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Bríndisi
Desde la costa de Brundisium ya no se divisan las velas de las naves que zarparon hacia mar abierto. El puerto que han dejado atrás es una balsa de agua aceitosa cercada por el inacabado rompeolas. Pompeyo, a quien llaman “el Grande”, ha huido cruzando el Adriático rumbo a Oriente, y Brundisium, sitiada y tomada al asalto, envuelta en un sudario de humo y hedor a brea, tiembla todavía tras las puertas atrancadas y los postigos clavados mientras una legión ociosa vaga por sus calles.
No es lugar para un niño, pero allí está sin embargo ese diablillo harapiento, desafiando con la mirada a cuantos soldados pasan por su lado mientras sujeta por la brida un caballo de guerra. Es una mala bestia endemoniada y el olor a humo lo inquieta, pero las sucias manitas del niño lo retienen con firmeza. A esas sucias manitas se les ha prometido una recompensa por hacer de guía y cuidar del caballo, así que el niño espera.
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―Estoy buscando a una persona ―dice el recién llegado.
―Yo tengo algunas ―responde con desgana el anfitrión, que no ha levantado la vista de su escritorio ni el cálamo de sus cuentas.
―La persona que yo busco es un joven romano.
―¿Un esclavo?
―¿No es eso lo que vendes?
―¿Un esclavo que os pertenecía? ¿Y que habéis perdido?
―Se llama Combeferre.
―No acostumbro a preguntarles su nombre ―explica el tratante repasando lo escrito mientras se seca la tinta―. No podría recordarlos. Vendo mucho.
O, más bien, vendía. Nassar, el egipcio, regenta un negocio en el puerto de Brundisium que había sido próspero hasta hacía pocos días. Pero hoy ya no hay barcos en el puerto, los comerciantes han huido en desbandada como las ratas de un naufragio y las carreteras están cortadas y han sido tomadas por las legiones del procónsul Cayo Julio César. Su clientela solía ser distinguida, pero ahora solo lo visitan soldados borrachos que toman su negocio por un burdel. Este, por lo menos, está sobrio y ha venido a comprar. Insiste:
―El hombre que yo busco es cultivado, habla griego y también hebreo. No habrás visto a muchos como él.
―Pero sí he visto a muchos como vos ―dice Nassar con indisimulado hastío―. Un hombre pierde la paciencia, vende lo que deseaba conservar y entonces acude a mí, desesperado. O quizá nunca lo vendierais y os lo robaran, o puede que él huyera. Huyen muchos últimamente, es como una enfermedad contagiosa. Hasta los esclavos más mansos se están volviendo osados desde que ese bárbaro agitador y su horda de piojosos se amotinaron en el nor…
Una bolsa de monedas aterriza pesadamente sobre los documentos que Nassar repasa con tanto celo, cortando en seco su airada sarta de quejas. Es una bolsa pequeña, del tamaño de un puño, pero cuando la toma con las puntas de sus dedos cargados de anillos, el esclavista comprueba que pesa. Oro, le dicen sus dedos, que son la balanza más precisa que conoce.
Sus ojos se alzan finalmente hacia quien tan aparatosamente reclama su atención. Y lo que encuentran entre el cambiante claroscuro que arroja la única lámpara de aceite es la mirada de un halcón.
―Las circunstancias en las que lo perdí no te incumben ―le dice el romano de forma cortante―. Quiero recuperarlo. ¿Puedes ayudarme o no?
Su voz autoritaria había inducido a Nassar a pensar que hablaba con alguien de más edad, pero se trata de un hombre joven. Bajo el brillo del sudor y la película de hollín y polvo del camino se adivina un rostro de unos veinticinco años, bien afeitado y bien proporcionado, adornado por los graciosos hoyuelos de alguien proclive a la sonrisa. Quizá lo fuera en el pasado. De hecho, con un buen baño y un par de noches de sueño que borrasen las terribles ojeras que enmarcan sus ojos, sería sin duda un bello joven. Tiene el cabello oscuro y rizado y los ojos verdes.
Y tiene, eso seguro, más oro del que contiene aquella bolsa. Nassar no suele tratar directamente con aristócratas, sino con sus criados y sirvientes, pero sabe reconocer a uno cuando lo tiene delante aunque se le presente envuelto en andrajos de campaña y apestando a caballo. Es por esa soberbia que a todos les rezuma por los poros, ese aire de superioridad de quienes están acostumbrados a mandar y a ser obedecidos.
