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Slice of Bread (Rebanada de pan) [REMASTERIZADO]

Summary:

¿Qué es el pan?
El alimento más básico e importante. ¿No?
¿Y una rebanada de pan? ¿Es acaso suficiente?

Donde Kim Minji vive tranquilamente en un piso universitario, hasta que irrumpe en su vida una pequeña intrusa y sus destinos se acaban entrelazando, mientras secretos oscuros de un pasado enterrado comienzan a surgir.
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Todos los derechos reservados ©
Esta historia NO fue escrita con IA. Todo es fruto de mis fantasiosas (y emocionalmente intensas) neuronas⚠️

Notes:

Attention: Slow-burn romance. Desarrollo lento ♥

Advertencia: Capítulos largos (después de la mitad).
Básicamente escribí un libro Bbangsaz. Jeje. Pero prometo que vale la pena!

Gracias por entrar a curiosear mi historia! Espero te guste.
Todo comentario se agradece ♥♥

Enjoy!
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REMASTERIZADO CON ESCENAS Y DIÁLOGOS COMPLETAMENTE NUEVOS Y EXTENDIDOS.

Chapter 1: Slice 01

Chapter Text

Hongdae es un famoso distrito de Seúl conocido a nivel internacional por su vibrante vida nocturna. En pleno marzo, sus calles se apreciaban llenas de grupos de gente joven, conversando, fumando, riendo, y algunos incluso con evidentes dificultades para caminar.

El barrio estaba repleto de pubs, karaokes, salas de juegos y discotecas de todos los tamaños. Un verdadero paraíso para quienes disfrutaban de ese estilo de vida, aunque, por supuesto, también existía otro grupo de personas que no sentía el menor interés por ese tipo de diversión.

Kim Minji percibía sus sentidos totalmente abrumados a esas alturas de la noche. 

Miró su reloj digital y comprobó que no era tan tarde, pero se sentía agobiada y agotada. No sentía ningún tipo de afinidad hacia la actividad nocturna —es más, nunca se había sentido realmente motivada por ese tipo de salidas, ni siquiera con su grupo de amigos de la secundaria. Disfrutaba y apreciaba mucho más el cenar en su departamento algo rápido, darse una ducha tibia, organizar su tiempo para estudiar y tratar de dormirse antes de las once, si era posible.

Al interior de aquella discoteca, su cuerpo parecía desconocer los estímulos que le rodeaban y reaccionaban en consecuencia.

Recordaba que, años atrás, una de sus amigas solía intentar convencerla de saltarse clases para ir en grupo a un karaoke o a un salón de baile. Pero Minji siempre había sido una chica responsable, apegada a ciertas normas (ser la hija del medio entre tres hermanos tenía sus propios desafíos), así que solía rechazar la oferta. No es que nunca hubiera ido a una fiesta, pero, por distintos motivos, nunca había llegado a disfrutar de ninguna. Y esta vez no parecía ser la excepción.

"No debí venir."

¿Cómo había acabado ahí? Simple. Una de sus compañeras de la universidad le había insistido bastante para que se uniera a esa salida, solo por ser una de las pocas personas con las que tenía afinidad de verdad.

Además, tiempo atrás, aquella chica le había ayudado con un proyecto, cuando Minji se había visto apremiada por el horario de su curso electivo de informática, por lo que hizo uso de ello a su favor.

Parecía como si su voz aún retumbase en lo más profundo de su cabeza:

—¡Por favor, Kim Minji! No quiero ir sola… —la voz de Hikaru retumbó en su oído mientras caminaban por uno de los pasillos de su facultad.

La chica de ojos pequeños, cabellera oscura y muy baja estatura, en comparación a la suya, había comenzado a protagonizar un pequeño berrinche una vez salieron del Departamento de Extranjería.

—No vas a ir sola —respondió Minji, sin girarse a mirarla—. Tienes muchas amistades, Hikaru. No lograrás convencerme con tu voz de capricho. ¿Por qué no invitas a alguna de tus amigas japonesas? Seguramente ellas sí querrían ir contigo.

