Work Text:
—¿Vas a tardar mucho con el vino? —Kaoru gruñó, golpeando irritado la mesa con el dedo índice.
—Te he dicho que debía recoger la cocina primero. También puedes levantarte tú y cogerlo, ya no estás inválido. -fue la respuesta de Joe. Estaba poniendo en marcha el lavavajillas, la última tanda del día. Su personal ya había limpiado los fogones y las cocinas y sacado la basura antes de irse, así que solo le quedaba cerrar.
—¿Así es como tratas a tus clientes?
—Ah, ¿es que me vas a pagar la botella? ¿O el plato de carbonara que te has zampado? -preguntó asomándose por la ventana de la cocina. Kaoru se quedó testarudamente callado y él sonrió con todos los dientes. —Ya me lo imaginaba. Cuatro ojos tacaño.
—¡Gorila superdesarrollado!
Pero a pesar de su intercambio, Joe fue hasta la nevera del vino y sacó uno blanco, el favorito de Kaoru. Al fin y al cabo, ahora podía beber sin preocuparse del máximo de copas que debía tomar para que no le afectase a sus bloqueadores de feromonas y supresores de hormonas.
A Kojiro le costaba disimular su alegría por su amigo. Llevaba casi una década pensando que había perdido la batalla contra los padres de Kaoru. Desde que al otro se le presentó su primer celo con dieciséis, sus demasiado tradicionales padres habían hecho todo lo posible para que no se supiera que su único hijo era un omega. Decían que si la gente lo sabía, Kaoru no podría heredar el negocio; nadie querría hacer negocios con un omega hombre, o no se lo tomarían en serio. Kaoru pasó una edad muy rebelde, pero terminó cediendo a los deseos de sus progenitores pues era su sueño seguir con el estudio de caligrafía y modernizarlo, implementar sus conocimientos de lingüística y lenguaje computacional. Y le dolía estar en conflicto con sus padres.
Lo peor de todo es que Joe no podía odiar a los señores Sakurayashi, aunque se enfadase con ellos en silencio a diario. Ambos betas, estaban convencidos de que forzar a Kaoru a vivir como un beta era beneficioso para él. Sufriría menos estigma social, menos desprecios, y podría hacer lo que quisiera sin que le exigieran tantas explicaciones. No entendían que obligaban a Kaoru a esconder una parte de él y, por ende, a odiarse un poquito más.
Cuánto habían discutido por eso, y casi les cuesta su ya tirante relación en aquella época, el recuerdo de Adam todavía fresco y las heridas abiertas. Cada discusión terminaba con Kaoru cerrándose en banda, tragándose sus pastillas diligentemente y diciéndole que no podía entenderlo porque "eres un alfa" y "en realidad es mucho más cómodo para mí así". Joe tuvo que dejarlo estar por el bien de salvar su amistad, se iba a ir a estudiar al poco a Italia, la tierra de sus abuelos, y no quería separarse de Cherry de malas, no sabía si su relación sobreviviría la distancia si estaban enfadados.
Pero su forma silenciosa de quejarse fue nunca más ocultar su olor. Kojiro nunca llevaría parches ni usaría bloqueadores, y puede que fuera algo egoísta porque al fin y al cabo era verdad que él era un alfa, no un omega, y no se esperaba lo mismo de ambos. Pero puerilmente sabía que era algo que a Kaoru le molestaba y que envidiaba, y Kojiro era lo suficientemente maduro para reconocer cuando hacía las cosas por un rencor infantil.
No fue hasta que Kaoru empezó a interactuar con Reki el último año que el omega mayor empezó a replantearse las cosas. El chico siendo tan honesto y fiel a sí mismo, peleando con uñas y dientes para hacerse un hueco que el resto daba por sentado que les pertenecía, conmovió a Kaoru de una manera que nadie había hecho antes. Cada vez que alguien le soltaba a Reki que un omega no pintabas nada en S Kojiro notaba como Cherry tenía que morderse la lengua para no replicar que un omega era uno de los fundadores de S.
Y aun así y sin ayuda, Reki consiguió que le dejasen participar, demostrar su valía y esfuerzo. Puede que no fuera el mejor, pero nadie le podía negar que había llegado donde estaba sin ayuda. Ver a alguien más joven que él hacer lo que Kaoru consideró imposible le hizo deliberar muchas cosas, y aunque sospechaba que su mejor amigo llevaba tiempo cuestionándose su forma de vivir la vida, que el chico al que empezaban a considerar casi familia pasase un celo tan largo e incómodo terminó de convencer a Cherry, queriendo que llegara a sentir cierto apoyo de un igual cuando volviera.
El ridiculizar a un alfa mientras se revelaba como omega fue solo un plus añadido. Sí, había sido una noche muy divertida. Y además Kaoru esa misma mañana había hablado con sus padres para indicarles su decisión de parar de tomar supresores, y aunque no lo habían entendido por completo habían aceptado que su hijo ya era adulto para vivir como quisiera. Era por eso que estaban de celebración, aunque ninguno lo definiera como tal.
Joe acababa de abrir la botella y se dirigía con dos copas hacia la barra donde estaba sentado Kaoru cuando un ruido seco y sordo en la entrada les sobresaltó. Alguien estaba llamando, o más bien aporreando, la puerta del local.
—¿Quién es a esta hora? —preguntó Joe más a si mismo que al aire. Los golpes no paraban y tuvo el pensamiento inquietante de que quizás era uno de los críos necesitando algo, así que fue a la entrada tras dejar las cosas en la encimera.
—Kojiro, espera. —llamó Cherry en cuanto vio sus intenciones de abrir, un tono preocupado en su voz. Seguramente pensando que podía ser un intento de robo pero a él no le preocupaba tanto eso. Podía lidiar con un ladrón, pero no con que a uno de los chavales le hubiera pasado algo.
Abrió y la sorpresa de lo que se encontró lo dejó clavado en el sitio, una mano en la hoja de la puerta.
No era ninguno de sus críos. Tampoco era un ladrón.
Era Adam, delante de su restaurante. Los ojos hundidos en ojeras, el pelo más despeinado que si hubiera estado en un beef, y la ropa casual que llevaba arrugada como si llevase más de un día con ella.
—¿Adam? —la voz de Kaoru, completamente incrédula, sonó por encima de su hombro. Kojiro vio los ojos de Adam, inyectados en sangre, clavados en su amigo e instintivamente se puso delante de él, bloqueando la entrada con su cuerpo.
Su instinto fue acertado cuando Adam intentó pasar empujando la puerta medio abierta, que no cedió ante el férreo agarre del dueño del local.
—¡Tú! ¡Has sido tú! ¡Has tenido que ser tú! —gritó, ignorando a Kojiro. Nada nuevo, realmente. Aún así, Joe no iba a permitir que lo hiciese.
