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I Was Lost Without You

Summary:

Situado tiempo después de los hechos de Refugio, la Inquisición necesita reclutar a alguien que sepa cazar dragones, alguien que pueda dar apoyo a la Inquisidora cuando se enfrente a Corifeus y se encargue de su dragón. Y ésta es la razón por la cual Theriel, una apóstata elfa nómada, es requerida por la Inquisición. Porque alguien les ha dicho que es una de las mejores cazadoras de dragones de Thedas.

Una vez en Feudo Celestial, Theriel deberá lidiar con la resignación de permanecer en un mismo sitio durante largos periodos de tiempo, los sentimientos encontrados entre el ayudar en lo que pueda y en sentir que eso no es su función, el enamorarse de alguien a quien hará daño y el tener que enfrentarse a un pasado que lleva demasiado tiempo acechándola.

Chapter 1: La Propuesta

Notes:

Theriel y Sa’bir hablan en élfico antiguo así que, para diferenciarlo del idioma común, lo he puesto entre comillas españolas «» y en cursiva lo que vaya dentro de ellas. Sa’bir usa la telepatía para hablar, así que sus diálogos no empiezan con un guion. Los pensamientos de Theriel van dentro de las comillas simples ‘’ y en cursiva (porque no deja de pensar en élfico antiguo).

Chapter Text


Prólogo

La Propuesta


Un rayo de sol se coló a través del hueco que había entre las piedras, incidió en las motas de polvo que flotaban en el ambiente y éstas se iluminaron, dándole un aire irreal al lugar. El rayo fue moviéndose a medida que transcurría el tiempo, lento pero seguro, y pasó de las motas de polvo a un rostro medio enterrado en una manta. Con un gruñido de protesta, Theriel giró sobre sí misma, apartándose de la luz y tratando de volver a dormirse. Sin embargo, fracasó y se echó de espaldas, resoplando. Colocó un brazo sobre los ojos y respiró hondo, dejando la mente en blanco durante unos segundos. Ladeó un poco la cabeza hacia la derecha, mirando por debajo del brazo.

Sa'bir no estaba.

—Fenhedis –masculló, incorporándose.

Se frotó los ojos y se desperezó antes de levantarse. De mala gana, cogió una tetera gastada y la llenó de agua, suspirando con resignación al tener que conformarse con té en lugar de café. Le encantaba el café, pero era demasiado caro para poder permitírselo y, aunque Sa’bir le había propuesto asaltar alguna caravana, ella se había negado. Prefería lidiar con el mal humor matutino a tener que asustar a gente inocente.

Se inclinó un poco para salir del pequeño cubículo en el que estaba y respiró hondo. Le encantaba el aire fresco de la mañana, sentir el rocío en los pies descalzos y la piel erizársele por la baja temperatura. Dejó la mente en blanco y miró a su alrededor, distraída, hasta que reparó en una pared que quedaba a su izquierda. Ladeó la cabeza, pensativa, y notó cómo el mal humor se disipaba, sintiendo un cosquilleo en las manos.

Theriel había olvidado la existencia de aquel cementerio, sin embargo, cuando pasaron cerca de él en dirección a la Cuenca de la Espalda Helada, recordó que quizá podía hacer algo útil allí. Antaño, las paredes de un mausoleo, que en aquellos momentos se encontraba en ruinas, estaban pintadas con murales de distintos colores. Y ella intentaría recuperarlas. Después de pasar muchos años sin saber qué hacer con su vida, descubrir que podía restaurar los murales perdidos en los edificios élficos había sido un soplo de aire fresco. Era cierto que siempre había pintado, su madre le enseñó a hacerlo cuando era una niña. Siempre estaba llevándola consigo para poder dibujar sobre cualquier superficie que pudiera ser aprovechada. Y eso era a lo que Theriel se dedicaba, a recuperar los murales de antiguos edificios y templos, intentando volver a plasmar el arte perdido por el paso del tiempo. Aunque también había sido un acto de rebeldía hacia los dioses del panteón élfico.

Volvió dentro para comprobar la tetera y echó unas hojas de té en el agua. Esperó un poco, llenó un vaso de cerámica con la infusión y regresó al exterior. Se tomó el té con tranquilidad, mirando la pared en blanco y recordando cómo era el dibujo. Sonrió cuando la imagen se le perfiló en la mente y vació el vaso de un trago. Se vistió con ropa manchada de pintura y sacó los cuencos para mezclar los colores. Una vez lo hubo hecho, metió las manos en ellos y deslizó los dedos manchados por la pared. Es cierto que podría usar pinceles, de hecho, los tenía, sin embargo prefería sentir el tacto rugoso de la piedra. El cosquilleo que le provocaba en las yemas de los dedos conseguía relajarla y distraerla. Nada de pensamientos intrusivos, sólo ella pintando.

