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Era algo sabido que Tatsuha dejaba a las artes místicas encargarse de muchos aspectos de su vida. O al menos intentar encargarse, porque su vida en general era un auténtico fiasco, y ni siquiera podía desquitarse porque (por lo que pudo evidenciar en su vasta experiencia) el vudú tampoco servía. O tal vez no lo había realizado bien, quién sabe. El punto era que faltaban pocos minutos para saber si su nueva adquisición realmente funcionaba: una poción de amor. Y no, no era ningún brebaje mágico formulado para Sakuma Ryuichi, sino una pócima que haría que alguien compatible a él se le acercara. Si su ídolo resultaba ser esa persona, el día sería un éxito. Y si no eran compatibles, pues… al menos usarla no lastimaba a nadie; solo se trataba de encauzar el destino. Además, tal vez encontraría a alguien con quien consolarse si su destino no era su ídolo. Quizás, porque llevaba una semana bebiendo diligentemente sus gotas diarias, y todavía nadie se había acercado. Solo porque aún no conocía a nadie compatible, claro, no porque las gotas no funcionaran.
—Mocoso, ¿todavía no estás listo? —El gruñido de su hermano casi hizo que soltara el frasco.
—Todavía necesito más tiempo. Podríamos bajar antes si me dijeras cuál de estos trajes me favorece más —le recordó, como si fuera su deber ayudarlo luego de que enloqueciera en medio de las compras. Tatsuha sabía que era mejor agradecer que accediera a comprarle todo en lugar de tentar su suerte, pero en serio estaba ansioso.
—El azul oferta, consiguiendo una ceja enarcada por el simple hecho de obtener una respuesta. Dudaba que estaba de humor porque él, su no tan preciado hermano, estaba de cumpleaños. No era que fue paranoico, pero Eiri no era de esos. Todavía se le hacía sospechoso que celebrase su cumpleaños con él, aun cuando había insistido en que lo hacía para conmemorar uno de sus bestseller, y así poder ahorrarse otra fiesta. Algo debía estarle ocultando. - ¿Por qué no te lo pones? Ya te di tu opción —Ah, sí, ese gruñido era más como él.
—Gracias, solo estaba dando un momento de silencio por tu gentileza.
El escritor volvió a gruñir, y esta vez Tatsuha tuvo el suficiente cerebro para apartarse de su camino y comenzar a vestirse. Siendo honestos, para él todos los trajes lucían igual de bien, por culpa de la mala suerte de jamás asistir a reuniones formales (en su familia todos eran especialistas para dejarlo de lado). Solo podía esperar que Eiri le hubiera dado una opinión sincera en el lugar de haber soltado cualquier opción al azar.
- ¡Se nos acaba el tiempo! Yuki, hay que bajar, ya están empezando a llegar a los invitados, tenemos que recibirlos —Los gritos de Shuichi conseguían ponerlo más nervioso, y eso que él ni siquiera tenía por qué quedarse con ellos a recibir a nadie.
—Bien, eso es todo. Nos vemos abajo, mocoso.
Hasta ahí había llegado la consideración fraternal. Solo el pelirrosa le echó un último vistazo antes de desaparecer, como si eso fue suficiente disculpa. No, lo que necesita era magia , magia de verdad para que el amor de su vida se le acercara. Después de todo, él tenía prohibido acercarse a Sakuma-san. Pero nadie le había prohibido al vocalista acercarse a él, ¿cierto? Así que esta poción era su única oportunidad hasta que viviera fuera del techo de su padre- no, hasta que todos se resignaran a que eran incapaces de controlarle para siempre, seguramente.
¿Cómo diablos se anudaba la corbata?
Si tan solo su hermano se hubiera quedado un par de minutos más…
Resignado, comenzó a rebuscar entre el equipaje del escritor. Con suerte, hallaría alguna corbata que hiciera juego con su traje, y tal vez la había dejado con el nudo hecho, acostumbrado a lanzarlas como era.
