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Inspirado en Canción de enero - Sidernova
Campeones del mundo.
Son campeones del mundo.
A Lisandro le dolía todo el cuerpo después de haber estado horas en el colectivo celebrando por las calles de Buenos Aires con el sol abrazando los cuerpos sudorosos y ebrios. Chasquea la lengua cuando vuelve a pensar para sí mismo que se debería haber puesto protector solar.
Habían llegado al predio de la AFA hacía aproximadamente una hora y él, después de tomarse un fernet más con los pibes y darse una ducha helada, se fue a acostar al cuarto que compartía con Alexis, recostado boca abajo en el acolchado, los pies enredados y elevados en el aire. Sólo se queda ahí, inmóvil, con la cara pegada en la almohada, ni siquiera lograba dimensionar lo que había pasado aún. Desde que había terminado el partido contra Francia se sentía como si grandes descargas de adrenalina hubieran estado dominando su cuerpo por completo, recuerda todo borroso, desde levantar la copa, estar bailando con sus compañeros, cenar todos juntos, jugar a la play con el cuti, estar arriba del avión, en el colectivo, dormir unas pocas horas y salir de nuevo a festejar con la gente.
La puerta, de un segundo a otro, se abre abruptamente y Licha gira su cabeza para ver de quién se trata.
Cristian cierra la puerta detrás de sí y se apoya sobre la misma. No lleva remera puesta y todavía tiene una bandera de Argentina envuelta en la cintura sobre sus shorts. Tiene presionado entre el dedo meñique y la palma de la mano una tuca y con el resto de los dedos está armando un porro grueso.
—¿Qué buscás?— pregunta Lisandro con una sonrisita.
La única respuesta del cuti es sacar la lengua para lamer el lateral sobresaliente del papelillo seguido por una sonrisa burlona mientras camina hacia la cama y pellizca el muslo del entrerriano, demasiado cerca de su culo, este se remueve y chilla.
—¡Qué bruto que sos, Cristian!— exclama.
El cordobés le da una nalgada, más suave que el apretón pero lo suficientemente fuerte como para hacer sacudir la carne. Lisandro solo suspira rendido y se da vuelta, recostandose sobre su espalda con las manos sobre su estómago.
Lisandro le hace un gesto con la cabeza, una especie de “¿qué mirás?” desafiante, nomás para joder al más alto que le responde con el mismo gesto pero no puede evitar que se le empiece a formar una sonrisa torcida. Intercambian el mismo gesto hasta que finalmente al cuti se le escapa una risa y Lisandro lo sigue.
—¿En dónde están los pibes?— pregunta Licha.
—En mi pieza, Julián y Enzo están tomando mates, Alexis y Nahuel están jugando al truco. No me dejaron jugar los culiados— se queja y Lisandro se le ríe porque cuando se enoja, le sale más cruda la tonada—. ¿Vos que hacías solo acá?— agrega al final.
—Nada, me estaba por tomar unos mates— dice simple y señala con la cabeza a la mesita de luz donde estaba el termo y el mate.
Cristian le pide que cebe mates y Lisandro no duda en complacerlo, agarra el termo, sentándose en la cama con los talones clavados en el colchón, rodillas flexionadas y las piernas separadas, el cordobés se arrodilla entre las piernas de Lisandro para molestarlo, dejando que sus propias piernas queden a los lados de las caderas del entrerriano.
Para molestia del más alto, Lisandro no se queja ni dice nada para hacerlo enojar así que se anota mentalmente que después lo siga jodiendo, por el momento, no hace nada porque Licha le está pasando el mate recién cebado, así que con gusto lo agarra y chupa de la bombilla.
