Actions

Work Header

Sencillamente

Summary:

Los polos opuestos se atraen. O a veces pasan de largo y ni se chocan.

Conocerse en la sub-20 los hizo cercanos. Conectaron, pero no pudo ser.

Y ahora la vida los volvía a unir nuevamente, para concretar la deuda que en su juventud no pudieron efectuar.

Chapter 1

Notes:

Actualización: 15/2/2023.

Holi. En este pequeño fic traté de abarcar un poco de todo. Como el pasado de Lio y Pablo así como el presente partiendo de su mítica conversación en la playa, mencionando sus pasos por Malasia para culminar en el mundial 2022. Metí algunas modificaciones en el medio porque la trama así lo requiere ahre.

¡Disfruten! <3

Chapter Text

Se encontraban caminando acompañados por el ruido de las olas que chocaban entre ellas. El viento le removió algunos rulos mientras su mente se enfocaba en las palabras de su compañero. Scaloni se encontraba a la par suya, caminando a paso lento con las manos juntas detrás de la espalda, pensando. En un momento ambos se detuvieron y se miraron fijamente. El intercambio de palabras no hacía falta. Ya habían compartido momentos juntos, más que suficientes se podría decir.

Se conocían.

Y ese era el problema.

Conocerse... pero dentro de la cancha. Una vez pisado el templo amado por cualquier fanático del fútbol compartían ideas, jugadas, a veces solos, entre ellos, con compañeros o con todo el equipo. Independientemente de su accionar el objetivo era sencillo: meter la pelotita, acumular puntos y ganar. Eso lo sabían hacer muy bien. Pero el problema radicaba en que tenían la oportunidad de lograr eso y más con toda la sabiduría que adquirieron en su juventud entre tantos partidos disputados en diferentes equipos, pero desde otro punto de vista diferente; ocupando el cargo de cuerpo técnico de Argentina.

Si ya habían logrado tener cierta conexión a lo largo de los años, bastaba con poner a prueba toda la magia de sus ideales y planteamientos ya no en sus pies, sino en el habla. En el arte de dirigir, de ser un líder nato.

Fuerza. Eso era Scaloni. Y todavía no lo sabía.

Pero todo líder siempre necesita una mano derecha.

Templanza. Eso era Aimar. Y estaba a punto de descubrirlo.

—¿Qué opinas? —dijo sin dejar de verlo a los ojos.

—Vos sabés que estás loco ¿no? —respondió sonriente.

—No, vos estás sano entonces.

Algo comenzó a nacer en el momento exacto que sellaron su destino y el de la selección en un par de miradas complices, cargada de emociones que sin saberlo, comenzaron a retener. Los dos se sentaron en la arena, el sol estaba en su punto justo. La tarde comenzaba a caer sobre ellos mientras conversaban acerca de la lista de posibles convocados para los partidos de Colombia y Guatemala. Debatieron con suma concentración cada jugador a elegir.

—Acuña, que va de ocho.

Scaloni siguió hablando pero Pablo se había perdido en sus pensamientos.

Ocho.

Una oleada de recuerdos de su juventud comenzó a invadir su mente. Recuerdos en donde no sólo lo involucraban a él, sino al hombre que tenía a su lado y a un muy viejo amigo en su paso por las juveniles del sub-20.

•••

Entró a la habitación con un humor de mierda.

Estaba caliente.

El entrenamiento fue un desastre. Pase que le daban gol que fallaba. La magia en sus pies parecía haber desaparecido por completo. Él no era calentón. Era táctico. No hacía las cosas sin pensar. Pero su cabeza ahora estaba a punto de hacer erupción, las gotas de sudor en su frente parecían magma ardiente. Y es que sí. Todo su cuerpo estaba tenso, su calor corporal sumado al de la habitación comenzaban a marearlo.

No era la primera vez que tenía un bajo rendimiento futbolístico. Siempre supo aprender de sus errores, estudiarlos y mejorarlos para no volver a cometerlos. El fútbol no era perfecto. Y precisamente él siempre encontraba la magia de la perfección en el error de algún pase mal dado o un córner mal ejecutado. Pero ahora estaba en bolas. Hace una semana venía con el mismo nivel deplorable del cual no se sentía orgulloso. Siguió indagando en sus pensamientos cuando escuchó el portazo de la habitación cerrarse con furia.

Su compañero de habitación llegó con el mismo o peor humor que él.

