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Los hielos eternos que rodean Blue Graad alguna vez fueron testigos de una historia tan triste como hermosa.
Dégel siempre sintió algo más que respeto y admiración por ella, y cada que la miraba, sentía el vientre tibio y que su corazón latía más rápido.
Sus tiernas facciones, su gracil sonrisa, su suave voz, toda ella.
Seraphina estaba tan llena de vida y tenía un espíritu tan noble y cálido, a diferencia de su helada tierra.
Siempre estaban juntos: Unity, Seraphina y Dégel. Jugaban entre la nieve y se prometían un futuro brillante, ellos como gobernantes de Blue Graad y él como caballero ateniense.
Entre juegos, caricias tiernas y miradas traviesas, Dégel se preguntaba con cierta angustia ¿Será que ella también sentía lo mismo por él? Y si así fuera, ¿Cómo una futura reina iba a querer a un muchacho ordinario?
Aún con las dudas que le aquejaban, dejó atrás el frío país para poder llevar a cabo su formación como guerrero de Atena.
Él sabía lo mucho que ella quería que su patria fuera besada por el sol y bendecida por la primavera, por lo que, cuando estuvo entrenando para ser el siguiente caballero de Acuario, deseaba poder llevar a Seraphina y correr entre las verdes praderas que había en el Santuario, hacerle una corona con las flores más bonitas para adornar su plateada cabellera.
Que sintiera la calidez del verano y llevarla a la costa para que bañara en el mar y observar los más bellos atardeceres.
Sin embargo, pasaron los años, y él tuvo que olvidar esos infantiles anhelos y convertirse en un caballero entregado a su labor.
Tuvo que enterrar todo recuerdo y entregarse a la causa de proteger al mundo. Borrar su sonrisa, deshacerse del sonido de su voz tan bonita.
Tuvo que olvidarla.
Y así, aquel endeble y gentil muchacho, se convirtió en un guerrero gallardo tan imperturbable y fuerte como un témpano de hielo.
Por azares del destino, regresó a Blue Graad, aunque no de la forma que él hubiera deseado, pero la guerra contra Hades le obligó a esa situación.
Después de perder a su amigo, Kardia, el caballero de Escorpio, parecía que nada más podría perturbar su alma.
O eso creía.
Debajo del níveo suelo, había un templo atlantiano derruido dedicado a Poseidón y a la entrada, Pandora yacía en el suelo inconsciente, a quien tan sólo le miró sin inmutarse y pasó de largo.
En el portal, Dégel sintió un cosmos peligroso que emanaba del lugar.
Cualquiera hubiera sentido terror, pero su gélido corazón le permitió seguir adelante.
Abrió la enorme puerta y caminó con paso decidido entre las sombras.
Un sabor salino impregnaba todo el lugar, tal como si estuviera frente al mar.
De pronto, detuvo su andar y por primera vez, sintió que un escalofrío recorría su espalda y le dejó petrificado.
-Imposible…
Apenas susurró al ver tal imagen, no se atrevió a hablar en voz alta, hacer ruido en aquel recinto era imperdonable.
Era una visión sublime, estremecedora.
Parecía tan bella como un ángel y tan frágil como una humana.
Contenida en una esfera de agua y espuma, elevada apenas unos centímetros del suelo, ahí estaba.
Ninguna prenda le cubría y a la altura de su pecho, una estructura quebradiza de coral que resguardaba un cristal azul brillante y precioso, flotaba entre las breves y rítmicas olas que aquel cuerpo oceánico.
Su piel era inmaculada, sus delicadas facciones y sus deslumbrantes cabellos plateados que estaban libres de gravedad. Parecía irreal tanta belleza, casi un milagro.
El joven contuvo la respiración, despertar a ésa hermosa dama sería un terrible pecado.
La contempló durante mucho tiempo. Percibió algo familiar en su rostro, ¿La había visto antes? Pero, ¿Cómo? Nunca en su vida había visto a un ser divino.
Se armó de valor, y musitó levemente -¿Lady…Seraphina?
El ángel pareció sonreír.
Olvidó todo protocolo.
Olvidó que ella era un ser celestial.
Olvidó que tenía las manos impuras y se abalanzó sobre ella y desesperado le suplicaba -¡Despierta, por favor, Lady Seraphina!
Qué inútiles fueron sus palabras, la doncella no abría los ojos.
-Es imposible, ella está muerta- dijo una voz severa en las penumbras.
Dégel volvió la vista y descubrió a Unity.
Su hermano del alma.
Hermano de sangre de la dama.
Él fue quien le reveló por qué Seraphina estaba ahí: utilizar su cadáver como la vasija de Poseidón, con tal de hacer a Blue Graad una nación poderosa e indestructible.
