Chapter Text
El reloj daba las 10:26 de la noche. Los vientos fuertes de la tarde ya se habían convertido sólo en ráfagas ocasionales que despeinaban su cabello en ese balcón.
Sus ojos observaban el brillar de algunas estrellas y, por un momento, se preguntó si él estaría viendo las estrellas también, si eso podría conectarlos de algún modo. Después, Héctor recordó la existencia de la diferencia de husos horarios; recordó que las 10:26 de la noche en Ámsterdam serían la 1:26 de la tarde en California; era imposible que él pudiese ver las estrellas en ese momento, así que el romanticismo perdía sentido, y de nuevo se preguntaba por qué estaba romantizando pensamientos acerca de él. Tenía que quitarse esa costumbre ya.
Bajó la vista hacia la avenida junto al hotel de nuevo.
—Te ves triste —mencionó Diego, quien llegaba del interior de la habitación con una sonrisa amable bajo sus ojos curiosos. Vaya niño; las horas en que llevaba junto el equipo, se pegaba a él y a Andrés como una mascota sin dueño desde que acababa el entrenamiento.
—No, no es eso, Diego —sonrió—. No te preocupes.
El menor se quedó en silencio por un rato, pero volvió a hablar ante la incomodidad de estar callados.
—Se ven muchas estrellas, ¿no?
—Sí, güey. Hace un tiempo que no las veía así. Cuando era chico, las veía mucho: en Culiacán, no había nada de luces, de carros... era un lugar muy tranquilo.
—Así era también donde yo vivía.
—¿De dónde eres tú?
—De Villahermosa.
—¿Eso es…?
—Tabasco.
—Ah, Tabasco. ¿No eres del D.F. entonces?
—No, güey —sonrió el más joven, como si fuese obvio. A pesar de haber compartido un par de convocatorias, Héctor claramente no sabía mucho acerca de Láinez— De hecho, me mudé a la Ciudad desde que tenía trece, pero todavía me acuerdo mucho de Villahermosa.
—Ah, disculpa. La verdad es que no me he puesto a platicar mucho con los más chicos.
—Tengo veinte —río—, pero está bien, yo tampoco hablo mucho con los otros. De hecho, sólo conozco a Andrés, los demás no me hablan mucho.
Sonrió, aunque no parecía tan feliz por lo que había dicho. El más joven se recargaba ahora junto a él, en el balcón de la habitación que estaban compartiendo. Usualmente, él compartía cuarto con Javier Hernández; Diego se quedaba con Guardado que era su compañero de equipo en España, pero esta vez, debido a la ausencia de Hernández, Andrés había decidido que Diego y Héctor se quedarían juntos.
Y Héctor suponía que el menor iba a preferir quedarse abajo conviviendo con el resto de jugadores de edades cercanas a la suya. En lugar de eso, estaba ahí con él desde hacía poco más de hora y media. Ya lo había ignorado durante un rato, distrayéndose en su teléfono, ya habían visto la televisión, queriendo perder el tiempo, pero para ese punto se sentía casi como su niñero.
—... Ah, vaya. Sí, te entiendo, yo tampoco me llevaba mucho con los demás cuando tenía tu edad. Sólo con algunos de ellos.
—Tú y Andrés eran amigos.
—¿Eh? Ah, sí, ¿por qué lo dices?
—Me ha contado —dijo el más chico, encogiéndose de hombros.
—¿Qué dice ese güey de mí? —bromeó con una sonrisa— para partirle su madre.
Diego movía la pierna en la que no se sostenía de un lado a otro con ese gesto divertido en el rostro.
—Nada malo, dice que eras el menos desmadroso de los de su edad. Me contó una vez de un día que salieron todos en la noche en Estados Unidos y tú los regresaste en taxi a él, a Gio y a Jonathan.
