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Forget me not

Summary:

Y de repente, tu mejor amigo echa raíces en medio de tu pecho, donde antes pensabas que no había nada.

Hanahaki AU.

Chapter Text

La enfermedad de Hanahaki es una enfermedad ancestral, rara y fatal que solo afecta a las personas cuyos sentimientos de amor no son correspondidos por la persona amada. El enfermo comienza con síntomas leves como toser o vomitar pétalos. La  condición suele empeorar con el tiempo y la flor crece dentro del que la padece hasta sofocarle. 

 

Valeroso, intrépido, determinado, lógico.

 

Los grandes rasgos de Spreen lograban destacarlo en cualquier situación, en cualquier lugar, a cualquier hora. Y es que entre tantas ocurrencias y esos jugueteos disfrazados de fastidio, el híbrido era capaz de forjar amistad con personas tan diferentes como similares. Así lo sabían sus compañeros, al igual que sus dos padres, de los que había heredado grandes dosis de la personalidad de cada uno.

 

Y con todo, para sus mismos amigos a veces se les figuraba lejano. Como si, a cada momento, una rigidez invisible se entre pusiera en sus relaciones. Lo querían, lo entendían, pero también eran sumamente conscientes de ese fino límite rodeando sus silencios. Como si estuviera inmerso en algo inexplicable para la humanidad cuando callaba y dejaba sus bromas de lado. Para 𝘴𝘶 humanidad, su zona pensante, su lado más racional.

 

Y es que en parte sí había algo en lo que pensar...

 

Spreen emprendió su adolescencia volviéndose más rebelde, "como todo puberto" solía decir Rubius, su papá. Sus cambios fueron notorios pero normales. Su voz había cambiado: se volvió grave; su cabello creció y sus rizos negros perfilaban claramente su rostro, que no era ni tan tosco de ver ni demasiado refinado de admirar; Spreen era de facciones equilibradas. Y su rasgo más llamativo eran sus extensas y largas pestañas. Él rodaba los ojos en cuanto sus amigos le comentaban cualquier cosa que tuviera que ver con ellas. Le daba igual su imagen pero no se la descuidaba. Le gustaban los deportes extremos y los practicaba con su papá, y de su otro padre, un arquitecto cuyos últimos proyectos le habían dado mayor prestigio mundialmente, admiraba su técnica para visualizar y construir imponentes edificaciones. Si tenía ídolos, eran ellos dos. 

Los cambios hormonales también fueron crueles con él. Dio su primer beso con una rubia de otro salón, y le gustó tanto que quedaron en salir a ver una película el fin de semana. El cine lo aburrió, y la rubia solo hablaba de algún actor de turno que la volvía loca. Por alguna razón ella lo comparaba con él, como si aquello fuera un halago. Y sin embargo, Spreen aprendió a sonreírle. Ella tenía ojos oscuros y cuando hablaba, era como si mirara dentro de él y le estrujara el alma.

 

Una vez, ella le tomó la mano y dejó que acariciara uno de sus pechos mientras se besaban en una esquina. Spreen le siguió la corriente, pero el beso ya no era dulce, sino más bien, hambriento. Y eso logró despertar algo en él que parecía querer tomar más y más. Y sin embargo, acariciar su pecho turgente solo hizo que sus ganas de seguir comiéndole la boca comenzaran a desaparecer. Y qué patético, se dijo, cuando recordó a Carre contándole cómo le tocó el culo a su nueva novia.

Quizás la rubia no estaba tan buena para el argentino. Quizás sus pechos no eran lo suficientemente grandes. Quizás, cuando se despidieron y lo volvió a mirar con sus grandes ojos oscuros, ella lo supo todo. Supo lo que él aún no sabía.

 


 

Su segundo beso fue jugando a la botella en una fiesta en casa de Quackity cuando sus padres estaban de vacaciones. Sucedió con un adolescente más, un anónimo con facciones femeninas. Todos gritaron, alentaron, él sonrió, porque sonreír se le estaba volviendo cada vez más fácil cuando se trataba de ligues, y terminó por llevárselo a un sofá para seguir besándolo.

 

Ese beso sabía a alcohol y a cigarrillo. Aquello no se sentía bien. 

 

Spreen retrocedió después de unos minutos y le dijo que iría al baño, que después lo encontraría, pero ambos sabían que era una gran mentira y al extraño tampoco le importó.

 

Entonces sus pasos lo guiaron a la cocina, donde buscó una lata de cerveza entre una pareja de desconocidos estorbando la heladera, y una vez que la obtuvo se apoyó contra el mostrador.