—Algunas ya me confirmaron que irán. ¡Pero tú eres mi amiga también! ¿No podrías hacer una excepción por mí? No te haría mal alejarte un día de tus libros. Aún no tenemos exámenes cerca, no sé qué tanto andas leyendo.

—No es por eso que no quiero ir. Tampoco soy una fanática de los estudios. Simplemente no me agradan esos lugares. Hongdae es un barrio que me hace sentir algo incómoda.

—Lo sé, pero… ¡Solo por esta vez! —reprochó la chica, mostrándose insistente. Y entonces, pareció recordar algo y se puso de pie frente a ella, en una postura mucho más confrontacional—. ¡De hecho! Acabo de recordar que tienes una deuda conmigo, así que te la cobro ahora.

Minji se detuvo en seco.

—¿Una deuda? ¿Qué deuda?

—La otra vez te ayudé con ese proyecto que no llegabas a finalizar por tu examen de informática, ¿o ya lo olvidaste?

Ante el comentario de la japonesa, Minji frunció el ceño.

—Que yo recuerde, solo me ayudaste con la portada y el índice… ¿Y qué tiene que ver eso con una fiesta? Puedo compensártelo de muchas otras formas que te favorecerían mucho más.

—¡Pero es mi fiesta de cumpleaños! —continuó reprochando la otra chica—. Y quiero que estés conmigo.

Aquel sí era un argumento lo suficientemente sustancial para que Minji no tuviese más excusas.

Sabía que tenía derecho a decir que no, pero también era cierto que, a esas alturas, ya casi podía considerar a Hikaru como algo parecido a una amiga. O, al menos, sabía que la japonesa sí la consideraba a ella como tal. Después de todo, había sido Minji quien la había guiado por el campus las primeras semanas luego de que Hikaru llegase de Japón, y de alguna forma habían congeniado, pese a ser bastante diferentes.

Le hacía sentir culpable negarse a asistir a su celebración de cumpleaños.

Aunque también era consciente de que Hikaru estaba jugando sucio para lograr convencerla.

—Te detesto —murmuró, dejando clara su resignación. La más baja dibujó una sonrisa amplia en su rostro, reconociendo su victoria—. Y borra esa expresión. Te lo advierto: Si me siento incómoda en algún momento, huiré.

—¡No pasará! Ya verás. Te agradarán mis amigas.

De una forma u otra, había terminado cediendo a la presión y aceptando asistir a la celebración en aquel pub. Por ciertos conflictos internos personales, había arribado utilizando una mascarilla negra que cubría parte de su rostro, pero Hikaru la había forzado a quitársela una vez estuvieron dentro.

A Minji no le gustaba llevar el rostro expuesto, pero supuso que sería difícil que alguien pudiese reconocerla entre la oscuridad, las luces brillantes y el ambiente del lugar.

Notó desde el primer momento un nudo en la boca del estómago producto de la ansiedad, pero se obligó a controlarla, recordándose el motivo de su presencia ahí.

Pero su predicción había resultado ser acertada: luego de un par de horas, no había llegado a sentir aquella supuesta diversión prometida.

Para colmo, en algún punto había perdido de vista a la cumpleañera, y ahora se encontraba con un grupo de extranjeras, varias de las cuales conocía, pero no lo suficiente como para sentirse realmente cómoda. Además, la presencia de cierta persona en el lugar la inquietaba más de lo que quería admitir, por lo que parte de su concentración también se encontraba puesta en evadirla y evitar cualquier tipo de contacto con ella.

Con más lentitud de la que habría deseado, la noche avanzó sin mayores incidentes, solo viéndose interrumpida por algunos episodios menores: un par de botellas rotas por descuidos de personas a su alrededor; un chico que se había tropezado con otro y casi inician una pelea; alguien que, al saltar detrás de ella, le jaló el cabello por accidente; el sonido de un objeto cayendo desde el segundo piso, que había golpeado en la espalda a un chico que se hallaba cerca de ella en ese momento y que poca importancia le dio al asunto; y el grito de una chica para alejar a un estudiante joven que insistía en sacarla a bailar.

Todo eso había ocurrido en menos de una hora, y pronto Minji comenzó a sentirse aún más abrumada.