Encontró una. Si alguien miraba con detenimiento, sabría que no era del tono exacto, pero al menos estaba lista para ser usada.
Con un último suspiro dramático, se la puso y su mirada acabó por regresar a la pócima. Recordaba perfectamente aquella visita en esa tienda (que sí, tenía un aspecto algo estrafalario, pero sus compañeros de clase juraban que era confiable), y por más que recordaba las recomendaciones de la dependienta se acordaba mucho más de lo que le había dicho antes de irse:
“ Si quieres un efecto más potente, pon tres gotas en tu cuello. Eso sin duda atraerá la atención de tu pareja destinada ”.
Sí, estaba dándole vueltas de más, porque él estaba seguro de que su pareja destinada era Sakuma Ryuichi. Y no afirmaba esto solo por sus ansias de fan, sino por la profunda identificación y adoración que sintió por todo lo que sabía del vocalista. Pero sí, también tenía un terrible miedo por no ser más que un adolescente cualquiera de los tantos que babeaban por él y no llamar su atención en absoluto, así que optó por echarse las malditas gotas en el cuello de igual forma.
Antes de arrepentirse o sentirse más ridículo por depender de la magia para atraer a su ser amado, se encaminó a la recepción, luego de guardar el frasco en el bolsillo interior del traje.
Sakuma Ryuichi destacaba entre la multitud como un astro majestuoso con luz propia, iluminando todo el salón solo con el poder de su hermosa sonrisa. Eso y la maldita purpurina que lanzaba al azar a los invitados, para disgusto de Eiri. Aun así, a Tatsuha todavía le parecía el ser más adorable y puro del planeta, por lo que mantuvo a su hermano sujeto del brazo para que no fuera a asesinar al cantante, que probablemente no estaba haciendo esas jugarretas con malas intenciones. Solo quería divertirse y ¿quién podría molestarse en serio con él? Además del amargado de Eiri, claro.
- ¡Yuki-san! —Ah, su ídolo realmente no tenía un buen instinto de sobrevivencia. Si no, ¿cómo se le ocurrió acercarse a la persona que más parecía estarlo pulverizando con la mirada?
Mierda, ¡viene hacia aquí! - ¡Qué decoración tan sombría escogiste nanoda! Por suerte Kuma-chan siempre está preparado para alegrar el ambiente. ¡También trajo confeti para celebrar cuando hagas el brindis! —Anunció, y el moreno supo que aquella inocencia excesiva solo podía fingirse. Su estómago se revolvió por la emoción; por lo visto, tenían al menos las malas intenciones como punto común.
—Me alegra que disfrutes atormentando gente. Si nada de ese confeti cae en mi vaso, puedes proseguir —resopló el escritor. El cantante decidió ignorar hasta la última de sarcasmo, asintiendo alegremente.
—No te preocupes nanoda, tienes buena suerte. Kuma-chan y yo vamos a lanzarlos a lo alto, así que la suerte es lo único que importa, Yuki-san.
El menor no pudo evitar resoplar, sobre todo cuando vio los puños de su hermano apretarse. De hecho estuvo a punto de reírse en su cara, pero cuando sintió la atención del castaño puesta en él se le escapó el aire. ¿Era idea suya o había una intensidad inusual en sus ojos? ¿Estaba imaginándolo o realmente Sakuma-san se había incluido un poco hacia él? - No sabía que tenías un gemelo, por cierto.
- ¿Eh? —Por Buda, ¿tan insignificante era para él que ni siquiera recordaba que ya los empleados hace un par de años? Sintió que toda la emoción anterior escapaba, como si su pobre corazón fue un globo desinflado. No, reventado con alevosía.
