Chapter Text
Sophie era muggle y conoció la existencia de la magia cuando Lord Voldemort ganó la guerra. Y al igual que ella, los miles de muggles que fueron asesinados o convertidos en esclavos. Ella tuvo suerte (si es que en tales circunstancias se permite hablar de suerte) porque desde pequeña aprendió a cocinar y esa resultó una habilidad valiosa para los magos y brujas de sangre pura: sus elfos domésticos no eran nada buenos en los fogones. Pronto le asignaron una familia con la que ya llevaba dos años.
-Tú, Sophie, te han cambiado de puesto, a partir de ahora dejas las cocinas –la informó Mary, la muggle que ejercía de capitana de los sirvientes.
-¿Qué? ¿Por qué?
-Oh, las señoras me lo han explicado con todo lujo de detalles mientras me acariciaban el pelo –se burló Mary.
-Pero en estos meses nadie se ha quejado de mi comida...
Hablaban siempre en voz baja, casi en susurros, pues desconocían el alcance de la magia y dónde sus amos podían tener oídos. No conocían otras casas de magos, pero sospechaban que la suya era de las peores, pues ellas eran las únicas que en ese tiempo no habían sido reemplazadas. Los reemplazos sucedían cuando los dueños de la casa asesinaban o torturaban hasta la locura al servicio, generalmente por aburrimiento. Y, generalmente, a causa de la misma persona...
-¿Y cuál será mi nuevo puesto?
-Con Madame Lestrange –susurró Mary con profundo horror.
Sophie simplemente se encogió de hombros, prefería estar en la cocina, pero a esas alturas ya le daba igual todo. No tenía miedo a la muerte. Eso fue –como supo meses después- lo que le interesó de ella a Bellatrix Lestrange.
-¿No te preguntas por qué te he elegido para servirme personalmente, esclava? –le preguntó una mañana.
Bellatrix acababa de terminar de leer el Profeta y estaba tumbada en la cama observando como la sirvienta ordenaba su habitación. Sin distraerse de su labor, Sophie respondió:
-No crea que a estas alturas sigo preguntándome cosas, ama.
Pese a que había perdido a su marido durante la guerra (todos sospechaban que bajo su propia varita), Bellatrix seguía siendo para todos Madame Lestrange y así debían referirse a ella. No obstante, Sophie había descubierto hacía semanas que le gustaba más que la llamase "ama"; los fetiches que su señora pudiese tener con ese tema tampoco le interesaban.
-Debería torturarte por tu insolencia... -murmuró Bellatrix con una sonrisa cruel jugueteando con su varita-. ¡Cru...!
Podían no saber nada de magia, pero en cuanto habitaban una hora bajo el mismo techo que Bellatrix, cualquier muggle se familiarizaba con la maldición cruciatus. No obstante, Sophie no se inmutó, continuó con su labor y su señora no terminó de pronunciar la maldición.
-Eso es lo que me sorprende de ti... -murmuró la bruja- Eres la única que no tiembla ante mí. Lo cual me parece una falta de respeto, ciertamente... pero a la vez es útil porque todas las basuras humanas que me han atendido temblaban tanto que me tiraban el té, no eran capaces de abrocharme el corsé ni de acatar una orden con rapidez.
Su tono era alegre, cantarín. Desde que Voldemort ganó la guerra, Bellatrix era la emperatriz suprema de Inglaterra. Hacía lo que le placía, Voldemort le había dado carta blanca por ser la única que le fue fiel en todo momento (y porque algunos sospechaban que hasta Él tenía miedo de su inestable carácter). Desayunaba, salía a matar sangre sucias y volvía a casa de buen humor.
-¿No te da miedo la muerte? –le preguntó Bellatrix- Ya sabes, reunirte con tus excompañeros...
-No, nunca lo he visto un problema, ama. Me crié en un internado y después trabajé de camarera y cocinera en lugares tan miserables que solo podía comer las sobras de los clientes. La vida en Londres es muy cara, hasta que entré aquí compartía habitación con cuatro personas más. La muerte nunca me ha parecido mucho problema, ama, de una forma u otra va a suceder.
Bellatrix la escuchaba con atención. Incluso a ella misma le extrañaba, normalmente la voz de los muggles solo le provocaba desprecio. Pero esa esclava era un buen entretenimiento...
-¿Y si te torturara? Soy capaz de dejarte como un vegetal con un par de crucios, incapaz de valerte por ti misma, pasando en un hospital el resto de tu vida.
-¿En un hospital donde otros me cuiden sin tener yo consciencia de nada? –preguntó Sophie- Le ruego que lo haga, ama, usted se divierte y yo me quito de problemas y responsabilidades.