Media hora después, la atmósfera se había vuelto casi insoportable. Los aromas se mezclaban en el aire: el sudor de los cuerpos amontonados, las esencias de perfumes adheridos a la ropa de la gente, el fuerte aroma a licor que impregnaba el ambiente, y el inconfundible olor a cigarrillo y otras sustancias que flotaba entre la multitud.

Minji sintió que colapsaría en cualquier minuto. Sus oídos también retumbaban por la música, aunque esto no hubiese sido tan molesto por sí solo, pero sentía un leve dolor de cabeza y este se agudizaba con cada vibración. Sus ojos también se habían visto afectados por los cambios constantes en las luces y ahora le ardían.

Comenzaba a marearse. Su cuerpo se tambaleaba mientras una fuerte sensación de náuseas se acumulaba en su estómago.

Odiaba sentirse así. Odiaba ese lugar. Pero, por encima de todo, odiaba no ser capaz de adaptarse como, tal vez, lo habría hecho en otras circunstancias. Intentaría aguantar un poco más y luego se iría. Lo último que quería era arruinar la celebración de cumpleaños de su amiga, protagonizando una escena en la que terminara desmayada en el suelo.

En un momento se percató de que las personas que bailaban a su alrededor no eran sus conocidas, sino las amigas de estas, chicas que conocía de vista, pero con las que vagamente había interactuado. Decidió alejarse de ahí, en caso de que algo malo le ocurriese, como su cuerpo le estaba advirtiendo.

Retrocedió algunos pasos, pero alguien la empujó por accidente y estuvo a punto de perder el equilibrio. El golpe, aunque leve, acentuó aún más el mareo, y las náuseas que se habían acumulado en su estómago subieron rápidamente hasta su garganta. No soportaría mucho más.

Desorientada, comenzó a recorrer con la mirada las cabezas de la multitud, buscando algún rostro familiar, alguien que, al menos, pudiera indicarle el camino a la salida, ya que sus sentidos obnubilados no estaban funcionando correctamente.

Y lo encontró.

Pero, para su mala suerte, pertenecía precisamente a la persona que había estado intentando evitar desde que se enteró de que estaba en el mismo lugar. Su cabellera roja brillaba de forma particular bajo las luces cambiantes de aquel espacio cerrado, motivo por el cual la había identificado con rapidez.

Hikaru la había invitado sin decirle nada (lo cual no tenía por qué hacer, después de todo; su amiga desconocía completamente que algo había ocurrido para causarle aquella incomodidad).  Ya fuese para bien o para mal, la chica la reconoció al instante. Se detuvo de inmediato mientras bailaba y la observó atentamente, a unos cuantos cuerpos de distancia.

Reconociendo su propia debilidad y el estado en el que se encontraba, Minji se rindió ante la situación y optó por no evadirla.

Cruzaron miradas por un par de segundos, y la chica frunció el ceño, probablemente al notar algo extraño en su semblante. Minji mantuvo la mirada fija en la suya, con la esperanza de que esa pequeña conexión la mantuviera lo suficientemente consciente para evitar desmayarse.

La chica pareció captar la señal y, con cierta dificultad, comenzó a abrirse paso entre la multitud, empujando a algunas personas hasta llegar finalmente a su lado.

—¿Kim Minji? —preguntó con lo que a la aludida le pareció un tono de voz bajo, pero probablemente estaba casi gritando entre todo ese bullicio. Sus ojos, pequeños y monólidos, mostraban preocupación—. No te ves bien. ¿Te sientes mal? ¿Estás mareada? —posó su mano sobre su hombro, y aunque aquel contacto físico le generaba cierta incomodidad, a la vez reconoció que le hacía sentir que sus probabilidades de colapsar y caer al piso disminuían.

Como única respuesta, Minji solo movió la cabeza afirmativamente.

—¿Viniste en tu auto?

Nuevamente asintió, pero todo a su alrededor comenzó a dar vueltas.

—Me quiero ir… —susurró, intentando hablar fuerte, pero su voz no cooperaba, quedando ahogada.