Sonrió ante el recuerdo. Los Dos Santos olían tanto a alcohol que había tenido que lavarles la boca él mismo apenas llegando al hotel. Ninguno de los dos quiso vomitar, pero Andrés y él se las arreglaron para pasar desapercibidos hasta su habitación a pesar del mal estado de tres de los cuatro. El regaño jamás llegó en esa ocasión por ser un buen amigo, pero cuidar del resto cuando salían tampoco era su actividad favorita. No se consideraba a sí mismo el más responsable, pero siempre había preferido no llamar la atención más de lo necesario.
—Si, eso sí pasó. No creas, Giovanni y Jona siempre han sido más… problemáticos y, no mames, no podía dejarlos solos. Hay que hacerse amigo de los compañeros, porque quedándote solo no llegas a ningún lado.
Ya estaba sonando como un padre.
—Creo que sí. En sí, no es que no quiera tener más amigos, es que no soy muy bueno haciéndolos. Todo mundo siempre es más grande que yo, y los que sí son de mi edad, se hablan más entre ellos que conmigo.
—Sí, te entiendo, yo tampoco soy el mejor haciendo amigos.
—Sí, aunque supongo que es más fácil cuando ya tienes muchos años jugando con la selección —bromeó. Héctor sonrió, empujando ligeramente el hombro del más bajo— Es decir, no quiero decir que seas viejo, me refiero a que eres… bueno, tienes más experiencia.
—Bueno, tú no vas por mal camino. Ya juegas en Europa, y en la liga española, eso es lo más importante. Los amigos vendrán solos después.
Diego rió de nuevo, cubriendo con las mangas de su sudadera las manos en una posición ligeramente más relajada de la que había estado antes. Héctor no sabía mucho de lenguaje corporal, pero entendía que Láinez tal vez se esforzaba por tener tema de conversación. Antes de ese momento, ni siquiera tenía idea de que Diego no hablaba tanto con el resto de jugadores jóvenes, pero podía entender lo difícil que era hacerse de amigos en un grupo donde los jugadores podían rotar tanto.
El viento sopló, haciéndole subir el cierre de su sudadera hasta el cuello: trató de mirarlo para hacer la convivencia más amena.
—Supongo que sí. De cualquier modo, me gusta mi equipo. Es increíble jugar en la misma liga que Messi o Sergio Ramos.
—Uy, lo sé, yo también tuve mi tiempo ahí... —sonrió— ¿A dónde quieres ir después? Porque quieres ir a otro equipo después, ¿no?
—¿Eh? Uh… Bueno, claro, pero creo es difícil adelantarme a eso, tendría que ver qué tal me va primero en donde estoy y...
—Bueno, pero, si fuera tu decisión, ¿tú qué quisieras?
Láinez meditó la pregunta por algunos segundos, antes de contestar finalmente:
—Bueno, he pensado que me gustaría ir a Inglaterra o venir aquí a Holanda. Me han dicho que en Holanda es fácil que te tomen en cuenta siendo joven, pero me gustaría ir a Inglaterra y jugar con Raúl.
—¿Jugar en su equipo? —el menor parecía realmente ensoñado en la idea cuando la había comentado.
—Sí, creo que sería un buen movimiento estar con él, ahí en Wolves.
—Creo que podría irles bien en el mismo equipo, eso quiere el Tata.
—Yo también lo creo, cuando estoy aquí me siento muy bien jugando con él —sonrió, mirando al suelo.
—Uh, hasta suena como si te gustara.
—Sí, un poco.
Héctor no había dejado de observarlo, pero con el comentario, esa expresión se transformó en una más bien confundida.
Diego le devolvía la mirada casi instantáneamente con los ojos más abiertos que nunca. En un milisegundo, el menor se preguntó a sí mismo por qué había dado una respuesta tan estúpida, pero es que ni siquiera lo había pensado.
—¿... cómo? —preguntó Héctor.
—No, o sea…
—¿De qué ‘‘sí’’?