—Oye, bastardo, tienes dos segundos para calmarte o largarte.
—¡Reconoce que has sido tú!
—¿Pero de qué estás hablando? —preguntó Kaoru a su espalda. Mirándolo de reojo Kojiro podía notar la molestia en su semblante, como si las excentricidades del otro le produjeran la peor de las migrañas.
Adam le señaló con un dedo acusatorio por encima del brazo de Joe. Parecía más maniático de lo normal, aunque seguía controlando su aroma (o al menos Joe no notaba feromonas muy fuertes. Su olfato siempre había sido bastante normal en ese aspecto).
—¡Se lo has dicho a ese… ese don nadie! Como ya no te importa, como ya todos saben lo tuyo has decidido decírselo. ¡No te atrevías a vengarte de mí cara a cara, ¿verdad?!
-—¡Basta! —rugió Joe, perdiendo la compostura. Nunca había soportado que gritaran a Kaoru.
-—¿Qué estás…? Oh. —los dos miraron a Kaoru, su cara de sorpresa seguida de entendimiento. —Estás hablando de Reki.
—¡Lo reconoces! —escupió lleno de veneno. Kaoru cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz. Kojiro no entendía lo que estaba pasando.
—No le he contado nada, imbécil. Reki tiene muy buen olfato, supo lo mío también antes de que se lo dijera.
—¡Es imposible, nadie tiene tan buen olfato!
—Él sí. —replicó el de gafas, cortante. —Jamás le contaría nada a Reki de ti. Primero porque solo le traería problemas y segundo porque dejó de importarme lo que hicieras con tu vida hace tiempo.
—Es imposible, es imposible. —el hombre empezó a pasarse las manos por el pelo, nervioso. Joe no creía haberlo visto jamás así y una pequeña parte de él empezó a preocuparse. Parecía a punto de tener un ataque de ansiedad ahí mismo en la puerta del Sia la Luce.
—Adam, tranquilízate. Estás perdiendo el control. —Cherry sonó calmado y directo, pero el otro no parecía escucharle, murmurando para sí mismo sin parar. —Adam. Vete a casa.
—Sí, y cuanto antes… —Joe dejó la frase a la mitad cuando captó una ligera fragancia completamente diferente. Un cargado aroma a rosas que se le pegaba un poco al paladar. Inequívoco aunque era la primera vez que lo notaba.
La pieza que faltaba en toda esa situación encajó de repente, pero era tan ridícula, tan inexplicable, que no podía ser verdad.
—Adam… —murmuró con más cuidado del que nunca antes se hubiera dirigido a él, incluso cuando eran adolescentes, pero incapaz de contener tampoco sus palabras. —¿Por qué hueles como si estuvieras entrando en celo?
Por primera vez en años Adam lo miró con toda su focalizada atención, y fue la mirada más aterrada que nunca nadie le había dirigido a Kojiro en su vida. Jamás creyó que el miedo y pánico más absoluto pudieran reflejarse en esos ojos rojos.
Fue solo un instante, pues por detrás apareció una mano que atrajo a Adam hacia atrás, acunando su cabeza entre el cuello y el hombro de su propietario, evitando que su rostro y su vulnerable expresión fuesen vistos por terceros.
Era ese tipo, Snake. Kikuchi. El secretario de la otra faceta de Adam cara al público.
—Disculpen la intromisión, Ainosuke-sama no se encuentra en buen estado. Yo me encargo.
Sus ojos verdes eran fríos y desafiantes y Joe tuvo la certeza de que ese hombre no soltaría a Adam ni aunque su vida dependiera de ello. Lucía igual de cansado que el otro, igual de desaliñado, pero su entereza era palpable como un muro de piedra.
La situación seguía siendo demasiado bizarra, pero Kojiro intentó pensar con pragmatismo.
—No es buena idea que esté en la calle ahora mismo, podéis pasar. —estiró la mano en un gesto de invitación, pero el otro tuvo que pensar que iba a agarrar a Adam y entonces se produjo la segunda sorpresa de la noche.
Kikuchi envolvió aún más con su brazo al otro, interponiendo su cuerpo entre ambos, y rugió desde lo más profundo de su pecho. Un rugido característico.
Un rugido de alfa.
Al igual que el ronroneo era algo característico de los omegas, el rugido era algo de los alfas. Algo que no desaparecía ni con bloqueadores o supresores, pues tenía que ver con la forma de sus cuerdas vocales, y era algo que la persona debía controlar.
Snake era un alfa, no un beta, y de repente todo tenía el mayor de los sentidos y nada en absoluto.
—No es necesario. —respondió el de pelo negro cuando se recuperó de su propio exabrupto. —Disculpen las molestias.
Kojiro iba a agregar algo más, pero entonces Adam, que había estado inusualmente callado y quieto desde que su ayudante apareció, envolvió el cuello de Snake con brazos temblorosos y sollozó. Fue un sonido quedo y bajo, apenas un lamento en la silenciosa noche.
—Tadashi… —murmuró.
El hombre no tardó en pasar su otro brazo por debajo de las rodillas de Adam y levantarle en brazos como si no fuese una de las personas más temibles que Kojiro conociera, como si en su lugar fuese alguien delicado y preciado. Seguramente porque así lo sentiría.
—Con permiso. —se despidió sin mirar atrás, y lo último que vio antes de cruzar la calle hacia un coche fue a Adam temblando en esos brazos mientras el otro le acariciaba la espalda.
Kojiro dudó entre cerrar la puerta o no, aun cuando los veía alejarse, y fue Kaoru quien se adelantó y lo hizo por él, echando el pestillo.
-—Estará bien. —contestó como si hubiera leído las preguntas de su mente. —Snake cuidara de él.
—¿Y es eso buena idea? Es un alfa y Adam estaba entrando en celo… —solo pronunciar esas palabras sonaba extraño. Adam era un omega. La persona que había basado toda su imagen pública y privada en su sexo secundario, en vivir como un alfa, era un omega. Esto iba más allá de suprimir tus características con bloqueadores, como habían hecho Cherry y al parecer el propio Snake (aunque era la primera vez que veía a un alfa hacerse pasar por beta. Entendible si quería mantener la pantomima de Adam. No sería creíble que un alfa tuviera un secretario también alfa, estarían cuestionando continuamente si tuvieran o no disputas de poder por la ridícula idea de que los alfas no podían estar en una sola habitación sin medirse las pollas). Adam llevaba años fingiendo un género completamente opuesto al suyo, la cantidad de drogas que habría tenido que usar a pesar del efecto en su cuerpo le ponía los pelos de punta.
