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Tighnari no recuerda mucho de su madre.
Solo sabe cosas de ella por la manera en que su padre hablaba de ella cuando él y sus hermanos eran unos cachorros que aún no podían evitar el perseguir sus colas mutuamente.
Recuerda como su padre siempre mencionaba el cómo su madre era una mujer refinada y cálida, una amable Fennec que resaltaba por encima de la multitud en La Ciudad de Sumeru. Como ella tenía una valentía de mil Dioses; cuando tenía algo que decir lo hacía, sin importar las miradas que recibiría de hombres que no aceptarían contradicciones de una mujer que ni siquiera era humana, que ni siquiera estaba a su nivel.
Cada vez que su padre recordaba a su alma gemela y pronunciaba palabras de puro amor hacia la misma, podía ver sus ojos brillando y su cola moviéndose alegremente, de la misma manera que cuando descubría algo que se le había escapado respecto de los insectos que tanto estudiaba.
Y entonces le oró a la Reina Mayor Rukkhadevata con algún día también poder tener esa mirada cada vez que viera a su alma destinada.
Le oró a la Reina Menor Kusanali el poder tener a alguien que lo vea de la misma forma que su padre veía a su madre; tener a alguien que hablara de él como si fuera el tesoro más valioso de todo Sumeru incluyendo el desierto.
Y sin ningún apéndice de duda, dejó que su deseo cayera ante la mirada juzgadora de Celestia
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El primer encuentro que tienen Tighnari y Haitham es cuando todos los Eruditos de las distintas ramas de sabiduría fueron invitados para una reunión de Bienvenida a todos los nuevos estudiantes, como también para memorar a los Eruditos que ya se encontraban entre las estrellas; brillando y formando nuevas constelaciones.
Él al principio se había negado a ir, él no necesitaba estar en una reunión cuando perfectamente aún su maestro de Amurta se encontraba trabajando para la Akademiya y podía dar un discurso tan motivador como el que le había dado a los de su generación, pero sus Guardabosques se rehusaron a tenerlo en Villa Gandharva y lo obligaron a ir a la ruidosa Ciudad de Sumeru para aquel evento.
Y ahora el Fennec se encontraba en las afueras del lugar, en el Jardín Razan para ser más específicos, ya harto del ruido que había en la Akademiya que incluso en el sitio en donde se encontraba llegaba un poco de la música que identificaba perfectamente como proveniente de Fontaine, con su dedo acariciando una de sus orejas con suavidad mientras miraba en el suelo con el ceño fruncido, pensando que definitivamente tuvo que haberse quedado en Bosque Adviya sin importar lo insistentes que fueran sus Guardabosques.
Sus quejas seguían sonando en su cabeza hasta que rápidamente alejo su mano de su oreja, alzándose ambas con rapidez al identificar algo más que música y aves que aún no podían dormir.
Pasos.
Pasos acercándose a su dirección.
Rápidamente, trato de identificar los mismos, sin poder encontrar alguno que le hiciera reconocible.
Y sin darse cuenta, su cola empezó a agitarse ligeramente, como si supiera de quién se tratara.
Y en ese momento, un olor particular empezó a invadir todo el lugar; un olor a sal y mar que le recordaba perfectamente a Puerto Ormos, como también olor a tierra húmeda y polvos que las ruinas cercanas tenían.
Y entonces levantó su mirada hacia el hombre que se había puesto en frente suyo, sin darse cuenta de cómo sus pupilas estaban dilatadas, y un sonrojo ligero recorría su piel canela.
Y en ese instante su corazón, el cual no se había dado cuenta de que estaba agitado, palpito tan fuerte que pensó que chocaría contra su caja torácica y explotaría, acabando así con su vida de la manera más vergonzosa que alguna vez pudo pensar.
Sintió como sus manos sudaban como si fuera de nuevo un joven inexperto y con temor a dañar el ecosistema mientras hacía análisis a una planta jamás vista en los bosques y su cola se agitaba aún más de la emoción como si descubriera una nueva especie de Seta que jamás llegó a ver.
Su boca se llenó de completa saliva como si hubiera comido una Seta venenosa en ese instante, y sin importar cuando tragara, seguía acumulándose hasta el punto que parecía los lagos que te guiaban a Puerto Ormos.
"Recuerdo cuando vi a tu madre; sentí como todo se desvanecía a mi alrededor y como toda mi atención se encontraba en ella; no podía apartar mis ojos de ella, y sentí como todos mis instintos más primitivos volaban, y no podía controlarlos, aunque quisiera hacerlo; sentía mi cola agitarse con tanta alegría que pensé que saldría de mi anatomía y sentía todo mi rostro tan caliente como si hubiera caminado en el desierto mismo durante dos días enteros."