—Mi hermano menor, Sakuma —corrigió, aunque sin quitarle los ojos de encima al desdichado monje, que todavía estaba demasiado aturdido como para reconocer la lástima en su mirada. Por más que le había advertido (él y medio mundo) que Ryuichi era un idiota egocéntrico incapaz de fijarse en otros fuera del ámbito musical, el mocoso permaneció obstinado en su tonta creencia sobre el destino, el amor verdadero y la supuesta sensibilidad del cantante. La realidad pegaba fuerte pero, con suerte, sería suficiente para que decidiera olvidarlo. - Ya sabes, el fan desquiciado que le roba a su familia para asistir a tus conciertos en primera fila. Seguro que también se vio más de una vez en eventos, y también te lo hemos presentado.
- ¡Solo fue una vez y pedí perdón! Hice penitencia también, aniki, por favor olvídalo —Maldición, ¿qué pretendía Eiri sacando a la luz algo tan patético? Sí, era cierto, pero al mencionarlo no podía evitar recordar que todas esas ocasiones estaban enmarcadas tanto literal como figurativamente como sus más preciadas memorias, mientras que para el vocalista de sus sueños no alcanzaban ni a ser un mísero borrón en sus recuerdos. Tenía ganas de irse a llorar escuchando las canciones más dolorosas de Nittle Grasper de fondo, para que ardiera más su herida.
- ¿En serio? Juraría que jamás habría podido olvidar a alguien como tú —El corazón del menor dio un vuelco positivo ante el reconocimiento, aunque al instante volvió a caer y terminó por fruncir el ceño. ¿Era realmente un cumplido o solo volvían a compararlo con su hermano? Es más, incluso si era un cumplido, ¿que acaso no era lo mismo que dedicárselo a Eiri y no a él? Vaya comentario más raro para soltar considerando cuánto discutían normalmente.
—Sí, entiendo… nos confunden bastante a menudo - ¿Se vería muy falsa su sonrisa? Todo lo que quería era desaparecer de este momento incómodo. Por más que hubiera fantaseado con esto, jamás fue de esta manera. Y a juzgar por la intensa mirada que recibió el mayor, debería haber dado cuenta de su conflicto.
—Oh, no me malinterpretes. Es cierto que se parecen, pero nadie que los conozca cometería un error así —sonrió, dándole nuevas esperanzas así de fácil. —Kumagoro piensa que donde Yuki-san es aterrador tú eres adorable nanoda —Que la suave patita de aquel conejo acariciara su mejilla fue el fin de su cordura. Después de todo, ese peluche pasaba toda su existencia en el glorioso regazo de Sakuma-sama. Poder sentirlo era el equivalente, la extensión de ser tocado por su ídolo.
Si su padre se enteraba de que acababa de comparar esta sensación con el nirvana, lo echaría de casa.
El escritor carraspeó ruidosamente para recordarles que seguía allí, si bien su presencia no era requerida. Ambos parpadearon, uno por sorpresa y el otro por feliz aturdimiento, y solo con ver aquello que decidió que no valía la pena ser mal tercio. Incluso prefería ir a hablar con el resto de hipócritas aduladores que andaba alrededor antes de que presenciar ese mal intento de romance.
—Me alegra saber que te doy suficiente miedo, Sakuma.
—Oh, no diría que el suficiente, Yuki-san —El desgraciado tuvo la audacia de volver a sonreírle. Pues bien, como fuera, esperaba que la cosa quedara en un lío de una sola noche, porque si el mocoso llegaba a tener algo formal con ese idiota, juntos le restarían más años de vida que el tabaco.
Se limitó a bufar antes de largarse, y Tatsuha apenas pudo murmurar una despedida mientras que el otro le decía adiós con su peluche, evidentemente complacido. Él también lo estaba, por supuesto (odiaba lucir vulnerable delante de él), pero por sobre todo le ganaban los nervios por ser abandonado a solas con Ryuichi. Si el efecto de la pócima era lo que estaba atrayendo o no era una gran interrogante… sin embargo, por sobre aquella cuestión estaba la auténtica pregunta: ¿qué diablos pensaste que ocurriría llegados a este punto? ¡Ni siquiera había preparado algún tema de conversación, y su mente estaba totalmente en blanco! ¿Acaso creyó que la pócima también haría que, mágicamente, tuviesen algo en común? Que fuesen compatibles, use o lo que fuera no significaba que congeniarían de inmediato, comenzaba a comprender. - Entonces… —La voz del cantante, suave y un poco profunda, envió un escalofrío por su espalda. - Dije que no le tengo miedo a él pero ¿debería de tenerlo con esto? No te veo muy interesado en mí nanoda.