—Ese hombre se cortaría una mano antes de hacerle daño. Además, no es un celo de verdad, es un sucedáneo provocado por un estrés extremo. No será muy fuerte y en cuanto descanse se le pasará. Adam es incapaz de tener un auténtico celo.
Kojiro observó a Kaoru, su pose tensa y su expresión cansada, y por segunda vez ese día tuvo una revelación.
—Lo sabías, ¿verdad? Lo has sabido siempre. —Cherry se quedó obstinadamente callado, mirando un punto vacío de la pared, pero Kojiro no quería dejar el tema. Un sentimiento feo empezó a instalarse en su pecho, uno que conocía bastante bien. —Kaoru.
—No siempre. —respondió al fin. —Solo poco antes de que se fuera a América.
—¡Kaoru!
—¡¿Qué?! —replicó defensivo. —No podía contártelo, no es que fuera mi secreto para empezar. Y entiendo mejor que nadie el querer ocultar al mundo algo así.
Kojiro apretó los puños, el feo sentimiento creciendo en su pecho, volviéndose pesado. Grotesco.
Las chicas con las que estaba siempre solían decirle que era fácil estar con Kojiro. Era amable, simpático, atractivo y bueno en la cama. Y sobre todo, nunca se ponía celoso. "Es tan refrescante" solían decirle "ver un alfa que no es posesivo ni actúa como un cavernícola" y Kojiro les sonreía dulcemente sin contestar nada, sin decir la verdad. Que no podía sentir celos por ellas porque no eran importantes para él. Que llevaba más de siete años ardiendo en celos por una única persona, la única persona con la que quería estar, mientras se sumergía de una distracción a otra sin ataduras, sin compromisos, en amistades con derechos donde apenas había amistad.
Siete años besando labios completamente diferentes a los que quería besar, pieles morenas donde no le apetecía ver las marcas de sus dientes mientras fantaseaba con pasar los dedos por pelo suave y rosa.
Siete años añorando que Kaoru lo mirase como miró a Adam esa primera noche en que les mostró su cara; el sonrojo en sus pálidas mejillas y el brillo en su mirada. Siete años celoso y enfadado por ello.
—¿Por qué pareces tan molesto? —cuestionó Kaoru, malinterpretando su silencio. —No es que te afecte en nada.
—Ya, claro. —masculló. —¿Cómo ibais a salir de vuestra burbuja para pensar que podría querer ayudar a un amigo, o preocuparme por él?
No es eso, o al menos no del todo. Es verdad que durante un tiempo consideró a Adam su amigo, antes de su descontrol y sus carreras peligrosas. Antes de obligarle a cerrar ese circuito que era una trampa mortal que había dejado heridos y hasta lisiados a varios camaradas, y que peleasen de manera irremediable. Kojiro consideró a Adam un amigo, y durante un tiempo intentó consolarse (inútilmente) con la idea de que al menos Kaoru acabaría con alguien que le caía bien.
—¡No podía decírtelo! —estalló el otro, alzando los brazos frustrado. —¿En serio te vas a enfadar porque te sientes excluido de algo que sucedió hace siglos? ¡No es tampoco que él planease decírmelo, solo surgió!
—¿Ah, sí? ¿Cómo fue eso?
Kaoru apretó los labios y se cruzó de brazos, defensivo.
—No creo que quieras saber los detalles. —contestó serio. Kojiro sintió un tirón en el estómago.
Oh, claro. Por supuesto. Lo que siempre había sabido. Lo que nunca había querido confirmar.
Si su carne fuera inflamable estaría ardiendo hasta las cenizas de los celos.
—Por supuesto. —murmuró.
—¿Por qué pones esa cara de asco? —le recriminó, molesto. —¿Es porque ambos éramos omegas? ¿Te vas poner como esos trogloditas que creen que no es sexo si no hay un alfa o beta de por medio?
—¡KAORU! —estalló, su rabia y dolor rebosándole como una olla a presión. —¡¿Puedes, por una vez, no pensar lo absolutamente peor de mí?! ¡¿Puedes pensar que en lugar de ser un gorila sin cerebro que se mueve por los dictados de su entrepierna tengo un rango de emociones mínimo?! ¡¿Que puedo sentirme triste o desplazado o celoso?!
El otro pareció sorprendido por su exabrupto, pero se recompuso rápidamente. Veloz e inteligente como era siempre, Kaoru fue primero a lo último que Joe hubiera querido que notara.
—¿Celoso? —preguntó con sospecha. —¿Celoso de qué?
—Da igual —contestó, recriminándose por dentro que había hablado demasiado. —No podrías entenderlo.
Era mezquino usar la frase que Kaoru siempre usaba contra él, pero Joe no se vanagloriaba de ser buena persona precisamente. Intentó dejar por zanjada la conversación, yéndose hacia la barra, pero el otro le agarró del brazo y le obligó a mirarlo.
—¡Kojiro! —llamó, molesto. Pero era la clase de molestia que usaba Kaoru para esconder algo más. Preocupación. Se desinfló un poco bajo esa mirada. Su propia ira, su enfado, aclarándose como si le hubiese caído agua. —¿Celoso de qué?
—¿Tú qué crees? —contestó, derrotado. —¿Te crees que fue fácil para mí, ver cómo te enamorabas de él? ¿Cómo te encerraste en ti mismo cuando se fue? ¿Cómo era más importante para ti que yo?
—¿Qué? —la mano en su brazo empezó a temblar. —¿Desde cuándo…?
—Kaoru. —cortó lo que iba a ser una retahíla inconexa de preguntas. —Tienes que saberlo, sospecharlo al menos. No ha habido un momento de mi vida en que no haya estado enamorado de ti. Así que no, no me importa que ambos fuerais omegas. Simplemente odio imaginarte estando con nadie más.
—Tú… —Kaoru miraba al suelo, y toda su figura estaba temblando. Y entonces agarró la camisa de Joe con ambas manos y le empujó hasta que su espalda dio contra la pared. —¡Tú, maldito mentiroso malnacido! —gritó, y podía notar su ira en la voz, aunque el pelo tapase las facciones de su cara.
—No estoy mintiendo.
—¿Enamorado de mí toda la vida? ¡¿Entonces porque ibas detrás de toda beta con falda que se te pusiese delante?!
—¿Por qué no? -—contestó. —¿Querías que me quedase solo, mientras te veía enamorarte más y más de él? ¿Qué sintieseis pena de mí? Kojiro, el idiota enamorado que es incapaz de seguir adelante. Tenía derecho a una vida, aunque no fuese la que quisiera.
Sus palabras solo parecían hacer que Kaoru temblase más, y una punzada de preocupación se cruzó en su alterada mente. Sus manos estaban tan pálidas agarrando su ropa que por un momento pensó que no le estaba llegando sangre a ninguna parte del cuerpo.
