmente hizo mella en él.
En medio de todo el torbellino de aromas de miedo y confusión, la esencia de Lucerys resaltaba cual flor recién salida del capullo. El aroma del celo impregnaba a su pareja fuerte pero gentilmente.
Era un aroma que enloquecería a cualquier alfa.
Y si había un omega que podía despertar al alfa dormido en un hombre, ese era Lucerys.
Luke, siendo siempre un observador pajarito, se apresura a hablar cuando todas las piezas se unen en la cabeza de Aemond y el platinado pone su atención sobre su descontrolado hijo.
—Mi Rey, por favor —le suplica Lucerys desde el otro lado del campo de entrenamiento—. Por favor, nuestro hijo no tiene ninguna mala intención. Solo está confundido.
Aemond ignora las súplicas de Lucerys y camina directamente hacia su hijo en estado salvaje para tomarlo de la nuca.
Si Aenys quiera comportarse como un perro, tendrá que aguantar el ser tratado como uno.
—¿Te atreves a acercarte a mi Reina, muchacho? —gruñe Aemond y fuerza a Aenys a verlo a los ojos. Las pupilas de su hijo estaban dilatadas y sus labios retraídos, mostrando sus afilados dientes.
El muchacho estaba demostrando ser todo un alfa, uno que era demasiado similar a Aemond, para su gusto.
—¿Un pequeño cachorro como tú se presenta como alfa y de repente se cree digno de mi omega? ¿Acaso crie a un tonto? —a sus espaldas, Aemond escucha el quejido de alguien al sentir la rabia que desprendía de la esencia de Aemond.
—¡Es suficiente, Aemond! —Lucerys agarra la parte trasera de la capa de Aemond entre sus puños e intenta tirar de él para alejarlo de su hijo sin éxito alguno.
Pero su acción no hace más que empeorar las cosas y Aemond termina teniendo que interponerse entre su pareja y su hijo cuando el muchacho logra soltarse de los caballeros y se lanza contra ellos. Lucerys hace un sonido de angustia, se esconde en el pecho de Aemond por instinto mientras el alfa mayor contiene al menor.
Al estar escondido bajo su mandíbula, Aemond no puede ver a Lucerys, pero sí sentir su preocupación.
Lucerys siempre había sido gentil con el mayor de sus hijos. El muchacho había sido alimentado directamente del pecho de su madre cuando era un bebé, y Aemond no tenía dudas de que, de ser posible, Lucerys todavía andaría con el niño en brazos aún cuando éste ya tenía diez y cinco.
Aenys era adorado por su madre. Lucerys lo besaba y abrazaba como si fuera el objeto más precioso del mundo; el de Aenys era el primer nombre que salía de los labios de su sobrino cuando rezaba.
Luke adoraba a su hijo.
Lo amaba más que a nada en el mundo.
Por eso, tal vez fue cruel por parte de Aemond el no sentir remordimiento alguno cuando agarra a su hijo y le gruñe con fuerza. Aenys no era más que un cachorro. Aún con sus instintos a toda marcha, el muchacho no era rival para un alfa adulto, mucho menos para su propio progenitor.
Su hijo se congela y su aroma empapado con la esencia de su celo se disipa con un pequeño gemido.
La confusión momentánea es suficiente para que Aemond pueda empujar a su hijo hacia el agarre de los dos guardias y que estos lo vuelvan a sostener con fuerza.
—Llévenlo a su recamara —ladra Aemond con la respiración agitada—. Llamen a los maestres y no permitan que ningún maldito sirviente se le acerque —los caballeros vacilan por un momento y Aenys empieza a salir del trance de sumisión en el que Aemond había logrado meterlo—. ¡Ahora! —Su voz resuena a través del patio y los caballeros finalmente se llevan al pequeño alfa.
Lucerys aún se encontraba congelado en sus brazos, aunque Aemond no estaba seguro de si era por miedo o preocupación. Podía sentir el corazón de su pareja palpitando contra su pecho, cada latido golpeando más rápido que las alas de un colibrí.
—Debo...—susurra Lucerys sin mirarlo—. Debo ir con él. Tengo que cuidar de él.
Aemond se tensa.
—No harás tal cosa, Lucerys. No seas tonto.
El omega levanta su cabeza de golpe y observa a Aemond con los ojos afilados y los labios retraídos amenazantemente.
—Solo es un niño y está asustado, Aemond. ¡Fuiste muy duro con él!
—Aenys está fuera de sí y tú eres un omega al borde de su celo —dice Aemond con los dientes apretados—. Tu presencia solo logrará empeorar su sufrimiento.
Lucerys entonces se pone pálido y sus ojos se abren ampliamente para luego retorcerse en el agarre de Aemond.
—¡Soy su madre! —grita con incredulidad.
—Y yo soy tu tío —sisea Aemond, acercándose al otro hasta que el espacio personal entre ellos es inexistente—. Somos Targaryen, Lucerys. No te hagas el tonto —aquellas palabras parecen ser suficientes para que Lucerys desista y que su cuerpo pierda la tensión ligeramente—. Vas a regresar a nuestra recamara y esperarás por mí —continúa diciendo.
Lucerys lo mira con un bufido burlón.
—¿Ahora debo obedecer tus órdenes porque eres mi Rey ? —Su omega escupe el título con desdén.
Lucerys era una cosita muy engañosa. Tan bonito como inteligente, su sobrino cargaba con el título de Reina Consorte como si hubiera nacido para ello y manejaba la vida en la corte con una gracia sin igual. Era paciente y educado, un amigo real para la gente del pueblo y se ganaba el favor de las personas solo con batir sus espesas pestañas. Cualquiera diría que Lucerys era perfecto, el co-monarca que se necesitaba después de un periodo de guerra y agitación.
Pero las personas conocían esa parte de Lucerys solo porque Aemond mantenía la otra bajo su control. Esa parte de su sobrino que anhelaba sangre y se regocijaba en el caos.
El amante de Aemond estaba hecho de sal y hierro; tenía dientes y garras afiladas, las cuales amaba usar. Lucerys era una tormenta que llevaba contenida tanto tiempo solo por la mano firme que lo guiaba y una buena verga que nublaba su mente.
Los títulos no significaban nada en su relación. Aemond era el Rey, pero aquello no significaba nada cuando Lucerys se creía superior incluso a los mismos Dioses.
Su unión estaba basada en la ira y la lujuria, y eso era todo lo que necesitaban.
—Vas a obedecer porque soy el hombre que te folla, omega —susurra Aemond contra el oído de Lucerys—. Ahora, regresa a tu habitación antes de que el celo se apodere de tí y termine abandonándote aquí para que te coja cualquier sirviente que llegue arrastrándose.
Lucerys exhala temblorosamente y mira a Aemond con las pupilas dilatadas. Su omega olía tan dulce que la verga de Aemond empieza a palpitar interesada.
—Déjenme ir con él —la voz de Saera saca a sus padres del trance autoimpuesto en el que estaban metidos. En medio de todo el caos, Aemond había olvidado que el resto de sus hijos estaba presenciando todo lo ocurrido.
Saera corre hacia ellos con su vestido rojo flotando tras ella, su rizos plateados eran un desastre y sus mejillas estaban sonrojadas.
—Déjenme atender a Aenys, por favor. Yo también soy un alfa, ¡lo puedo ayudar!
—¡Por supuesto que no! —gritan Aemond y Lucerys al mismo tiempo.
—No digas cosas sin sentido, Saera —continúa Lucerys—. Aunque seas una alfa, sigues siendo una princesa. No es apropiado que cuides de un alfa sin vínculo.
Saera frunce el ceño y da un pisotón contra el suelo.
—Desde que éramos unos niños se me ha dicho que Aenys y yo nos casaremos algún día. ¿Acaso no es mi deber como su futura Reina el cuidar de él en una situación como esta?
—Suficiente, Saera —ladra Aemond. Saera retrocede con una sorpresa en su expresión que hace que el pecho de Aemond duela.
Lucerys consentía mucho a sus hijos varones, pero Aemond hacía algo similar con sus hijas. Las niñas eran su mundo, y causarles cualquier incomodidad lo llenaba de un dolor que era peor que la muerte.
Aemond toma una respiración profunda y reajusta su agarre sobre Lucerys.
—Eres joven, tala. ¿Por qué persigues las responsabilidades de un adulto tan persistentemente?
Saera deja salir un sonido de exasperación.
—Tengo la misma edad que Muña tenía cuando dio a luz a mi hermano y a mí. ¡Ya no soy una niña!
La respiración de Lucerys se atora en su pecho.
—Y tu madre ha sacrificado más de lo que siquiera puedes imaginar para asegurarse que no tuvieras que hacer algo similar —Aemond mira fijamente a la joven. La expresión de Saera se llena de vergüenza y baja su mirada hacia sus manos.