- ¡Lo estoy! —Se apresuró a aclarar, detestándose al instante por lucir desesperado. Tomó una respiración larga antes de volver a tratar de fingir ser genial. - Digo, ¿no es obvio tras tantos años como fan? Tengo buen gusto y siempre me ha interesado, Sakuma-san. En todo sentido —añadió, en vista de que seguía sin parecer convencido.
El mayor se tomó su tiempo para contestar, viéndose como el perfecto ejemplo de ternura jugueteando con Kumagoro, como si el conejo también necesitara unos momentos para pensar. El pelinegro dudaba sobre si agregar algo más para indicar la dirección que quería que siguiera esta charla, mas acabó por morderse los labios para no arruinarlo de nuevo.
—Se me ocurre algo que puedes hacer para mostrarme ese interés, Tatsuha-kun —Vaya, sí recordaba su nombre, después de todo. El hecho le aliviaba tanto que tardó en registrar la posible implicación de esas palabras, y cuando lo hizo sus nervios regresaron con fuerzas renovadas. Por alguna razón, una propuesta así, cuando se encontraban rodeados de gente que podría oír la insinuación con más facilidad que él mismo, resultaba excitante de un modo culposo.
Él nunca había tenido gustos culposos, ni siquiera cuando debió llamarlos así. Tenía que disfrutarlo como merecía, por todo lo que había esperado hasta ahora.
—Espero que me permita demostrarle todo lo que quiero, Sakuma-san.
La sonrisa satisfecha del vocalista no se le pasó desapercibida, por más que fue reemplazada por una expresión más cándida. ¿Se estaba metiendo en la boca del lobo? Tenía la impresión de que pronto toda aquella fachada se vendría abajo, y era imposible saber si estaba listo para descubrir la realidad que solo se asomaba sobre el escenario.
—Kuma-chan está feliz de escucharlo nanoda —rio, demostrando que compartía la emoción al apurar su copa de champán. El Uesugi volvió a sentirse como un niño al notar que la única bebida que podía apurar era su vaso de jugo. Con suerte, la prisa evitaría la pregunta sobre su edad exacta. Y al parecer ésta le sonreía, porque el castaño ni siquiera miraba en su dirección sino hacia posibles salidas. Aquella impaciencia no le ayudaba a relajarse, pero podía ser un beneficio en otro aspecto. Tenía más que claro que lo que pretendía no sería salido de ninguna fantasía romántica, y estaba de acuerdo con obtenerlo si era todo a lo que podía aspirar. Era uno de los posibles resultados, de hecho, bastante bien entre las consecuencias de la pócima. Podía atraer a alguien que solo era compatible sexualmente. Y solo había que ver la prisa y diversión del otro para saber qué era lo que quería. Sus ojos azules, que ni siquiera lo veían directo a los suyos sino que recorrían su cuerpo con disimulo, no reflejaban la mirada ensoñada o cautivada que sabía que él mismo exhibía. Aun así, estaba bien con eso ¿verdad? Podía conformarse con cualquier cosa. Es más, debe alegrarse de que hubiera hecho efecto, aunque no fuera el que anhelaba.
- ¿Qué tal si comienzo mostrándole a Kuma-chan un camino secreto? Ya he venido antes a este hotel, conozco un lindo atajo por el jardín interior. Cuando lleguemos al ascensor ¿podemos subir a tu cuarto? Lamentablemente comparto habitación, así que no podemos ir al mío —Tal vez el guiño sobró, pero valió la pena hacer el tonto con tal de obtener otra sonrisa.