—Entonces… todos estos años de verte ir y venir con todas esas mujeres ha sido... ¿qué?... Una forma de vengarte de mí…
—Eso no…
—¿Sabes qué me dijo Adam, antes de irse? —cortó, y su voz sonaba menos furiosa, lo que le daba más miedo. Podía lidiar con Cherry furioso, era algo normal. No podía, por otro lado, escucharle tan… derrotado. —Que el motivo por el que nunca sería especial para él es porque él nunca sería lo primordial para mí. Tenía que ser todo o nada, y él lo sabía, sabía que nadie nunca se pondría por encima de ti. Creía que me comprendería, siendo ambos omegas que intentábamos ocultarlo, que podríamos apoyarnos pero… Y luego me soltó eso y se largó, y tú rebotabas de novia a novia y luego te largaste a Italia y me dejasteis aquí solo. ¡¿Y por qué?! —le sacudió sin fuerza, y Joe pensó que sus rodillas iban a ceder sólo con oír la voz de Kaoru tan rota. -—¿Porque estabais celosos el uno del otro?
Kaoru levantó la vista y su cara estaba contraída por la desazón, sus ojos dorados llenos de lágrimas y Kojiro hubiera preferido que le clavasen un puñal en las tripas que verlo así. Verlo así por su culpa.
—¿Por qué terminasteis castigándome a mí?
Antes siquiera de poder pensarlo, sus brazos envolvieron a Kaoru en un prieto abrazo, enredando sus dedos en el pelo suave y haciendo que el otro enterrase la cabeza en su cuello, a pesar de que le clavase la montura de las gafas en la piel.
—Lo siento. —murmuró contra su oreja. —Lo siento, lo siento, lo siento.
—Idiota. Estúpido. Gorila. —dijo, golpeándole débilmente la espalda con los puños.
—Lo siento. —se separó lo justo para alzar la cara de Kaoru con una de sus manos, acariciando la mejilla húmeda. Y dejando ir el autocontrol que lo había mantenido más de una década inactivo, se inclinó sobre él y lo besó.
Fue un alivio que no lo rechazase, pero la sensación de que le devolviese el beso fue más de lo que podía esperar. Que Kaoru se pusiese de puntillas mientras se agarraba a la tela de su camisa y abriese la boca casi tímidamente para que él colase la lengua y lo devorase.
Cualquier pensamiento racional voló por la ventana. Kojiro envolvió la cintura de Karou con un brazo y lo levantó en peso, y si no fuese por la yukata tan ajustada que llevaba sospechaba que le habría envuelto la cadera con las piernas. Algo que iba a solucionar enseguida, por la manera que ambos se tironeaban de la ropa. La mano en el pelo de Kaoru acabó en su nuca y sin pensar Joe levantó los bordes del parche inhibidor de aroma y se lo arrancó en un rápido movimiento. Necesitaba captar bien la esencia de Cherry, necesitaba que lo liberase y se mezclase con el suyo y captar si lo que hacía estaba bien.
El fuerte olor a flores de cerezo le inundó los sentidos, podía notarlo en el paladar. Estaba cargado de deseo aunque aún quedaba algún matiz agriado por la tristeza de Kaoru y era tan fuerte. Kojiro estaba tan poco acostumbrado a un olor así, a algo tan delicioso y potente para él, que por unos segundos se mareó y acabaron en el suelo. Por suerte pudo frenar un poco la caída con una mano y las rodillas, para que Kaoru solo acabase delicadamente en el suelo de linóleo y poder seguir besándolo.
El obi color aguamarina terminó pronto lanzado a un lado, junto con su camisa. La forma de la yukata se deshacía con sus movimientos erráticos y Kaoru pudo liberar una pierna y enroscarla detrás de su baja espalda. Mientras él iba dejando un rastro de ligeros mordiscos desde los labios enrojecidos y húmedos hasta el esternón que se iba descubriendo bajo la tela azul. La piel de Kaoru era increíblemente pálida, pero con la sangre recorriendo agitada bajo ella tomaba un tono rosado adorable. Parecía tan delicado, la respiración entrecortada haciendo subir y bajar su pecho rápidamente. Pezones pequeños y tan rosas como su cabello que Kojiro quería lamer como diera lugar.
En cuanto su lengua rozó uno de ellos, la espalda se Kaoru se arqueó con violencia haciendo que sus entrepiernas se frotasen con fuerza. Ambos estaban duros, desesperados después de años de anhelo. Las uñas de Kaoru se clavaban en su espalda con saña mientras gemía levemente, y Kojiro le dejaba mientras besaba y lamía cualquier porción de piel que no estuviese tapada con tela. Se lo merecía, que le arañase, que le marcase, después de todo lo que le había hecho pasar sin saberlo. Si para él habían sido tortura los pocos meses que vio a Kaoru infatuado por Adam, ¿qué tuvo que ser para él verlo con tantas personas? Había sido cruel con Kaoru, y merecía la crueldad en comparación. Y Kaoru merecía cuidado, atención.
Y dentro de la desesperada vorágine en que se encontraba su mente, Kojiro se lo daría.
Deslizando las manos por las piernas suaves del otro, piernas que casi nunca había tenido el privilegio de ver, desde los tobillos delgados que podían casi desaparecer si los envolvía en sus bastas manos hasta los muslos fuertes y pálidos, Kojiro subió la tela de la yukata hasta la cadera de Kaoru y metió ambas manos debajo de su ropa interior negra. Una acariciando su entrada humedecida y la otra envolviendo su miembro para masturbarlo a un ritmo rápido.
—Ko… Kojiro… —lo llamó casi como un sollozo, usando los tobillos enlazados tras su espalda para impulsarse y seguirle el ritmo. —Tú también, tú…
Le pasó las uñas desde el pecho hasta sus apretados pantalones vaqueros, tironeando para abrírselos, y no necesitó nada más. Con un movimiento rápido se abrió el botón, bajó la cremallera de la bragueta y liberó su entrepierna. Frotando su erección con la de Kaoru, envolvió ambas en su mano y siguió masturbándolos, el placer como electricidad recorriéndole por toda la espina dorsal.
—Oh, cielos. —murmuró el otro mirando sus caderas juntas. La diferencia de tamaño era un poco notable. Kojiro siempre había estado un poco por encima de la media hasta de los alfas. Casi podía palpar la excitación de Kaoru por su olor, pegándose a su paladar, y fue cuando se dio cuenta de que no iban a durar mucho. Demasiadas emociones, demasiada tensión durante años, demasiado tiempo queriendo esto.
Si iban acabar pronto, al menos Kojiro se aseguraría de hacerlo bien. Volvió a buscar los labios del otro, succionando el inferior entre los suyos con una delicadeza que contrastaba con su desesperación.