A sus espaldas, Naerys se encontraba junto a sus hermanos y al hijo menor de Aemond, los cuales miraban para todos lados llenos de confusión.
Gaemon y Valerion le hablaban a Naerys en voz baja mientras mientras las septas atendían a las niñas más pequeñas, Rhaella y Maegelle. Lucerys los había criado bien, y ver lo unidos que se mantenían en estas circunstancias hubiera llenado a Aemond de calma. Sin embargo, todo lo que sentía era la poderosa necesidad de llevarlos de vuelta a Maegor's Holdfast y esconderlos de miradas curiosas.
—Toma a los niños y regresen a sus habitaciones. Yo me encargaré de Aenys —Aemond baja la mirada hacia Lucerys, quien se la regresa con una expresión conflictuada.
Con un reticente suspiro, Lucerys se separa de su pecho.
—No lo asustes, Aemond —dice su omega con una voz suave y calmada—. Tú mismo estuviste en esa posición una vez, asustado y confundido. Solo...—Lucerys presiona su frente contra el cuello de Aemond—...asegurate de que nuestro hijo está bien. Por favor, alfa.
Una sensación de calidez se extiende a través de las venas de Aemond cuando su omega se refiere a él como "alfa". El platinado pasa su nariz por la marca en el cuello de Lucerys y luego se aleja.
—Vete, taoba.
Lucerys permanece presionado contra él un poco más hasta que finalmente se separa y gira sobre sus talones sin decir nada más. Aemond observa a Saera envolver su brazo alrededor del de su madre y ambos desaparecen dentro del castillo con el resto de los niños tras ellas dos.
Aemond siente la tensión crecer tras su ojo restante y levanta una mano para pasarla por su cabello, solo para ser detenido por la corona sobre su cabeza. El platinado casi ríe al notar que había olvidado que tenía esa maldita cosa encima. Sin Lucerys o alguno de sus hijos a su lado, la corona parecía ser más pesada de lo usual.
Aemond coloca sus manos tras su espalda y se gira para ver al patio. Numerosos cortesanos y sirvientes lo observaban desde los pasillos y almenas, pero se escondieron rápidamente al ver que Aemond les regresaba la mirada. Ver como las personas se hacen pequeñas bajo su mirada lo complace, aunque sea por un breve momento.
Aemond toma una última respiración y se gira hacia uno de los sirvientes.
—Llévame con mi hijo.
—Muña —una pequeña mano se coloca sobre el codo de Luke, el cual se hallaba posado en el brazo de su silla. El castaño se sobresalta por la sorpresa y gira para ver a Naerys inclinada hacia él sobre un sillón—. Debes relajarte. La preocupación no es buena para el corazón —el corazón de su segunda hija era más dulce que los limones caramelizados de los pasteles que siempre comían. Luke sonríe antes sus palabras.
El castaño estira la mano y pone un mechón de su cabello dorado trás su oreja.
—Soy tu madre, dulzura. Preocuparme por mis hijos es mi responsabilidad.
—¡Pero no debes iniciar tu celo con preocupación en tu corazón, Muña! Un bebé nunca debe ser concebido con tristeza.
Luke balbucea con incredulidad y Saera ríe desde el otro lado de la habitación.
Naerys fue la más joven de sus hijos en presentarse, habiéndose manifestado como omega a la corta edad de diez-y-uno. Ella era una niña realmente adorable, tan dulce y gentil, y Aemond era increíblemente protector con ella. Su estatus como omega junto a su incapacidad visual solo incrementaron esa sobreprotección, por lo que la niña nunca estaba sola ni un momento.
Era común encontrarla junto a Aemond o uno de sus muchos hermanos y tíos. Luke creía que era adorable como todos le prestaban atención a los suaves sin sentidos de la niña, escuchándola atentamente mientras hablaba de flores y el creciente cariño que sentía hacia el lord de Stormlands con el que se había comprometido.
Naerys era una preciosa flor en medio de una tierra llena de traición. Poseía una inocente dulzura que no todos merecían.
—No creo que haya más niños en mi futuro, mi vida —Luke acaricia su mejilla—. Ya estoy viejo. Los únicos niños en mi futuro serán los que ustedes me den.
"Un futuro muy distante," piensa Luke para sí.
Naerys había estado comprometida con el pequeño lord Baratheon desde su nacimiento, y el décimo sexto día del nombre de Saera se acercaba rápidamente. Pero a pesar de eso, Luke las mantendría alejadas de la cama matrimonial por el mayor tiempo posible.
Lucerys y su tío, junto a sus primas-hermanas y su hermano, tenían suficientes hijos. No había necesidad de apresurar a sus hijas a tomar la carga de traer niños al mundo como le había tocado a Luke.
—Apenas tienes treinta, Muña. Difícilmente llamarías a eso "estar viejo" —dice Saera.
Luke solo tararea con los labios cerrados y pasa su mano por el suave cabello de Naerys.
—Mi alma está vieja y cansada, amor mío. ¿Por qué debería tener otro bebé cuando mi corazón está ya bastante ocupado con ustedes?
—Yo no quiero que tengas otro bebé, Muña —Valerion ni siquiera se molestó en levantar la mirada del libro que estaba leyendo—. Mae y Ella son asquerosas —al escuchar su nombre, Rhaella levanta el bloque con el que estaba jugando y se lo lanza a su hermano mayor. El juguete de madera rebota sobre los rizos de Val y el pequeño suelta un grito de sorpresa, sacando risas de Saera y Gaemon.
La risa solo muere cuando las puertas del salón se abren de golpe. Luke se prepara para recibir a su esposo pero detiene sus movimientos al ver la figura que entra por la puerta. A pesar de ser alto como su esposo y llevar los colores Targaryen, el joven que entraba por la puerta tenía el cabello demasiado corto y un rostro falto de aquellos signos de edad y estrés que el castaño había aprendido a querer con el tiempo.
—¡Tío Viserys! —Saera se sienta erguida en su lugar y sonríe gratamente sorprendida. El hermano de Luke observa a la joven y le devuelve la sonrisa junto a una inclinación de cabeza en cortesía.
Tal vez Luke notó el sonrojó en las mejillas de Saera, pero prefirió no decir nada.
—Viserys —Luke se levanta y abre sus brazos para recibir a su hermano menor. Viserys hace primero una reverencia antes de lanzarse a sus brazos y dejar un beso en su mejilla—. ¿Qué haces aquí? Pensé que seguías en la Citadel.
Su hermano solo se encoge de hombros.
—Regresé antes y escuché que algo estaba sucediendo, así que vine lo más pronto posible —Viserys baja el volumen de su voz hasta que se convierte en un susurro—. ¿Es cierto que mi sobrino es un alfa como nuestro tío? —Luke asiente con la cabeza y Viserys deja salir un resoplido—. Por supuesto, no esperaba menos del hijo de Aemond. ¿Tú estás bien? Te ves cansado.
Luke chasquea la lengua.
—Así me veo siempre, Viserys. Llevo casado con el Rey la mitad de mi vida. No necesitas preocuparte por mí.
Viserys no se ve muy convencido, pero solo cierra los ojos y asiente con la cabeza.
—Tú y Aegon son todo lo que me queda, Luke. Permite que me preocupe por ti.
Luke se aleja de su abrazo y levanta las manos para sostener el rostro de Viserys entre ellas. El que el menor de sus hermanos fuera encontrado y regresado a Westeros por Alyn Velaryon había sido una de las bendiciones más grandes que Luke había recibido, una que rivalizaba con el nacimiento de sus propios hijos.
Desde el momento en el que su hermano se había bajado de ese bote, solo y asustado, Luke había tenido problemas para alejarse de él. A pesar de que el muchacho ya había tenido diez- y- tres en ese momento, Viserys pasó a ser como otro hijo para Lucerys y siempre tenía permitido buscarlo si necesitaba consuelo o guía.
Lucerys se prometió ser lo que fuera que Viserys necesitara, un hermano y madre al mismo tiempo si era necesario.
Viserys estaba seguro tras los muros del Red Keep, y entre tenerlo allí o en Dragonstone, Luke prefería cuando su hermano no estaba tan lejos. El haber permitido que fuera a la Citadel, aunque fuera solo una visita, se había sentido como si uno de su propios bebés lo estuviera abandonando.
—Hueles diferente —dice Viserys con la nariz arrugada—. No es malo, solo diferente. Más dulce. ¿Estás bien?
La realidad regresa a Lucerys como un balde agua fría y rápidamente se separa del agarre de Viserys. Aemond se pondría furioso si encontraba a Luke en los brazos de otro alfa, y Luke no estaba seguro de tener la capacidad de calmar al agitado alfa una vez más.
