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Aquel regalo especial
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Leo no tenía idea de cuánto iba a cambiar su mundo después de convertirse en compañero de Cristiano Ronaldo.
No sólo era el furor mundial que causaron al exponer su relación en público, la disociación en las opiniones de fans o haters de ambos —a él nunca le importó que la prensa hablara mal de él—, o incluso la controversia que generó saber que dos futbolistas de alto rendimiento se habían marcado como lo describían los rituales ancestrales que dejaron de practicarse hace cientos de años…
Aún podía recordarlo, no había pasado mucho tiempo y se sentía como un recuerdo tan vívido; el momento decisivo en que, mutuamente, aceptaron que debían ser compañeros, realizar el acto simbólico que les permitiría mostrar a todo el mundo que él le pertenecía a Cristiano Ronaldo luciendo una perfecta marca en su nuca.
Aquella noche bajo la luna llena en Madrid fue inolvidable; claro, ya habían tenido sexo muchas veces antes de esa, perdió la cuenta de la infinidad de veces que Cristiano le penetró hasta llegar a alabar su nombre como si fuera un Dios y sentir orgasmos, incluso no recordaba cuántas veces eyaculó dentro y fuera de él; sabía que a su novio le gustaba marcarlo con su aroma para demostrar —de forma muy primitiva— que le pertenecía a alguien. Y eso no hacía más que hacerlo reír por tener una pareja igual o tan posesiva como lo era él.
Pero ese día fue, sin duda alguna, el mejor de todos… se sentía feliz, realmente el fútbol le había traído lo mejor de la vida.
No, realmente el cambio que tuvo fue algo interno, íntimo… como si una parte de él estuviera dormida y emergiera apenas tuvo la oportunidad. No podía evitar pensar en que dicha muestra de emparejamiento sería sólo por parte de Leo, Cris no había cambiado nada —en realidad sí, se había puesto más guapo por alguna razón, pero nunca lo diría en voz alta, lo último que quería era incrementar el ego del sujeto—; no tenía una cicatriz en su cuerpo que demostrara que él era compañero de Leo.
Otra cosa que era diferente entre ellos era que, con la marca, Leo había dejado de ser visto como un omega disponible, por lo que su aroma natural a manzanas verdes del campo dejó de ser percibida por el resto de la población; claro, de resto a eso agradecía que Cristiano fuera el único que pudiera olerlo y sus heat fueran totalmente regulares gracias a un compañero.
Desde el momento que se dio cuenta, su humor comenzó a cambiar a un estado fúrico cada vez que se reunía con Cristiano —y eso era poco, ya que al ser de dos equipos diferentes era difícil compaginar las agendas—. En algún punto, Cristiano se dio cuenta de su humor tan fluctuante, y aunque quería evadir o minimizar eso qué sentía, el otro no le dio tregua y una noche pudo sacarle toda la verdad; entre unas cuantas lágrimas le confesó la inseguridad que recién había descubierto.
Contra todo lo que pensaba, Cristiano no se burló de él.
«¿Te digo algo? Esto es una mierda» dijo a través del teléfono; aunque casi no tenía filtros, siempre se abstenía de hablar con palabras altisonantes. Leo rio, un poco más relajado por haber dicho cómo se sentía. «Es decir, somos pareja, se supone que ese cambio debía ser para ambos lados. A mí me encantaría que pudieras marcarme.»
Leo se sonrojó por pensar en muchas formas de hacerlo, pero ninguna de ellas sería completamente visible en todo momento, por lo que se reservó algún comentario.
«Podría intentarlo, no con una mordida en la nuca, pero sí quisiera hacer algo, ¿lo aceptarías?» Preguntó con temblor en su voz, lo último que le gustaría era ser impositivo.
«Sin duda alguna Leo, mi compañero.»
Por ello, pasó toda la semana con la intriga en su mente. Se estaba partiendo la cabeza por encontrar un buen regalo para su novio, algo que pudiera ser de agrado del futbolista y a su vez, gritara al mundo entero que Cristiano pertenecía a Leo —aunque eso era redundante, pues todos los medios de comunicación se encargaron de llevar la noticia de su emparejamiento hasta por debajo de las piedras—.
¿Un anillo? No, eso sería mutuo y en el momento en que se casen.
¿Un tatuaje a juego? Descabellado, su Cristiano es donador de sangre regularmente.
¿Una canción? Ni hablar, no cantaba ni en la ducha, mucho menos lo haría con el riesgo de que esa melodía se filtrara y se reprodujera en todas las plataformas digitales.
¿Qué regalo podría quedarle a Cristiano como para que todos supieran que era de Leo…?
—¡Dios Leo, basta! —dijo Neymar al momento de cerrar el casillero—. Has estado susurrando durante toda la práctica, no se entiende qué dices y me estás volviendo loco.
Leo le miró con ojos sorprendidos, pero no se le veía avergonzado. Neymar suspiró y se fue a sentar al banquillo para terminar de alistarse.
—Ney, ¿qué regalo le darías a alguien que es importante para ti? —Preguntó Leo acercándose al otro.
—Se trata de Cristiano, ¿cierto? —respondió Neymar apenas audible, pero lo escuchó perfectamente y le vio exhalar hondo—. Sólo dale al maldito un reloj fino o un Ferrari y será feliz.
—No quiero un regalo como esos, necesito uno que diga que él me pertenece —contestó Leo determinado.
Neymar palideció y parecía querer vomitar.