Esa mezcla de desprecio por la vida y humor negro provocó una sonrisa en Bellatrix. Sophie entonces la miró de reojo. Era una mujer muy guapa, tenía solo treinta años pero una seguridad en sí misma que hubiese envidiado cualquier persona más mayor. Además de un físico hipnótico con melena y ojos oscuros, labios rojo sangre y curvas de infarto que se aseguraba de acentuar.
-¿Sabes atar un corsé? –le preguntó Bellatrix uno de los primeros días.
-No lo hecho nunca, pero no puede ser muy difícil –respondió Sophie. Ella tenía veinticinco años y, al no haber vivido en el Medievo, no estaba familiarizada con esa prenda.
La bruja chasqueó la lengua con crueldad, pensando en cómo torturarla tras su fracaso. No hubo lugar, porque sin ninguna indicación Sophie supo colocarle el corsé con una rapidez y precisión dignas de una modista. Era lo que tenía ser una superviviente: se adaptaba bien a cualquier situación. Y la actual era vivir como si hubiese nacido tres siglos atrás.
Ese día Sophie consiguió el puesto fijo de ayudante de Bellatrix Lestrange. Le asignaron una habitación diminuta en la misma planta que ella porque la bruja tenía exigencias a todas horas: el whisky de las doce de la noche, un sangre sucia para torturar a las cuatro de la mañana, algún elfo doméstico para practicar con sus dagas cuando se despertaba... Sophie se lo conseguía todo a la mayor velocidad posible. No era difícil, porque cuando en las tiendas o centros de esclavos decía que acudía de parte de Madame Lestrange, todos se apresuraban a obedecer.
-Tráeme algo de comer –le exigió un día a las tres de la mañana tras volver de una de sus sangrías.
-¿Qué le apetece, ama? –preguntó Sophie.
-Lo que sea, ¡rápido, estoy hambrienta!
Pese a haber dejado su puesto en las cocinas, Sophie seguía siendo la mejor cocinera y Bellatrix lo sabía. Por eso le mandaba preparar diversos platos, pero solo para ella. Algo que la chica aprendió rápido fue que su señora era muy, muy egoísta y odiaba compartir. Eso daba lugar a diversos desencuentros...
-Disculpe el retraso, ama –se disculpó Sophie colocando presurosa la bandeja sobre una de las mesas del enorme dormitorio de Bellatrix-. El señor Malfoy me ha pedido que le cocinara también algo.
La bruja soltó el tenedor al instante y le dedicó una mirada asesina.
-¿Lo has hecho? –preguntó en un siseo.
-No, le he explicado que solo la obedezco a usted... No le ha sentado bien y me ha torturado.
-¿Que el imbécil de Lucius ha hecho qué?
-Ha usado crucio, pero el señor no es tan hábil como usted y apenas he sentido nada...
Bellatrix se levantó de un salto mientras mascullaba:
-¡Quién se cree que es ese imbécil para retrasar mi comida y pedirle cosas a MI esclava!
Salió de la habitación dando un portazo y pronto se escucharon sus gritos y los insultos de su cuñado que culminaron con el mago retorciéndose de dolor. Solo cesaron cuando apareció Narcissa Malfoy para defender a su marido de la ira de su hermana. A Bellatrix le gustaba compartir mansión con su hermana, así tenía a alguien digno con quien hablar y cotillear sobre el mundo mágico... pero a Lucius no lo soportaba. Sophie era inteligente y se aprovechaba de eso: si alguna vez fallaba en alguna tarea, se aseguraba de encontrar la forma de incriminar al señor Malfoy. Y Bellatrix, que no necesitaba mucho motivo para discutir, siempre entraba al asunto.
-¡Es solo una sirvienta, Bella! –protestaba Narcissa- ¡Qué importa que Lucius la haya obligado a bañar a sus pavos reales!
-¡Es MI sirvienta! –respondía Bellatrix furiosa- ¡Tenemos decenas de esclavos, que elija a otro! ¿¡Te parece normal que tenga que servirme el whisky yo misma porque tu marido tenga filias extrañas con sus pavos!?
Narcissa ponía los ojos en blanco y se rendía. El equilibrio de poder no estaba compensado en esa familia: los Malfoy huyeron del bando de Voldemort cuando pensaron que iba a perder la guerra y cayeron en desgracia ante él. Les perdonó la vida porque eran de sangre pura y debían procrear, pero les dejó claro que debían obedecer a Bellatrix y nunca contradecirla. Incluso cuando su hijo Draco, de dos años, lloraba y Bellatrix amenazaba con matarlo, ellos apretaban los dientes y calmaban al niño sin rechistar. Prácticamente eran también sus esclavos y a la bruja oscura le parecía maravilloso.
Así transcurrieron los dos primeros años de Sophie al servicio de Bellatrix.