Quería salir de ahí, pero, desde donde estaba, no lograba ubicar la puerta de salida. En otras ocasiones, habría buscado la manera de escapar de inmediato, pero ahora, simplemente no podía pensar con claridad.

La chica que había llegado en su ayuda la empujó suavemente hasta una zona más alejada del centro de la pista de baile. Allí, la multitud era más dispersa, y era mucho más fácil respirar y hablar.

Casi de inmediato, Minji notó que su garganta se despejaba y recuperaba la voz. Tosió suavemente, aunque ello solo pareció acentuar su dolor de cabeza y alzó la cabeza para observar el rostro a su lado.

Se trataba de Kawai Ruka, una de las estudiantes extranjeras, amiga de Hikaru, a quien ya había conocido antes, bajo ciertas circunstancias. Aunque era más baja que Minji en términos de estatura, le sacaba un par de años y por eso la había llamado directamente por su nombre.

No compartían la misma carrera, pero se habían conocido al cruzarse en juntas de estudio grupal y habían compartido también una que otra charla en ciertas situaciones, como cuando habían sido escogidas para hacer la compra de snacks para una de sus tantas reuniones, o una ocasión en que se habían cruzado de casualidad durante un almuerzo y Ruka se había ofrecido para hacerle compañía al verla sola.

Se encontraba en el país por una beca de intercambio, al igual que Hikaru, aunque Ruka llevaba más tiempo en el país que ella.

En general, era una chica agradable, con habilidades de liderazgo y un carácter fuerte, pero también algo torpe. Ahora, además, Minji podía añadir que era una persona atenta, como lo estaba siendo en ese momento. La chica sujetaba su brazo con firmeza por el codo para ayudarle a mantener el equilibrio.

—Deberías irte a casa, Minji —le dijo entonces la pelirroja, sacando un pañuelo de color brillante de su bolsillo y pasándoselo por el rostro, haciendo a un lado los mechones negros que tapaban parte de su rostro.

Ahora podía escucharla mejor, pero estaba un poco, quizás demasiado, cerca de su rostro. Sabía que era para que pudiera oírla mejor, pero traspasaba el límite de su espacio personal y aquello le puso los pelos de punta. Debido a los pocos centímetros que las separaban, notó que su expresión demostraba preocupación.

Tras unos segundos, durante los cuales tardó en reaccionar, y que la chica aprovechó para continuar limpiando su rostro con el pañuelo morado, Minji desvió la mirada y alzó la mano, deteniéndola. Le quitó suavemente el pañuelo de la mano y se alejó un paso, terminando ella misma de secarse el sudor de la frente. Ruka no pareció inmutarse ante el gesto.

—Le diré a Hikaru que tuviste que irte —prosiguió como si nada, sin apartar la mirada de ella—. Si te quedas aquí, acabarás desmayándote.

—Lo haré. —accedió, aunque no necesitaba que se lo dijeran. Sus pies ya se notaban inquietos, preparados para encaminarse hacia la salida, pero no quería ser irrespetuosa, y sentía que necesitaba unos segundos más para reponerse.

—¿Bebiste demasiado? —preguntó entonces la japonesa, nuevamente sujetando su brazo y moviéndola un par de metros más, al observar un grupo de personas recién llegadas que se reunía cerca para comenzar a bailar.

—No he bebido nada —respondió Minji—. Solo me descompuse…

—Mejor aún. En ese caso, estarás bien. Aprovecha de irte ahora que aún es temprano.

—Sí. Gracias, Ruka-unnie… —sonrió como pudo, y guardó el pañuelo en su bolsillo, sabiendo que tendría que regresarlo luego—. Dile a Hikaru que lo siento.

—Lo entenderá. No te preocupes. Solo vete ya.

Un breve instante después, y luego de agradecer cordialmente la preocupación de la chica, Minji atravesó la puerta de salida y se encontró a sí misma respirando aire fresco. Casi de inmediato, comenzó a sentirse mejor. Recuperó su mascarilla del bolsillo trasero de su pantalón y se cubrió la boca. El camino hacia el estacionamiento era corto, y, dado que no había bebido nada, supuso que en pocos minutos estaría en condiciones para conducir.