—No, no, o sea, no quise decir que me gusta. ¡No! Más bien, no dije que me gusta, no me gusta.
—¿Sólo se te hace guapo? —bromeó.
—Sí, es decir ¡No! ¡No, no, tampoco eso! No, no me gusta Raúl, no me gusta, no se me hace guapo, o sea, no ¡No quise decir que me gustan los hombres!
—Pero no dij…
—¡No…soy gay! O sea, no, más bien, no soy gay, es decir, yo no…
—A ver, Diego si te gustan los hombres…
—¡No quise decir eso!
Diego ni siquiera se había detenido a fingir que era un error o hacer un mal chiste. No había sabido reaccionar ni actuar lo suficiente: su voz sonó tan nerviosa y sus mejillas estaban tan enrojecidas que estaba perfectamente delatado por sí mismo, y ahora los ojos de Moreno analizaban su rostro como si hubiese dicho exactamente lo que esperaba oír.
¿Por qué? Porque Héctor no lo prevenía, y estaba seguro de que cualquier otro jugador hubiese pensado que era un comentario sin importancia y probablemente una estupidez, pero Héctor no, porque reconocía perfectamente la expresión de Diego. Porque, alguna vez, Héctor también había sido un cúmulo de nervios con un secreto muy importante que ocultar.
Héctor lo había entendido en un comentario, una mirada de espanto y un gesto corporal de haber metido la pata. Había sido todo tan específicamente familiar, que no pudo evitar recordarse a sí mismo. Y es que la mala suerte de Diego hizo que, entre todas las personas con quienes pudo equivocarse, se equivocó con alguien a quién específicamente le había pasado alguna vez, casualmente, cuando el Venado Medina le hizo casi exactamente la misma pregunta en 2010:
—¿A dónde te vas a ir después de estar ahí? —Le pregunta Alberto, con un puñado de Sabritas en la boca. Héctor no puede dejar de ver las sobras que caen en la cama y se pregunta si va a dormir ahí con todo eso. Piensa en que van a picarle en la espalda y que si alguien fuese a lamer su espalda sabría a Sabritas.
Héctor se detiene inmediatamente en por qué está pensando en lamer la espalda de Alberto.
—Uh…
—Te hablo, güey.
—¿Eh?
—Pinche Moreno, güey, no chingues. Te pierdes, cabrón, ¿En qué andas pensando?
—No, nada, güey.
—Te digo que ¿a dónde te vas a ir cuando salgas del ese equipo donde estás? Porque no te vas a quedar mucho ahí ¿Verdad?
—¿Por qué no?
—Estás morrillo, güey. Y ya saliste de México, no mames, a muchos se les va el tiempo y nunca salen de aquí — dice, cambiando el canal de la televisión— ya saliendo tienes que aprovechar. Ahorita hay un chingo de gente que cree que ustedes, los que ganaron el mundialito en Perú, van a lograr cosas importantes.
—Con el quinto partido me conformo, la verdad — Sonríe Héctor.
—No, güey, pero ahorita que el Chicharito va a rifarse con el Manchester United, ustedes también tienen que hacerlo. Son la próxima generación.
El nombre del joven delantero le ha sacado una sonrisa. Tuvo una terrible suerte de que esa noche no hubiesen podido quedarse juntos por no elegir pronto habitación, pero seguro al día siguiente cambiaría de compañero.
No es que Alberto fuese el peor, pero le pone muy nervioso en ocasiones: la manera en que se expresa acerca de ciertos temas no concuerda con la suya, y aunque no iba a decírselo, en ocasiones hace las cosas demasiado incómodas. Además, Héctor nunca había aprendido a hablar con adultos y mucho menos con jugadores mayores, ni en la selección ni en su club. Javier, Carlos, Giovanni, Andrés, Memo; sus compañeros jóvenes le dan más confianza, tanta que, al parecer, ellos ni siquiera notan la parte tímida de su personalidad, a pesar de ser la clase de jugador que apenas reconocen los medios. Algunos compañeros, como Javier Hernández, con quien Héctor había comenzado a tener una amistad aún más cercana desde hace poco, parecen más que acostumbrados a tener largas y entretenidas charlas con él. Y lo cierto es que, de hecho, Hernández le llama la atención mucho más de lo que quisiera admitir.