El olor masculino en el ambiente se había intensificado. Ninguno se dirigió la palabra. En otro momento ambos eran como la coca cola y el fernet, una combinación exquisita. Pero en estos momentos, el agua y el aceite era lo más parecido a una dupla entre ellos, pero peligrosa. La tensión era asfixiante. El de rulos se dispuso a pasar por al lado de su compañero cuando sintió unas fuertes manos en su cintura, acorralando su cuerpo contra la pared.

—Qué hacé' pelotu...—no pudo terminar de hablar ya que sintió unos labios atacar los suyos con furia. Su cuerpo se congeló. Sus ojos estaban abiertos por la sorpresa y el desconcierto pero poco a poco y sin quererlo comenzaba a ceder.

Comenzaba a ceder a la idea de que su compañero, Román Riquelme, le estaba comiendo la boca en todo el sentido de la palabra.

Con la poca fuerza que aún poseía trató de alejarlo, de mover el cuerpo robusto pero fue imposible. Román lo tomó de los muslos pegándolo más a su cuerpo sin romper el contacto de sus bocas. La temperatura comenzaba a subir y eso volvía loco al cordobés el cual llevó sus manos al cuello del morocho intensificando el beso. Su mente se había apagado y su cuerpo encendido. Cualquier hilo de cordura había desaparecido en el momento exacto que sus lenguas se encontraron. Aimar era un desastre de gemidos, sumiso, no podía reaccionar. Su cuerpo estaba complacido de ser atendido luego de meses de abstinencia tortuosa. La exitación se hizo presente en cada uno de sus poros. Era tan fácil entregarse y mandar todo a la mierda. Se pellizco el viente saliendo del trance lujurioso en el cual su contrario trataba de envolverlo.

—Pará...—trató de safarse moviendo su rostro hacía un costado. Grave error—. Román la puta madre...—cerró los ojos con fuerza al sentir besos húmedos en su cuello y chupones que posiblemente iban a ser un problema más adelante.

—Me encantás enano —susurró en el oído del cordobés ganándose un suspiro. No era boludo. Sabía dónde y cómo tocar para tener a Pablo de la manera en que quería. No podía evitar ser un planificador dentro y fuera de la cancha. Esa pequeña hazaña la había logrado en cuestión de meses de mutua convivencia y ahora disfrutaba de los resultados. Sin darle tiempo a Aimar de responder ejerció presión en el agarre de su cintura, mordiendo fuertemente la carne de su débil cuello y como no, juntando ambos miembros ya duros en un roce lento pero firme—. No te me hagas el difícil, dale.

—Así no —imploró a duras penas con la pija a punto de explotar. Sabía a donde iba a terminar esto. Y aún sabiéndolo su cuerpo instintivamente buscaba el calor de su amigo, frotándose, queriendo encontrar la liberación que tanto necesitaba de alguna forma u otra.

Ya no tenía fuerzas.

Todo le dolía.

Su cuerpo se estaba vengando de él, pensó. Por no ser capaz de darle satisfacción o atenderlo en momentos de necesidad donde el placer de jugar al fútbol no se comparaba, en absoluto, con la satisfacción de liberar toda la tensión acumulada en un acto tan íntimo como masturbarse.

Su mente trataba de no imaginar otra cosa que no sea la lengua de Román por su cuello, chupeteando su oreja, susurrándole palabras calientes que lo ponían más colorado de lo que ya estaba. La pieza era un horno. La mezcla de olores en el ambiente, matadora. Sus cuerpos ya no estaban sudados sino mojados. Los rulos característicos de Pablo ahora eran mechones lacios que se pegaban a la frente del morocho que no dejaba de devorarlo con la mirada.

—Pékerman se va a enterar —le dijo entre gemidos sabiendo el cometido que quería lograr su amigo—. No sea' boludo cabezón.

—¿Vas a arrugar ahora? —comentó divertido—. Ni la vas a sentir, quédate tranquilo.

—Pero mañana hay entrenamiento.

Román se detuvo a pensar sus palabras. Y tenía razón. Lo que menos quería era que su amigo vaya al entrenamiento rengueando. Sonriendo llevó sus manos al rostro de Pablo dejando varios besos y luego se apartó en dirección a la cama.

—Vení para acá.

Pablo dudó quedándose quieto en su lugar.

—Bonito —dijo de la forma más suave y acaramelada posible—. Dale vení.