En definitiva, la naturaleza de su relación era sacar de quicio al otro lo más que pudieran. Desde siempre. Siempre uno de los dos iba a buscar algo que llevara al otro al límite. De todos modos, habían aflojado mucho desde que, hacía ya bastante, por un paquete de yerba habían terminado a las piñas. Lisandro fue quien días después, lo buscó al otro para pedirle perdón. La última pelea importante que tuvieron fue en Qatar, después del partido contra México, Cristian le hizo un comentario desafortunado frente a varios compañeros y Lisandro se fue sin decir nada, más tarde, el cordobés lo encontró llorando y se hicieron muchas promesas abrazados en un pasillo del complejo donde estaban alojados. Nunca actuaban con maldad, era divertido molestarse entre sí, no solían cruzar el límite y siempre que lo cruzaban, resolvían las cosas.
Continúan pasando el mate de mano en mano mientras Lisandro ceba en automático, sumergido en sus pensamientos. Cristian carraspea.
—Traje flores— le dice después de lograr que los ojos del más bajo se posen en él.
—Sí, te ví— se ríe.
—¿Querés que nos fumemos uno?— dice sin darle vueltas.
Lisandro no fuma muy seguido, considera que es una ocasión especial por lo que acepta. No sabe en qué momento el cordobés había dejado la marihuana en su mesita de luz pero se estira para agarrar el cigarro más grande, lo sostiene entre sus dedos pulgar e índice mientras agarra el encendedor que estaba en la cintura de su pantalón. El más bajo se pregunta cómo no se le había caído en todo este tiempo.
El que le da la primera seca es el cordobés, es justo porque las flores eran de él. Se lo pasa a Lisandro mientras suelta el humo y el más bajo lo imita.
A Lisandro siempre le pasa lo mismo cuando fuma, piensa que no le está pegando hasta que de repente siente la mente turbia de golpe. Es después de tres secas, seguidas por una particularmente larga que le quema la garganta, cuando se da cuenta de que, en definitiva, ya le pegó
—Siempre le doblas el cartoncito como el orto, Cristian— se queja y se aclara la garganta.
—Yo no lo hago mal, vos sos tremendo guaso, tenés que fumarlo más tranquilito, rey— le explica y le saca el cilindro de la mano para darle el ejemplo.
Le da una calada suave y cierra los ojos. Aleja el cigarro de sus labios que quedan ligeramente separados e hincha el pecho, aguanta el humo unos segundos en los pulmones y finalmente lo deja escapar despacio entre sus labios. Abre los ojos despacio para conectarlos directamente con los del otro.
La secuencia completa le produce algo a Lisandro, siente un tirón en la entrepierna y todavía no le dejo de mirar la boca al cordobés, como si de un momento a otro fuera a expulsar más humo.
Ajeno a la marea de pensamientos del más bajo, el cuti se ríe.
—Tenés risa de falopero ya— se burla Lisandro y hace que el morocho se ría más fuerte.
El cuti le acerca el porro a la boca a Lisandro, apretando ligeramente el filtro casero. Los labios carnosos del entrerriano rozan los dedos de su amigo cuando se envuelven alrededor del cilindro y le da una seca haciendo contacto visual, ojos grandes y ya un poco más húmedos que de costumbre por la marihuana.
En realidad, a Cristian todo lo calienta cuando está fumado, esto no es la excepción, puede sentir que está medio duro en sus pantalones. Lo ignora y le mira la boca a Lisandro que ahora está dejando salir el humo.
—¿Te quemó menos ahora?— pregunta el cordobés en un tono más bajo y a Lisandro le cuesta unos segundos entender que se refiere a su anterior queja.
—Sí, sí, estuvo mejor ahí— dice después de aclararse la garganta, Cristian todavía le está mirando la boca y se siente un poco inquieto ahora.
Lisandro carraspea y se acuerda de que tiene el termo en la mano, le arrebata el mate al cuti y se ceba uno para él, buscando ocuparse con otra cosa. Le ceba uno a su amigo y Cristian en lugar de agarrarlo, acerca su boca a la bombilla para chupar mirándolo, al mismo tiempo, vuelve a acercar el cigarro a la boca de Lisandro que piensa unos segundos antes de darle una calada.