En realidad, muchas personas le llaman la atención, pero ese detalle no es algo que sienta seguro contar a nadie.
—Pues eso espero. Yo creo que juego bien, pero quiero ver cómo me va en Holanda. Es una buena liga.
—Sí, güey, no te lo niego, pero pensando ya en grande, ¿A dónde te irías?
—Eh... No sé, no sé, es que hay varias ofertas —Héctor mira la televisión al frente, un programa de televisión en inglés. Él entiende apenas lo que dicen, pero Alberto sólo está perdiendo el tiempo. Desearía que hubiese algo en la televisión en español para distraerlo y así dejase de preguntar tanto.
—Yo de morro siempre quise irme al Real Madrid.
—Sí, estaría bien, pero antes quisiera ir a Italia o a Inglaterra. De hecho, he pensado que me gustaría ir al Manchester United, a jugar con Javier.
—¿Con Javier o con el equipo, güey?
—Bueno, con el equipo, con el equipo, pero quieras o no, todos necesitamos un amigo que... bueno, que esté contigo.
—No, ni madres, güey, pues para eso son las novias, no mames. Allá en Madrid hay unas viejas bien buenas y, con que les digas que eres futbolista, ya chingaste, güey. Con esas ya ni necesitas amigos, cabrón —bromea, con una risa que Héctor no puede contestar igual de alegre.
—Pues sí, también, ¿Verdad? Sólo digo que, estando los dos en el United, tal vez nos serviría para conocernos más y…
—Ah, cabrón ¿Para qué lo quieres conocer o qué, güey? —se rió el delantero, levantándose de la cama y dejando sobre ella las Sabritas. Héctor siente una incomodidad inexplicable al ver la cama sucia, pero no dice nada. ‘‘Así son todos los hombres” ¿No es así? —. Al chile, los nuevos luego son bien raros. Hasta parecen jotos tú y el Chicharito.
—¡¿Qué?! No mames, güey —trató riendo. Alberto cambia los canales de la televisión y Héctor agradece a Dios que no esté mirándolo a él y a lo enrojecidas que están sus mejillas. Agradece también que su piel es suficientemente morena para cubrir la vergüenza — qué estupidez.
—Sí, cabrón. Luego cómo se andan agarrando en los entrenamientos y nada más se la pasan juntos… a mí se me hace que a ti te gustan los hombres —dice, parándose enfrente de él. Héctor está sentado en la cama y trata de no ver a su compañero a los ojos. Observa a todas partes que no sean él, pero sospecha que el nerviosismo está siendo demasiado notable— ¿Te gustan los hombres?
El tono de voz de Alberto es demasiado amable como para sonar amenazante. No suena amenazante, en realidad. Parece más bien curiosa y real; Héctor sabe que ya no está preguntándolo como una broma, pero desearía que fuese así, porque son sus nervios y su inseguridad lo que lo sigue poniendo cada vez más nervioso.
—¿Por qué no respondes? —pregunta de nuevo Alberto.
¿Pero cómo supone responder, si ni siquiera él lo tiene completamente claro? Nunca le han gustado las mujeres, lo sabe, pero guarda la esperanza de que en algún momento suceda, al menos una, al menos un poco. No sabe qué debería responder, porque, aunque lo que debería decir es ‘‘no’’, algo en el ambiente se ha puesto demasiado serio de un momento para otro, y cree que tal vez, sólo tal vez, pueda ser un lugar seguro para decir ‘‘sí’’.