—A Kuma-chan le encanta el misterio nanoda —asintió, tomándolo felizmente del brazo. Tatsuha creyó que podría derretirse ahí mismo bajo su toque, ya duras penas evitó lanzarse a robarle el aliento.
Podía esperar. Un par de segundos, solo un par de segundos y podría devorarlo en cuanto desaparecieran los testigos. Era cuestión de imitar esa inocencia actuada, de parecer inofensivo hasta poder atacar. Los primeros pasos fueron aterradores, sintiendo las miradas ajenas sobre ambos. Sin embargo, antes de que diera el tercer paso ya varios ojos se han desesperado de ellos, probablemente conscientes de la manía del cantante de arrastrar gente a su antojo, o al antojo del peluche al que le gustaba culpar. Para cuando llegaron a las puertas corredizas, apostaba que solo tenían encima la resignada mirada de Eiri. Y en cuanto las atravesaron, solo eran los dos jugando a no mirarse a la cara, haciéndose los desentendidos y admirando las plantas. Dudaba que Ryuichi fue a recordar cualquiera de los datos sobre flores que estaba lanzando aquí, pero mientras más hablaba más sintió que iba recuperando el control, si bien no de la situación al menos de sí mismo. Él podía con esto. Podía seguir esforzándose por ser el chico confiado que siempre había sido, al menos por una noche más y aun si aquello gastaba todas sus fuerzas.
El beso que le dio el mayor apenas se cerró las puertas del ascensor reforzó su determinación. El apetito con que lo saboreaba, se relamía y dejaba entrar y salir su lengua como se le antojara hizo que le temblaran las piernas. Parecía tan egoísta y caliente a como se rumoreaba, entre aquellos fanáticos que tuvieron la dicha de ser usados por él. Pronto sería uno de ellos. Desechado también, sí, cosa que le impedía entregarse al cien por ciento. ¿Habría alguna forma de vender su imagen? ¿Existía una promoción lo suficientemente convincente como para hacer querer volver a él? Le costaba encontrar el ritmo con tantas preguntas revoloteando en su mente, fastidiando el momento y entorpeciendo sus ganas.
- ¿Está bien aquí? ¿No hay cámaras en el ascensor?
- ¿Qué importa? No hay silencio que no se pueda comprar —acalló posibles protestas con nuevos besos, y el moreno acabó por enmudecer al sentirlos avanzar por su cuello. - Me encanta como hueles, ¿qué perfume usas? —El susurro que acarició su oído se fue tan pronto como llegó, haciéndole saber que poco importaba su respuesta. Y él sabía que no era exactamente perfume lo que tanto le gustaba, así que prefirió morderse el labio a contestar, y soltando el aire de a poco, esperando no sonar como los suspiros de un adolescente desesperado, esperando no parecer lo que era realmente. - Vaya, haces que me sienta ansioso, chico. Envidio tu autocontrol —comentó para gracia suya, asumiendo mal su falta de reacción. - ¿Debería hacer algo para animarte o solo quieres esperar a llegar hasta la cama?
—Prefiero mostrarle un par de cosas con verdaderas puertas cerradas —negoció, acariciando con falsa coquetería su cabello. Suave cabello, sedoso y con un aroma naturalmente seductor, a diferencia suya. Realmente tenía todo para vaciar su cabeza.
Un solo instante permitiéndose disfrutar le regaló otros tantos más de besos, que apenas consiguió registrar. ¿En qué momento salieron del ascensor? ¿Cuál era el número de la habitación a la que entraron y cuándo lo hicieron? Poco le importaba no saberlo. Todo en lo que podía concentrarse era en lo adorable que lucía el otro abandonando a Kumagoro en el sofá de la entrada. En él no quedaba fuera de lugar guiñar el ojo. En él incluso soltarse la corbata tenía niveles nuevos de sensualidad. Por un segundo volvió a cohibirse, pero con la misma facilidad abandonó la sensación; seguro que Ryuichi era consciente de su superioridad erótica, y quizás ni siquiera se fijaría lo suficiente en él.