—Nos llegan a encontrar fumando adentro de la pieza y nos vamos a comer la cagada a pedos de nuestras vidas— dice el más bajo mientras suelta el humo y se ceba otro mate.
—Bueno pero ¿somos campeones del mundo o no somos campeones del mundo? Los campeones fuman donde quieren— dice el cuti y deja que caiga la ceniza en la mesita de luz para no ensuciar la cama.
Lisandro se ríe y el cuti lo sigue.
Siguen intercambiando entre el mate y el porro hasta que este último se termina. El cordobés, para asegurarse de que está apagado, se moja la yema del pulgar con saliva, y aprieta contra el filtro. Licha se retuerce ligeramente viéndolo, se siente incómodo en los pantalones y tiene calor. Cuando el cuti deja los restos de la tuca en la mesita de luz, vuelve la vista a su amigo y lo encuentra mirándole la boca, se lame los labios a propósito y Lisandro se percata, desviando la vista rápidamente.
El entrerriano siente que los cachetes se le están poniendo rojos por lo que, para descentrar la atención de eso, se endereza un poco para dejar el termo y el mate en la mesita de luz.
—Bueno… ¿Querés que vayamos a jugar a las cartas con los pibes?— dice Licha nervioso.
—No— dice el cordobés simple, sin despegarle la vista de la cara ni por un segundo. Está definitivamente duro en sus pantalones ahora y puede notar el bulto de su amigo— ¿Sabés qué quiero hacer?
—¿Qué?
—Te quiero chupar la pija— dice llevando una de sus manos al muslo del entrerriano, cerca de la cadera.
Lisandro se ahoga con su propia saliva.
—¡Qué guarango que sos!— exclama Licha.
—¿Querés que te la chupe o no?— dice el más alto y se está esforzando porque no se le escape una sonrisa al ver lo nervioso que se puso Lisandro.
Se quedan callados unos segundos. Lisandro piensa que Cristian siempre lo agarra desprevenido, lo pone nervioso. Es una realidad que él era más racional que su amigo.
—Sí— dice bajito.
El cuti se ríe.
—Ah, ¿era joda?— pregunta Lisandro sintiendo que los cachetes se le están poniendo colorados.
—No, yo no jodo con eso. Me da risa que lo hayas pensado tanto. Ahora chupamela vos a mí por vueltero— le responde y Lisandro larga una carcajada esta vez.
—¿Qué te hace pensar que yo te quiero chupar la pija a vos?— le dice desafiante.
Cristian se ríe de nuevo —No te hagas el loco, siempre me la querés chupar, siempre me estas fichando el bulto, te encanta que te haga ahogar y que te-
—Callate, hijo de puta porque te juro que te circunciso con los dientes— dice Licha.
El más alto se muerde el labio y se deja hacer cuando el entrerriano se aleja de su cuerpo para arrodillarse en el suelo.
Busca una posición cómoda mientras Cristian se sienta con las piernas separadas en la orilla de la cama y se desata la bandera de la cintura, llevándola directo alrededor de sus hombros.
—¿Me estás intentando calentar con la patria?— dice inquisitivo Lisandro.
Al cordobés se le escapa una risotada que rebota en las paredes.
—Puede ser— responde al final y Licha sonríe.
Antes de que Cristian reaccione, el entrerriano le ha bajado los pantalones de un tirón. No lleva ropa interior y eso hace que el 25 sonría burlón. El pene del cordobés está duro, apuntando hacia el techo, pegado a su abdomen bajo.
Lisandro se está mordiendo el labio con hambre, con anticipación, se acerca despacio y apenas lame a la punta, el otro deja salir el aire que no sabía que estaba conteniendo en sus pulmones.
Eran amigos hace muchos años ya, desde que todavía no habían siquiera debutado en primera. Todo esto había comenzado en la copa américa, de todos modos. No tenían contacto con sus familias y, ¿quién más podría satisfacer los deseos del otro? Desde ese momento, su relación había cambiado totalmente, no solo eran mejores amigos, ahora estaban unidos en cuerpo y alma, habían confiado en el otro ciegamente, se volvieron inseparables. Solo como amigos. Tenían sexo de amigos. Mejores amigos. Ninguno pretendía otra cosa, tenían una muy buena comunicación y las cosas estaban claras entre ambos.