Alberto se escucha tranquilo, no asustado, y sólo tal vez, el delantero se comporte así porque tiene un amigo gay, un hermano, un primo, alguien que lo haga pensar distinto a lo que suelen pensar todas las personas. Sus pensamientos dan un vuelco cuando siente una de las manos de Alberto en su hombro, y de repente otra se acerca a su rostro. Su compañero levanta su barbilla y hace que lo mire a los ojos. Ya no es cómodo quedarse callado, en absoluto.
—No, no…
El delantero se le ha acercado tanto al rostro que Héctor siente su respiración de frente.
—A ver, güey, ¿de veras no te gustan los hombres? —le dijo a menos de un centímetro de chocar sus narices.
Héctor siente que apenas puede respirar, nunca había estado tan nervioso en su vida, está sudando y no sólo por el calor del Caribe; sus mejillas están ardiendo. Tragó saliva, ya no puede responder nada, los nervios no lo dejaron más que abrir la boca.
—N…
Alberto se le acercó tan lentamente que le pareció una eternidad, Héctor ladeo su rostro y sintió a sus piernas temblar, pero no pudo responder de otra manera: cerró los ojos y sus labios se acercaron a los del otro.
—No mames, cabrón ¡Tú eres un pinche puto!
Las manos de Medina le empujaron tan fuerte a la cama que sintió peor el susto que el golpe de su espalda contra la pared. Al abrir los ojos, el jugador del Guadalajara le miraba con una combinación de rabia y asco que jamás antes había tenido que ver. Y su corazón se sintió atravesado en un segundo por algo afilado y doloroso.
—Güey, perdón, yo…
—No chingues, güey ¡Qué puto asco, cabrón!
—¡No, no…!
—No, no digas mamadas, no digas mamadas ¡Yo desde que te vi me di cuenta, cabrón! —y Héctor ya estaba asustado, tan jodidamente asustado, que esas palabras cristalizaron su mirada. Alberto no dejaba de verlo como si hubiese asesinado a alguien— Yo sabía que eras maricón, güey.
—Te juro que no, es que yo no sabía…
—No, cabrón, no digas pendejadas ¡Tú me ibas a besar, hijo de la chingada!
—¡Güey, no! ¡No lo iba a besarte, es que yo pensé…
—¿Qué, güey? ¿Qué yo también era puto? No chingues, que asco, güey. Y te ibas a dormir aquí, cabrón, no mames, chinga tu madre, pinche joto.
—¡Güey, yo no iba a hacer nada, tú...!
—¿Y ahorita que me ibas a besar qué, cabrón? Ibas a andar haciendo tus pinches mamadas cuando nos durmiéramos ¿Sí o no?
—¡No, te juro que no!
—No digas pendejadas, que puto asco. Yo le voy a decir a Rafa que me cambie, no me voy a dormir con un pinche joto —habló, antes de salir azotando la puerta. Y aunque a Héctor le tiemblan las piernas al levantarse y las lágrimas brotan sin querer de las esquinas de sus ojos, corre tan rápido como puede detrás de él.
Alberto camina tan rápido que Héctor siente que cada segundo que pasa se le va un pedazo de vida, y los pensamientos sobre su futuro, sobre estar en la selección, sobre su carrera, se ennegrecen cada vez más. Su carrera está terminada, y será su culpa acabarla en un maldito minuto o menos, por una completa estupidez. Siente que está cayéndose su mundo entero frente a sus ojos, como si fuese una película, pero no lo es, porque en cuanto lo sepan todos, van a echarlo de cualquier equipo, sus compañeros van a odiarlo, su familia va a odiarlo, van a echarlo de la selección y su sueño estará terminado.
—¡Alberto, por favor, te lo ruego! —habló tan fuerte como pudo sin llegar a gritar, no quería que nadie más en las otras habitaciones despertase.
—No, cabrón, yo le voy a decir.
—¡Por favor, no! ¡Por favor! —cuando toma el brazo de Medina están casi afuera de la habitación que Márquez comparte con Andrés Guardado. A Héctor las lágrimas ya le llenaban los ojos.