―Habla ―le ordena el joven ahora que cuenta con su atención―. ¿Has visto al hombre que busco?
―Tal vez. ¿Qué más podéis decirme sobre él?
―En Roma fue escriba y asistente de un senador. Maestro, médico..., poeta.
―¡Qué dechado de virtudes! ¿Cómo no ibais a querer recuperarlo? ―dice el tratante con indisimulada sorna―. Imagino que un esclavo como ese no estaría marcado…
En su experiencia, que es mucha, no suelen estarlo, pero el romano le responde sacando de entre los pliegues de su ropa algo que arroja sobre la mesa con el mismo desprecio con el que arrojó el oro. Se trata de un anillo de hierro. Los anillos con los que Nassar se adorna los dedos son de oro y gemas preciosas, pero son baratijas en comparación con el que el joven ha dejado caer frente a él. Se trata de un sello familiar.
―Mi señor Courfeyrac ―dice el esclavista en un tono distinto, más cauteloso. No es lisonjero, no es un hombre que se arrastre, pero empieza a preguntarse si el oro de este patricio merecerá la pena. Si las cosas no estuvieran como están por culpa de la guerra y su negocio no se estuviera yendo a pique…―. Regento un negocio respetable y legal ―le asegura a su visitante―. Selecciono a mis proveedores con el máximo esmero y os garantizo que nunca he comprado esclavos robados ni huidos. Si el hombre que buscáis…
―Te creo ―lo corta el romano en un tono que sugiere que la legalidad de su negocio le trae sin cuidado alguno―. Dime, ¿lo has visto o no?
―He visto… una marca como esa ―responde Nassar mientras recoge el anillo para ver el emblema de cerca―. Pero no recuerdo bien al esclavo. Vendo mucho, como he dicho, pero estoy seguro de que…
Nassar no es ningún necio y se ha conducido con una buena dosis de cautela, pero ni toda la prudencia del mundo lo ayuda a anticipar la reacción del romano, que se adelanta de golpe y lo arranca de su silla, empujándolo contra su caro escritorio y agarrándolo por el cuello de sus vestiduras de seda. El contenido de la mesa se precipita al suelo provocando un estruendo de metal y cristales rotos.
―Escucha, miserable ―sisea Courfeyrac con su cara a un palmo de la suya―. Me da igual que seas un contrabandista o un maldito pirata, pero si vuelves a mentirme te juro por los dioses que eso será lo último que hagas.
―Aggh... Aso.... ―logra graznar el egipcio.
―Aso, quédate donde estás ―le advierte Courfeyrac al esclavo que está a su espalda, un formidable tracio que guardaba la puerta del egipcio y que ha irrumpido alarmado por el estrépito―. O aquí mismo acabaré con tu amo y haré de ti un hombre libre en lugar de un lamentable guardaespaldas.
El tracio duda. El romano acaba de amenazarlo y ni siquiera tiene un arma en la mano, pero…
―Esclavista ―dice Courfeyrac con voz envenenada―, tú mismo lo has dicho: soy un hombre desesperado. No juegues conmigo, ni se te ocurra. Te lo preguntaré por última vez. Piensa bien antes de hablar porque podrían ser tus últimas palabras.
Pues claro que no estaba marcado, comprende Nassar. Los de esa clase nunca lo están. Debió confiar en su intuición, pero le pudo la codicia, maldita sea. Y malditos sean César y sus perros, maldito Pompeyo y malditos los hijos de la loba Roma, que de amamantarse de violencia y guerra matarían a un hombre por tan poca cosa. Por un esclavo...
―No... ―dice con los dientes apretados―. No he visto a tu esclavo, no.... ¡No!
Courfeyrac lo libera con brusquedad, dando un paso atrás como si se sintiera asqueado, y el tracio, Aso, se adelanta de forma amenazante con media espada desenvainada.
―¡Alto! ―lo detiene su amo―. Eres un inútil. ¡Fuera! ¡Ahora!
El romano es un patricio y, por fuerza, un maldito oficial. La ciudad, que ahora es de César, lo es también de sus capitanes. Si lo toca es hombre muerto. Y el romano, mal rayo lo parta, lo sabe. Ha recogido su anillo y su bolsa de oro. De ella extrae una moneda que deja, de forma deliberada, sobre el arruinado escritorio.