 

—¿Y tú qué? —Un acento diferente le alertó la llegada de Roier. Traía sus mejillas sonrosadas y tal vez fue la primera vez que Spreen lo miró, porque recuerda perfectamente verlo distinto. Distinto al niño revoltoso que gritaba en los juegos y nunca, pero nunca lloraba.

 

Distinto y hermoso. 

 

Spreen se encogió de hombros y bebió. El buen Roier, amigo de todos. 

 

—Esta fiesta es una poronga. Ni una puta buena canción.

 

El mexicano se echó a reír y lo secundó. Y eso era algo que  Spreen también disfrutaba muy en su interior y jamás lo iba a admitir. Roier siempre le seguía la corriente, o se le enfrentaba de una manera particular, con respeto pero también con cierta dulzura subyacente. Él parecía demasiado transparente pero a la vez indescifrable detrás de tantas sonrisas. ¿Era acaso su cómplice? ¿Su amigo? ¿Roier lo miraba como lo miraba él, en ese momento de despertar de un letargo que se sentía antiguo?

 

 —No pues, si quieres te canto unas rolitas. —Le dijo, robándole la lata de cerveza algo caliente. Spreen rió genuinamente, se ajustó los lentes y volvió a encogerse de hombros, tratando de apartar la mirada de sus labios mojados por el alcohol.

 

—¿No querés tomarte el palo de acá? Vamos a casa a jugar, te cojo en un PVP borracho y todo. 

 

—No mames Spreen, al menos pídele mi mano a tus suegros primero.

 

Esa noche llegaron a la casa de Spreen y los recibió un lugar vacío, silencioso. Subieron las escaleras entre risitas torpes y tropiezos, no lo suficientemente ebrios para caer, pero ni siquiera tuvieron la oportunidad de prender la PC cuando Spreen notó que Roier quedó dormido sobre su cama.

 

Y fue la segunda vez que lo miró. Se acercó a él, después de picarle la costilla con el dedo índice para asegurase de que estuviera durmiendo, y solo fue capaz de admirarlo en silencio. La respiración como un susurro, el aleteo de pestañas...

¿Sabría Roier que sonreía hasta cuando descansaba? Que su corazón estaba tan limpio que brotaba a través de sus labios incluso cuando dormía. 

 

Reflexionando sobre aquello, sintiendo que una especie de paz líquida había tomado el lugar de sus venas, Spreen no pudo evitar quedarse dormido a su lado.

 


 

Al otro día, Vegetta tocó a la puerta del cuarto y exclamó algo. Que eran las cuatro de la tarde, que irían a ver a unos amigos con Rubius y la cena estaba lista para ser recalentada por si tenía hambre.

Spreen se desperezó y se encontró con la cama vacía, vistiendo la misma ropa y oliendo a tabaco rancio. Roier ya no estaba. Y cuando pensó que verlo allí anoche era todo un producto de su mente alterada por el alcohol, encontró en su mesita de luz una nota de parte de él que decía que fue incapaz de despertarlo. Que tenía una cita con un amigo y vendría por él más tarde (había firmado con una carita sonriente y una pequeña araña).

 

Y esa... Esa fue la primera vez que un dolor agudo le torció el corazón. Le apretó el pecho una fuerza invisible y lo retorció cruelmente durante un minuto mientras Spreen estaba casi agonizante en su cama, apretando los puños. Y fue un dolor físico real, uno que le hizo lagrimear los ojos. Su primer encuentro con el suplicio rasgándole el tórax. La semilla creciendo.

 

Rápidamente, Spreen, al recomponerse, bajó las escaleras y llamó a sus padres por ayuda pero ya se habían ido. 

El dolor había cesado pero el susto no le dejaba pensar con claridad. Y sin embargo, después de varias horas, dejó todo el asunto atrás. Habría sido algo momentáneo, ¿no? Eso quiso pensar.


 

Una tarde, cuando andaba en skate por el parque del barrio una vez que el sol se puso y después de scrollear por Twitter y ver las felicitaciones de todo su círculo de amigos a Roier por el anuncio de su nuevo noviazgo, el dolor no fue lo que se sintió como un daga en el centro del pecho como la primera vez. Ahora era más bien una sensación de asfixia que hizo que dejara de lado el skate y comenzara a tocar su garganta clamando por aire. 

Quackity fue corriendo a auxiliarlo, preocupado, llevando con él una botella de agua fresca, pero Spreen solo podía toser y hacer fuerza a través de la garganta para que aquello que lo estuviera estrangulando por dentro, lo abandonara.

 

Fue tanta la desesperación que en un intento de huida pudo finalmente toser correctamente y expulsar lo que lo estaba agobiando.

 

Un pétalo. 

 

Azul, suave, húmedo.

 

Un puto pétalo de flor.

 

De todos los cuerpos del mundo, el suyo no era un poema. Jamás lo sería.