La locura y el duelo habían dañado a Unity. Perder a su hermana por una misteriosa enfermedad torció sus delirios y acabó usándola como un simple contenedor.
Dégel se sintió enfermo y nauseabundo, ¿Cómo pudo cometer tal crimen?
Lucharon ferozmente. A pesar de estar embriagado de soberbia, Dégel anhelaba rescatar a su amigo.
Después la cruenta pelea, Unity ya se había rendido tras ver lo terrible de sus actos y el increíble poder del caballero de Acuario.
Aceptando su derrota, acercó su mano a la esfera de agua y retiró el pequeño coral de ahí, para entregárselo a Dégel.
-Lleva esto al Santuario- dijo.
-El oricalco es una parte del cuerpo de Poseidón, donde vertió su poder. Esto evita que los restos de Atlantis decaigan- continuó y estiró su mano para que Dégel lo recibiera.
-¿Estás seguro, Unity?- dijo un dudoso y malherido Dégel.
Sonriendo con dolor, Unity sólo pudo confesar:
-Te lo confío, así como a Blue Graad.
Y antes que Dégel pudiera siquiera tocar el coral, una masa de energía maligna en forma de serpiente, le arrebató con violencia el oricalco.
Era Pandora, quien a pesar de estar muy lastimada, tenía muy claro lo que iba a hacer con el preciado objeto: con su lanza, destrozó el débil coral dejando sin protección al oricalco y despertó la ira del Dios del Mar, quien tomó posesión de Seraphina.
Un crujido estremecedor cimbró el lugar, y en cuestión de segundos, la esfera acuática se desplomó, inundando el recinto.
Con un resplandor que les dejó cegados por algunos instantes, Seraphina despertó y fue ataviada con la armadura característica de Poseidón, armada con su tridente y cubierta con un elegante vestido de olas marinas.
El nuevo avatar del Dios blandió su brazo y desató un maremoto severo. Entre el caos y el agua revuelta, se perdió el rastro de la sierva de Hades.
Y el destino de ellos ya estaba maldito.
Dégel logró incorporarse con dificultad del agua salada y halló entre las olas salvajes el oricalco, y tras ver a su amigo herido, supo entonces que no tenía más opción que detener a Poseidón, no importando el costo ni las consecuencias.
-Unity, debes entregar el oricalco a la señorita Atena, ¡Cueste lo que cueste!- le dijo, mientras le arrojaba a las manos el pequeño cristal que desató tal tragedia.
Así, le encomendó a Unity el bienestar del mundo, quien lleno de arrepentimiento y desolación, miró por última vez a Dégel y a su hermana.
Dégel le despidió con una sonrisa melancólica y mientras Unity dejaba el templo, giró su cuerpo para encontrarse con Seraphina.
Dégel caminó entre las constantes y violentas olas, hasta que se acercó lo suficiente a Seraphina, dejando apenas unos cuantos centímetros entre sus cuerpos.
Estiró sus brazos con delicadeza para alcanzarle.
Ya no le avergonzó tomar el rostro de la doncella, aún teniendo las manos ensangrentadas.
No.
Le apenó no poder llevarla de regreso a su tierra para sepultarle como merecía y cubrirla de flores.
Si peleaba contra Poseidón podría destrozar su cuerpo y Dégel no quería dañar más a Seraphina.
La situación era delicada y peligrosa, sin embargo, sintió un vuelco en su corazón el vientre tibio, tal como años atrás.
A pesar de estar condenado a muerte, recordó los dulces momentos de su infancia al lado de Unity y la bella mujer. Recordó el ardiente deseo de llevarla a conocer otros horizontes.
Y fue entonces, que reconoció que aquellos encuentros disfrazados de juegos infantiles, el roce de sus manos y sonrisas fugaces, eran pequeños actos de amor mutuo.
Una princesita amando a un niño común.
Una diosa amando a un hombre mortal.
Dégel sólo atino a reír tímidamente, qué cruel ironía de darse cuenta que era correspondido, breves momentos antes de morir.
Con lágrimas inundando sus ojos y la garganta hecha un nudo, suspiró, y le dió su primer beso.
Su último beso.
Las mejillas de la mujer se tornaron carmesíes al contacto de sus labios.
Dégel se apartó un poco, mientras la contemplaba con dulzura y le dijo tiernamente:
-Viajemos a la eternidad, mi preciosa Seraphina.
Y ambos se fundieron en un abrazo, mientras un enorme glaciar rodeaba sus cuerpos, formando un hermoso ataúd de hielo donde ambos descansarían eternamente.
En Blue Graad nunca se sintió tanto frío, y el cielo jamás se había visto tan deslumbrante por el sol, que bañaba cada rincón de aquel congelado país.