—No seas así de cursi frente a mí de nuevo, te lo pido como favor de amigos. —Neymar se abrochó las agujetas y suspiró—. Mira, se ven muy bonitos los dos así, ¿no te basta con que todos sepamos que él te marcó como hace cientos de años no sucedía?
Leo negó con firmeza.
—Por favor. Lo veré este fin de semana.
El calor del momento y la ansiedad por obtener ayuda le llevó a pedirla a quien menos lo esperaba; sabía que no le agradaba tanto Cristiano —aunque era más bien una fachada con los medios—.
Neymar sólo le miró serio por unos segundos, luego respiró profundo y terminó acariciando su cabello.
—Claro Leo, lo haré —dijo con una sonrisa en el rostro—. Sólo, de verdad… no vuelvas a ser tan cursi, rompe por completo con el look que tienes todo matón con tus tatuajes, barba y cabello decolorado.
Leo realmente quería decir que lo prometía, pero decidió dejarlo como un…
—Haré lo que pueda.
Eso parecía ser suficiente para su amigo.
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El sábado llegó pronto, y Leo estaba nervioso en la sala de espera del aeropuerto de Madrid. Cristiano prometió que pasaría por él apenas terminara su sesión matutina de entrenamiento —porque Leo podría ser su omega y todo, pero su novio no renunciaría a sus hábitos deportivos y él tampoco se lo exigiría—. Llevaba una mochila en el hombro, apenas cargando con lo básico para una estadía de dos días; optó por vestir lo más casual que pudo, con una gorra tapando su cabello y un cubrebocas hacía el resto para no levantar revuelo.
No tenía más de veinte minutos ahí cuando vio a Cristiano caminar por el pasillo vestido muy similar a él, sólo que eligiendo los lentes oscuros para disimular un poco su evidente presencia.
Leo no esperó, corrió directamente a él y brincó con la esperanza de ser atrapado en el aire o caer al piso y lesionar a los dos en ese intento de novela romántica; afortunadamente, Cristiano pudo acomodarlo entre sus brazos y él enroscó sus piernas en la fina cintura de su novio.
Se vieron a los ojos un momento y luego se besaron como si no lo hubiesen hecho en años; chupando con la fuerza y precisión exactas para provocar a su novio. Acarició el cabello corto de Cristiano que se asomaba por debajo de la gorra negra que aún tenía puesta; tal vez si supieran quienes eran, no dejarían de tener a los reporteros encima de ellos, pero en ese momento eran sólo un par de amantes que disfrutaban del contacto del otro, de la calma que traía la espera de días sin tocarse.
—Te extrañé —dijo Cristiano entre besos mientras lo sentía acariciar la cicatriz de la mordida en su nuca, asegurándose que seguía ahí como tantas veces él lo hacía al día. Y Leo quería responder que él también, pero la cordura parecía escaparse de su cuerpo con facilidad y apenas podía recordar como respirar—. Gracias por venir.
—Estoy feliz de verte, al fin.
Leo continuó besando la frente y las mejillas de su novio, inhalando el aroma a bollo de canela recién horneado. Lentamente, se separó de Cristiano y estiró sus pies al suelo con el propósito de pararse; pensó cuál sería el mejor momento de darle el regalo que tenía preparado y parecía ser ese.
—Antes que comencemos un largo itinerario de caminata por calles madrileñas o comer en restaurantes extraños, quiero darte esto…
Del bolsillo de su chaqueta de cuero, sacó una diminuta bolsa que ya estaba un poco arrugada por el eufórico abrazo que se dieron y se la entregó a Cristiano haciendo una pose similar a un caballero de la edad media.
—¿Qué es esto Leo, una ofrenda de conquista? —dijo Cristiano riéndose de lo adorable que tal vez se veía, pero lo tomó con gusto y comenzó a desenvolverlo rápidamente hasta sacar un cuadro de terciopelo azul marino. Su novio la abrió con prisa y al ver lo que tenía dentro, le vio intrigado—. ¿Es un arete?
—Dámelo. —Leo estiró su mano y Cristiano se lo pasó aún con duda en su rostro—. Éste es el símbolo que me perteneces Cristiano, eres mío, ¿lo ves aquí?
Cristiano se tuvo que acercar más a Leo para ver lo que señalaba, y cuando lo distinguió, soltó una carcajada muy grande, pues en letras diminutas se veía escrito por dentro de la pieza de joyería que era de oro blanco con incrustaciones de pequeños diamantes el nombre de Lionel Messi. Leo vio a Cristiano retirarse el que tenía en su oreja derecha, guardarlo en el bolsillo del pantalón y agacharse un poco.
—Lo acepto. Anda, pónmelo —dijo con voz segura y Leo no tardó en hacerlo, llenando con eso el sentimiento de pertenencia que floreció en su interior.
Se sentía completamente satisfecho ahora que Cristiano llevaba su regalo puesto; le vio sacar su celular y tomarse fotos en diferentes ángulos con la finalidad de reflejar el nombre grabado. Un minuto después, Cristiano se detuvo de hacerlo y le vio con sus ojos chocolate tan expresivos.
—Me encanta Leo, gracias de verdad, pero… —Leo vio como una vena en la frente de Cristiano comenzó a palpitar y una sonrisa forzada en su boca—, ¿creías que no me daría cuenta del escudo del Barça grabado justo debajo de tu nombre?
Leo decidió comenzar a correr para salvaguardar su integridad.
Tal vez le daría en otra ocasión la taza del Barça que le envió Neymar.