Acaso...
El Erudito de Ruinas...
—¿Tú debes ser Tighnari, cierto? -pregunto aquel Erudito de nombre Haitham con seriedad y ceño fruncido, aunque en el fondo le estaba pareciendo tierno el cómo ese híbrido parecía no poder dejar quieta su cola en algún momento.
—¡Sí! El mismo -contesto rápidamente, saliendo de su entorno de color rosa tan cliché como lo describían las novelas de Inazuma. —¿Y tú eres Haitham, verdad?
—El mismo -contesto mientras se sentaba a lado de aquel hombre, sin poder evitar por un momento el tener su mirada en aquellas largas orejas, las cuales se movían ligeramente por cada sonido existente y no existente para su oído humano, apretando sus puños, tratando de alejar el impulso de acercarse y comprobar si eran tan suaves como lo imaginaba. —He oído cosas de ti.
—Y yo sin duda oí cosas de ti -contesto en broma aquel Fennec, volviendo a su confianza, (aunque por dentro estuviera hasta la médula de nervioso y con sus piernas temblando), y moviendo sus orejas ligeramente para acentuar aún más la broma, sorprendiéndose por un instante al escuchar la risa baja que trató de pasarlo por silenciosa el Erudito de Haravatat.
¿Cyno no le había mencionado alguna vez que ese hombre era más seco que un limón en el desierto?
Y entonces hablaron por unos instantes, quejándose sobre como las reuniones con multitud de gente eran tan molestas y sin sentido, como también hablaron sobre los estudiantes nuevos que habían llegado a observar a más profundidad, analizando y catalogándolos sobre qué estereotipo cumplirían en la Akademiya como si de animales desconocidos se tratarán.
Incluso debatieron sobre si Teyvat era posiblemente plata o redonda, escuchando los argumentos que tenían cada uno para siguiente quedarse en silencio al ver que los puntos de vista eran tan distintivos y nunca llegarían a un acuerdo en donde no involucrará pelea física.
Y el silencio fue tan cómodo y cálido que Tighnari quiso que fuera eterno como el rayo de Inazuma.
Hasta que Haitham se levantó, diciendo que tenía que irse por motivos de tener que reunirse con unos mercenarios mañana a primera puesta del sol.
—Nos vemos luego, Tighnari -habló aquel hombre, sin notar como el Fennec parecía tan molesto y decepcionado a la vez de que esa reunión acabará, aunque lo estaba disimulando bastante bien gracias a la esperanza naciente de su corazón de volver a ver al mayor.
—Nos vemos luego, Al-Haitham -se despidieron, pudiendo sentir como sus orejas bajaban al ver como la figura de ese hombre se alejaba lentamente, sin poder evitar morderse el labio inferior, tratando de retener las palabras que querían salir de su lengua.
"El día en que mi reunión con ella terminó... Yo... Hice una locura. "
—¡Haitham!
"De la cual no me arrepentiré nunca"
—He encontrado algunas ruinas en el Bosque Adviya -empezó a hablar ese híbrido rápidamente, sin darse cuenta el cómo el contrario le estaba prestando toda la atención con una ceja levantada. —Y estaba pensando en llamar a algún Erudito de Haravatat para que pudiera decirme si eran peligrosas y-
—¿A qué hora? -interrumpió toda excusa tonta que estuviera tratando de inventar aquel Fennec, sintiendo como el silencio se acentuaba por segundos en todo el lugar.
—¿Te parece bien luego de tu reunión con los mercenarios? -pregunto el Amurta, con orejas completamente altas y esperanzadas, atentas a las palabras del contrario, notando como una ligera sonrisa se acentuaba en ese rostro canela.
—Es un trato, entonces, te espero en la entrada del Bosque Adviya -y con esas últimas palabras se marchó.
Y Tighnari sonrió como su padre sonreía cada vez que terminaba de hablar sobre su madre y miraba hacia la ventana que daba el profundo desierto, pensando en la maravillosa pareja que tuvo entre sus brazos hasta el fin de sus días.
Con puro y dulce amor.
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—¡Hey! Al fin te encuentro Haitham, estuviste desaparecido un buen rat- ¿Qué están viendo mis magníficos y hermosos ojos? ¿Acaso el Gran y estreñido Haitham está sonrojado?
—Cállate, Kaveh... —> controlo su impulso irrazonable de querer besar a Tighnari en el momento en que acepto el encuentro y por eso huyo de la escena.
