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Feliz Realización

Summary:

Eventos previos e incluidos en la boda de Sherlock y John.

Notes:

Van a haber dos prólogos. Este primero, cuenta sobre eventos que suceden en el futuro.

Chapter 1: Primer Prólogo

Chapter Text

“¡Ve, ve, ve!”

 

“¡Date prisa, corre!”

 

“¡Trae a Lestrade, trae a Lestrade!”

 

“¡Ve por el capitán Lestrade!”

 

“¡Apúrate, ve! ¡ahora!”

 

“¡Trae al capitán Lestrade, dile que venga!”

 

La repentina cacofonía de voces altas y asustadas que gritaban desde el patio de entrenamiento exterior llevó a Greg a otro lugar y a otro tiempo, al castillo de Villemoustaussou, cuando los gritos habían precedido a una de las peores experiencias de su vida, y la ansiedad que lo invadió. Era un remanente de esa experiencia pasada. Estaba levantado y fuera de su asiento y había cruzado la mitad de su oficina cuando la puerta se abrió y Dimmock, con la cara roja y sin aliento, entró a trompicones y se aferró al marco de la puerta.

 

La sensación de dejavu era abrumadora. 

 

—¡Señor! –Dimmock estaba completamente sin aliento para darle a su superior un saludo adecuado, su actitud era descuidada y sus manos temblaban de nervios– Se trata del príncipe alfa, quiero decir, el… el… el rey en sucesión…

 

—¿Qué está pasando? –Greg no esperó una explicación. Pasó como un toro por delante de Dimmock y salió al pasillo, apresurándose hacia la puerta del fondo, donde destellos de luz danzante y despreocupada, acallaba los gritos indignados que podía escuchar cada vez más fuerte.

 

—¡Es el rey en sucesión! –Dimmock se balanceaba detrás de Greg, parloteando a toda velocidad– ¡Señor, no sabemos qué hacer…!

 

—¿Qué diablos está pasando?

 

—¡Es el rey en sucesión! –repitió, Dimmock histéricamente–. Estaba entrenando con el príncipe heredero como lo ha hecho todas las mañanas desde su regreso, y luego… y luego el príncipe heredero lo superó; golpeó la espada del rey en sucesión de su mano y lo tiró al suelo. Tú le enseñaste ese movimiento al príncipe heredero –dijo casi acusadoramente y Greg le frunció el ceño a Dimmock mientras arreglaba su vestimenta para verse presentable–, y luego… y luego… –Dimmock hizo un sonido ahogado y Greg se detuvo, lanzando una mano y golpeando a Dimmock en el pecho.

 

—¿Qué pasó? –no iba a salir frente a todos sin tener idea de lo que le esperaba, haciendo el ridículo y posiblemente empeorando la situación.

 

Dimmock enrojeció de un tono brillante, evitando mirar a Greg.

 

—No veo nada que pudiéramos haber hecho para evitarlo, Señor. Se lo juro. Pero él… el rey en sucesión… Dimmock miró a uno y otro lado del pasillo y, al notar que estaba vacío, se inclinó hacia delante y le susurró algo al oído a Greg.

 

Greg cerró los ojos con resignación.

 

“Dioses” Mycroft jodidamente iba a matarlo.

 

El problema es que todos lo habían visto venir. Cada uno de ellos sabían que algo así iba a suceder porque desde el regreso de John de Escocia, Sherlock había emprendido una ingeniosa y solapada campaña de seducción sobre su futuro esposo.

 

Los dos se casarían en unos pocos meses, John seguía manteniendo una distancia adecuada del omega virginal. Había sido su costumbre durante todo el curso de su relación y se esperaba el mismo comportamiento,  hasta que los dos estuvieran casados. Pero Sherlock, ahora mayor de edad, se negó a mantenerse alejado por más tiempo. Desde la mañana del regreso de John cuando, durante el desayuno, Sherlock se dio cuenta por primera vez de su nuevo poder sobre el alfa, cuando John, accidentalmente, se encajó en su mejilla los dientes de su propio tenedor mientras miraba a Sherlock al otro lado de la mesa. Desde entonces Sherlock era incontrolable.

 

No era correcto; la Señora Hudson había hablado con Sherlock sobre el asunto. Mycroft había hablado, amenazado, suplicado y acosado a Sherlock sobre lo mismo. Greg había sido reclutado e hizo todo lo posible para explicarle a Sherlock por qué lo que estaba haciendo era una muy mala idea. 

 

Pero Sherlock, como siempre, hizo exactamente lo que quiso.

 

Y lo que quería era lanzar miradas seductoras a su futuro esposo. Desnudarse el cuello y tocarse al lado de su garganta cuando sabía que John estaba mirando. Lamer y morder sus labios hasta que estuvieran rosados. Usar palabras coquetas e insinuaciones sobre temas sugerentes. Entonar su voz recién profundizada de una manera que había descubierto que nunca dejaba de hacer que los ojos de John se oscurecieran de deseo. Ofrecía su muñeca para ser perfumada, lo que John era demasiado educado para rechazar, dejando al alfa aturdido y sonrojado, mientras Sherlock se alejaba con una mirada tan engreída en el rostro que Greg temía que terminara lastimándose a sí mismo. Todos los días, a veces cada hora, Sherlock encontraba nuevas formas de arruinar la compostura cuidadosamente respetuosa de John.