No es que se le bajara la bombacha pero si. Era débil a sus encantos. Porque confiaba en él. Y porque sabía que si alguien tenía la solución a su problema, ese era ni más ni menos que su amigo y compañero. Román lo invitó a sentarse encima de él a lo cual accedió con timidez. Sin perder más tiempo llevó la mano a su bulto proporcionando caricias suaves y algún que otro apretón en la punta. Pablo se escondió en su cuello al sentir como su short se bajaba dejando expuesto su miembro hinchado. No podía evitar sentirse apenado, como si estuviera cometiendo el peor de los pecados.

—Hacerte el duro me pone el asunto complicado Pablito —declaró sin dejar de otorgarle placer, utilizando su saliva como lubricante a medida que su mano subía y bajaba en toda su circunferencia, sin dejar de acariciar la espalda pecosa por debajo en un intento de consuelo—. Relájate.

El aire parecía no ser suficiente. Le costaba una banda respirar. Necesitaba más y comenzó a menear sus caderas sintiendo la erección de Román debajo de él. Por Dios. ¿Se podía ser más trolo? ¿Acaso estaba siendo profesional? Era un pibe, en una edad hormonal, en donde las cosas que le atraían eran el fútbol, los alfajores de maicena y el perfume paco que Riquelme se ponía todos los días, el mismo que tenía que oler y soportar desde que les tocó compartir habitación.

—Vo' so' un chamuyero, eso e' lo que so' —inquirió mordiéndose el labio inferior en un intento inútil de contener sus gemidos.

—¿Ah si? —respondió aumentando el ritmo de su mano—. "Este chamuyero" le dijo a Pékerman que te soltara antes —confesó ganándose la sorpresa de Pablo—. Ya que no creo que el payasito pudiera definir bien con una erección entre las piernas, ¿no?

—Sos un hijo de puta.

—El peor hijo de puta que vas a conocer —corrigió besándolo.

Riquelme siempre fue un bruto. A veces incluso no tenía tacto en ciertas ocaciones pero con Pablo era diferente, bajaba uno o dos cambios. Tanto así que la mayor prueba de eso era hacerle pasar un buen rato al enano sin encontrar su propio placer. Aunque ganas no le faltaban de empomarlo contra el colchón y hacerle ver todas las estrellas que a Boca le faltaba sumar a la camiseta.

Comenzaba a acelerar el ritmo, las piernas de Pablo lo apretaban muy bien. Sin tener poder de su cuerpo, alzó su pelvis haciendo el contacto mucho más estrecho aún sin bajarse el short soltando un gemido ronco. Sabía que estaba cerca por como las uñas de su compañero se clavaban con más intensidad en su espalda. Hasta que en un momento algo lo descolocó de lugar.

Pablo comenzó a llorar.

Lo había notado por como su camiseta comenzaba a humedecerse en la zona de su cuello.

Era demasiado placer en tan poco tiempo. Muchas emociones juntas para el pobre cordobés que no tenía control de sí mismo. No tuvo tiempo a reaccionar ya que entre suspiros Román escuchó un "seguí" casi sin aliento. El miembro en su mano palpitaba. Aprovechó el líquido preseminal para facilitar las cosas sin dejar de acariciarlo tratando de terminar con esto de una vez. El cuerpo encima suyo tembló agarrando sus hombros, la tela de la camiseta, algo a lo que aferrarse a medida que se contraía en una serie de espasmos. La vista era pipí cucú para Román que sonreía como un boludo al ver como Pablo se mordía el labio con fuerza, acabando en la parte baja de su abdomen. Era una imagen que difícilmente iba a poder borrar de su memoria.

Ver a su amigo recuperar el aire con dificultad acostado en su pecho, con los cachetes colorados y los ojos llorozos le hizo pensar una cosa.

Mamita.

Lo que ocasiona una buena paja.

Se quedaron en esa posición por un rato largo hasta que Riquelme habló.

—Pablito—llamó y no obtuvo respuesta. Trató de moverse pero el menor no daba indicios de nada, asustándolo—. ¡Pablo, eu!

No pasó mucho tiempo cuando se dió cuenta.

Su amigo se había desmayado.

•••

Los días siguientes al encuentro los entrenamientos continuaron con normalidad. Pékerman había felicitado a Pablo por mejorar sorpresivamente de un día para el otro los tiros libres que tanto le habían costado semanas atrás. El cordobés no podía estar más feliz por una parte y apenado por todo lo ocurrido aquella noche; luego de su desmayo Román lo había llevado al baño, lo hizo bañar y cambiarse de ropa y así terminar de acostarlo en la cama de abajo ya que compartían literas. Lo último que recordaba a duras penas era el pecho húmedo de su amigo, su perfume característico, gotas de agua mojar la almohada y un brazo fuerte abrazando su cintura.