El tiempo pasó despacio mientras perfilaba el dibujo y le daba color. Casi había terminado cuando, a través de los arcos del lugar, percibió que se movía una sombra. Curvó hacia arriba la comisura de los labios al saber que se trataba de Sa’bir y ladeó la cabeza cuando él le transmitió un pensamiento. Retocó una de las esquinas del dibujo, frunciendo un poco el ceño.

—«Esto se pone interesante» –murmuró en élfico.

Se limpió la mano con un trapo, cogió el cuenco de pintura negra y metió los dedos en él. Miró un instante por encima del hombro, hacia la entrada del cementerio, y distinguió a un grupo de cuatro personas avanzando hacia ella. No necesitó demasiado para saber que la estaban buscando y respiró hondo al tiempo que trazaba una curva casi perfecta en la pared.

—Me pregunto qué se le ha perdido aquí a un enano, un qunari y a dos elfos –comentó sin mirarlos, llevándose una mano a la barbilla y manchándose de negro–. No creo que hayáis venido a representar un chiste, así pues… ¿qué puedo hacer por vosotros?

Se hizo el silencio durante unos largos segundos antes de que la elfa lo rompiese.

—Soy Bellethiel Lavellan y represento… –se interrumpió cuando Theriel hizo un ademán de impaciencia.

—Me temo que todo Thedas sabe quién sois –dijo, metiendo la otra mano en un cuenco con pintura azul–, incluida yo. Mi pregunta hubiera sido diferente de no saberlo.

Bellethiel resopló y Theriel escuchó al qunari dando un paso adelante. No se preocupó, si pensaba atacarla, Sa’bir lo placaría antes de que pudiera alcanzarla.

—Buscamos a una cazadora de dragones –dijo con sequedad–. Una elfa con el cabello blanco. ¿Eres tú?

Theriel apretó los labios y suspiró, volviéndose hacia ellos y mirando al grupo con atención. Reprimió el impulso de enarcar una ceja al ver que, en realidad, sí que era un grupo variopinto. Por un momento, se preguntó cómo había sido posible que la Inquisición pudiera tener tal diversidad de individuos sin que se matasen entre ellos, pero prefirió dejar aquella cuestión para más adelante, centrándose en observar a los presentes.

La Inquisidora era bonita, con la mandíbula fina y angulosa tan característica de los elfos. Una cicatriz le cruzaba el labio inferior, hasta el mentón, y los ojos eran grandes y marrones. El cabello, pelirrojo y rizado, caía hacia un lado de la cabeza, permaneciendo el otro afeitado. El vallaslin de Mythal le cubría gran parte de la cara, lo que le indicó que era dalishana. Por otro lado, la mano apoyada en el puño de la espada gritaba que, aunque estuviese relajada, seguía alerta.

El enano tenía una actitud mucho más tranquila. Llevaba las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la camisa medio abierta, dejando al descubierto parte del pecho. Era rubio, con el cabello recogido en una pequeña cola de caballo alta y varios aros adornándole las orejas. Sonreía con picardía y seguridad, así que Theriel dedujo que mentiría más hablaba. Lo más llamativo en él, al margen de la camisa desabrochada, era la enorme ballesta que llevaba en la espalda.

Por su parte, el qunari era enorme, como todos los que Theriel había conocido. Grandes cuernos a ambos lados de la cabeza, músculos bien marcados y un parche en el ojo izquierdo que gritaba, en silencio, que había una buena historia detrás. Mantenía una posición de falsa tranquilidad, fingiendo que estaba relajado cuando, en realidad, era el que más alerta estaba de todos ellos. Theriel imaginó que aquel lenguaje corporal, unido a la sonrisa socarrona que tenía en los labios, le ayudaría a que la gente bajase la guardia. Por desgracia para él, no funcionaría con ella.

En cuanto al segundo elfo, pasaba desapercibido por completo. Rostro delgado y alargado, también típico de la raza, con una cicatriz en el mentón y otra, menos llamativa, encima de la ceja derecha. Era calvo y miraba todo a su alrededor con una expresión apacible. Aquello, unido a una serie de movimientos suaves y controlados, le resultó sospechoso a Theriel. El elfo estaba preocupado por parecer tranquilo, por pasar desapercibido, y eso provocaba desconfianza en Theriel. Aunque su complexión era delgada, pudo ver que tenía la espalda mucho más ancha que cualquier elfo que ella hubiera visto, de hecho, era bastante más alto que cualquier elfo promedio. En una mano sujetaba un bastón sencillo y el rostro no lo tenía cubierto por ningún vallaslin. Su primer pensamiento fue que podría ser un elfo procedente de un círculo de magia, sin embargo, lo desechó enseguida. No irradiaba la misma aura, era… diferente.