—Quítame las manos de encima —dijo, empujándolo de nuevo— A mí no me toques, pinche puto.
La impotencia le hizo temblar las manos. Está tan molesto, tan herido, pero especialmente, tan jodidamente asustado, que no puede hacer más. Lo observa desde metro y medio de distancia llamar a la puerta y hablar con Rafa Márquez, mira también a Andrés junto a la puerta escuchando la conversación y no puede descifrar más que confusión y seriedad en su rostro. Andrés echa un vistazo afuera para verle llorando en la pared contraria, pero Héctor ya no puede siquiera detener el llanto para fingir.
Llora con una mano cubriendo su boca, tiene que secarse con el dorso y usar su camiseta como pañuelo, todo ello en el mayor silencio que puede porque, aunque el mayor secreto que había guardado por toda su vida se estaba yendo a la mierda, aunque su carrera tal vez estaba terminando por algo que ni siquiera quería ser, aún tiene que cerrar la boca para que en las otras habitaciones no escuchen. Lo sabe; no puede hacer ruido y no quiere hacerlo, es tarde en la noche y los demás están ya durmiendo. Héctor ruega por que nadie salga de una de ellas y vea el escándalo. Que nadie más le vea llorando, porque es la primera vez que lo hace frente a los demás seleccionados, y, ahora, tal vez sea la última.
No puede dejar de pensar, maldito el momento en que Dios lo hizo gay. Se lo repite una y otra vez mientras sus compañeros siguen discutiendo en la distancia y viéndolo como un fenómeno.
—Moreno —le llama Rafa—, vamos a su cuarto.
El rostro del capitán es serio, pero Héctor no tiene idea de lo que está pensando, porque usualmente luce furioso, y ahora no expresa más en el silencio de los cuatro jugadores mientras recorren el pasillo, los escolta hasta la habitación que suponían haber compartido él y Medina. Andrés que camina junto a él, está callado, pero tratando de encontrar su rostro cada cierto paso; él no puede mirarlo, no tiene cara para mirar a nadie en ese momento y hubiese preferido que Guardado no estuviese presente en todo ese problema, aunque entiende que para ese punto probablemente ya lo sabe todo
—Siéntate —le indicó Márquez cuando entraron. Héctor es el único que no está de pie; ahora, en la orilla de la cama, con la mirada fija en el suelo y sin más llanto que pueda salir de sus ojos, no le queda más que guardar silencio.
—Yo no me voy a quedar con él —adelantó Alberto.
—Espérate, güey —contesta el mayor— A ver, ¿Qué pasó?
Héctor levanta la cabeza, porque el silencio del otro parece decirle que la explicación le corresponde a él, pero ni siquiera puede pensar en una respuesta.
—Nada… —dice después de unos segundos.
—Diles, cabrón —le llama Alberto.
—No hice nada.
—Ese güey me iba a dar un beso. Es puto.
—¿Eso es cierto, güey? —pregunta Rafa— ¿Sí lo ibas a besar?
—No.
—¿Cómo no, cabrón? —Antes de que pudiese dar un paso, Márquez pone una mano en el pecho de Medina. Este retrocede,
—¿Le ibas a dar un beso, sí o no? —repite el capitán.
—No, es que él se me acercó y yo pensé que…
—Pensó que yo era puto igual que él. Ese güey es puto, de verdad. Yo ya sabía, desde que llegó, por eso no convive con los demás.
—¿Eso es cierto, Moreno?
—… ¿Qué?
—Que eres puto.
La palabra no le sienta bien. Nunca lo había hecho. Héctor siempre ha odiado esa palabra y nunca ha estado seguro de si es porque le tiene miedo o porque sencillamente no siente ninguna conexión con lo que representa. Pero le gustan los hombres ¿No es así? Sí, y lo sabe hace mucho. Lo sabe desde hacía años. Y ya lo habían descubierto, ya se había delatado llorando como cobarde. A quién va a engañar.