"Que tipo atento" pensó sonriendo.

Se encontraba en el vestuario cambiándose cuando escuchó unos gruñidos en la parte de los duchas. Se acercó y no pudo evitar sonrojarse. En unos de los bancos se encontraba un joven Scaloni puteando por lo bajo a medida que se sacaba los botines. Su torso estaba desnudo, a lo lejos se podía definir los músculos bien marcados de su espalda, brazos y algunos moretones en la zona de sus muslos y la parte baja de su abdomen. Se levantó dispuesto a sacarse el short hasta que se percató que no estaba solo.

—¿Pero vo' fuiste a entrenar o a la guerra? —comentó divertido Aimar acercándose.

—¿Tan mal me veo? —preguntó sonriendo.

Aimar se apoyó en la pared cruzando los brazos sin dejar de observarlo de arriba abajo. Lionel no pasó desapercibido ese gesto.

—Si no fueras futbolista diría que te comiste un par de bife'.

—Y cuando uno es bueno no saben como pararlo —dijo agrandado.

Aimar se mordió el labio sonriendo, con un gesto de "si vos decís". Pudo ver como Lionel le costaba flexionar las piernas, suponiendo que el calor de su cuerpo se había esfumado notando la tensión de sus músculos.

—Si te sirve tengo una crema analgésica, no hace milagro' pero te puede calmar un poco el dolor.

—Me vendría bien, si —se acercó a Pablo tocando su hombro—. ¿Te jode si vamos a la habitación? —al observar como Pablo alzaba una ceja se expresó mejor—. Este lugar va a explotar de gente y en lo que buscas la crema te espero con unos mates.

—¿Tu amigo tiene problema en que vaya?  —inquirió ya que no quería ser una molestia y más si el jugador estaba descansando.

—¿Walter? No, tranqui. Seguro está morfando en el comedor. La habitación es la veintitrés.

—Dale, en un toque estoy allá.

Hace tiempo no tenía una charla fuera del ámbito futbolístico con Lionel. Se veían en los entrenamientos, en el comedor, a veces en los días libres que tenían pero nunca evolucionaba a otra cosa que no sea un saludo y algún que otro comentario de algún partido. Lo típico. Aunque siempre había algo más. Una mirada, un acercamiento que no debía ser. No lo podían evitar. Al llegar tocó la puerta escuchando un "pasá" de Lionel. Lo buscó por toda la habitación encontrando su figura sentando en la cama. Se había bañado. Lo notaba por el olor a perfume y el vapor caliente que se desprendía de su cuerpo. Pablo no lo gritaba en voz alta pero siempre se impresionó ante presencia imponente que lograba ocasionar su amigo. Sumado a una diferencia de alturas considerable entre ambos. Pero al verlo un poco lastimado, incluso si sonaba extraño, le parecía... tierno.

—Te ve' un poco mejor —dijo acercándose notando como Lionel estaba un poco tenso—. Y duro como turrón en navida' también.

—Los pibes me hicieron mierda en la mañana, son unos boludos. ¿Querés? —le ofreció el mate el cual Pablo aceptó con gusto—. Te vi practicando los tiros libres, no es muy típico de vos esas jugadas.

—Digamo' que soy fan del fútbol imaginativo —respondió dándole un sorbo al mate—. De ese que ve' y crees saber lo que está' viendo pero al final...

—Cambias la visión del juego ¿no? —lo interrumpió ganándose el asombro de su amigo.

Pablo quedó maravillado.

—Exacto.

Dejando el mate a un lado, el de rulos se posicionó detrás de Lionel con el objetivo de dejar la crema en la mesita de luz para irse pero no pudo evitar ver como unas manchas violáceas se extendían por toda su espalda desnuda. No pensaba que los golpes que tuvo hubiesen sido tan fuertes.

—¿También los viste? —anunció de repente—. Es una lástima porque no llegó hasta ahí atrás.

Pablo se mordió el labio.

¿Acaso Scaloni quería que le pusiera crema en la espalda?

Si se había tomado la molestia de venir hasta su habitación. Entonces, ¿por qué no hacerle ese favor a su amigo? Se dijo a si mismo.