A Lisandro lo volvía loco sentirse deseado por Cristian y viceversa. Ya no podían hacer nada para evitarlo, para evitar conocer al otro como a la palma de su propia mano.
Vuelve a lamer, esta vez desde la punta hasta la base, de la base hasta la punta y cuando llega a la cabeza la engulle entre sus labios. Cristian le agarra el pelo en un puño al mismo tiempo que gruñe. El más bajo ahueca las mejillas y sube la mirada para ver a su amigo cuya automática reacción es dejar caer la cabeza hacia atrás con un jadeo.
—Qué lindo que sos cuando me miras con esa carita, que hijo de puta. Sos una trola de mierda— dice el cordobés cuando vuelve a conectar su mirada con el otro.
Lisandro, satisfecho con su comentario, chupa la punta. Vuelve a bajar con su boca, intentando que entre todo pero nunca lo consigue, se aleja un poco cuando le llega una arcada y reemplaza su boca con una de sus manos, bombeando mientras mira al cordobes con los ojos llorosos.
El cuti aprovecha para estirarse un poco y agarrar la tuca que quedaba en la mesita de luz, la prende con el encendedor que había quedado enredado entre las sábanas y la acerca a los labios desocupados del más bajo que le da una calada larga. El cordobés aguarda a que suelte el humo pero se ahoga con su propia saliva cuando efectivamente lo hace pero después de haber llevado su boca alrededor de su pene, dejando que el humo salga sobre su miembro. Gruñe con fuerza cuando Lisandro comienza a bombear su pene con su boca, es un poco desordenado y el más alto lo atribuye a la marihuana.
Licha levanta la vista y se vuelve loco, Cristian no lo está mirando, está con la cabeza inclinada, la tuca entre los labios, una mano agarrando en un puño la sabana detrás de su espalda, la otra mano, en algún momento, volvió a viajar hasta el pelo de Lisandro, tiene los ojos cerrados y la nuez en su garganta se mueve de arriba hacia abajo, los músculos de su abdomen se contraen esporádicamente. Lo ve soltar el humo y engulle el pene entre sus labios de nuevo, concentrando toda su atención en eso.
—Gordo, banca, voy a acabar— dice Cristian sacandose la tuca de entre los labios.
No se aleja, chupa con más fuerza y el cordobés jadea. Licha usa una de sus manos para acariciarle las bolas y la otra para masturbar todo lo que su boca no alcanza. Su boca se enfoca en la punta, chupando mientras, una vez más, levanta la vista, esta vez, consigue el contacto visual.
—Licha— advierte una vez más, suena más como un quejido.
Chupa una vez más y lo mantiene haciendo que inevitablemente el cordobés llegue al orgasmo, el semen caliente estalla contra su lengua. Las piernas y el abdomen se le contraen, Lisandro no se separa y cuando es demasiado, el más alto lo aleja tirándole levemente del cabello.
El entrerriano tiene los labios hinchados, la saliva mancha su barbilla y Cristian simplemente se acerca a él para darle un beso en ese mismo lugar, un beso en la comisura de la boca y finalmente, une sus labios juntos en un beso lento pero posesivo, luchan por liderar el beso hasta que Lisandro se aleja y en un impulso, le muerde suave la mejilla al cordobés.
—Qué boquita la tuya, culiado— se burla el más alto y el otro lucha por no ponerse colorado.
—¡Callate!— gruñe avergonzado.
El cuti se ríe y lo obliga a levantarse del suelo, arrastrándolo hacia arriba con un brazo alrededor de su cintura, lo posiciona sobre su cuerpo y se recuesta en la cama. El más bajo, acalorado, se saca la camiseta que todavía llevaba puesta, deja sus abdominales descubiertos haciendo que Cristian le silbe para después llevar la tuca olvidada entre sus dedos hacia su boca, dándole una seca para luego pasársela a su amigo que le da una calada recién cuando él suelta el humo.