—Kaoru… —murmuraba entre beso y beso, tragándose sus gemidos quedos, disfrutando del dolor en su piel cuando el otro se agarraba a su espalda con las manos como garras. —Kaoru, lo siento, perdóname…
—Calla, no… Cállate…
—Mi Kaoru… —introdujo con cuidado un dedo en la apretada humedad, y lo notó convulsionar entre sus brazos, sollozar. —Mi Kaoru... perfecto… Te quiero…
Kaoru se corrió en ese momento, agarrándose a él como si fuera una tabla en un naufragio, como si se fuera ahogar en su propio placer, en sus sollozos taimados y las contracciones de su cuerpo, y él lo siguió, la sensación de ambos miembros frotándose demasiado intensa y Joe demasiado perdido en el olor, en las sensaciones, dejando que el orgasmo le golpease como un puñetazo en el estómago y liberase toda tensión de sus músculos.
Acabó encima del otro, ambos estómagos y su mano manchados de semen. A ambos le faltaba el oxígeno, y con las pocas fuerzas que le quedaban se tumbó de espaldas dejando que Kaoru descansase sobre su pecho, y así no aplastarlo con su peso.
—-Kaoru. —llamó al cabo de unos largos minutos, cuando el otro no decía nada ni mostraba intención de moverse. No parecía querer apartar la cara de sus pectorales, a pesar de que le seguía clavando las gafas. —Kaoru, mírame. —pidió bajo, acariciándole el pelo con cuidado tras limpiarse de mala manera las manos en su pantalón.
—Hum. —fue todo lo que contestó.
—Kaoru, por favor. Tenemos que hablar.
—No, gracias. —fue la respuesta, como un niño malcriado.
Kojiro iba a morirse de lo que quería a ese hombre. Iba a morirse ahí, en ese momento, feliz como no había estado nunca.
Al final, con cuidado y paciencia, Kojiro consiguió que Kaoru acabase mirándole a la cara, avergonzado como no lo había visto antes. Con más cuidado y paciencia, acarició su mentón, sus labios. Era egoísta, pero necesitaba que Kaoru hablase, necesitaba aclarar cualquier malentendido que esa discusión había descubierto para ambos.
—No tienes que responderme igual si no quieres, pero esto… —susurró. —Lo que acabamos de hacer, es importante para mí. Te quiero. Y siempre he sentido que nunca podrías corresponderme igual.
—Imbécil. —contestó, intentando evitar su mirada pero sin lograrlo. Sus mejillas estaban tan rojas como manzanas. —Yo también estoy enamorado de ti. ¿Crees que haría esto con cualquiera, gorila idiota? ¿Crees que sufriría por cualquiera?
—Pero… ¿desde cuándo?
El otro suspiró.
—No me di cuenta del todo hasta que te fuiste a Italia. No entendía lo que me pasaba cuando te veía con esas chicas, creía que tenía miedo de que me quitasen a mi mejor amigo. Pero realmente creo que el sentimiento estaba ahí, y Adam lo sabía. Sus palabras fueron como un cubetazo de agua fría, me obligó entre otras cosas a replantearme mis sentimientos.
—¿Qué cosas?
—El que os fuerais sobre todo. Adam a América y tú al poco a Italia. Supongo que con vuestra ausencia no podía engañarme mucho más. La diferencia también era abismal. Estaba molesto con Adam, por cómo me trató y como nos cortó de su vida para siempre. Quería hablar con él, aclarar bien las cosas. A ti simplemente… te echaba de menos. Constantemente. Aunque habláramos casi a diario por chat. A ti te necesitaba cerca.
—Pero… —Joe se sentía tan idiota. —Siempre pensé que Adam fue tu primer amor. Que no querías renunciar a él.
—¡Claro que no lo fue! Me gustaba, y supongo que le tenía mucho aprecio y admiración. Y una parte de mí quería ayudarlo. —esta vez en sus ojos se reflejaba la tristeza más que la vergüenza. Casi podía captar en su olor a flores la empatía que estaba reflejando por el otro hombre. —Kojiro, lo que le hicieron, los bloqueadores... No sabes nada, ni siquiera yo sé mucho, pero sospecho… Sospecho que se los han dado toda su vida. Que sabían que sería omega antes de que se presentase su primer celo y… lo han intentado convertir en otra cosa. Esa noche, cuando nos… acostamos. Creo que una parte de él creía que podía ser un alfa, y cuando se dio cuenta de que lo noté, de que no había medicina tan buena para hacerlo aparentar así… Me odió por ello.
—No fue tu culpa. –—contestó. Aunque ahora podía comprender un poco más el infierno por el que había tenido que pasar el que fue un gran amigo, jamás perdonaría a Adam por cómo había tratado a Cherry todos esos años. Su desprecio, su violencia. Pero no fue nunca justo, que pagase con la única persona fuera de su casa que supiera su secreto.
Kaoru suspiró pensativo, acomodándose más contra su hombro.
—Ya, pero supongo que me dio pena. Quizás realmente me odió aún más porque también se dio cuenta de eso.
No le sorprendería eso. Adam era demasiado orgulloso. Cualquier gesto bien intencionado se lo tomaba como una burla o como una debilidad. Pero ese era su problema y ni Kojiro ni Kaoru iban a intervenir más. El hombre era suficientemente adulto para empezar a hacer las cosas bien. Y aunque Kojiro podía no desearle ningún mal, su vida no se alteraría si seguía viviendo de forma tan caótica y autodestructiva.
El silencio que siguió fue agradable, Kojiro enterró la nariz en el cabello rosa del otro mientras jugueteaba con sus puntas, maravillado de lo bien que olía. Pero el suelo empezaba a parecerle frío e incómodo.
—Será mejor que nos levantemos. Y debería limpiar un poco esto antes de mañana.
Kaoru se incorporó deprisa, arreglándose la ropa.
—Claro, claro, será mejor ponernos en camino ya.
Algo en su voz alertó a Kojiro, que le envolvió la cintura con un brazo y lo atrajo hacía sí.
—Quédate a dormir. —pidió. Kojiro vivía justo encima del restaurante, en un pequeño apartamento que Kaoru siempre había criticado como diminuto y desordenado sobre el que nunca pondría un pie dentro.
Sus ojos dorados lo miraron con sorpresa antes de sonrojarse de nuevo.
—¿Quieres? —preguntó antes siquiera de darse cuenta. —Quiero decir…
—No pienso separarme de ti esta noche —interrumpió. —Kaoru, no pienso soltarte en la vida.
El otro envolvió su cuello con sus brazos y soltó aire despacio, como si lo hubiera estado reteniendo sin darse cuenta.
—Bien. —murmuró con voz algo temblorosa. Luego carraspeó y hablo con más templanza. —Quiero decir… Más te vale.