—Acércate más —pidió Aimar subiéndose a la cama, captando la indirecta. Lionel comenzaba a romper la distancia entre ellos, todo sea por la comodidad del riocuartense.

Se puso la crema en las manos frotando hasta lograr un punto tibio. Ni muy frio ni muy caliente. Podía jurar que sintió una especie de electricidad en el momento exacto que tocó la piel caliente de Lionel.  Tenía una espalda ancha, fuerte y muy lastimada. Todo lo que podía escuchar eran suspiros de placer, de satisfacción cuándo terminó de pasarle la crema para, en cambio, comenzar a hacerle masajes. No era experto en el tema pero sabía que estaba contracturado en ciertas zonas. Y si podía aliviar a su amigo para que le vaya bien en los entrenamientos, no perdía nada.

—Sos muy bueno con las manos —confesó el mayor en un tono de voz ronco.

—Gracias —respondió cerca de su oído rompiendo el ambiente relajante que se había creado al detener sus movimientos—. Tené' cuidado para la próxima. Yo quiero a un compañero de fútbol no un gladiador.

—En todo caso tengo a mi Julio César que me deja tener un descansito ¿no?

Pablo no pudo evitar largar una carcajada ante la comparativa.

—¿Vas a poder ponerte crema en las zonas que te faltan? —preguntó señalando sus piernas antes de abandonar el cuarto.

—Y... la verdad que no —mintió—. El dolor me está matando. Pero no te preocupes.

Las bolas. Obvio que podía. Y rogaba que Pablo le dijera algo como "¿querés que te ayude?", o un "me quedo, no te hagas drama". Lo necesitaba. Quería estar cerca suyo. Estaba abusando de su amabilidad. Y se sentía tan bien. Dicen que los opuestos se atraen. O a veces pasan de largo y ni se chocan. No sabía si eran sus rulos, o la forma en la que paraba la pelota. Pero algo de él lo atraía locamente aunque lo ocultara.

Escuchó una risa suave.

—Una ve' que empezá' hay que terminar el trabajo oí por ahí —salió de sus labios acercándose a Lionel—. Vo' avísame si te duele.

No podía negar que estaba algo nervioso. La posición era un tanto comprometedora a los ojos equivocados. Se encontraba agachado, ocultando su sonrojo bajo la atenta mirada de Lionel que disfrutaba la escena más de lo que debería. Untó la crema por la zona de la pantorilla, cada vez subiendo más hasta los muslos. Podía sentir la carne vibrando debajo de sus manos, rígida. El mayor se encontraba únicamente en short deportivo. Y eso era una tortura para Pablo. Sus manos terminaron en el abdomen, haciendo movimientos circulares, y si tenías buen oído podías jurar escuchar a Lionel Scaloni gemir por lo bajo totalmente duro. Alzó su mirada encontrándose con unos ojos que lo miraban de una forma que no lograba descifrar. La respiración se hacía cada vez más pesada. Y de un momento a otro comenzaron a acercar sus caras, como dos imanes los cuales estaba en su naturaleza unirse.

—¡Che Scalo! —la puerta se abrió de golpe sin previo aviso—. Nos dieron unos triple de miga que están ¡uff! mortal pero se terminaron —comentó con voz eufórica con rastros de jamón en su boca—. Sos un boludo te lo perdiste. Pero mirá me afané unos de atú...

Hubo un silencio sepulcral en la habitación.

Walter Samuel, el compañero de habitación de Scaloni parpadeó varias veces pensando que la estaba flasheando. Pero si sus ojitos color cielo no lo estaban traicionando, juraría estar viendo a Pablo Aimar a pocos centímetros de su amigo en una posición un tanto sugestiva.

—Ehh, tranqui loco igual ya me iba —dijo cerrando la puerta detrás de él lentamente.

Scaloni se quedó sin habla. Atónito.

Y Aimar quería enterrarse nueve mil metros bajo tierra.

•••

—¿Pablo?

El nombrado volvió a la realidad.

—Disculpame. Me fui —dijo mirando hacía un costado.

—¿Me querés decir en que te quedaste pensando? —preguntó alzando una ceja.

Pablo se puso colorado.

—¿Ya tenés pensando a los arqueros? —evadió la pregunta olímpicamente.

—Si... tengo a algunos en mente. ¿Te parece discutirlo a la vuelta? Quince días se pasan volando —se levantó ofreciéndole la mano a su compañero— vos y yo tenemos trabajo que hacer.

Pablo sonrió aceptando su mano. No podía estar más de acuerdo.