—Es suficiente, Vi. Estoy bien —Lucerys da un paso atrás y señala a los niños más pequeños con una mano—. ¿Te puedo pedir un favor?
—Por supuesto. Eres mi hermano.
—No te lo pido como tu hermano, si no como tu Reina. —Viserys se ve sorprendido. No era común que Luke usara el poder de su rango con los miembros de su familia. Su hermano aprieta la mandíbula antes de asentir—. Vigila a Saera mientras yo esté indispuesto. No la dejes meterse en la recamara de Aenys y hacer algo estúpido.
Viserys mira detrás de él, probablemente para mirar a la hija de Luke. Algo que el castaño no puede descifrar pasa por la mirada de su hermano, pero desaparece cuando regresa su mirada hacia él.
—Por supuesto.
Luke sonríe y se inclina para dejar un beso sobre la frente de su hermano.
Justo en ese momento, las puertas del salón se abren una vez más y esta vez es Aemond quien entra con una mueca en el rostro. Luke se apresura a llegar a él inmediatamente y agarra los antebrazos del hombre con sus manos.
—¿Y Aenys? —dice Luke con susurro preocupado—. ¿Aenys está bien, Aemond? ¿Cómo está nuestro hijo?
Aemond no dice nada, ni siquiera lo mira. En lugar de responder, Aemond solo señala a la puerta con la cabeza.
—Todos ustedes, fuera —con vacilación, todos los niños salen uno por uno hasta que Luke ve a Saera observarlo sobre su hombro. Su hija le da una pequeña sonrisa para luego desaparecer con Viserys tras ella.
La puerta se cierra con un "click" y Luke regresa a ver a su pareja con el ceño fruncido.
—Aemond, ya basta de esto. Dime cómo sigue nuestro hijo o...
—¿O qué? ¿Te pondrás a llorar como un bebé? —Aemond lo empuja hacia el fondo de la habitación—. Nuestro hijo está bien, o tan bien como cualquier alfa en medio de su primer celo podría estar.
El pecho de Luke se llena de orgullo. Aenys siempre había sido un niño dulce y amable, lo cual hacía que las personas se cuestionaran si era capaz de ser el sucesor de Aemond. Pero Luke jamás había tenido duda de que su hijo se convertiría en un joven digno y formidable. Había demasiado de Aemond en él como para que eso no pasara.
—Un alfa —susurra Luke—. Nuestro muchacho es un alfa, Aemond. El...el futuro de nuestra casa está asegurado.
Aemond le da una mirada que hace que un escalofrío recorra la espalda de Luke. A través de su vínculo, el castaño puede sentir olas de irritación y algo más, lo cual hace que el omega en Luke quiera confortar al alfa.
—¿Qué sucede, Aemond? —dice Luke con los ojos fijos en los de Aemond—. ¿Acaso...no estás complacido? Esto es todo lo que siempre quisimos. ¡Todo por lo que hemos peleado está asegurado por fin! ¿Por qué luces tan insatisfecho?
—Estás a punto de entrar en celo —dice Aemond.
Luke parpadea perplejo.
—Estoy consciente de ello.
—Estás a punto de entrar en celo y tu mente está llena de pensamientos de otros alfas cuando deberías estar descansando y preparándote.
Luke resopla.
—¿Preparándome? ¿Para qué? ¿Para que me folles como a un perro sin consciencia mientras mi mente está dispersa? —el castaño se para frente a Aemond con los brazos cruzados—. Ya he tenido siete de tus hijos, Aemond. No te engañes creyendo que eres algo para lo que aún me tengo que preparar.
Aemond lo mira fijamente mientras desata el nudo de su capa y la deja a un lado.
—¿Por qué tienes que ser tan difícil?
—¿Difícil? —exclama Luke—. Ya eres un adulto. Eres mi esposo y mi alfa, pero te pones celoso por unos niños que aún están verdes. ¡Y de mi hermano y mi hijo, además!
—No estoy celoso de un cachorro —espeta Aemond, pero Luke nota lo débil de su afirmación.
Luke remueve su joyería lentamente, dejando los aretes de perla y la brillante gargantilla de rubí y zafiro que Aemond le había regalado hace años sobre la mesa de noche.
—Eres en verdad patético, Aemond. Eres el Rey de estas tierras y te comportas como un niño porque no te pongo atención. ¿Eres un cachorro, Aemond? ¿Debería envolverte en pañales y darte de mi pecho para alimentarte como lo hacía con Valerion cuando era un bebé?
Luke se gira para ver a su esposo con una actitud altiva. Aemond se había deshecho ya de sus prendas exteriores y se encontraba ahora solo con una túnica y pantalones.
—¿Finalmente te quedaste sin palabras, esposo mío? —ríe Luke sin humor alguno—. ¿Acaso has perdido tu toque?
La luz proveniente de la chimenea parpadea e ilumina el rostro de Aemond. Luke odia lo apuesto que su tío se había vuelto con los años. Cinco y Treinta no era para nada lo que se podía considerar "viejo", pero Aemond tenía el aire de hombre mucho mayor. La piel sobre sus cejas y bajo sus ojos tenía ligeras arrugas, y los afilados rasgos de su rostro eran tanto acentuados como suavizados por la fina barba que portaba.
Unas noches atrás, mientras ambos descansaban en su cama, Luke había encontrado una de las muchas canas por venir entre el cabello de su esposo, y aquello lo llenó de una inexplicable lujuria.
Pero también le causó una profunda tristeza.
Luke había sido apenas un niño de cinco y diez años cuando se casó con Aemond. Ahora, ya había pasado la mitad de su vida junto a su tío, llevando su semilla en su interior, observando como la espalda del hombre se volvía cada vez más ancha y como su cabello se volvía gris.
Algo que Jacaerys y Joffrey jamás podrían tener.
A partir del siguiente año, Luke llevará más tiempo perteneciendo a Aemond del que no.
Aquel era un sentimiento aterrador. Ser amado por Aemond era aterrador. Su amor lo consumía por completo, como una flama que lo mantenía tan caliente que parecía casi sofocarlo.
Desde el día en el que Luke había tomado su ojo, o tal vez desde el día en el que había nacido, Aemond había buscado consumirlo, ya fuera con violencia o con amor. Luke no había tenido oportunidad alguna de impedirlo. Él siempre le había pertenecido a Aemond, y Aemond siempre le había pertenecido a él.
Su tío se acerca a él desde el otro lado de la habitación con pasos rápidos y pronto tiene sus labios pegados a los de Luke sin siquiera darle tiempo de pensar.
Luke jadea contra el beso y tropieza hacia atrás, pero Aemond envuelve su brazo alrededor de la cintura del otro para impedir que caiga. Incluso después de todos estos años, Aemond seguía besando como si fuera una pelea: agresiva y desesperadamente.
Aunque Aemond había sido el más calmado de sus hermanos, no había nada paciente o táctico acerca de él. Su tío era frenesí puro. Durante mucho tiempo, Aemond vivió descuidadamente y sin importarle nadie más. Solo tomó y tomó lo que tenía al alcance hasta que poco o nada de lo que amaba quedaba en pie.
Fue Luke quien le enseñó a ser gentil, quien le mostró cómo sostener a su hijo cuando nació y le enseñó de los pequeños placeres que venían de demostraciones de afecto sencillas. Después de todo el sufrimiento, lo que necesitaban era gentileza.
Pero la gentileza no tenía lugar en la cama matrimonial. Aemond buscaba consumirlo y la mente de Luke le gritaba que complaciera a su alfa.
Luke envolvió sus brazos alrededor del cuello de Aemond y se aferró a él como si su vida dependiera de ello hasta que su tío lo toma de las caderas para levantarlo en el aire. El castaño envuelve sus piernas en la cintura del mayor y gruñe cuando Aemond profundiza el beso, forzando su lengua dentro de la boca de Luke y mordisqueando sus labios.
—Estás húmedo —jadea Aemond contra sus labios—. Durante las últimas horas, todo lo que he podido oler es la humedad de tu coño. ¿Sabes lo difícil que fue estar en las reuniones cuando todo lo que podía oler era a mi omega suplicando por ser preñado?
Luke gime y empuja sus caderas hacia adelante. Con sus piernas envueltas alrededor de la cadera de Aemond, Luke podía sentir el peso de la erección de su tío contra su coño aún cubierto y la sensación hizo que los dedos de sus pies se curvaran.
Con sus manos masajeando el trasero del castaño, Aemond camina hacia adelante y luego tira a Luke sobre el colchón sin cuidado alguno. Luke rebota contra la cama y su cuerpo se hunde contra las sedas rojas y pieles oscuras que adornaban su cama. Aemond remueve su camisa con rapidez y Luke no puede evitar beber de la imagen con los ojos pesados por el deseo.