—Sí.
—¿Tú lo quisiste besar?
—No. Sólo lo hice porque pensé que él me iba a besar.
—Pinche degenerado... —interrumpe Alberto.
—Él se me acercó a mí para ver si era cierto que… —Tragó saliva, pero el silencio no perdonaba— que me gustan los hombres. Pero yo no me le acerqué. No le haría eso a nadie, yo ni siquiera quería que nadie lo supiera —Alcanzó a decir, con un hilo de voz
Márquez guarda silencio por un rato, que a Héctor le parece eterno y en el que nadie más se atrevió a decir palabra. Héctor apenas alcanza a ver discretamente cómo el capitán mira al techo con las manos en la cintura, mientras Alberto y Andrés cruzan los brazos sobre sus pechos. Rafa suspira después de un par de minutos.
—Moreno —llamó. El mencionado levanta la mirada— Mira, no vamos a hacer un pinche desmadre por esto. No estamos para esas pendejadas y yo no voy a dejar que desconcentres a los demás por tus problemas. A mi me vale madres lo que hagas con tu culo, pero no traigas tus mamadas a la selección.
Héctor asintió.
—Güey… —dice Andrés.
—Tú cállate ahorita, Guardado. A ver, cabrón, quiero que quede claro algo —dijo, dirigiéndose a Héctor— Este no va a ser un equipo de maricones. Si vas a hacer tus pendejadas, mantenlas fuera de la selección: este es un equipo de hombres y aquí te vas a portar como hombre ¿Me oíste?
—Sí…
—No vas a incomodar a nadie con eso. Quiero que de aquí en adelante entres después de los demás a las regaderas, nada de cariñitos con nadie, y en la cancha, si quieres jugar, vas a tener que demostrarlo, no esperes que por ser joto ya nadie va a pegarte allá afuera ¿eh?
—Y yo no me voy a quedar a dormir con él ya —habla Alberto.
—Pues te cambiamos, mañana veo eso con el profe.
—Yo me quedo con él —dice Andrés— No hay pedo.
—¿Seguro, güey? —pregunta Márquez.
—Sí, no hay pedo. De todas formas ya me he quedado con él en otras convocatorias.
—¿Qué tú también eres maricón? —pregunta Alberto.
—A ver, dame un beso y te parto tu madre, pendejo —respondió Guardado— No, cabrón, pero tampoco soy un pinche cavernícola para pensar que se me va a pegar.
Alberto le observa con molestia, pero la mirada de Andrés también es fuerte. Tiene los ojos de un capitán, a pesar de su edad.
—Yo no me confiaría de ese güey, ahí tú si te quieres quedar con el joto.
—Sí, güey. A mí no me da miedo hacerme joto, yo sé que no lo soy, pero no sé tú.
—A ver, ya. Ya, déjense de pendejadas —ordena el capitán— No vamos a hacer más problemas de esto. Andrés se va a quedar con Héctor, tú te quedas conmigo, güey —le habló al delantero.
—Que así sea ya de aquí en adelante…
—Ya, güey. Tú ya no te le acerques, Moreno.
—No —respondió rápidamente.
—Y tú, güey, no le vayas a decir a nadie —se dirigió a Alberto y a Andrés— Ninguno de los dos. Ni decirle, ni insinuarle, ni contarle nada a nadie, ni siquiera al profe, que si se sabe algo de esto yo voy a saber que fue alguno de los dos, voy a decir que los vi con él y yo mismo me encargo de que los cepillen de la selección y de sus clubes a ambos ¿Quedó claro?
Ambos asintieron.
—Y a ti tampoco se te ocurra decir nada, cabrón. A nadie del equipo le vas a decir que eres joto o te vas, es la primera y única vez que te lo voy a advertir. Ya te dije, a mí me vale madres si eres puto o no, pero no me vas a traer problemas al equipo ahorita que estamos en eliminatorias. Compórtate como hombre aquí o te vas a la chingada.