Kojiro rio eufórico.
*
Tadashi había tenido días difíciles en su vida, días estresantes. Tanto por trabajo como por asuntos personales, había tenido momentos en los que creyó que la desazón resquebrajaría la máscara impasible que le costó tanto construir.
Lo que Tadashi nunca había tenido era un día donde hubiera pasado auténtico miedo. Un día donde toda su organización se fuera al traste.
Un día donde no supiera donde estaba Ainosuke, si se encontraba a salvo, triste o mal.
Después de su discusión en Crazy Rock, ante la chocante revelación que Reki-san había hecho sobre su conocimiento ante el secreto que más celosamente habían guardado, cualquier intento de hacer entrar a Ainosuke en razón fue en vano. Estaba demasiado alterado ya antes de ello (el motivo aún se le escapaba de su conciencia. ¿Por qué estaba tan molesto de verlo con el otro omega? Que llegase a creer que había algo entre ellos era ridículo y marciano), y si había algo que no podía soportar era que las cosas se escapasen de su control.
¿No era acaso el deber de Tadashi asegurarse de que todo estuviera en su sitio, para que Ainosuke no tuviera que sufrir ningún revés? ¿Tan inútil era que no podía siquiera darle esa paz?
En lugar de eso el otro explotó, emociones tan prendadas en su interior que la más mínima sacudida las hacía explotar. No recordaba anteriormente verlo tan alterado, pero comprendía lo que le pasaba. Aunque sin mala intención, Reki había destruido los propios cimientos en los que se basaba la vida, el estatus de Ainosuke.
Cuando se fue y le dejó con miles de explicaciones en la boca, tuvo la idea de que su superior se dirigió a su casa a calmarse, quizás descansar un poco. Que a lo mejor necesitaba algo de espacio. No era nada nuevo realmente. Tadashi estaba acostumbrado a darle espacio. Hacía años que su mera presencia parecía molestar a Ainosuke profundamente.
Entró en pánico cuando llegó a la mansión Shindo y le dijeron que el señor no había vuelto. Había pocos sitios donde pudiera ir sin Tadashi, Ainosuke nunca se había tenido que molestar en conducir o coger transporte público. Aunque era un hombre fuerte y capaz, estaba indefenso en el mundo mundano.
Y lo peor de todo, comprobando sus sospechas al mirar en la mesita de noche, no llevaba sus pastillas consigo.
Los niveles hormonales de Ainosuke estaban siempre al filo de colapsar por tantos años de medicación excesiva. Se mantenían en un equilibrio precario que había que monitorizar a diario. El simple hecho de tomárselas unas horas más tarde de lo normal podía provocar reacciones adversas. Temblores, bajadas de tensión, y en el peor de los casos, reversión de los efectos, inicio de un celo, alucinaciones y convulsiones.
Tadashi había pasado horas buscándolo, no molestándose ni en cambiarse de atuendo. Había recorrido cada lugar, cada esquina, había pagado bajo mesa a personas de moralidad cuestionable por información. Todo el día sin descansar, sin pararse a comer, imaginando un escenario detrás de otro cada vez peor.
Cuando por fin lo encontró al anochecer delante del restaurante Sia la luce casi sintió que podía respirar de nuevo.
Pero al acercarse, al oír retazos de la conversación y aún peor, al oler el dulce aroma de rosas, supo que había llegado tarde. Tarde para proteger su secreto, tarde para protegerlo a él.
Eso no quería decir que Tadashi no pelearía intentándolo, y aunque dejó escapar su propia identidad en el camino con un rugido mal controlado era un mal menor que estaba dispuesto a asumir. Lo importante era poner a Ainosuke a salvo.
Y francamente, después de oír su débil voz llamando su nombre, Tadashi habría peleado contra ese alfa y contra el mismísimo ejército antes de que lo separasen de sus brazos.
Sus brazos eran sin duda el único lugar seguro para él.
Fue algo difícil abrir la puerta trasera del coche sosteniendo al hombre, pero si algo caracterizaba a Tadashi era ser eficiente, y al poco pudo posarlo con cuidado en los asientos de cuero.
—No. —murmuró el otro agarrándole de la manga de su camisa cuando se incorporó para intentar ir al asiento del conductor.
—Ainosuke-sama, no voy a dejarle aquí, pero he de llevarle a la clínica privada.
—No. -—repitió sin mirarle. Temblaba de arriba a abajo y sus ojos se ocultaban bajo su pelo azul y despeinado.
Tadashi suspiró y se sentó en el asiento trasero a su lado, cerrando la puerta. Aunque su olor seguía siendo leve, él podía percibirlo con claridad. Cada embriagante dulzor, cada matiz que gritaba que Ainosuke estaba a las puertas de un celo. No sería uno de verdad, sino uno más bien provocado por el desequilibrio hormonal y el estrés, pero su olfato y sus instintos no podía racionalizar eso.
Estar tan cerca iba a ser una tortura. La más exquisita que había padecido hasta el momento.
Ainosuke se abrazó a sí mismo y dejó caer la cabeza contra su hombro, convulsionando. No podía saber si de frío, por efecto de su estado o porque estaba sollozando, pero el recuerdo de hace tantos años grabado a fuego en su mente se abrió paso. El niño más dulce que jamás conoció llorando acurrucado en una esquina una noche de otoño, tan delicado como las rosas que atendía en el jardín junto a su padre.
Tadashi había fallado tanto a ese niño, a esa persona. Creía que con estar a su lado serviría, y en retrospectiva Ainosuke no necesitaba un compañero de juegos, un cachorro doméstico. Lo que necesitaba y no supo darle era un perro de presa que destrozase cualquier mano violenta que se le acercase. La excusa de que él también era un niño, con una familia que sufriría sus actos directamente, no valía en retrospectiva para justificar su cobardía.
—No sirve. —la voz rota, algo desesperada del otro, lo sacó de sus pensamientos. —No puedo olerte… Necesito olerte…
No necesitaba muchas más explicaciones. Tadashi no llevaba parches inhibidores de olor porque los bloqueadores que tomaba se encargaban de ello, atacaban directamente a la producción de su glándulas y evitaban que el aroma escapase por su piel y su sudor. Y él no había olvidado tomarlas esa mañana temprano antes de ir a practicar con Reki-san, así que seguían haciéndole efecto.
Pero no significaba que no hubiera una solución para ello.
—De acuerdo. —contestó, llevando su propia muñeca a su boca y mordiéndola hasta atravesar la piel con uno de sus caninos, justo en el punto donde una de sus glándulas tenía que estar. Al morder ahí provocaba que las sustancias que se suponía debía segregar y los bloqueadores no lo permitían se liberasen a través de la herida y se mezclasen con su sangre.