Theriel frunció un poco el ceño al ver que llevaba una mandíbula de lobo colgada del cuello. Ningún elfo normal llevaría algo así. Lo miró durante medio segundo más, prestándole más atención, y se dio cuenta de que le resultaba familiar. Sin embargo, no lograba saber por qué. ¿Quizá lo hubiera visto en algún sitio? Era probable que se hubieran cruzado en algún momento mientras ella viajaba con Sa’bir; a pesar de alejarse de los núcleos poblados, Theriel había tratado con multitud de personas. Levantó un poco el labio superior en un gesto de disgusto. Sabía que tardaría en recordar dónde lo había visto, hasta entonces, permanecería alerta. Había vivido lo suficiente como para saber que aquel elfo era más de lo que aparentaba.

Suspiró y se pasó el dorso de la otra mano por la frente, distraída, y se manchó de azul.

—Hace mucho tiempo que dejé de cazar dragones –respondió al final–. De hecho, estoy retirada. Apenas quedan un puñado y no he oído que hayan molestado a nadie. ¿Por qué tendría la Inquisición interés en darles caza?

—¿En serio crees que no están dando problemas? –preguntó el qunari con una carcajada–. Deberías preguntarle a la gente de Bosque Cimera, creo que tienen otra opinión sobre el tema.

Theriel se encogió de hombros.

—No han venido a buscarme, así que doy por hecho que no estarán molestando tanto –hizo una pequeña pausa–. De todas formas, eso no responde mi pregunta.

—En realidad, no queremos matar dragones –contestó el enano con tranquilidad, ampliando la sonrisa pícara que ya tenía–. Solo nos interesa uno en concreto. Si lo que nos han contado de ti es cierto, debes de ser la mejor cazadora que ha visto Thedas.

Theriel resopló, incómoda.

—Quien os haya informado, ha mentido –se giró de nuevo hacia el mural.

Metió la mano en el cuenco de pintura amarilla y aplicó otra capa al fresco. Un minuto después, se separó de la pared y la miró con atención. En realidad, no estaba evaluando su trabajo, ya sabía que era bueno, que apenas necesitaría alguna corrección. Necesitaba meditar las palabras del enano, y era algo que prefería hacer mientras pintaba. Theriel no vivía ajena a lo que ocurría en el mundo, así que sabía lo que había ocurrido en el pueblo de Refugio y también lo sucedido con la explosión en el Templo de las Cenizas. Así que sabía a qué dragón se referían. Un dragón negro como el carbón que, su intuición le decía que estaba hecho de lirio rojo.

Algo se retorció con ferocidad dentro de ella y Theriel no pudo evitar sonreír.

Era cierto que estaba retirada, que había pasado mucho tiempo desde la última vez que cazaron a un dragón. Sa’bir lo había entendido cuando ambos perdieron a un buen amigo al desaparecer sin dejar rastro. Sin embargo, ahora se le presentaba otra oportunidad, una en la que no solo cazarían a un dragón único, sino que, además, ayudarían a salvar el mundo. Ensanchó la sonrisa porque no era tan mala idea.

—Está bien, os ayudaré –decidió, pasando la mano por otra zona de la pared, rematándola–. Pero tengo una condición y no es algo negociable.

—¿De qué se trata? –preguntó Bellethiel, cautelosa.

—Sa’bir es intocable.

—¿Sa’bir? –preguntó el elfo con lentitud, abriendo la boca por primera vez.

—Eso he dicho, sí –Theriel se giró hacia ellos con una expresión dura en el rostro–. Sa’bir es mi montura pero, por encima de eso, es mi amigo. Quiero vuestra palabra de que nadie en todo Feudo Celestial le hará daño. Quiero que me aseguréis que estará seguro allí.

—¿Quién cojones querría herir a un caballo? –gruñó el qunari.

Theriel lo miró al tiempo que escuchaba que Sa’bir se levantaba, dejándose ver. El pequeño grupo compuso una expresión de sorpresa, mezclada con miedo, y cogió las armas con rapidez. Sa’bir había permanecido echado detrás de unos arbustos, camuflándose con el entorno de tal manera que los visitantes no lo habían visto al entrar. Salvo el elfo, todos estaban dispuestos a atacarlo.

—Por eso mismo os pido vuestra palabra –respondió Theriel con sequedad.