 

Durante las últimas semanas, Greg había observado con preocupación la disminución rápida de la moderación de John. Había visto los ojos del alfa rastrear a Sherlock a través de una habitación, su mirada intensa sin importar dónde estuvieran, su mandíbula apretada de ira mientras Sherlock prestaba atención a los demás en la corte antes de lanzar una mirada provocativa a John por encima del hombro. Había visto a John oler la muñeca de Sherlock y como sus ojos brillaban de excitación; lo cual John siempre se apresuraba a ocultar. Había visto a Sherlock sentado cerca de John cuando estaban en privado, tocándolo casualmente, y John siguiendo el movimiento de las manos de Sherlock sobre su cuerpo como si fueran una actuación artística. 

 

El autocontrol de John era admirable. Otros alfas ya habrían cedido a sus impulsos más bajos a estas alturas, razón por la cual Sherlock no había estado contento con los resultados. Había pensado que estaba fallando. Especialmente cuando, en los últimos días, John comenzó a contener la respiración cuando olía su muñeca. Para todos los demás, era muy obvio que el plan del joven príncipe estaba funcionando y que poco a poco estaba acabando con la cordura de John. Greg sabía que una explosión era inminente. Solo esperaba poder mitigar las consecuencias de lo que sea que finalmente terminó rompiendo el control de John sin causar un escándalo.

 

Greg había pensado que era seguro dejar a John y a Sherlock entrenar juntos frente a la corte, así como la mitad de la guardia del príncipe, Mike Stamford y Molly Hooper, la única doncella omega que no había salido corriendo debido al temperamento y las travesuras de Sherlock. No creyó que fuera necesario estar ahí para acompañarlos. En que líos, razonó Greg, podrían meterse los dos frente a tanta gente. John, creía Greg, nunca se permitiría romperse en público, sin importar lo mucho que Sherlock lo había presionado últimamente. 

 

Greg maldijo su propia ingenuidad miope.

 

—¿Señor?

 

Greg abrió los ojos para encontrar a Dimmock saltando nerviosamente de un pie al otro. 

 

—¿Qué?

 

—Es solo que vine a buscarte porque… bueno… ninguno de nosotros sabe porque el rey en sucesión todavía está en ello, y…

 

—¡Maldita sea! ¡Y maldito sea yo si se me vuelve a ocurrir dejarlos solos!

 

Greg corrió.

 

—¡Lo siento, señor! –Dimmock gimió mientras corría detrás de Greg y los dos irrumpieron en el patio de entrenamiento que era un revoltijo confuso de ruido y movimiento. Greg ignoró los clamores de los nobles fuera de los límites de la valla y, en cambio, se abrió paso a empujones hasta donde un pequeño grupo de soldados estaba apiñado alrededor de los futuros gobernantes de Northumbria. Molly se retorcía las manos y gritaba y Mike Stamford se abría paso fanfarroneando por la escena y decía: “¡De verdad, qué vergüenza!”, una y otra vez.

 

Más tarde, Greg razonaría que podría haber sido peor. Estaban completamente vestidos. Nada realmente obsceno había sucedido. 

 

Mycroft se negaría a racionalizarlo de la misma manera.

 

Sherlock, el futuro omega consorte, estaba agachado sobre el rey en sucesión, con las rodillas a horcajadas sobre las caderas de John, pero a pesar del hecho de que Sherlock todavía sostenía su espada en la garganta de John, era muy obvio que él no era quien tenía el control de la situación. John estaba levantado sobre un codo mientras su otra mano estaba enterrada en el cabello de Sherlock besándolo fervientemente, como si su vida dependiera de ello. Se apartó del beso brevemente para morder el cuello de Sherlock, el mismo lugar que el omega había estado acariciando esa misma mañana durante el desayuno, su agarre permanecía en el cabello de Sherlock, forzándolo para que permaneciera en su lugar. No es que el omega se resistiera. En absoluto. Sherlock estaba completamente relajado en el agarre de John y con entusiasmo permitió que lo jalaran con fuerza para otro beso acalorado, John lamía la boca de Sherlock inclinando su cabeza aún más hacia un lado.

 

Greg se apresuró a agarrar a Sherlock y levantarlo, alejándolo de John. Al principio, temía que el alfa no lo dejara ir. John gruñó, su agarre se hizo más fuerte en el cabello de Sherlock. Cuando el omega gritó de dolor, John inmediatamente lo soltó, horrorizado, pareciendo volver a sus sentidos, dándose cuenta de lo que estaba haciendo. Mike Stamford se apresuró entre ellos e intentó levantar a John mientras lo regañaba a gritos y Molly corrió hacia Sherlock, pero después se quedó flotando inútilmente sin saber lo que tenía que hacer.

 

John se puso de pie y mientras Mike Stamford le golpeaba la espalda y los hombros para quitarle la suciedad de la túnica, John miró a los soldados que estaban a su alrededor observando conmocionados, a los nobles que tenían una mirada casi depravada, a los guardianes que estaban alrededor de los omegas que tenían a su cuidado, gritando por lo inapropiado de lo que acababa de suceder (mientras los omegas observaban ávidamente a John y a Sherlock con las mejillas sonrojadas), y a la propia cara de desaprobación de Greg, Hasta que sus ojos se posaron en Sherlock. 

 

Sherlock, que no estaba preocupado por la escena en la que se encontraban: los nobles histéricos, los problemas que habían causado o el sermón de su hermano mayor que seguramente seguiría. 

 

La única emoción en su rostro era de un triunfo puro y salvaje.