Lisandro sigue duro en sus pantalones y aprovecha su posición actual, sentado sobre el regazo del cordobés, ajusta sus muslos gruesos alrededor de las caderas del otro para empujar sus caderas hacia adelante, generando fricción. Se le cae la cabeza hacia atrás con un gemido bajo. Le da una calada más a la tuca antes de volver a frotar, esta vez formando un vaivén y se inclina hacia adelante para apoyar una de sus manos en el pecho desnudo de su amigo que lo mira sorprendido.
El porro vuelve a ser recuperado por el cordobés, quien le da la última seca a su amigo después de darle una él mismo. Se asegura de que esté apagada y la deja en el mueble a su lado. Lisandro deja salir el humo sobre la cara de Cristian y este lo mira como si fuera lo más hermoso que ha visto en su vida, el entrerriano se retuerce un poco al notar lo concentrado que está su amigo en él.
Se frota contra el miembro del más alto, usandolo para su placer y es cuando sus movimientos se vuelven desordenados que Cristian decide que fue suficiente, empuja el cuerpo del entrerriano, invirtiendo las posiciones y de un solo tirón se deshace de los pantalones y los boxer del otro.
El cuerpo de Lisandro brilla bajo la luz de la habitación, parece hecho de oro. Cristian aguanta una sonrisa ante la comparación que aparece en sus pensamientos.
—Sos como un trofeo, mi copa, mi premio— dice el cordobés una vez que su boca comenzó a dejar besos húmedos en el abdomen de Licha quien se ríe ante sus palabras y las cosquillas que le hace la boca de su amigo.
El entrerriano está desesperado, está drogado, está tan caliente.
—Hacé algo, por favor. Me duele, Cristian— se queja finalmente mientras las caderas, sin su autorización, empujan hacia arriba, chocando con el pecho del cordobés.
No hace falta que vuelva a pedirlo porque su amigo obedece, escupiendo en sus dedos para llevarlos a la entrada del 25. Traza el agujero arrugado con su dedo índice y cuando Lisandro lloriquea, lo empuja despacio, tan despacio que el de piel dorada siente que va a perder la cabeza.
Cristian, de un momento a otro, ha dirigido su boca hacia uno de sus pezones, se le escapa un gruñido cuando siente la lengua caliente en una de las partes más sensibles de su cuerpo. Lo chupa y lame, sin un ritmo en concreto mientras aguarda a que Lisandro se acostumbre al dedo dentro de sí.
Comienza un vaivén lento con su dedo, no tienen lubricante a mano por lo que es un poco áspero pero al más bajo le gusta más de lo que quiere admitir. Otro dedo se une y aprieta sus piernas alrededor de la cintura de su amigo que jadea.
—Mira lo que son esas piernas. Me podés cortar al medio con esas gambas— dice el cordobés obligándolo a abrir las piernas de nuevo y se desliza hacia abajo.
En realidad ama las piernas de Lisandro, ama que sean gruesas y musculosas, ama las cosas que puede hacer con esas piernas. Vuelve a su mente un recuerdo, después del partido contra Australia, casi muere asfixiado entre las piernas de Lisandro mientras le comía el culo. Siente su pene duro, nuevamente, contra el colchón y comienza a dejar besos húmedos en los muslos internos de su amigo a quien se le escapa un gemido vergonzoso.
Tres dedos ya se abren paso en su entrada, haciendo tijeras mientras, al mismo tiempo, el cordobés acaricia su pene con una mano y deja chupones, mordidas y besos en la carne tierna de sus muslos. Lisandro se ha acomodado, apoyando su peso sobre sus codos para poder ver lo que está haciendo su amigo entre sus piernas. Siente que su cuerpo entero tiembla ahora.