La Inquisidora la miró con atención y apartó la mano de la empuñadura de su espada.

—Eso no es un caballo –señaló ante la evidencia del animal–. Es un lobo. ¿La ciudad os ha hecho olvidar las razones por las cuales no son de fiar?

Theriel frunció el ceño y tensó la mandíbula, enfadada. Levantó un poco el mentón y miró a Bellethiel con ira contenida.

—No hacía a los dalishanos tan necios. Imagino que vivir tan aislados del mundo os ha quitado la capacidad de discurrir –replicó, mordaz–. ¿De verdad creéis que cualquier elfo sin vallaslin es un elfo de ciudad?

—Sigue siendo un lobo –señaló la Inquisidora.

—Disculpad mi ignorancia –contestó Theriel con ironía–. Entiendo que en vuestros múltiples viajes habréis visto muchos lobos de dos metros.

Sa’bir gruñó con suavidad y Theriel se volvió hacia él. Lo miró durante unos largos segundos antes de resoplar y sacudir la cabeza. Aunque el animal se había sentado sobre las patas traseras para poder observar mejor al grupo, en aquel momento estaba centrado en ella. El pelaje, negro como la noche, brillaba en tonalidades de azul con el reflejo del sol, dándole un ligero aire irreal.

—No he dicho eso –la Inquisidora se cruzó de brazos–. Los lobos son peligrosos, no solo por las creencias dalishanas.

Theriel ladeó la cabeza.

—Igual que los lobos que acompañaban a los Caballeros Esmeralda, ¿verdad? –resopló y movió la cabeza de nuevo–. Habéis acudido a mí en busca de ayuda y yo os la ofrezco. Mi única condición es que Sa’bir esté seguro en vuestro castillo. Si no podéis darme vuestra palabra, os quedáis solos.

—¿Y si es él quien ataca? –preguntó Bellethiel, mirando a Sa’bir con recelo.

—Bueno, puedo aseguraros que no dañará a nadie –contestó Theriel con firmeza–. Al contrario que vos, que habéis hecho el ademán de atacarlo cuando ha estado aquí, tranquilo, desde antes de que entraseis al cementerio.

Volvió a girarse hacia el mural y cubrió la mano con pintura blanca para trazar la última parte.

—Los humanos temen a los lobos y sé que hay elfos conviviendo con ellos en el castillo –continuó hablando–. Aunque comprendo el miedo, no quiero ningún riesgo para él.

La Inquisidora apretó los labios con fuerza, pensativa. Theriel se agachó y recogió los cuencos, moviéndose hacia la pared contigua. Mezcló un par de colores y se puso a trazar la base, esperando con paciencia a que el pequeño grupo se pronunciara. Entendía el recelo, con el paso de los años, las distintas razas habían empezado a temer a los lobos. Y los elfos más aún, sobre todo los dalishanos. Después de que Fen’Harel se la jugase a los evanuris, no iban a recibir al animal con los brazos abiertos. Por otro lado, Theriel estaba cansada de tener que dar, una y otra vez, la misma explicación. Así que tenía claro que no ayudaría a nadie si no le aseguraban que Sa’bir fuese a estar a salvo.

—Está bien –capituló Bellethiel con un resoplido–. Pero ante el más mínimo indicio de que es peligroso, se irá. O será abatido.

—Quedaos tranquila, yo misma lo mataré si ataca a alguien –le aseguró Theriel sin mirarla, satisfecha con la respuesta–. Partiremos mañana al alba, aún tengo que terminar algunas cosas aquí.

La Inquisidora y su equipo abandonaron el cementerio en silencio. Sa’bir se echó en el suelo con un resoplido, manteniendo la cabeza erguida para vigilarlos hasta que los perdió de vista. Fue entonces cuando se volvió hacia Theriel, sin embargo, la elfa estaba sumida en sus pensamientos. Volver a cazar dragones, a sentir la adrenalina correr por las venas; a sonreír, triunfal, por no haber muerto en el intento, había sido algo que no había vuelto a experimentar en años. Quizá era hora de volver a la caza, a comprobar si la técnica que Sa’bir y ella habían perfeccionado con los años seguía funcionando. Para ellos, matar a un dragón era algo fácil y rutinario, sin embargo, matar al dragón de Corifeus era algo que no podía dejar pasar. Un reto que ninguno de los dos quería perderse.

Además, si nos unimos a la Inquisición podremos dormir bajo techo durante muchos días’ –pensó–. ‘Encontraremos un rincón y nos quedaremos allí, a la espera.

Sonrió, satisfecha, y cubrió la pared de pintura. Aunque su equipo necesitaba un buen repaso, terminar el mural era mucho más importante.