Aunque el cambio de ambiente le proporcionó algo de alivio, la calle seguía siendo abrumadora.

Era una imagen que desglamorizaba todo lo que la gente solía preconcebir acerca de Corea del Sur: gente sentada en el suelo fumando, botellas de alcohol en mano, otros inconscientes, y chicas rodeadas por grupos de chicos o hombres mayores que caminaban con el brazo sobre los hombros de otra chica más joven. Escenas que solían verse en películas, pero que las agencias de turismo preferían no mostrar en sus redes sociales, por motivos obvios.

Sacó sus llaves del bolsillo de su chaqueta universitaria mientras caminaba sin cruzar miradas con nadie y se encaminó en búsqueda de su vehículo. Había aparcado en un estacionamiento pequeño, junto a un muro de cemento que no era difícil de localizar.

Lo reconoció enseguida: Hyundai Accent año 2004, color azul. Modelo de tres puertas con una antena sobresaliendo del lado del conductor, de fines solo estéticos. Era un modelo antiguo, pero era suyo y cumplía con su objetivo. Además, lo había remodelado lo suficiente para poder conectar su teléfono, aunque rara vez lo hacía, y le había instalado aire acondicionado.

Le causó gracia ver un modelo similar, aunque claramente más moderno, aparcado unos cuantos vehículos más allá. Algún día compraría uno mejor, pero, por el momento, no lo necesitaba.

Una vez dentro, cerró la puerta sin echar el seguro, apagó la luz automática y se quitó la mascarilla. Necesitaba algo de silencio y oscuridad.

Decidió reposar unos minutos más en esa posición, dejando caer la cabeza en el respaldo y cerrando los ojos, hundiéndose en la comodidad de su pequeño refugio.

A lo lejos, aún sentía la música proveniente de la concurrida calle, y le pareció increíble saber que había estado ahí hacía tan solo unos minutos. Realmente, se sentía ahora más convencida que nunca de que no era una chica de fiestas. Necesitaba su cama, y la necesitaba cuanto antes.

El agotamiento comenzó a pesar sobre su cuerpo y supo que, si no se ponía en marcha pronto, su fuerza de voluntad le impediría moverse, y corría el riesgo de acabar durmiéndose allí mismo.

Si bien Corea era un país famoso por su seguridad, no podía exponerse en un barrio repleto de personas bajo efectos de sustancias. Pero el cansancio era mucho más fuerte que su sentido común en ese momento y la comodidad de aquel espacio le invitaba a mantener los ojos cerrados, al menos un momento más…

Repentinamente, sintió la puerta del lado del copiloto abrirse y se sobresaltó.

Sus ojos se abrieron de par en par y se giró rápidamente, soltando un improperio y, de manera instintiva, alzando la mano para encender la luz de la cabina.

Se quedó completamente petrificada en su puesto al ver una chica sentándose a su lado y cerrando la puerta de golpe, a la vez que dejaba salir un quejido y murmurando algo que parecía un reproche, mientras se cruzaba el cinturón de seguridad… o al menos lo intentaba.

Desde su asiento, Minji pudo identificar algunos de sus rasgos: tenía el cabello castaño oscuro, alisado pero enmarañado, con un flequillo cuadrado que en otras circunstancias debía de haberse visto ordenado y prolijo, pero que ahora caía desordenado, dejando al descubierto parte de su frente.

Algunos mechones se pegaban a su cuello debido al sudor, y su chaqueta roja con blanco estaba abierta por el calor. Debajo, se veía una camiseta negra tipo malla, tan fina y traslúcida que permitía ver el sujetador negro que llevaba debajo. Sus jeans azul marino parecían manchados, probablemente con alcohol, y cruzando su cuerpo, un bolso pequeño de color negro y blanco no estaba del todo bien cerrado.

Ey, what the fuck. ¿Por qué me abandonaron así? —murmuró la intrusa en voz baja y un perfecto inglés, aunque con un acento peculiar. Para Minji no fue difícil comprender sus palabras.

La chica tenía el rostro maquillado, tal vez un poco en exceso. Sus ojos, que en algún momento debieron de haber estado perfectamente delineados, ahora mostraban una línea algo borrosa.