Burdo, pero efectivo.
La herida era algo profunda pero pequeña, no sangraría demasiado ni mancharía el coche. Su aroma, al que él mismo estaba tan poco acostumbrado, invadió también el pequeño espacio, mezclándose en el aire con el de Ainosuke, que tomó una profunda bocanada y pareció relajarse un poco.
—Siempre has olido a tierra húmeda y césped recién cortado. —le dijo, la frase más inocua que habían intercambiado en lo que parecían vidas. —Y yo huelo a rosas. A… a rosas…
Pudo notar como se atragantaba con sus palabras.
—Todo está bien, Ainosuke-sama.
—No. No. ¿No lo ves? No debería estar así, no puedo controlarlo, cada vez puedo controlarlo menos…
Era un peligro del que eran conscientes y habían intentado ignorar. La cada vez mayor asimilación de las medicinas. Los médicos decían que ya no podían seguir subiéndole la dosis, que deberían haber parado hace mucho, y solo la perseverancia de las tías de Ainosuke hacía que siguieran recetándoselas.
—Todo es culpa de ese don nadie, de…
—Ainosuke-sama, no tiene que preocuparse por Reki-san. Es un buen chico, no dirá nada.
Antes de terminar de pronunciar las palabras la mano de Ainosuke le agarró de la barbilla en un apretón férreo, haciendo que le mirase. La ira cubría sus facciones, pero con el sonrojo pronunciado en sus mejillas y su respiración entrecortada no era una vista que despertase preocupación en él precisamente.
—¿Por qué lo defiendes? ¿Tanto lo aprecias? Llevas meses saliendo a escondidas, deseoso de encontrarte con él, ¿verdad? Deseoso de abandonarme de una vez por todas como…
—Ainosuke. —gruñó bajo, cortando su retahíla de golpe. Odiaba usar un tono autoritario con él, pero a veces parecía que era la única forma de que lo escuchase. –—Está sospechando lo imposible. Empecé a ir días alternos a Crazy Rock mucho antes de coincidir con el joven Kyan. He estado instruyéndole apenas unas semanas, no llega a un mes y poco, y muchas veces seguimos sin coincidir. Si voy allí es para patinar sin terceros por medio.
—Mentiroso. Desde que abrí S no has ido por tu cuenta ni una vez. ¿Qué ha cambiado ahora, si no es él?
Tadashi suspiró.
-Tú.
La palabra informal escapó de sus labios casi sin permiso. Los ojos vidriosos y algo enturbiados parpadearon un par de veces, confuso.
—¿Yo?
—Desde que perdió ha… ha vuelto a disfrutar de patinar, de ver a gente divirtiéndose sin tener que competir con ellos. Ya no lo ve como una pelea de poder, sino como cuando éramos pequeños. Aunque sigue sin aparecer demasiado en las carreras, lo he visto y es… contagioso. Ha hecho que vuelva a tener ganas de mejorar yo también, de intentar cosas nuevas. Pero me conoce, no me gusta el alboroto y el espectáculo, prefiero ir a horas donde no hay nadie. Coincidir con Reki-san fue una casualidad, y es un buen chico. No es un genio pero se esfuerza y creí que podía ayudarle a mejorar. Todo lo ha aprendido de manera autodidacta, sin ayuda. Es loable, a su manera. Pero por favor, no ensucie nuestras interacciones con un tipo de intencionalidad oscura de mi parte.
—¿Entonces no estabas buscando un omega?
—Yo no necesito buscar ningún omega. —respondió cortante, molesto ante el solo pensamiento. La idea en sí era una locura. Tadashi no necesitaba ni un omega, ni un beta, ni a nadie para compartir su vida íntima.
Solo necesitaba a Ainosuke, de cualquier forma que quisiera tenerlo. Su ayudante, su esclavo, su perro, su guardián.
—Entonces por qué… ¿Por qué escabullirte en secreto para ir, sin decirme nada?
—¿Qué importaba? —preguntó sincero. —Usted no necesitaba saberlo, no le era útil lo que hiciera en ese tiempo libre.
—Querías estar solo sin mí, ¿verdad? Que te dejase en paz, que…
—Ainosuke. —volvió a cortar. Luego suspiró tristemente, cerrando los ojos. —¿Desde hace cuánto no quiere patinar conmigo? Mi mera presencia como Snake en la competición le causó desprecio. No soy idiota, sé que cuando me ve con un patín la imagen que tiene es la del horno del patio trasero de la mansión.
—Eso… eso no es…
—No importa. Te fallé, ese día. Y si hubiera sabido el daño que te provocaría no hubiera pensado en mi trabajo ni en el de mi padre, pero no borra nada. No borra el odio que me tienes.
Los ojos rojos lo miraron con sorpresa antes de fruncir el entrecejo en una expresión determinada.
—¡Idiota! —le gritó, y antes de poder detenerlo siquiera se subió a su regazo, escondiendo su cara contra su hombro, y lo abrazó con fuerza.
—¡Ainosuke-sama! —balbuceó azorado como no recordaba haberse sentido antes, sin saber dónde poner las manos. Inundado por el olor y las feromonas demasiado cerca de él, pegándose a su garganta, a sus pulmones.
—No te odio. Eres mío. ¿Serías mío si te odiase?
Dejó al final las manos en la parte baja de la espalda, notando los músculos fuertes y tensos. Ainosuke tenía una espalda amplia y fuerte, perfecta para soportar todo el peso que cargaba.
Sería tan fácil, confesar sus sentimientos en ese momento, y tan egoísta. Decir que ser útil no es lo mismo que no ser odiado. Ponerle una carga más que Ainosuke no querría soportar. Tadashi se mordió la lengua, notando aun el olor delicioso en su paladar, el calor y el peso del otro cuerpo aplastándolo, y cada fibra de su ser queriendo protegerlo, cuidarlo.
—Debo llevarle a un lugar a salvo, donde puedan atenderle. —murmuró al cabo de unos instantes, cuando le pareció que se calmaba. Si era por sus feromonas de alfa o porque empezaba a disiparse el pánico en su mente no estaba seguro. El semi estado de celo en que se encontraba había sido una mezcla del desequilibrio hormonal y una respuesta adaptativa al estrés. Liberar hormonas que atrajeran un alfa y despertaran su instinto de protección (como si fuera necesario despertarle algún instinto de protección a Tadashi cuando tenía que ver con él). Desaparecería en cuanto se sintiese a salvo y descansase.
—No. —volvió a decir.
—Señor.
—Me lleves a donde me lleves ellas se enterarán… —replicó. -He fallado en… Me… me odiarán.