- ¿Te importa si empiezo yo? Quisiera lucirme con un fan tan lindo —Maldición, claro que sí. Asintió frenéticamente, y aunque se puso en vergüenza por sus ansias prefirió no lamentarse al obtener una suave risita. Todo en él era adorable. Ojalá pudiese demostrarle lo dispuesto que estaba no solo causando gracia, sino deseo.
—Puede hacer lo que quiera conmigo, Sakuma-san —Se dejó caer en la cama de la forma más tranquila que pudo, esperando que sus piernas abiertas fueran suficiente invitación para que se acercara. Ryuichi lo hizo de inmediato, sin siquiera mirar su rostro y solo enfocado en desvestirle.
No habría resultado tan decepcionante si justo entonces la poción no se deslizado de su bolsillo.
- ¿Hm? ¿Qué es esto? —El ansia voraz que lo había dominado hasta ahora cedió el paso a una curiosidad genuina, más inocente, mucho más tranquila que el terror que sintió Tatsuha al ver la pequeña botellita derramándose sobre sus pantalones. Eso era muy malo, ¿verdad? Después de todo, la poción había demostrado ser efectiva, al menos el día de hoy, al menos con el vocalista… - ¿Tatsuha?
Mierda, ¿qué podía contestarle? ¿Contarle todo disminuiría el efecto mágico? Era la única forma de protegerlo que se le ocurría, aunque tristemente debería que ponerse en vergüenza. Se cubrió la boca por un momento, abochornado solo por pensar en su confesión, pero convencido de que si la única forma de cuidar de su ídolo era sacrificando su dignidad estaba dispuesto.
-Lo siento. Si quiere parar lo entiendo, yo… en realidad yo…
- ¿Parar? —Atrás quedó la breve interrupción provocada por la pócima. Sus ojos, oscuros e insondables, perforaban los suyos haciéndole arrepentirse de sus palabras, retractarse, aunque por sobre todo enmudeciéndole. Un escalofrío recorrió su espalda, y sin darse cuenta se inclinó hacia atrás, alejándose un poco. ¿Siempre había sido así de intimidante? ¿Fuera del escenario? - ¿Quieres que me detenga?
—No —confesó, y hasta ahí llegó su valor para sostenerle la mirada. - Pero usted en realidad no quiere estar conmigo, Sakuma-san - ¿De qué forma razonable podía explicarse su absurdo plan para seducirlo? Dudaba que creyera en cualquier tipo de arte mística, la gente en general era bastante escéptica. ¿Y si a pesar de escucharlo lo desestimaba como una superstición e insistía en seguir?
Lo cierto era que ahora, ahí y más cerca que nunca de estar con él, quizás en la única oportunidad que tendría, de repente se sintió culpable por haberlo conseguido por medios como este. Su ídolo merecía algo mejor. Incluso si esto reafirmaba que eran compatibles, no estaba haciendo ningún mérito para estar con él.
—Por supuesto que quiero estar contigo. ¿No se nota? ¿Quieres que lo demuestre más? —Sin darle oportunidad de responder, alcanzó su boca para devorarla sin prisas, disfrutando de hacer perder el aliento, de sus intentos por recuperarlo y de la dulce devoción con la que le correspondía pese a sus palabras anteriores. Podía reconocer cuando alguien se moría de ganas por estar con él. ¿Era algo frecuente? Sí, pero no lo era en absoluto la intensidad con la que este chico lo observaba. Y tampoco se trataba solo de eso. Su estómago se retorcía por la anticipación de poseerlo, a alguien que sin reparos mostraba su anhelo, que parecía esforzarse tanto por ser complaciente con él, aunque apostaba que no lo había sido con nadie hasta ahora. Solo la suavidad en él tenía sabor a inexperiencia. Teniéndolo así, casi sintió ternura.
- ¿Podemos… hacerlo otro día?
Oh. Con que de eso se trataba. Quería repetir.