A pesar de que siempre había sido alto y esbelto, Aemond se había ensanchado con el tiempo y ahora tenía un tipo de músculo que hacía que la boca de Lucerys se volviera agua. Pero de todas las cosas, lo que más le excitaba era la cicatriz masiva a un costado de su esposo. La piel cicatrizada empezaba desde la base de su cuello, pasaba a través de su hombro y clavículas, para luego terminar justo sobre su pezón.
Era solo por la gracia de los Dioses que Aemond había sobrevivido a ser empalado por Dark Sister.
Y era solo por la gracia de los Dioses que Luke vivía también.
Las cicatrices de ambos contaban una historia. La historia de ambos. Aquella que comenzaba con la marca en el rostro de Aemond y continuaba con la cicatriz en forma de árbol que residía en la columna de Luke, además de las estrías que cubrían el vientre bajo y los muslos del castaño.
Cada cicatriz marcaba un punto sin retorno en sus vidas. Traición, resurrección, y nacimientos. Todas eran pruebas de que Aemond era suyo.
Aemond deja su camisa a un lado y gatea hasta quedar encima de Luke.
—Escuchaba a Lord Rowan hablar y hablar sobre las mejoras que se debían hacer al Camino Real cuando todo lo que quería hacer era tirarte sobre la mesa y hacerles ver como pongo un bebé en tu interior —Aemond se inclina y empieza a besar la delicada piel en el cuello de Lucerys. Las manos de su alfa empiezan a subir por la parte externa de sus muslos gentilmente hasta que se meten bajo la túnica del castaño y sus dedos se enganchan en su ropa interior—. ¿No sería un gran honor el ser testigo de la concepción de un príncipe o princesa?
Luke quiso decirle que lo más probable era que la mitad del castillo ya hubiera sido testigo, sin querer, de la concepción de al menos uno de sus hijos.
Gaemon había sido concebido sobre el trono, y lo de Valerion había pasado cuando Luke había permitido que Aemond lo tomara mientras montaban su dragón. Aquella había sido una de las cosas más vergonzosas que Luke jamás hubiera hecho, pero nunca antes había experimentado un placer tal como cuando el nudo de Aemond se hinchó en su interior a kilómetros de altura.
Luke solo gime con la respiración agitada, sus muslos se estremecen mientras Aemond baja su ropa interior por ellos. Su excitación se derramaba en forma líquida desde su palpitante coño, manchando las sábanas bajo ellos con su lubricación.
—Aún no estoy en celo —susurra Luke mientras observa como Aemond empieza a bajar por su cuerpo. Aemond empuja las piernas de Luke hacia arriba hasta que sus pies están planos contra el colchón y sus muslos abiertos de par en par.
Luke siente la vergüenza consumirlo cuando cuando nota lo absorto que Aemond parecía con lo que yacía entre sus piernas.
Luke se preocupaba por mantenerse bien cuidado, pero seguía siendo un hombre adulto y no el joven omega con piel inmaculada y un coño suave aún sin tocar. La lubricación que salía de él hacía que el vello cuidadosamente cortado en su intimidad brillara y su vientre bajo estaba lleno de líneas que no habían desaparecido aún después del nacimiento de sus hijos.
Luke siempre había vivido con el temor de que llegara el día en que Aemond posara su mirada en un omega más joven y menos usado. Las doncellas de Luke y sus omegas de compañía le habían dicho que así era como funcionaban las cosas, que todos los hombres tomaban putas o amantes, y que con suerte, el esposo de Luke sería respetuoso y no presumiría su promiscuidad públicamente como lo hicieron los gobernantes en el pasado.
Pero aquella era una idea que Luke no podía soportar. No quería ni imaginar que Aemond pudiera encontrar placer en otro, que pudiera atreverse a poner un bebé en alguna golfa omega y traer vergüenza para él y sus hijos.
Aún con todo, Luke sentía la desesperante necesidad de ser suficiente para su esposo. El omega dentro de él anhelaba su amor y afecto aún cuando la mente de Luke le gritaba que no los necesitaba para sobrevivir.
Los dedos de Aemond abren los labios del coño de Lucerys gentilmente y toda preocupación del castaño es acallada con una sola palabra:
—Gevie —susurra Aemond para sí mismo. Hermoso
El platinado baja su cabeza hasta posarla entre los muslos de Lucerys y el castaño deja salir un grito casi animal al sentir la lengua del platinado contra su entrada expuesta.
—¡Qybor! —jadea Luke, enterrando su mano contra el cabello de Aemond para mantenerlo en su lugar mientras los labios del hombre succionan el clítoris del menor.
Luke se muele contra el rostro de su tío con intención y gime fuertemente por el placer. Satisfecho con la reacción de su sobrino, Aemond empieza a lamer el sensible botón con rápidos movimientos de su lengua. Luke se contiene para no cerrar sus muslos de golpe y terminar sofocando al hombre entre ellos, aunque lo más probable es que dicho hombre lo disfrute.
Unos dedos callosos penetran en él, tocando lugares que solo Aemond podía alcanzar, y Luke no puede hacer más que observar mientras Aemond mete y saca sus dedos a un ritmo brutal. Las yemas de los dedos de su pareja rozan sus paredes internas y su lengua no le daba tregua. La estimulación de ambas cosas era demasiada.
Lucerys habla sin aire.
—Aemond, no pares. Estoy tan cerca.
Su mandíbula cae abierta mientras observa a Aemond mirándolo con una mirada que enciende la piel de Luke en llamas. La parte inferior del rostro del platinado estaba cubierta con su lubricación y su cabello tenía nudos creados por las manos de Luke al tirar de él.
Se veía como un animal. Había una cierta intensidad en la expresión de Aemond, algo en cómo su ojo parecía nublado como si estuviera embriagado con el mejor de los vinos.
Los dedos de Aemond se curvan en su interior, y con una última succión a su clítoris, Luke tira su cabeza hacia atrás y grita mientras la parte inferior de su cuerpo se estremece. Una gran cantidad de líquido sale de él a un ritmo desagradable, pero Aemond lo lame y bebe sin queja alguna para luego limpiarlo de su mandíbula barbada.
El interior de los muslos de Lucerys iba a necesitar bastante ungüento luego de que todo esto terminara.
Aemond sube hasta su nivel y lo besa una vez más para luego envolver sus brazos alrededor de la cintura de Lucerys y pegar sus cuerpos. Su esposo se acomoda entre sus piernas y Luke suelta un suave gemido cada vez que la verga aún cubierta de Aemond se rozaba contra su húmedo coño.
—¿Por qué te estás comportando así, esposo? —la pregunta de Luke se convierte en un jadeo—. Mi celo aún no ha comenzado, pero actúas como un loco —Luke había atendido a Aemond mientras el hombre estaba en su propio celo, pero este comportamiento rivalizaba aún con eso.
Las manos de Aemond empiezan a soltar su cinturón y Luke puede sentir cuando la cabeza de la polla de su esposo se alinea con su entrada.
—Te quiero lúcido —el aliento de Aemond se siente caliente contra el cuello de Lucerys. Con mucho cuidado, Aemond empieza deslizarse en el interior del menor y Luke clava sus uñas en la espalda del alfa para controlarse—. Cuando llegue la mañana, tu cabeza estará perdida por el celo, pero quiero que recuerdes esto cuando suceda.
El sonido de confusión que iba a soltar muere en su garganta cuando la sensación de ser penetrado por Aemond lo invade. Sentir a su tío profundamente dentro de sí nunca dejaba de ser sobrecogedor. Aemond era grande, lo suficiente como para que Luke pudiera ver la forma de la verga del alfa contra su vientre al ser follado por el hombre cuando era más joven y pequeño.
Aemond se empuja cada vez más y más profundamente hasta que están lo más pegados al otro posible. Luke deja caer su cabeza hacia atrás y cierra los ojos para acostumbrarse a la sensación.
—Mírame, —demanda Aemond, para luego sacar su verga y volverla a meter de una sola estocada. El poder tras el movimiento causa que Luke brinque en la cama y suelte un pequeño grito por la sorpresa.
Lentamente, Luke abre sus ojos y se encuentra con Aemond, quien lo observaba con una hirviente intensidad en su mirada. Aemond mantiene su ojo pegado a los del castaño cuando empieza a moverse, saliendo y entrando a un ritmo que hace que los dedos de los pies del omega se curven.
—Soy el único que puede cogerte de esta forma —el rostro de Aemond estaba apenas a unos centímetros del de Luke, y el almizcle en su aroma mezclado con el sudor hacía que la boca del castaño se volviera agua.
Aemond levanta la mano para sostener la barbilla del otro hombre y usa la otra para agarrar su cintura con firmeza. La lubricación hace que los movimientos de Aemond fueran más fáciles, y el desenfrenado chapoteo causado por sus actividades resonaba en toda la recamara. Aemond empieza a moler sus caderas contra las de Lucerys superficialmente con su intensa mirada aún sobre el castaño, y luego posa su pulgar sobre sus labios.
