Work Text:
I.
A veces piensa que ella es algo así como lamentos dulces teñidos de indiferencia.
(Con ojos de melancolía perpetua y cabellos negros como noches de luna nueva)
Es esencia de mariposas secas escurriéndose entre su enigmática presencia y su imagen logra que él se rompa en risas afables con las palabras a medio crujir sobre la boca.
(Porque se acuerda tristemente de su aroma a soledades tatuadas y a sus sonrisas huecas sin malas intenciones)
Lo sabe bien, más que nadie, porque Kanao es distinta a cualquier otra persona que haya conocido antes, es como una mariposa contra el viento, que siempre parece estar alejándose sin querer saberlo. A Tanjirō se le parte el corazón con solo suspirarla —desde un costado— y desea profundamente poder rosarle aunque sea las manos de pétalos enredados entre penurias suaves (y casi le parece que el tiempo se detiene en el preciso instante en el que la contempla inamovible en medio de la mañana, estoica e imperturbable).
Sin embargo:
Desconoce que en ocasiones ella también suele vislumbrar amarguras permanentes que se le alojan entre las manos —bajos sus pies y en cada uno de sus huesos.
(En todo su ser)
Kanao las observa con sus orbes de uvas insípidas humedecidas en miseria infantil y afligida sosería —sosegada en el infinito desamparo y lágrimas acidas de desesperanza cristalina—. Arrullada entre el zumbido incesante de los insectos y el frío suelo seco que le consuela con el olor viciado de montones de cuerpos descompuestos en enfermedades y pobrezas.
Las contempla de pies a cabeza, en el reflejo de su rostro de porcelana mancillada de tierra y polvo; en sus labios agrietados; en sus uñas curtidas en sangre y suciedad; en su piel pálida. La siente en la sed que la azota sin piedad, en los golpes que le hacen temblar y en los nudos de la cuerda que se cierne sobre su cintura.
Como un animal.
Y—
(Duele)
Le arde como un dolor inexplicable. Le gruñe el hambre y la tristeza desolada de su inagotable sufrimiento. Le pica como las pulgas en su cabello y siente el cuerpo despedazarse bajo el sol, esperando su (anhelante) muerte. Vagando como una mariposa disecada —consumiéndose entre tanta fealdad— sintiendo el filo de la aguja clavársele; como un veneno en su interior que le arrebata cada pedacito de su (inexistente) libertad.
Sin propósito.
Sin nombre.
Sin familia.
Y Kanao piensa que tal vez su destino seria morir pronto. Incluso en medio de la hambruna y el desconsuelo, no cree sentir nada sobre su corazón. Sabe que su dolor es tan adstrato como un papel en blanco y las vidas de las mariposas son injustamente cortar y ella —tal vez— ya ha tenido suficiente
(Desea desaparecer en un sueño profundo, donde nadie sea consciente de su propia debilidad)
Y entonces—
(Un día, por fin)
A Tanjirō Kamado se le seca la boca de miel al respirarla, y se siente conmovido mientras le tiemblan los huesos rotos con cosquilleos desbordantes que cree atribuirle al dolor de sus batallas.
(Y en secreto, cree poder soñarla entre flores de glicina)
II.
Kamado Tanjirō es luz brillante.
Que atrae a la gente de forma inexplicable, es palabras amables que engloban el significado mismo de la gentiliza y sus ojos de rojo otoño son dos lagunas de tristeza mística. Porque es una persona bondadosa a pesar de expiar desdichas y angustias incomprensibles para ella.
Su luz se torna tan genuinamente cálida que casi le resulta abrumador y, a la vez, es como si una parte de sí misma desease admirarlo en silencio y perderse entre la calidez de su ser; para grabarlo en su memoria y, de cierta forma, poder entender un poco la incomprensibilidad de su dilema.
Tanjirō Kamado es sol tibio.
Él es una persona dulce y correcta que no le da la espalda a las situaciones que lo aquejan, quien no teme a mostrar bondad a esos mismos monstruos con los que lucha y que se empeña en llevar consigo una de aquellas abominables bestias, incluso si su vida llegase a correr peligro, se enfrentaría al mismísimo infierno con una determinación envidiable. Tanjirō es fuerte y valiente, en ocasiones tan honesto que raya en lo imprudente, es tan terco y tan estúpidamente amable que Kanao cree que es impensable que alguien como él pueda pertenecer al cuerpo de cazadores. En secreto ella piensa que puede llegar a admirar su enorme tenacidad.
Porque—
Resulta que él siempre está sonriendo y su brillo parece querer arrasar con todo —incluso con los mismos demonios—, como si con eso intentara sanarle las heridas de una vida condenada a suprimir sus propias decisiones (y a ella le cautiva el bermellón melancólico de sus ojos, su voz de brisa fresca, su presencia hogareña y su sonrisa radiante que promete calmarle las penas)
Y parece ser un poco extraño, pero al final Tanjirō es quien se traga sus tormentos pasados y decide seguirle el paso (esforzándose hasta límites inhumanos). A pesar de todo continúa entrenando y haciéndose más y más fuerte (muchomucho más fuerte), superando sus debilidades sin rendirse. Lo nota incluso si no tiene nunca la oportunidad de luchar a su lado — pues su vista es su más grande virtud y puede percibirlo como algo innato—. Comprende que lo ha estado subestimando un pocodemasiado.