Héctor asintió sin decir más.
Esa noche no hubo muchas más palabras; no le dijo nada a Andrés más que ‘‘gracias’’, y evitó seguir conversando. Se acostó tan pronto como los otros se fueron de la habitación, con la vista hacia la pared y cerró los ojos tantas horas como le fueron necesarias para quedarse dormido.
Los recuerdos que cruzaron su mente cambiaron de inmediato su ánimo. Aquella no era una noche que se convirtió en un buen recuerdo, seguía siendo uno malo. Seguía siendo uno hiriente y un recuerdo de lo peligroso que había sido todo, de la suerte que tenía de seguir ahí y llegar a donde estaba. Jamás querría regresar a ese momento.
Y por un segundo, lleno de esos recuerdos, Diego y él se miraron con el mismo miedo, como un espejo al pasado, sólo que ahora no era Héctor quien había metido la pata. No quería que Diego lo sintiera así.
—Hey, tranquilo, güey…
—No, es que yo no, no… no quise decir eso, en serio, no…
—Diego, de verdad, no te preocupes, tranquilo. Está bien.
—No está bien, no quise decir eso.
—Primero cálmate, te estás alterando mucho.
—¡No es cierto! No estoy nervioso, es que no quiero que pienses que…
—No estoy pensando nada, cálmate, no estoy diciendo nada ¿De acuerdo?
—¡Pues no, no lo hagas, yo…! ¡No soy eso!
—Está bien, de acuerdo, yo no dije que lo fueras —retrocedió Héctor. El niño estaba tan nervioso que no sabía si era mejor acercarse o alejarse, ni siquiera sabía si estaba molesto o simplemente alterado— Tranquilo, no tienes que explicarme nada.
—No, no tengo nada que explicar.
—Morro, cálmate. No soy tu papá para que me cuentes, pero soy tu capitán, tampoco te emputes.
—¡Pues entonces no me preguntes de eso!
—Oye, yo no fui el que mencionó la palabra gay, ¿y si lo fueras qué?
—¡Son mis cosas!
—No tiene nada de malo serlo.
—¡Bueno, ¿y si lo soy qué?!
Ni siquiera pudo mencionar más; Diego corrió al interior de la habitación. Él entró tan rápido como pudo detrás, pero Láinez era mucho más rápido.
—Diego, oye ¡Diego! —le llamó. Apenas alcanzó a ver al menor tomar su sudadera de la cama y abrir la puerta para salir— ¡Diego!
Todo quedó en silencio después de unos segundos. Héctor estaba tan cerca de la puerta que podía haberlo seguido tan rápido como salió, pero no lo hizo. Perseguir gente por los pasillos le traía malos recuerdos y no quería hacer un escándalo.
¿Pero qué demonios le pasaba a ese niño? Claro que pensaba eso, pero al mismo tiempo, lo entendía perfectamente. Entendía que el momento en que otro descubría ese secreto se sentía como si el mundo fuese a acabarse, como cavar su propia tumba, y vaya que deseaba que Diego no lo hubiese sentido así, pero es que ni siquiera lo había dejado hablar.
Ni siquiera sabía si lo había dicho en serio, aunque con esa reacción estaba prácticamente seguro. Podía admitir que otra razón para no seguirlo era, especialmente, porque no sabía exactamente cómo reaccionar. Nunca se había preguntado cómo le hubiese gustado que reaccionasen los demás cuando lo descubrieron esa noche de 2010, pero sabía que al menos no estaba haciéndolo tan mal como con él lo habían hecho. Quizás le hubiese gustado tener apoyo. Quizás con eso hubiese sido suficiente.
Recargado en el marco de la puerta, apenas alcanzó a ver el elevador ocupado, pero prefirió entrar de nuevo. El niño iba a necesitar espacio ¿No es así?