El omega entiende la intención de su alfa y abre la boca para succionar el dígito.
—Tu cuerpo es mío por derecho y jamás conocerá el toque de nadie más que el mío —el platinado empieza a incrementar su ritmo, haciendo a Luke gemir alrededor del dedo en su boca—. Ningún otro hombre o alfa podrá jamás ver la forma tan dulce en la que te quebraste cuando entré en tu coño por primera vez y reclamé tu virginidad. Como lloraste cuando mi nudo te llenó y mi semilla se derramó en tu interior aquella primera vez.
Luke recuerda ese día más vívidamente que ningún otro. Aemond lo había follado desesperadamente, como un hombre ahogándose en busca del tan necesitado aire. Para cuando todo hubo terminado, el cuerpo de Luke estaba lleno de mordidas y marcas. De su interior se derramaba tanta semilla que no tuvo duda de que pronto su vientre estaría hinchado con un bebé.
Aemond empujaba cada vez más fuertemente y Luke empieza a tener problemas para mantener los ojos abiertos.
—Me voy a derramar dentro de tí —la voz de Aemond se sentía como algodón contra los oídos de Luke—. Y cuando llegue la mañana, me suplicarás que lo vuelva a hacer una y otra vez porque aún cuando tu mente nublada por celo crea que ya ha tenido suficiente, tu cuerpo no estará satisfecho hasta que te preñe una vez más. ¿No es eso lo que quieres?
"¿Otro bebé?" piensa Lucerys.
Ya habían pasado casi cuatro años desde que dio a luz a su último par de niñas. Aunque Luke nunca lo admitiría, su matriz anhelaba un bebé que la mantuviera tibia. Amaba lo atento que su esposo se volvía cuando notaba el vientre hinchado del omega.
En los últimos años habían sido muy diligentes en asegurarse de que la semilla de Aemond no diera frutos ya que tenían muchos pequeños muy cercanos en edad que cuidar. Pero Rhaella y Maegelle ya estaban empezando a aprender a leer, y Luke extrañaba el aroma de un recién nacido durmiendo sobre su pecho.
Luke ya podía imaginarlo: el rostro lleno de orgullo de Aemond mientras sostenía a un bebé de cabello oscuro y ojos del mismo color envuelto en mantas, un bebé que era mimado por sus hermanos y hermanas. Una pequeña niña que se parecía a Lucerys incluso más que Valerion.
Luke lo deseaba. Deseaba tener otro bebé con Aemond. Quería experimentar aquella sensación que solo podía venir con estar lo más cerca posible a otra persona.
Luke asiente con la cabeza y abre su boca para soltar un gemido. Los labios de Aemond se curvan con satisfacción.
El platinado besa a Luke gentilmente, un enorme contraste con el brutal ritmo con el que su verga se movía en el interior del castaño. La forma descuidada en la que Aemond empezaba a mover sus caderas le dijo que su esposo estaba cerca. El omega se aprieta alrededor de su alfa, incitandolo a terminar.
—Mantén tus ojos en mí —jadea Aemond contra los labios de Luke. Los ojos del castaño le pesan por el placer y el cansancio, pero obedece de todas formas—. Observa a tu alfa mientras te llena con su hijo —cada palabra destilaba desesperación. Aemond le estaba dando una orden, pero sonaba como una súplica—. Voy a cuidar de ti, taoba. Por los próximos días, no necesitarás conocer otra cosa más que el placer que te daré y mi toque sobre tu cuerpo.
Aemond aprieta su rostro más fuertemente, su ojo enteramente fijo en el castaño, y entonces el coño de Luke se aprieta contra la verga de su tío.
El contacto visual no se pierde aún cuando las caderas de Aemond pierden su ritmo por completo y su verga empieza a derramarse dentro de Luke.
Vuelven a besarse, pero más que un beso, es el contacto de dos bocas jadeando contra la otra mientras Aemond bombea su semilla dentro de Luke. El omega gimotea mientras su coño ordeña cada gota de la polla de su tío y sus caderas se empujan hacia arriba.
—Necesito tu nudo —gime Luke, sintiendo su coño vacío a pesar de estar extendido hasta casi el límite—. Por favor, alfa. He sido bueno.
—En la mañana —Aemond esconde su rostro en el cuello de Lucerys y lame la marca que allí había—. Por ahora, vamos a comer y descansar. No voy a permitir que colapses por el hambre mientras te follo.
Luke suelta un quejido, pero no pelea con Aemond pues sabe que tiene razón.
Odiaba lo lógico que era su pareja a veces.
Enojado, Luke envuelve sus brazos alrededor del cuello de Aemond y presiona su nariz contra el rostro del hombre que se posaba en su cuello.
—¿Lo decías en serio? —pregunta Luke, usando su mano para acariciar la sudorosa espalda de su esposo de arriba a abajo—. ¿Quieres tener otro hijo conmigo?
Aemond no dice nada por un momento y el único sonido en la habitación son sus pesadas respiraciones.
—Ya tenemos siete hijos —dice al final, alejándose del cuello de Luke para verlo a los ojos. Luke levanta su mano hacia el rostro del hombre para desatar el parche y lo observa caer. Sus dedos trazan la mitad marcada del rostro de Aemond y el omega en su interior suspira de alivio cuando el alfa no se aleja. Aemond quita la mano de su rostro y la lleva a sus labios para presionar un suave beso contra su palma—. ¿Qué problema hay si tenemos uno más?
Luke agradece la previsión de Aemond al sacar a Luke de la cama y forzarlo a comer antes de irse a dormir.
Desprovisto de energía, Luke se deleitó feliz con el pato asado y los trozos de fruta que Aemond había traído a sus aposentos. Luke no le prestó atención a su esposo cuando llamó a su ayudante para discutir los arreglos que debían hacerse para cuando el Rey estuviera confinado junto a su pareja. Luke estaba demasiado ocupado limpiando el caramelo del limón de sus dedos y pensando en la condición de su hijo distantemente como para que le importara.
Se prometió visitar a su hijo una vez que su celo hubiera terminado.
Aemond aún estaba despierto cuando Luke se arrastró a la cama y sucumbió al cansancio. Solo fue capaz de ver a su esposo con los párpados pesados por un momento antes de caer dormido en la calidez de su cama ahora limpia.
Desde ese momento en adelante, todo lo demás fue como un borrón para Lucerys.
Recuerda haberse despertado en algún punto de la noche con la luna aún en el cielo y sintiendo su cuerpo como si estuviera en llamas. No fue más que el instinto lo que lo hizo subirse a gatas sobre su esposo aún dormido y empezar a moverse en busca de fricción.
—Alfa —gimotea Luke sobre el regazo de Aemond mientras se mueve de adelante a atrás sobre la flácida verga de su esposo.
De su coño empezó a salir lubricante, el cual manchó el pantalón de dormir que Aemond usaba, y no pasó mucho para que el pene del hombre empezara a endurecerse. En medio de la neblina de su mente, Luke mete su mano en la ropa de su esposo y saca su endurecida longitud. Se veía larga y venosa en la mano de Luke, quien empezó a masajearla perezosamente.
La respiración de Aemond se mantuvo estable y Luke lo observó desesperado.
Necesitaba a su alfa. Se sentía tan vacío que dolía.
Frustrado, Luke se gira de modo que su espalda estaba ahora de cara a Aemond y levantó su camisón de dormir. Alineó la punta de la verga de Aemond contra su entrada y se sentó cuidadosamente hasta que la base del miembro estuvo pegada a sus labios vaginales.
El peso en su interior hizo que Luke gimoteara contento.
Luke coloca la mano en la cama frente a él y se eleva hasta que solo la punta se hallaba en su interior antes de dejarse caer con un gemido cuando la punta golpeó profundamente en su interior. Repite los mismos movimientos una y otra vez, babeando desvergonzadamente cada vez que la punta de la verga de su tío tocaba su matriz.
Se sentía tan increíblemente bien que Luke metió la mano a través del cuello de su camisón para agarrar su pecho. Esa área no había vuelto a hincharse desde que había alimentado a sus hijas hace ya cuatro años, pero las feromonas del celo hacían que doliera.
Luke empezó a rotar su pezón entre su pulgar y dedo índice, pinchando y tirando de él. La sensación envía un cosquilleo hacia la punta de los dedos de sus pies y su boca se abre en un gemido silencioso cuando su interior se contrae al llegar al clímax.
Luke cae al frente y sus temblorosos brazos tienen problemas para sostener su peso. Lágrimas empiezan a nublar su visión y Luke inhala humedamente.