Tal vez, termina dándose cuenta que —
(Al observa en silencio sus ojos de rojo tierno)
Puede distinguir el reflejo bondadoso del consuelo purpura de una mirada igual a la suya (de hace muchomuchomucho tiempo), recubierta con el dulzor de los sueños y la fantasía bailando por todo su brillo de doncella mariposa multicolor, que contrasta con la frustración y la rabia que se asemejan a su propio sufrimiento. Eso es en lo primero que se percata nada más conocerlo. Y resulta que es algo así como un pensamiento fugaz que atraviesa su mente sin permiso alguno, que se desvanece con la misma rapidez con la que sus penas le aquejan —con simplemente cruzar un par de miradas—. Y no le importa, en realidad. No tiene porque.
(Pero)
De pronto:
Sin querer, evoca el recuerdo de la sensación súbita de un par de manos sujetando las suyas y sus ojos comienzan a brillar con alarmante intensidad. Y eso debería ser suficiente para oír el grueso hilo de la cuerda romperse —y talvez desplegar sus alas para atreverse a volar—; corriendo lejos hacia cualquier otro lugar; y, de ser posible, no volver nunca más. En cambio, no le falta poco para petrificarse al verlo acercársele a ella con una determinación transparente.
Y se estremece, mientras cree repasar el cosquilleo amable que se ofrece a bañarle las impurezas y tristezas, sintiendo la dulzura peinarle los mechones de carbón entre dedos dóciles (y reconoce que no se trata de él —de Tanjirō—, es otra persona, otra figura, otras manos y otros ojos)
Y entonces alguien le promete un propósito.
Un hogar.
Un nombre.
Y de repente Kanao puede percibir el suave tacto del agua correr por primera vez sobre su piel, sobre su cabello y entre sus parpados. Siente las pestañas mojadas y la gentileza de las lágrimas besarle las mejillas.
Como una niña.
Llevándose un poco de sus tristezas, logrando teñirle los ojos de uvas dulces resplandeciendo en medio del roció primaveral, permitiéndose el placer de perderse en las facciones y los adornos de mariposas danzantes que adornan los cabellos de manto nocturno de angustias incomprensibles que son la imagen de su misma salvación—deseando poder atesorarlas en cada pedacito de su memoria—; entre la tibia sensación de sus manos entrelazadas con las de ambas
De las cuales no podría liberarse aunque quisiera
(Y eso quiere creer, o más bien—)
Pero entonces parpadea. Y Kanao es capaz de comprender mejor que nadie lo efímero que suele ser el aleteo de esos maravillosos insectos.
(Se da cuenta como a Shinobu Kochō se le escapa la vida entre lamentos, como algo casi natural —Como acostumbrarse a ver la tumba de Kanae descansar entre melodías pasadas y sonrisas de mazapán).
De pronto sus salvadoras se convierten en algo así como mariposas con las alas mojadas de angustias dulces entre canturreos de desesperanza, con los ojos empapados en nostalgias mal reprimidas.
O al menos de eso se percata mientras Shinobu llora entre lágrimas amargas, cargando únicamente con su obstinación. Y casi pareciera que el tiempo se detuviera en medio de la estación, marchitándose.
Kanao se da cuenta de todo eso y—
(Es incapaz de formular una respuesta, se hunde en su incompetencia y entonces...)
A veces, ella también desea llorar.
III.
Tanjirō y Kanao son niños tristes.
Cansados de romperse, aferrándose torpemente a su pasado, sin querer perder a nadie o tal vez demasiado cansados de perder a otros.
No son cercanos y apenas podrían considerarse amigos, camaradas. Incluso estando muy cerca del otro. Sin nada romántico. Ahogados en su propia desesperación.
No lo dicen, pero es bastante obvio —para Aoi, para Shinobu, para Zenitsu, para Inozuke e incluso para sí mismos—, que todo lo terminan haciendo por ellos:
Por Kanae y sus miradas de purpura arcoíris.
Por Nezuko y sus sonrisas reconfortantes.
Por Shinobu y su inagotable rabia.
Por las memorias de sus hermanos y hermanas.
Para tener un propósito.
Para preservar los recuerdos de sus padres.
Porque debe hacerlo.
Porque desea protegerlos.
Y pasa que—
Tocar a Kanao es como un cielo áspero para Tanjirō.
Lo sabe cuándo la toma de las manos, con sus palmas malheridas, quemadas y con la piel endurecida.
Y Kanao descubre más tarde que el tacto de Tanjirō es rustico, calloso, tibio. Ambos se rozan la piel dolida con sus dedos cálidos y casi temblorosos, como dos niños aprendiendo a conocerse. Reconociendo que han visto la muerte incontables veces y él, sin saberlo, le borra los miedos con sus palabras sinceras.
«Kanao. El corazón es lo que nos mueve y puede fortalecernos infinitamente»
Es la primera vez que se siente conmovida y terriblemente confundida, su corazón parece desbocarse en aleteos de miles de mariposas blancas dentro de sus costillas y le tiembla la vida al imaginarse la dulce añoranza que él lleva inyectado en las pupilas. Cuando Tanjirō la toma entre sus manos, comprende que sus palmas no sólo poseen fuerza y vida, sino que son el resultado de tocar las paredes de una casa vacía y se han ido quemando con el paso de la soledad.
(Y Tanjirō sigue siendo la calidez perdida de un hogar, el frío amable del otoño, los días soleados del verano y noches tibias sin soledad)
El roce dura menos de cinco segundos y al separarse de imprevisto a Kanao le recorre un sentimiento extraño, en medio del sol de la mañana, con la imagen de Tanjirō despidiéndose de ella. Luego su vista se pasea por el brillo cobrizo del objeto que ha desembocado semejante desenlace.
Kanao se permite sostener la moneda contra su pecho, temblando. Sintiendo al mismísimo sol asentado dentro de su corazón.
Y quizá—
(«Kanao, sé que algún día encontraras a alguien especial»)
Kanao Tsuyuri pondría considerar no volver a poner la moneda a girar.
–