Tenía un poco de rubor, aunque este se disimulaba por el enrojecimiento natural de sus mejillas, producto del calor típico de una noche de baile.

Y sus labios, pintados con un tono rojo intenso, que no parecía del todo acorde a su edad, destacaban de manera poco natural sobre su rostro, que lucía algo pálido.

Después de evaluarla y concluir que no representaba una amenaza, Minji reguló su respiración y dejó escapar un suspiro pesado. Luego, volvió a mirar a la chica, frunciendo el ceño, claramente molesta por la intromisión. La situación la había alterado lo suficiente como para perder su calma habitual.

—Ey, ¿qué crees que estás haciendo? —preguntó, olvidando por completo la formalidad que siempre intentaba mantener en caso de que la chica fuera mayor que ella. Aunque a simple vista no lo parecía—. ¿Quién eres y qué haces en mi auto?

La chica giró lentamente hacia ella, con una expresión de confusión en el rostro.

No solo parecía confundida, sino también perdida. Sus ojos se veían llorosos. Olía a alcohol, lo que explicaba el rubor en sus mejillas y la mirada vidriosa. Parpadeó un par de veces rápido.

—Tú no eres Harvey —dijo.

Su coreano no sonaba del todo natural, por lo que, con solo esas palabras, sumado a la frase en inglés que había dicho antes, no fue difícil deducir que era extranjera, aunque arrastraba la lengua producto del alcohol.

Sus facciones, ocultas tras aquella cortina de exagerado maquillaje, denotaban que debía ser asiática, pero sus ojos eran más grandes y redondeados de lo usual.

—Pues no —respondió Minji, con un tono de obviedad, ante el comentario—. Claramente, te equivocaste de auto.

—Oh —la chica miró en dirección al parabrisas, con la vista fija en la nada, y entrecerró los ojos, como intentando hacer memoria de algo, con clara dificultad—. Me dijo que se iría y creí que no era verdad. ¿Realmente pensó que me iba a llamar un taxi yo sola? Qué se cree… Ni siquiera sé dónde estoy —continuó, refiriéndose a la persona que había mencionado antes.

Harvey. ¿Se trataría de su novio? Era probable.

—¿Te dejó alguien sola aquí? —preguntó, sintiendo algo de curiosidad.

—Sí. Una amiga.

Novio descartado. ¿Harvey era nombre unisex?

—Creo que… su auto se parece a este… —sus palabras cada vez se notaban más enredadas, como si su estado de ebriedad no hiciera más que empeorar con el paso de los minutos.

—¿No tienes para llamarla o algo? —preguntó instintivamente. El mal estado de la chica era evidente.

Esta abrió su bolso, extrayendo su teléfono, y Minji no pudo evitar un gesto de dolor al observar una pantalla completamente destrozada, trizada y que parpadeaba mostrando líneas verdes, rojas y blancas, siendo estos los únicos rastros de que alguna vez aquel aparato funcionó.

Fuck —espetó la chica, casi causando que Minji dejase salir una pequeña risa ante el nuevo improperio—. Estoy frita. —Volvió a guardar el teléfono en su bolso.

Okay, a ver… —la morena intentó mantener la calma. Claramente esa chica necesitaba ayuda, y si ya la tenía dentro de su vehículo, no podía hacer ojos ciegos.

No es como que la hubiese podido ignorar de todos modos, aunque quisiera. No era así como la habían educado.

—¿Viniste con más amigas o solo con ella? —preguntó. La chica volvió a observarla.

—Eh… Harvey, Juria, Lily… —Contó con los dedos—. Ellas me trajeron —respondió como pudo. Minji podía notar que incluso sus movimientos se notaban torpes, y que su consciencia, al igual que su resto de sobriedad, pendían de un hilo.

—¿Y crees que todas se fueron?

La chica asintió enérgicamente.

Yeah. Fuck them.

—¿Segura? —insistió Minji, ignorando el improperio.

Nuevamente sacudió su cabeza, asintiendo con fuerza, pero enseguida alzó su mano para posarla sobre su frente. Una señal de mareo.