Su mente se sentía aturdida, y sus sentidos estaban tan abrumados que no notó como las manos de Aemond empezaron a subir por su cintura y apretaron esa zona. Sin pensarlo, Aemond hundió su mano en la piel del vientre de Lucerys y se empujó dentro de él.
Luke dejó salir un grito, su cuerpo se empuja hacia adelante y retuerce las sábanas bajo él con las manos.
—Estás tan desesperado —la voz de Aemond sonaba ronca y profunda por el sueño, lo cual hizo que Luke se ponga increíblemente húmedo—. Ni siquiera pudiste esperar al romper del alba.
Aemond se sienta lentamente con su verga aún profundamente enterrada en su interior, y Luke cae de pecho contra la cama. Observa por encima de su hombro débilmente para apreciar la somnolienta apariencia de Aemond. El rostro de Luke era un desastre de lágrimas y moco, pero no tenía cabeza para preocuparse por eso.
—Necesito tu nudo —balbucea Luke, empujándose contra la verga de Aemond—. Por favor, alfa. He sido bueno.
Aemond hace un sonido pensativo.
—¿Has sido un buen omega? —le pregunta.
Luke presiona su rostro contra las pieles bajo él y asiente con la cabeza.
—Sí, para ti. Quiero ser un buen omega para ti.
Las manos de Aemond se posan en su cadera.
—No mientas —una mano baja y golpea el montículo de su trasero—. Los omega buenos esperan por sus alfas, no toman su placer sin permiso —a pesar de sus palabras, Aemond se empuja dentro de Luke y el castaño suelta un gemido desde el fondo de su garganta.
—P'rdón —llora Luke. Usa sus manos para aferrarse al pie de la cama y entierra sus uñas en la madera finamente tallada. Aemond entierra y saca su verga una y otra vez, pero no es suficiente. Es demasiado lento—. Más —gime.
Aemond resopla.
—¿Más? Tú no tienes ningún derecho a exigirme nada.
Luke no hace comentario alguno.
La agitación de Aemond y su lujuria se sentían tan pesados en el aire que nublaban la mente de Lucerys aún más. Cada estocada hacía que la cama crujiera. Lágrimas de frustración empiezan a formarse en sus ojos y Luke esconde su rostro aún más contra la cama.
Su angustia debió ser evidente porque Aemond se detiene de repente y acomoda a Luke hasta que se encuentran frente a frente.
—Shhh —Aemond limpia las lágrimas en sus mejillas—. No llores.
Luke agarra su propio cabello con fuerza.
—Quiero ser bueno para ti —el castaño no entiende porqué está llorando cual niño pequeño, pero la idea de enojar a su alfa hace que su pecho duela. Su alfa estaba enojado con él y todo lo que Luke puede hacer es enterrar sus uñas en su rostro y llorar.
—No hagas eso —Aemond quita sus manos del rostro de Luke y las inmoviliza contra la cama—. Sé un buen omega y relájate para mí, ¿está bien? Deja que tu alfa cuide de ti.
Luke se sorbe la nariz pero asiente con la cabeza. Si estuviera lúcido, detestaría que le hablaran como si fuera un tonto de baja cuna. Pero en ese momento, las palabras de Aemond sirvieron para darle consuelo y calma.
No se resiste cuando Aemond toma sus piernas de las rodillas y se las pone a cada costado. Luke deja que el platinado vuelva a meter su miembro en su interior y empieza un ritmo que se vuelve cada vez más rápido. El cuerpo de Luke se mueve hacia adelante con cada estocada y tiene que sostenerse del borde para evitar caerse de ella.
Aemond se inclina hacia adelante y agarra uno de los postes del dosel para tomar un mejor impulso e incrementar su ritmo. La nueva posición tiene a Luke prácticamente doblado a la mitad, sus rodillas casi tocando sus orejas.
Lucerys parece escuchar que Aemond le habla, pero su mente estaba demasiado abrumada. El único sonido que puede distinguir es el ruido de la cama.
Se sentía tan bien. Su piel estaba encendida por el placer. El nudo hinchado de Aemond se presiona contra su húmedo coño y Luke suelta un fuerte gemido de emoción.
—Relájate para mí, amor —jadea Aemond con el ceño fruncido, Luke solo se aprieta más fuertemente contra el miembro en su interior y Aemond deja salir un siseo en respuesta.
El platinado se suelta del poste de la cama y usa su mano para tomar el rostro de Luke. Junta sus bocas de golpe, sus dientes y lenguas se encuentran violentamente, y la distracción le da al hombre la oportunidad de empujar su nudo completamente en el interior del castaño.
El efecto es inmediato.
Luke grita contra los labios de Aemond y sus ojos se cierran con fuerza por el placer y el dolor. No se había sentido tan lleno en meses. Aemond no lo anudaba tan seguido ya que el tiempo que tenían que esperar para que el nudo bajara no lo valía. Pero cuando el castaño estaba ahogado en su celo, la intensidad era indescriptible.
Los dedos de los pies de Luke se tuercen y sus muslos se estremecen. El sonido del poste de la cama quebrándose bajo la presión del agarre de Aemond resuena por la habitación y es acompañado por los gritos de Lucerys cuando su pareja hunde sus dientes en la ya cicatrizada marca sobre su cuello.
La semilla del platinado llena el vientre de Luke, caliente y satisfactoria. Aemond no deja de empujarse en su interior ni por un segundo a pesar de que el nudo los mantenía pegados. Solo se detiene una vez hubo terminado de lamer la marca y nota la aturdida expresión en el rostro de Luke, quien estaba en tal estado de dicha absoluta y tan exhausto que no podía más que hacer sonidos de placer mientras su tío follaba su cuerpo laxo.
Con un gruñido, Aemond rueda sobre su espalda con Lucerys encima de él. La mejilla del castaño se pega contra el pectoral del mayor y siente como empieza a babear por la comisura de boca.
Todo a su alrededor olía solo a Aemond y a sexo.
Se sentía seguro, una emoción que Luke desde hace mucho asociaba con el hombre que lo sostenía en brazos.
El nudo de Aemond los mantuvo unidos unos minutos más, pero Luke estaba cansado. Pronto se volvería a despertar y le rogaría a Aemond que lo volviera a llenar con su semilla una vez más; pero por ahora, Luke solo quería descansar en los brazos de su esposo.
—Te amo —balbucea Luke mientras sus párpados empiezan a cerrarse. La mano que acariciaba su espalda se detiene brevemente—. T'amo, Aem.
El sueño pronto se apoderó de Lucerys y su cuerpo se relaja en el agarre de Aemond.
El toque firme pero gentil sobre su espalda sólo regresa cuando se quedó completamente dormido.
—Descansa, issa prūmia. (corazón mío)
El celo de Luke acaba al quinto día.
Cuando la lucidez regresó a él, Luke se ve sumergido en un baño de aroma dulce mientras Aemond usa un trapo para limpiar los restos de semilla y lubricante de sus muslos. A Aemond le toma un segundo darse cuenta de que Luke lo observa, pero no dice nada cuando lo hace. Solo mete el trapo en el agua caliente y empieza a limpiar entre los dedos del castaño.
—Nuestro hijo se ha recuperado —Luke parpadea confundido. Aemond detiene sus acciones y lo mira—. Aenys está despierto y ha regresado a la normalidad. Ya puede estar en la presencia de otro hombre sin tener la necesidad de arrancarle la garganta de un mordisco —los labios de Aemond se curvan ligeramente al decir lo último.
Luke deja salir un suspiro de alivio y asiente con la cabeza.
—Quiero verlo —dice suavemente—. Necesito ver que está bien con mis propios ojos.
Aemond permanece en silencio, deja el trapo a un lado y ayuda a Lucerys a levantarse. Sus piernas estaban temblorosas y tiene que apoyarse contra su esposo para asegurarse de no caer.
Sin decir una palabra, Aemond lo guía hacia el vestidor y saca una túnica roja larga y hecha de una tela gruesa. Su esposo lo viste, aún sin mediar una sola palabra, y termina envolviendo una capa de piel sobre los hombros del castaño.
Aemond entonces lo guía hacia la puerta que lleva a la salida de sus aposentos y solo se detiene cuando Luke tira de su ropa.
—¿Aemond? —Luke lo encara con el rostro retorcido por la preocupación—. ¿Hay algún problema? Estás tan callado, y eso me...inquieta. ¿Hice algo que te enojara? —Luke se sentiría terrible si se enterará de que dijo algo de lo que se arrepentiría en medio del celo.
Aemond solo lo observa, su ojo pasa por cada uno de los rasgos en el rostro de Lule. Su esposo estaba vestido como Rey una vez más; el apuesto y lujurioso desastre de unos días atrás había desaparecido. Su ropa de dormir había sido reemplazada por una fina túnica negra y una media capa roja que estaba sujeta a su hombro.