―Esto por tus ojos ―le dice a Nassar―. Y por tus oídos.
―Ahórrate tu oro, patricio. Tu esclavo está en el norte, como todos los que se han amotinado, y acabará crucificado más tarde o más temprano.
Pero el romano actúa como si no lo oyera. Se ha girado para marcharse y, mientras aparta la pesada cortina, le dice:
―En el monte Palatino está la casa del senador Gillenormand. Si averiguas algo, cualquier cosa, envía allí tus noticias. Dáselas al nieto del senador o a su esposa. Ellos te pagarán de mi parte.
La cortina cae tras él cuando sale.
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Ha tardado muy poco, piensa el niño cuando ve salir al soldado al que ha conducido hasta allí. No tiene ni que preguntar para saber cómo le ha ido, pero siempre es bueno ser amable con el cliente, así que…
―¿Ha habido suerte, amigo? ―Como se esperaba, el soldado niega con la cabeza―. Bueno, pues este era el último sitio, ejem…
Extiende una mano con descaro y el soldado deposita en ella el dinero prometido. El niño le devuelve la brida de su caballo y muerde las monedas una a una antes de asentir.
―Todo en orden ―dice mientras las pone a buen recaudo―. Si puedo ayudarte en algo más…
―No, chico.
―¿Seguro? ―insiste el niño mientras empieza a seguirlo―. Porque tienes pinta de necesitar un trago y yo conozco el mejor sitio. Te puedo llevar.
No le dice que se trata de la taberna de sus padres, y tampoco se sorprende mucho cuando él declina su ofrecimiento. Tanto mejor. La vieja bruja y el charlatán borrachuzo le hubieran sacado hasta el último cuarto, y aunque eso los haría lo bastante felices como para dejar de amenazar con venderlo como a sus supuestas hermanas durante un día o dos, lo cierto es que este soldado le cae bien. Le ha dado dinero sin regatear y no lo trata a puntapiés como casi todo el mundo.
―Bueno, ¿y ahora qué vas a hacer?
Él no le responde. Parece estar haciéndose esa misma pregunta.
―Si yo fuera tú, iría al norte ―le sugiere el niño―. Todos los esclavos van al norte, ¿sabes?
―Lo sé.
―Pero no puedes ir, ¿no? Tienes que quedarte aquí con el resto de las legiones.
El comentario hace que el soldado lo mire de reojo, pero nada más. Pronto devuelve la vista al mar junto al que caminan, abrazado por el rompeolas sin terminar y sembrado con los restos flotantes de su rápida aunque inútil construcción. La estructura no ha podido evitar la huida de las naves y en los muelles no quedan más que amarres vacíos, desperdicios y viejas redes de pesca que las gaviotas picotean. El niño nunca ha visto el puerto tan desierto. No son solo lo barcos; los marineros también han desaparecido. Y los comerciantes, los pescadores, los carpinteros, los estibadores…, todo el mundo excepto las prostitutas, que se exhiben osadas junto a los almacenes llamando a los soldados que deambulan ociosos por los muelles.
―Además, si fueras allí te matarían ―sigue meditando el niño, que se anima de pronto al ocurrírsele una idea―. ¡Pero podría ir yo! Mira, te propongo algo: si me pagas el viaje, preguntaré a todos los que vea, y si encuentro a tu esclavo le diré que lo estás buscando. ¿Qué me dices? ¿No es un buen trato?
―¿Por qué quieres ir al norte? ¿Estás buscando problemas?
―¿Y qué si los hay? Sé arreglármelas. Ya tengo doce años.
El soldado sonríe para sí mismo, aunque no es una sonrisa alegre.
―No los tienes.
El niño suelta un resoplido ultrajado.
―Bueno, ¿y qué? Soy alto para mi edad.
―Qué va.
―¡Ja! Te crees muy importante porque vas de uniforme y tienes un caballo, pero la verdad es que tus generales te han dejado aquí mientras ellos se ponen a salvo. Pompeyo y César tienen miedo del ejército de Apolo, por eso se han ido en sus barcos.
El soldado lo mira como si aquella fuera una idea nueva para él. Nueva, hilarante y trágica.
―¿Cómo te llamas? ―le pregunta entonces.
―Gavroche ―responde el niño alzando el mentón.