—Que ni se te ocurra acabar— dice Cristian levantando su vista brevemente.
Retira sus dedos para escupirlos una vez más y los vuelve a meter, en un ritmo desincronizado y tosco, los bombea unas pocas veces mientras deja un chupón oscuro en el muslo de Lisandro cuando este deja escapar respiraciones agitadas y pequeños ruiditos. Se separa del cuerpo más bajo y se levanta de la cama, buscando algo en el bolso de Lisandro. Lo dejó justo en el borde una vez más, el entrerriano se derrite en la cama con ligeros temblores atravesando su cuerpo.
Suelen pelear por el control en el sexo, pero la realidad es que el dominante indiscutido siempre fue el cordobés y este, no le había dado permiso para acabar así que solo podía apretar sus manos en puños a sus costados.
—Mojame la pija—pide el cordobés parándose al lado de la cama con un forro ya puesto.
Lisandro se endereza enseguida, llevando el pene de su amigo directo a su boca, empapándolo en saliva y paseando su lengua por toda la extensión.
—Bueno, basta porque te ponés goloso vos— dice Cristian y a Licha se le escapa un chillido-risa, dejando caer el pene de su boca, los labios húmedos y rojos— ¿Cómo vas a tener esa boca, hijo de puta?— agrega, levantándole la mandíbula con una mano para darle un beso bruto en el que le mordisquea los labios haciendo que Lisandro gima y no pueda seguirle el ritmo.
El cordobés se sube a la cama, abriéndole las piernas con sus dos manos.
—Pará, no cerraste la puerta, ponele llave— pide en entrerriano.
Cristian gira la mitad de su cuerpo hacia la puerta y enseguida vuelve la vista hacia su amigo con una sonrisa burlona—No— dice simplemente.
—Pero-
No puede continuar porque el cordobés le ataca el cuello con besos mientras se acomoda entre sus piernas, asegurándolas alrededor de su cintura.
Se separa de su cuello para enderezarse, agarrando su pene con una mano para dirigirlo a la entrada de Licha, empuja la punta mordiéndose el labio ante la vista. Lisandro gime ante la intrusión en su agujero y quiere empujar sus caderas hacia abajo, necesita todo, ya. No hace falta que haga nada porque Cristian puede notar en las reacciones de su amigo cuando es momento de empujar un poco más.
Lisandro se siente lleno cuando las bolas de su amigo chocan contra su piel y se le escapa una respiración entrecortada. No puede evitar que la vista se le desvíe ligeramente hacia la puerta, parte de su atención ha quedado ahí. Cristian sonríe cuando se da cuenta.
—¿Estás esperando que entre alguno de los pibes?— dice burlón el cordobés.
Lisandro jadea y niega con la cabeza, no encuentra palabras porque su amigo ha comenzado a mover sus caderas de adelante hacia atrás, en penetraciones profundas y que todavía le arden un poco.
—¿Qué dirían si te encuentran así?— insiste de nuevo y Lisandro se le escapa un lloriqueo— Qué trola que sos— comienza de nuevo y Lisandro se retuerce—, mira las ganas que tenés de que te encuentren así, de que te encuentren dejándome hacerte el amor.
Porque Cristian no lo cogía, Cristian siempre encontraba la oportunidad para dejarle en claro que estaban haciendo el amor.
—Por favor, Cristian, por favor— jadea, está tan cerca.
El cordobés ajusta el ángulo, golpeando contra su próstata, lo hace arquear la espalda con violencia y ahoga un grito.
Golpea una y otra vez, en un ritmo rápido y certero, las piernas de Lisandro tiemblan y se muerde el labio para evitar los sonidos vergonzosos que salen de su boca. Cristian lleva su mano a su pene, comenzando a bombearlo al mismo ritmo que sus estocadas.
Se va a volver loco, va a perder la cabeza. El entrerriano pellizca su propio pezón, jugueteando con el con su dedo pulgar e índice.