A Luke le entristecía ver como el peso de su Reinado volvía a caer sobre el hombre. Si fuera posible, Luke alejaría a su esposo y a su familia de todo eso. Encontraría un pedazo de tierra deshabitado y construiría una fortaleza donde pudieran vivir felices, libres del estrés y la carga que venían con el trono. Una vida donde no tuvieran que experimentar una guerra y la muerte de miles para estar juntos.
Luke coloca una mano sobre el brazo de Aemond y el hombre cierra su ojo.
—Aenys será un buen Rey —dice Aemond sin mirarlo—. No me disculparé por la forma en la que decidí criarlo, pero no puedo justificar el medio sin poder decir lo que acabo de decir.
Luke tararea por lo bajo.
—Por supuesto que Aenys será un buen Rey. Él es mitad tú.
—No, él es mitad tú —Aemond finalmente se digna a darle toda su atención. Luke parpadea rápidamente y su visión se pone borrosa, lo que hace que la lleve al suelo.
—Deberías decirle eso a él, no a mí —el castaño arrastra su mano del brazo de Aemond hasta su mejilla—. No soy yo quien necesita estar seguro de tu amor.
Aemond lo observa sin parpadear para luego apartar su mano con un suspiro.
—Vamos. Los niños te extrañan mucho.
Luke sonríe y sigue a su esposo. Ambos caminan con los brazos entrelazados hacia el Maegor's Holdfast.
Se encuentran con todos sus hijos reunidos en el cuarto de niños y los menores se acercan corriendo hacia Luke soltando gritillos de felicidad. Aemond abre la boca para reprenderlos, pero un movimiento de la mano de Luke es suficiente para hacerlo callar.
Luke complace a sus bebés y los llena de los besos que no les había podido dar en todo ese tiempo. Maegelle y Rhaella se aferran a su túnica mientras balbucean acerca de sus nuevos juguetes. Cada uno de los niños parece querer monopolizar su atención, a excepción de uno.
Aenys estaba parado en la esquina más alejada del salón mientras jugaba con sus manos y cambiaba su peso de un pie a otro. A pesar de su nueva esencia de alfa, Aenys estaba encogido sobre sí mismo. Y parecía creer que, si lo intentaba lo suficiente, podría desaparecer de la vista de todos.
Pero cuando se paraba erguido, Aenys se parecía tanto Aemond que el corazón de Luke dolía. El tiempo se había ido entre las manos de Luke sin su permiso, y de repente, aquel pequeño bebé que el castaño solía mecer contra su pecho hace lo que parecía ser toda una vida era ya ya un hombre.
Pronto, sus hijos no lo necesitarían más. Todos buscarían hacer grandes cosas sin mirar atrás.
Pero Luke se rehusaba a pensar en ese día. Mientras sus hijos aún lo necesitaran, él permanecería allí.
El castaño cruza la habitación rápidamente y envuelve a Aenys en un abrazo que su hijo devuelve con el mismo entusiasmo. El hijo mayor de Luke casi lo había pasado ya en altura, pero Aenys escondió su rostro en su cuello como si fuera aquel niño tímido una vez más.
—Mi apuesto muchacho —susurra Luke contra el suave cabello de Aenys—. Mi hermoso y fuerte hijo.
Aenys aprieta su agarre.
—Saera me contó lo sucedido. Lamento haberte asustado.
Luke sacude la cabeza.
—No te culpo, dulzura. De seguro estabas asustado, tan confundido. Lamento no haberme dado cuenta antes —el castaño besa la cabeza de Aenys y deja salir un suspiro de satisfacción cuando el aroma de su hijo se suaviza y lo siente relajarse.
El hombro de la túnica de Lucerys se empapa y el castaño procede a acariciar la cabeza de su hijo para calmarlo entre arrullos.
—Perdóname. No debería llorar como si aún fuera un bebé. Es solo que te extrañé mucho.
Luke estaba seguro de que Aemond estaba viendo lo que ocurría, y una parte del castaño estaba esperando que su tío regañara al muchacho por mostrar sus emociones tan abiertamente, pero Aemond se mantuvo en silencio. La única prueba de su existencia era el peso de su mirada sobre la espalda de Lucerys.
Luke deja un beso sobre el cabello de su hijo, ese que era tan similar al del hombre que amaba.
—No te disculpes. Tú siempre serás mi bebé.
Su último bebé nace el último día del verano.
Lucerys empieza su labor en la mañana; y para el medio día, ya hay docenas de sirvientes y maestres preparándose para recibir al pequeño. A Aemond se le había ordenado salir de la cámara de parto de su pareja y fue relegado al cuarto de niños como si él también fuera uno y no el Rey de esas tierras.
Valerion le estaba presumiendo su cría de dragón, Comet, cuando Naerys llegó corriendo a la habitación junto al joven Viserys. Ninguno tiene que decir ni una palabra porque Aemond se levanta enseguida y se hace camino hacia la recamara donde se hallaba su pareja. No se escuchaban los usuales gritos de dolor que venían con dar a luz, y aquello solo empeoró la preocupación del platinado.
Nadie hace el intento de detenerlo cuando abre las puertas de la recámara y se hace camino dentro. Los sirvientes detienen sus labores y hacen una rápida reverencia ante la presencia de su gobernante antes de regresar a correr como gallinas sin cabeza.
Saera lo mira desde su lugar junto a la cama de Lucerys y le brinda una pequeña pero dolida sonrisa.
Lucerys se veía demacrado y sudoroso, tan pequeño en medio de esa enorme cama. Aemond se acerca a la cama con mucho cuidado, como si tuviera miedo de que si Lucerys lo escuchaba llegar, se deslizaría entre sus dedos como la arena del mar. El platinado se sienta en el lado opuesto a Saera y observa los ojos de su pareja moverse bajo sus párpados cerrados.
—¿Por qué...? —Lucerys respiraba con dificultad—. ¿Por qué dejaste de hablar, Saera? Tu voz... tu voz es muy dulce. Me gustaría escucharla más.
Saera sonríe, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas y dolor.
—Estábamos hablando de nombres. ¿Ya has escogido un nombre para mi nuevo hermanito, Muña? Yo ya sé cómo llamaré a mis hijos cuando los tenga.
Luke asiente suavemente y aprieta la mano de Saera.
—S-sí. Tu padre y yo ya hemos escogido un nombre. ¿Qué... —el castaño toma una respiración profunda—. ¿Qué nombres has escogido tú, dulzura? —Saera pone un trapo mojado sobre la frente del esposo de Aemond.
—Aegon —Aemond trata de esconder el escalofrío que lo recorre al escuchar ese nombre—. Siempre he admirado al Conquistador y quiero un hijo tan noble como él.
Luke deja salir una respiración temblorosa.
—Aegon. Yo...tengo un hermano llamado... llamado Aegon. Es muy dulce. Lo extraño, pero no le gusta este lugar. ¿Sabías...sabías que tuve otros dos hermanos?
Su hija suelta un "hm" en afirmación y Lucerys sonríe.
—Tú me recuerdas a ellos. Eres tan ju-juguetona como Joff y amable como Jace. Pero...pero luces igual que mi madre. No los he visto en mucho tiempo. Espero que sepan que los extraño.
Saera asiente con la cabeza y una lágrima baja por su mejilla.
—Si tengo una hija, la llamaré Naerys. Y... y si llego a tener otro hijo, lo voy a nombrar en honor a Padre.
—No —interrumpe Aemond. Saera lo mira con sus húmedos y confundidos ojos—. Ningún niño debe llevar la carga de mi nombre. Deja que muera conmigo.
Saera frunce el ceño y regresa su mirada a Lucerys.
—Está bien. Entonces lo llamaré Aemon. Muña es descendiente del Príncipe Aemon, y suena similar al nombre de padre. Crecerá para ser noble y fuerte como los hombres por los que fue nombrado.
Luke estira su mano y Aemond la toma.
—Aegon, Naerys, y Aemon. Esos son...nombres preciosos, Saera.
Finalmente, Luke abre sus ojos. Su mirada estaba desenfocada y confundida, pero se ilumina al ver a Aemond.
—Déjanos —le susurra Aemond a su hija. Saera parece tener conflicto con la petición, pero accede de todos modos. Se inclina para dejar un beso sobre la frente de su madre y luego cruza al otro lado de la cama para besar la mejilla de Aemond.
—Por favor, no permitas que nos deje —susurra, para luego alejarse y hacerse camino a la puerta.
Luke toma una respiración profunda y aprieta la mano de Aemond.
—Gracias. No quiero...asustarla más.
Aemond asiente con la cabeza y usa su pulgar para hacer círculos sobre el dorso de la mano de Luke.
—El bebé viene al revés —dice Luke con los párpados pesados y los ojos cansados—. Los maestres dicen que no nacerá a menos que...—el castaño traga saliva nerviosamente.