—Mi cabeza da vueltas…

—No te sacudas. —Suspiró. Hacía tan solo un momento atrás, ella había estado sintiéndose de forma similar, sin siquiera haber bebido alcohol, por lo que podía hacerse la idea de lo mal que debía sentirse aquella chica—. Supongo que no puedo preguntarte cómo son o dónde las viste por última vez… ¿No recuerdas el nombre del lugar donde estaban?

—No… Pero en el letrero había unos caballos mal dibujados muy divertidos —una sonrisa se dibujó por un momento en el rostro de la chica, borrándose casi instantáneamente, probablemente por un nuevo mareo.

Minji recordaba que la discoteca a la que la habían llevado también tenía unos caballos, que más bien parecían ponys, en el letrero, por lo que supuso que habían estado en el mismo recinto.

Ella misma no sentía ningún deseo de volver ahí. Y, si lo que la intrusa decía era cierto y sus amigas se habían ido, sería inútil y solo acabarían perdiendo el tiempo, agotándose más, y aquella chica probablemente acabaría desmayada o extraviada entre la multitud.

—Harvey es japonesa… como de mi… estatura —intentó continuar hablando la chica, en un claro esfuerzo por cooperar, pero enseguida cerró los ojos y sus labios formaron una línea fina, como si intentara evitar que las náuseas se apoderaran de su garganta.

Esa información no le resultaba particularmente útil, considerando que aquel barrio era famoso por la cantidad de pubs y centros de entretenimiento enfocados en extranjeros.

Un viernes por la noche, Hongdae estaba completamente invadido por estudiantes y turistas de diversas nacionalidades.

—No te fuerces. Déjame pensar qué podrías hacer… —dijo Minji, sin apartar la mirada de la pequeña intrusa.

A pesar de su vestimenta reveladora y su evidente estado etílico, sumado a su estatura (claramente más baja que ella), transmitía una imagen de vulnerabilidad que solo aumentó su nivel de preocupación por ella.

Y para acentuar aún más esa sensación, la chica le lanzó una mirada que, a la luz del vehículo y con el brillo característico del alcohol, parecía la de un cachorro suplicante.

O de un cachorro perdido.

—No puedo creerlo…

Minji sujetó su propia cabeza y se preguntó por qué no podía su ya fatídica noche terminar de forma normal. Aunque tampoco se sentía en su mejor estado, sabía que no estaba ni cerca de tan deplorable condición como la chica a su lado.

Tras un par de segundos, se incorporó nuevamente, acomodándose en su silla, se giró para asegurar adecuadamente el cinturón de la chica (tarea que esta había abandonado tras fallar repetidas veces) y luego apagó la luz de la cabina y encendió el motor.

—Está bien. Yo te llevaré. Solo procura no quedarte dormida ni vomitar —sentenció.

—Sí, sí, sí —respondió la chica, sonriendo y alzando la mano izquierda hacia su frente en un gesto militar.

Mano equivocada, pensó Minji, pero reprimió el comentario.

Abrió el compartimento del copiloto, sacó un paquete de galletas y se lo extendió a la chica, quien lo tomó con lentitud.

—Come eso. Te hará bien —dijo sin mirarla, y girando el cuerpo para preocuparse de retroceder adecuadamente su vehículo en el estacionamiento. Ya no había vuelta atrás—. Y cierra tu chaqueta. Estás muy expuesta. Te enfriarás.

Thank you… —agradeció la chica en voz baja, y con algo de dificultad, obedeció la indicación.

 

Unos minutos después, se encontraban en plena carretera, alejándose del sector de la ciudad que era mayormente utilizado para eventos y discotecas.

Minji observó el reloj y vio que este marcaba casi las tres de la mañana. Sabía que Seúl era una ciudad enorme y que la chica podría vivir en un lugar extremadamente lejano, así que por un momento casi se lamentó de haberse ofrecido a ayudarla.

Pero este pensamiento se vio interrumpido rápidamente al notar un cabeceo a su costado.

—¡Ey! Dije que no te duermas —llamó la atención de la chica elevando el tono de su voz. Esta apenas se sobresaltó.