—Todas las veces que quieras —prometió, sin comprender por qué el cuerpo del menor volvió a tensarse.
Antes de que Tatsuha pudiera explicarle que se refería a hacerlo en otro momento, cuando no estaba haciendo trampa con una pócima, el castaño volvió a besarlo, mucho más demandante ahora que creía que tenía todo solucionado y bajo control, pensando que la inseguridad que veía pronto quedaría opacada por el placer. El moreno volvió a corresponderle, frustrado con su falta de resolución y con el otro en partes iguales, aunque todavía con más ganas de dejarse llevar, avivado por la promesa de volver a verse. Quizá, si se encontraban de nuevo y todo volvía a deslizarse como la seda, la culpabilidad desaparecería en algún momento.
Quizá, solo estaba tratando de convencerse a sí mismo. Fuera como fuera, no tenía caso echarse para atrás a estas alturas. Si lo querían, incluso solo para pasar el rato, él estaba dispuesto sin importar qué horas fuesen o dónde se encontrara el otro. Dejaría caer su número antes de irse, y aunque fuera de madrugada o en otra ciudad se encargaría de llegar a atenderlo. Tal vez su esfuerzo compensara los turbios métodos del comienzo, y le demostrarían al cantante su adoración por él.
Antes de que pudiera desabrocharse los pantalones Ryuichi ya se había encargado de eso por él, lamiéndose los labios. Toda su expresión prometía cero control para la noche, y esa impresión se reforzaba con el férreo agarre en sus caderas, que (apostaba) ya tendrían marcas de esta cuestionable situación.
Tendría que dejarse llevar. Después de todo, también podía sacrificar su entrada al paraíso por él.
La cegadora luz que entraba por las cortinas habría hecho que maldijera su descuido de no cerrarlas cualquier otro día. Hoy, su buen humor ganaba la batalla.
Al no sentir otro cuerpo a su lado se desemperezó con calma, consolándose con optimismo; al final era algo bueno que el chico no siguiera aquí, dudaba que el aliento matutino que tenía tras tanto ponche de frutas era atractivo, ni siquiera para su mayor fan.
Y él quería tomarse con calma las cosas con Tatsuha. A fin de cuentas, sus agudos oídos captaron la semana pasada que ayer cumplía la mayoría de edad. Por más que Tohma lo pulverizara con la mirada cada vez que sus ojos se desviaban más de la cuenta hacia su pariente político, no tenía excusa para protegerlo por siempre. No desde ayer, al menos. Debía de agradecer que se contuvo tanto tiempo, viéndole tan irresistible y por sobre todo dispuesto. Sabía que si se acercaba aunque fuera una vez sin la supervisión y pellizcos ocasionales de su preocupada familia, le haría de todo.
Por supuesto, Tatsuha jamás tenía que saberlo. Dudaba parecerle igual de atractivo si se enteraba de que en realidad lo tuvo en su mira desde que tenía dieciséis. Probablemente tampoco lo creería, pensaría que estaba jugando con él. Esa era una de las razones por las que no podía contarle la verdad. Tal vez siempre sería incapaz de decirle lo cautivado que estaba viéndole desde lejos en las pocas oportunidades que tenían de encontrarse, lo encantado que estaba por su sonrisa, su atrevimiento y la magia que parecía irradiar… Por no mencionar la adorable ingenuidad que tenía, creyendo con inocencia que la magia existía; se había divertido escuchando historias suyas, todas las que reforzaron su convicción de cuánto lo quería para él, y compartir más de esa dulce irrealidad juntos.
Incluso si le confesaba todo esto, tal vez solo descartaría su declaración como un mal eco de la admiración insana que sabía que le profesaba. O quizás no. Todavía no tomaba una decisión al respecto. De momento, la única decisión que había tomado era agendar otro encuentro lo más pronto posible, esperando la oportunidad de invitarle a una verdadera cita.
Qué suerte que el chico le había dejado su número. En medio de su emoción, hasta había olvidado pedírselo.
Fin.