Aemond sacude la cabeza
—No. No te voy a sacrificar por un niño. Ni siquiera... te atrevas a sugerirlo en mi presencia.
Luke parpadea lentamente, dejando caer su cabeza contra las almohadas tras él.
—He vivido más de lo previsto. No le quites a nuestra hija la oportunidad de vivir solo por mí.
—Silencio, Lucerys —la mano de Aemond se aprieta alrededor de la de Lucerys—. Tú vida es mucho más importante que la de cualquier bebé. Si perdemos esta niña —el platinado traga saliva—, lloraremos su muerte, pero sobreviviremos. Tú vas a sobrevivir porque eso es lo que haces. Es quien eres.
De repente, Luke suelta un gruñido de dolor. Su pierna se estira y su cabeza cae a un lado mientras aprieta los dientes.
Aemond gira su cabeza para ver al maestre y le gruñe al pálido hombre.
—¿Acaso no ve que está sufriendo? ¡Haga algo para ayudarlo! —le ladra.
—Perdóneme, su Majestad, pero el niño viene de cola. A menos que cortemos el vientre de la Reina, sacar el bebé será muy doloroso; y no hay garantía de que el bebé sobreviva.
—¿Mucho más doloroso que abrir a mi pareja como si fuera un animal? —gruñe Aemond. El hombre hace una mueca y aparta la mirada con vergüenza.
Luke suelta un gruñido y se intenta levantar sin éxito. Aemond lo ayuda a apoyarse contra la cabecera de la cama con cuidado y el peso del castaño cae contra sus hombros. Aemond aparta los mechones húmedos que caían sobre los ojos de su pareja y Luke levanta su mirada hacia él.
Lucerys se veía hermoso. Cansado, sudoroso y pálido, pero hermoso. Lucerys había sido hermoso desde el día en que había nacido. Un bebé saludable que era amado por su hermana y padre mientras Aemond solo admiraba a la distancia.
La madre de Aemond no le había permitido visitar a su sobrino luego de su nacimiento, pero lo había escuchado desde el momento en el que había llegado al mundo.
Desde el inicio, algo dentro de Aemond se había sentido inexplicablemente atraído hacia el muchacho de cabellos oscuros. Ahora, el platinado sabía que aquello había sido el destino clavando sus uñas en ellos desde el inicio, pero no se arrepiente de las decisiones que los llevaron a este momento.
Jamás se arrepentiría de amar a Lucerys.
—¿La vas a amar? —susurra Luke contra su hombro, pero Aemond no tiene la fuerza para verlo—. ¿Amarás a nuestra hija si yo no puedo?
—Tú no vas a-
—Aemond —la voz de Luke es firme y su agarre sobre la mano de Aemond tiene la misma intención—. Tienes que... tienes que cuidar de ella. Demuestrale amor si yo no estoy aquí para hacerlo. Ámalos a todos. Prométemelo, Aemond.
Aemond aprieta la mandíbula y su único ojo empieza a parpadear con rapidez para deshacerse del ardor que comenzaba a formarse tras él.
—No puedes dejarme, Luke.
Aenys aún no estaba listo para ser Rey, pero si Lucerys moría, no le quedaría de otra que tomar el trono.
Si Lucerys moría, Aemond no dudaba que él lo seguiría pronto. Ya había perdido a Lucerys una vez y aquello lo había llevado a su perdición, no había razón para que la situación fuera diferente esta vez.
—Por favor, Aemond. Si me amas como yo te amo a ti, concédeme este último deseo. —La garganta del platinado se aprieta, impidiendo que las palabras salgan de su boca, así que solo asiente con la cabeza.
Lucerys se relajó contra él, aliviado.
—Te amo, Aemond —su pareja acaricia su garganta con su nariz—. No te lo he dicho lo suficiente.
Aemond ama a Lucerys. Lo amaba tanto que había días en los que Aemond no podía respirar sin él. El odio que una vez había sentido por el muchacho Velaryon nunca desapareció, solo se transformó en algo más.
El amor que Aemond sentía por Lucerys tenía dientes. Mordía la mano que lo alimentaba pero también lamía las heridas en busca de perdón. Lucerys siempre lo perdonó. Aún si tomaba días, meses o años, Lucerys le había permitido amarlo incluso si no lo merecía.
—Avy jorrāelan (Te amo) —susurra Aemond contra los sudorosos rizos de Lucerys—. Eres mi más grande amor, Lucerys.
Lucerys deja salir una respiración temblorosa. Las lágrimas de Luke empiezan a mojar el cuello de Aemond, pero las ignora y solo continúa abrazándolo.
—Su majestad —Aemond no quiere apartar la mirada de Lucerys, pero se fuerza a mirar hacia la fuente de la voz que le habla. Inmediatamente, el platinado reconoce a la mujer como una de las doncellas que más tiempo llevaba con Luke, una mujer llamada Lara, si su memoria no fallaba—. Ya es hora.
Aemond cierra su ojo con fuerza y no dice nada, solo acomoda su agarre sobre Luke. Es Lucerys quien finalmente se suelta del agarre de Aemond y asiente. Cuando el castaño deja un beso sobre la mejilla de Aemond, el platinado finalmente cae en cuenta de lo patético e impotente que se sentía. No era él quien estaba a las puertas de la muerte, pero era él al que tenían que consolar.
Lucerys siempre había sido más valiente que él. Desde lo sucedido en Driftmark hasta Storm's End, siempre había ejercido una valentía que Aemond no podía más que envidiar mientras se mordía la lengua.
Luke era mucho más de lo que Aemond podría siquiera soñar llegar a ser. Más de lo que un alma podrida como la suya podría llegar a merecer.
—¿Te quedas conmigo? —le pide Lucerys con una voz suave pero llena de esperanza.
Aemond toma su mano y aprieta.
Pasa otra hora más para que su hija nazca. Aemond no pudo hacer más que quedarse allí y observar como las sábanas se empapaban con cada vez más sangre y como Lucerys se retorcía en agonía mientras los maestres y parteras trabajaban entre sus piernas.
Para cuando la bebé es finalmente sacada del interior de Luke, Aemond ni siquiera pudo enfocar su oído en si la niña lloraba o no. Toda su atención estaba completamente enfocada en Lucerys, observando como el rostro del castaño se volvía cada vez más pálido y su cuerpo cada vez más laxo.
—Sálvelo —la voz de Aemond no es más que un susurro. El maestre lo mira con lástima, pero asiente de todas formas.
—Nuestra bebé...—balbucea Luke—¿...está bien?
Finalmente, Aemond nota el llanto que venía del bulto que las doncellas sostenían. Era un sonido suave y débil, pero allí estaba.
—Una niña, su Majestad —sonríe Lara, acercándose con la bebé—. Una princesa.
Luke estira las manos débilmente.
—Daenys.
Lara le entrega la bebé a Aemond, quien la apoya contra el pecho de Lucerys.
—Hola, pequeña —su voz temblaba por el cansancio—. Soy tu muña —el llanto de Daenys había parado, pero su pequeña espalda temblaba con la temblorosa respiración que entraba y salía de sus pulmones.
—Mi Rey —Aemond aparta su mirada de su esposo e hija recién nacida para ver al maestre—. Hemos... hemos logrado detener el sangrado. —En ese momento, todos en la habitación soltaron un suspiro alivio colectivo—. Pero aún hay riesgo de infección. La Reina deberá permanecer en cama por un tiempo para asegurarnos de que no le encienda la fiebre.
Aemond asiente con la cabeza, pero antes de poder pedirle que se retire, el hombre continúa hablando.
—Una última cosa, su Majestad —Aemond levanta una ceja, irritado con la persona que lo alejaba de su familia—. El joven Reina... es improbable que vuelva a tener otro niño. El trauma es demasiado grande.
Tras él, Lucerys suelta una suave risa y Daenys hace un pequeño sonido.
Aemond le da la espada al hombre.
—No necesitamos más. Ya tenemos suficientes —Luke levanta la mirada y le da una débil sonrisa.
—Mira, Aemond —Luke apartó la manta que cubría la cabeza de Daenys. Unos cuantos mechones de cabello de un tono ligeramente diferente al de Lucerys cubrían su cabeza. Su cabello era oscuro, pero parecía brillar de un tono más cobrizo que el tono casi negro del cabello de Luke. Pero sus ojos...sus ojos eran completamente de Lucerys.
—Se parece a mí —el cariño en la voz de Luke era evidente. Su hija apenas llevaba unos cuantos minutos en el mundo, pero jamás conocería un solo momento sin amor.
Aemond estira su mano para acariciar el suave cabello de Daenys. Su hija hizo un pequeño sonido y se apoyó contra su toque.
—Es hermosa —susurra Aemond—, como su madre.