—Sí, sí, sí —repitió como antes, pero esta vez sin alzar la mano.

—¿Y bien? ¿Dónde vamos? — preguntó, ya dejando atrás la carretera que cruzaba el distrito de Hongdae y adentrándose en las vías que llevaban hacia el centro de la ciudad.

—¿Dónde qué?

—Tu casa. ¿Dónde queda?

—Ah. I don’t know.

Minji inspiró profundamente, para evitar alguna respuesta automática que pudiera sobresaltar aún más a la chica. Dejó salir el aire en un suspiro lento, sintiendo cómo el dolor de cabeza amenazaba con volver.

—A ver… —intentó reunir toda su paciencia para afrontar la situación—. ¿No recuerdas tu dirección? ¿El nombre de tu calle, al menos? —insistió.

—Algo… Uil algo… Eun

—Eso podría ser cualquier cosa…

Viéndose apremiada por tomar una carretera al llegar a un cruce, Minji optó rápidamente por seguir su camino usual. Ya comenzaba a percibir que no encontraría una solución rápida a ello y no deseaba extraviarse en el proceso.

No hacía mucho más de un año que había llegado a Seúl, así que no lo conocía del todo bien. Su teléfono tenía poca batería y no quería recurrir al mapa.

—¿No recuerdas si hay algún edificio cerca?

—Un supermercado… Algo cerca, a algunas cuadras.

—Eso tampoco me ayuda mucho… —suspiró la morena. Comenzaba a visualizar que su misión sería aún más difícil de lo que había calculado en un principio.

Otro cabeceo.

—¿Por qué no me cuentas sobre tus amigas? Harvey. Háblame de ella —Minji quería evitar que esa chica se quedase dormida por lo difícil que sería lidiar con una persona ebria, y por la esperanza de que recordarse algo útil. Necesitaba mantenerla despierta de alguna forma.

The fuck with her —respondió la chica, una vez más utilizando improperios en inglés—. Quién carajos se cree. Me deja sola y encima mi teléfono del carajo decide morir. Fuck it.

Esta vez Minji no pudo evitar dejar salir una pequeña risa. De alguna forma, la chica era divertida. El problema era que no tenía ni idea de qué hacer con ella a esas alturas.

—¿En serio se llama Harvey? —preguntó, buscando saciar su curiosidad.

—…creo que es su apellido.

Minji alzó una ceja.

—¿Crees? ¿Estás segura de que son amigas?

La chica solo se echó una galleta a la boca.

Durante parte del trayecto, y con evidente esfuerzo, la intrusa continuó parloteando y respondiendo sus preguntas y murmurando cosas en coreano e inglés, utilizando algunas palabrotas cada tanto para expresarse mejor, hasta que sus murmullos se silenciaron totalmente.

Minji supo en algún punto que su caída era inevitable. Sin un destino claro, solo avanzaban sin rumbo, y la chica no estaba en las mejores condiciones. No podía exigirle más.

Dejó escapar un bostezo y decidió encender la radio a un volumen bajo. Solía preferir conducir en silencio, pero necesitaba algo que la mantuviera despierta.

Ya no había nada más que pensar ni hacer.

Puso rumbo a su departamento.

 

Abrió la puerta del lado de copiloto y sacudió con suavidad el hombro de la chica dormida. Desde esa perspectiva pudo verla mejor y calculó que debía tener más o menos su misma edad, o quizás menos, lo cual le preocupó, considerando que ella apenas iba a cumplir los veintiún años, y claramente la chica del flequillo había bebido más de lo que su cuerpo podía tolerar.

Despertarla fue más fácil de lo que esperó. La chica abrió sus ojos y comenzó a mirar a su alrededor de inmediato.

—Este no es mi piso…

Nope. No lo es — respondió Minji, ofreciéndole la mano para ayudarla a salir del vehículo—. Mañana seguiremos buscando tu casa. Ahora ven, que es tarde.

La aludida le dirigió una mirada suspicaz por unos segundos, pero luego aceptó su mano y, con su apoyo, logró levantarse del asiento y salir del auto, tambaleándose y murmurando con la lengua algo enredada:

I trust in you just because you’re pretty.