Lo dijo con una desesperación peor que la muerte, y de repente Tadashi volvía a tener diez años, en la parte más alejada del jardín, con un Ainosuke de ocho años en su regazo temblando entre el malestar del último tratamiento al que lo estaban sometiendo, histérico porque al parecer no crecía lo suficientemente rápido, no cambiaba al ritmo que ellos querían. "Van a dejar de quererme" le decía, asustado. Más asustado que cuando lo disciplinaban, porque al menos con los golpes le prestaban atención. Pero cuando se enfadaban porque los cambios hormonales no sucedían a la velocidad que querían, porque a ese ritmo alguien notaría que Ainosuke era pequeño para ser un alfa y hablaban de la desgracia de su biología como si él no estuviera presente, era cuando más invisible se sentía, y más se agarraba a Tadashi desesperado. "Van a dejar de quererme" le lloraba, y Tadashi solo podía acariciar su cabeza y morderse las palabras. "Van a destruirte".
Y casi veinte años después ahí estaban, la profecía cumplida. Ainosuke derrumbándose como una torre de naipes en su regazo.
—¿E importa? —murmuró, antes de poder pensar. Estaba cansado, exhausto por la preocupación de todo el día, con el corazón roto de ver a la persona que más quería así.
—Claro que sí. ¿Quién me querrá si no? No quiero… No puedo volver a quedarme solo… No después de…
—Yo estoy aquí. —contestó. Era un hecho, aunque ridículo. Sabía que no era suficiente. Tadashi nunca había sido suficiente.
Ainosuke soltó una carcajada amarga.
—Si no hubiera atado una correa a tu cuello huirías a la menor oportunidad.
Esas palabras provocaron una chispa de enfado en su interior. Era estúpido enfadarse, lo sabía, pero estaba también cansado, estresado y con los nervios a flor de piel y el desprecio a su lealtad era algo que le colmó el pozo de su paciencia. Así que sin pensar demasiado le obligó a que lo mirase a los ojos sosteniéndole la cara entre sus manos.
—He mentido para quedarme a tu lado, sobre mi sexo, mi condición, mis valores. Te he ayudado, he cuidado de ti. Hasta he hecho que me odies porque lo prefería a que me separasen de ti, a pesar de que fue inútil. Comprendo que no me vayas a corresponder nunca, es algo que asumí hace años, pero no digas que te abandonaría cuando he destrozado todo por tal de quedarme a tu lado. Es un nivel de crueldad que no voy a tolerar.
—Tadashi… ¿qué quieres decir?
—Ainosuke… —suspiró agotado. —Tienes que saberlo. —el otro simplemente negó. Al mover la cabeza su nariz quedó muy cerca de su herida en la muñeca, ya no sangrante. Notó como respiraba profundamente, buscando cualquier vestigio de su aroma. -—Entonces me disculpo, pues he fallado en que mis acciones sean claras. Estaba convencido de ello. Te quiero. Por supuesto que te quiero. Siempre he estado enamorado de ti.
La imagen de Ainosuke ahogando un sonido de sorpresa se quedaría marcado en sus retinas para siempre. Era simplemente arrebatador.
—¿Por qué…?
—No me pidas que explique el único sentimiento que me es tan natural como respirar. Te quiero. Que no sea suficiente no significa que no sea cierto.
—¡Lo es! —barbotó. —Lo es… Tadashi… —parecía a punto de ponerse a llorar, pero su olor no parecía agriarse por tristeza u otro sentimiento negativo. En realidad era al contrario, lo notaba más denso y dulce, y el calor acumulándose en su bajo vientre se estaba volviendo casi incontrolable. -—Tadashi…
—¿Qué quieres? —pidió, porque necesitaba órdenes claras. Tadashi era bueno siguiendo órdenes, haciendo cumplir mandatos, era lo que se le daba bien. Sus rostros estaban muy cerca, y las mejillas bajo sus manos parecían arder.
—Quiero… —parecía confuso ante la posibilidad de elegir, pensando qué quería de verdad Ainosuke. No el heredero Shindo, no el político, y no el personaje de Adam. —Quiero que me beses. Quiero que me muerdas la nuca y seas mío para siempre. Y quiero ser libre.
Tadashi levantó la cabeza y terminó de cerrar distancia entre ellos. El beso fue suave, al principio, lento, queriendo saborear el momento. No se había atrevido nunca ni a imaginar cómo sería, besar a la única persona que había querido besar.
Pero Ainosuke no era alguien lento y suave. Lo que le movía era la pasión, y al poco estaba profundizando el contacto, inundando su boca y mordiendo su labio inferior con saña mientras se retorcía en su regazo. Tuvo que poner ambas manos en su cadera para frenar sus movimientos, pues su cuerpo no paraba de reaccionar por mucho control que tuviera.
—Tadashi… —gimoteó. -Muérdeme.
—Aún no. —contestó. Los ojos del otro brillaron con renovada furia.
—¿Te niegas? ¿Aún te atreves a renegar de mí, tú maldito… humf?
Tadashi volvió a besarlo interrumpiendo lo que iba a ser una retahíla de coloridos insultos. Lo besó con fuerza, obligándole a abrir la boca y aceptar su lengua, succionando hasta hacerle gemir y que se quedase laxo en sus brazos. Podría vivir así, apagando las llamas de ira de Ainosuke con su cuerpo hasta que se quedara dócil y relajado contra él.
—Voy a llevarte a uno de los áticos del centro de la ciudad. Te reconocerá uno de los médicos privados que no tienen contacto directo con tus tías. Nos reconocerá a ambos, y le dirás exactamente qué quieres hacer con tu cuerpo para que nos dé el tratamiento necesario. Y después, te daré lo que necesites para que seas libre.
"De tus tías, de tu apellido. De lo que te quieras zafar. Pintarás tu imagen de libertad y yo la construiré bloque a bloque."
Ainosuke lo miró haciendo un mohín, como si ofrecerle el mundo entero no fuese suficiente si Tadashi no estaba también en la bandeja de plata.
—¿Y cuándo me morderás? -preguntó, posando sus labios en su muñeca herida, aspirando su aroma hasta que se le dilataron las pupilas.
Tadashi empujó su muñeca contra esos labios hasta que le abrió la boca y notó el roce de los dientes ahí.
—Cuando tengas todo lo demás. —contestó. Al fin y al cabo, de los dos, Tadashi tenía que ser el práctico. Entendía en qué orden las cosas debían conseguirse para que se mantuvieran en el tiempo. —Pero mientras tanto… —apremió un poco, empujando más su muñeca contra los caninos. Ainosuke sonrió, y parecía casi inocente, antes de seguir instrucciones por una vez y morder su piel hasta dejar marca de todos sus dientes ahí.
Un simbolismo serviría por el momento. Tenían cosas que planear, y muchas más que hablar, pero por el momento era suficiente.
Al parecer, Tadashi también era suficiente.