―Escucha, Gavroche, te diré la verdad ―murmura el soldado, deteniéndose―. No hay ningún ejército al norte, solo un puñado de esclavos que han escapado. Y no son decenas de miles, como se rumorea, ni es cierto que hayan derrotado a una legión. Y, desde luego, su líder no es Apolo ni es un dios. Es un hombre corriente, nada más, y él y todos los que lo siguen van a morir.
El niño, Gavroche, lo mira sin parpadear. No es lo que el soldado acaba de decir, sino la expresión que hay en sus ojos al decirlo. Es la mirada de alguien que está dolorosa pero absolutamente seguro de que está diciendo la pura verdad.
―Pareces un chico listo. No creas todo lo que oyes.
Pero el niño, superada la conmoción, sacude la cabeza y recobra su aplomo.
―A pesar de todo, creo que ellos os vencerán ―dice con rotundidad―. Pero no tengo nada en tu contra, así que espero que no te maten. Y también espero que encuentres a tu esclavo. Es decir, si es que él quiere que lo encuentres.
Por primera vez desde que se han conocido, el soldado le ofrece una sonrisa genuina, aunque breve, que ahonda los hoyuelos de sus mejillas.
―Gracias. Que tengas suerte tú también.
―¡Hasta la vista, amigo! ―dice el niño, y echa a correr. Acaba de divisar a un grupo de soldados que parecen sedientos y muy necesitados de un guía hacia la mejor taberna de la ciudad.
―¡No vayas al norte! ―oye decir al soldado mientras se aleja.
Pero Gavroche no le responde. Es difícil para un niño no dejar volar la imaginación al oír historias de valor y heroísmo, y él solo tiene diez años. Diez, no doce. Le ha dicho “hasta la vista”, y ¿quién sabe si no se volverán a encontrar? Tal vez lo quieran así los dioses, si es que existen, o tal vez exista algo más, alguna fuerza que guía a aquellos destinados a encontrarse en esta vida. Las vidas de las personas son como las redes abandonadas en los muelles: hilos que se cruzan, se separan y se vuelven a cruzar.
Alpes occidentales. Ruta hacia Hispania
Muchas millas al norte, allí donde los caminos se ocultan bajo nieves perpetuas y el hielo vuelve impracticables los pasos de montaña, ojos azules vigilan el desfiladero entre los riscos. Es un hombre corriente, nada más, pero la capa que lleva sobre los hombros y que se derrama como ríos de sangre sobre los blancos costados de su caballo perteneció a un oficial romano que ya no vive para contar lo que vio: que, sin duda alguna, fue el mismísimo Apolo quien lo mató.
Él conoce a este dios por otro nombre distinto. Su pueblo lo llama Belenos, dios del sol y del fuego. Aunque civilización sea una hermosa palabra y una bella idea que contemplar con admiración, Roma es su enemiga y sus dioses no le favorecen.
Junto a él, un grupo de jinetes aguarda entre la ventisca. Van envueltos en gruesas capas para protegerse de la mordedura del aire gélido y contienen con mano firme las riendas de sus caballos. Todos menos uno, que se inclina cruzado de brazos sobre el pomo de su silla con la capa echada sobre un hombro. En su muñeca derecha se distinguen los trazos borrosos de un viejo tatuaje. Es él, con sus agudos ojos verdes, el primero que ve a la figura que corre hacia ellos entre las espirales de nieve.
―Ya vienen ―jadea el explorador al alcanzar al grupo, y se apoya en las rodillas para recobrar el aliento―. Unos doscientos. Veinte jinetes, el resto a pie.
Ellos no son más de cincuenta, pero van a caballo y un jinete diestro cuenta por diez hombres a pie; por más si se sabe escoger el terreno. En campo abierto serían presa fácil, pero allí, donde los riscos los ocultan y el viento les favorece, son lobos entre corderos.
―Enjolras ―lo apremia uno de ellos―, ¿qué hacemos?
Enjolras sigue mirando el desfiladero, donde la ventisca eleva las nieblas heladas hacia el cielo gris plomizo. La caravana ya es visible en la distancia. Doscientos hombres, veinte a caballo. Eso, sin contar a los esclavos que forman parte de la carga. A él también lo llamaron esclavo una vez, pero se rebeló contra quienes se hacían llamar sus amos y hará lo que ha hecho siempre desde entonces: lo que sea necesario.