—Qué hijo de puta— se queja el cordobés ante tal acto y traga con fuerza.
Lisandro agradece tener su labio atrapado entre los dientes para así poder evitar la sonrisa juguetona que quiere escapar. Sigue jugueteando con su pezón con su mejor cara de inocencia.
Las estocadas contra su próstata incrementan la velocidad, firmes, mientras el cordobés sigue bombeando su pene.
—Dale, acaba, gordo— le dice Cristian, esta vez con un tono más dulce.
Licha lloriquea, ha estado aguantando por lo que siente que es una eternidad.
Es cuando el cordobés se inclina hacia adelante para escupir sobre el pezón que está siendo torturado. Lisandro pierde la cabeza cuando la saliva caliente golpea su pecho, pellizca con fuerza su pezón, provocándose a sí mismo un lloriqueo y con una estocada particularmente dura, se derrama sobre su estómago y la mano de su amigo.
Cristian mantiene el ritmo, ayudando a atravesar su orgasmo. El más bajo está agitado y está llorando mientras tiras y tiras de semen continúan saliendo de su pene. Tiembla ligeramente cuando el cordobés continúa golpeando su próstata, siente que va a desmayarse. El cordobés entiende la señal clara y se retira del interior de Lisandro, sacándose el preservativo y tirándolo al suelo.
Se masturba rápido, apuntando con su pene al estómago lleno de semen de su amigo.
En definitiva, es la imagen de Licha arrastrando sus dedos sobre su pezón, esparciendo su saliva por todo su pecho mientras lo mira con ojitos inocentes lo que lo lleva al límite.
Qué hijo de puta. Piensa un segundo antes de acabar sobre los abdominales marcados del entrerriano.
El cordobés se inclina para besar con suavidad los labios de Lisandro brevemente. Se levanta de la cama para envolver el preservativo en papel higiénico que encontró en el ropero y lo tira en el cesto de basura, ajusta la temperatura del aire acondicionado en 22 y busca en el ropero una toalla que moja con el agua de una botella olvidada en la mesita de luz de Alexis.
Vuelve a la cama, y sin que Lisandro se lo espere, el más alto lame su estómago antes de besarlo de nuevo, compartiendo el sabor de ambos en sus bocas. Es breve y el entrerriano suspira cuando el otro se aleja.
Con toda la suavidad del mundo, Cristian limpia el pecho y el estómago del otro defensor con la toalla húmeda, dejando tras ella, ligeros besos por toda la extensión de su torso.
Una vez ya limpio, se acurruca contra el cuerpo cálido del cordobés quien después de tirar de las sábanas sobre ellos, lo abraza, pasando el brazo por debajo de su cuello y con su mano libre traza patrones en la pierna de Lisandro que acaba de cruzar por encima de su cuerpo.
—No nos vamos a volver a ver en bastante tiempo, te voy a extrañar mucho— dice el entrerriano bajito y levanta la vista.
Cristian le besa la frente con cariño.
—No pienses en eso ahora, gordo. Le vamos a buscar la vuelta, siempre le buscamos la vuelta. O nos vamos a juntar a comer un asado o me hago un viajecito para que tomemos unos mates o hacemos videollamada y listo. Obvio que pesa extrañar, pero, ¿hace cuántos años nos conocemos ya?, y siempre le buscamos la vuelta— le dice suave, íntimo, como si hablando más fuerte se fuera a romper la burbuja.
Lisandro se acurruca en su cuello, tranquilo con sus palabras.
—Te quiero muchísimo, Cristian— le dice.
—Y yo a vos, gordo. No sé qué haría sin vos— responde y lo aprieta más cerca de su cuerpo.
No es un problema que los encuentren durmiendo juntos, era habitual para todos dormir siestas juntos o pasarse a la cama de algún compañero.
No saben quien se duerme primero. Cuerpos juntos, pegados, adheridos. Aprovechando cada segundo de esa siesta que es el último contacto físico que compartirán en, probablemente, más de un mes o dos.
