Chapter Text
El primer golpe impacta con un sonido hueco y estridente que solo se apaga por un quejido de dolor. El segundo, en cambio, se vuelve duro y húmedo por la sangre. Esto no lo detiene. Nunca lo hace. Aprieta el puño hasta que sus dedos se tornan de color blanco por la falta de circulación y vuelve a la carga. Dos, tres veces más. Carne que se rompe y huesos que crujen dolorosamente.
—¿Vas a disculparte ahora? —pregunta.
Voz grave y baja que suena a amenaza.
No obtiene una respuesta. Por supuesto que no. Los tipos como Izaka nunca se disculpan. A Chifuyu no le sorprende, pero aún insiste en darles una oportunidad vaya a saber por qué. Tal vez es demasiado blando, o tal vez un poco estúpido. No importa. Si no hay arrepentimiento no hay perdón y él es bueno tratando con los de su tipo. Sólo es cuestión de tiempo para que se rompa.
El sonido de charlas adolescentes es amortiguado por las gruesas paredes de concreto del edificio. Se ríen y hablan fuerte para escucharse por sobre el resto, totalmente ajenos a la pequeña escena que ha montado en el patio trasero de la escuela. Chifuyu no piensa mucho en ellos, porque aún si a alguno se le ocurriera mirar por la ventana y lo descubriera, ninguno tendría razones para chivarse.
El sonido de la nariz rompiéndose es lo que lo detiene, pero no por compasión, sino por precaución. Ha salido sangre, mucha y lo último que quiere es mancharse el uniforme. Izaka no se mueve, ni si quiera cuando Chifuyu se pone de pie, apartándose de su cuerpo tendido en el caliente suelo de concreto. Parece que está muerto, pero Chifuyu sabe que sólo está siendo una rata melodramática.
—La próxima vez que intentes atacar a alguna chica, no te dejaré ir tan fácilmente —le dice, pero, de nuevo, no obtiene respuesta.
Chifuyu se aparta caminando a paso lento, sacudiendo sus entumecidas manos. Sus amigos le siguen de cerca. Ninguno ha intervenido en el enfrentamiento, se han dedicado a mirar y a vigilar que nadie se acercara. Uno de ellos ha estado cuidando la chaqueta de Chifuyu quien le agradece y la toma de regreso una vez que ha sacudido todo el polvo que ha podido de sus pantalones.
No pensó que se metería en una pelea tan tempano. Se ha despertado esa mañana, se ha puesto el uniforme, ha desayunado y se ha dirigido a la escuela con la única intención de asistir a clases. Se ha cruzado con Izaka es por pura casualidad. Su madre ha insistido en terminar de prepararle el bentō y él no ha tenido el corazón de negarse a esperar, así que se le hizo tarde. Lo que fue una suerte, de otra manera jamás hubiera encontrado al cabrón tratando de meter mano debajo de la falda de una chica que claramente no quería que lo hiciera.
No es la primera vez, pero sí es la primera vez que él lo presencia. Ha escuchado rumores sobre el tipo de persona que es. Siempre está tratado de aprovecharse de las chicas de primer año quienes están más que advertidas. Los profesores lo saben, pero piensan que es un tonto juego de niños al que es más fácil ignorar que poner un alto. Una mierda.
Chifuyu se abre paso entre el rio de estudiantes que cambian de clase. Soba sus nudillos enrojecidos y luego usa las manos para levantar su cabello en su característico mohicano. Se ha perdido el primer periodo y está seguro de que su profesora lo va a llamar a su oficina durante el descanso para saber la razón, pero como tiene buenas calificaciones no piensa que vaya a meterse en problemas a menos que olvide limpiarse la sangre del rostro.
Izaka no ha logrado ponerle un dedo encima a pesar de que lo ha intentado. No tiene ni un rasguño. El tipo es fuerte pero sus reflejos son los de una persona mayor con deficiencia visual. Ah tenido el valor de enfrentarlo, pero a la mitad de la pelea ha intentado llamar a sus camaradas y él no lo ha dejado. Que enfrente las consecuencias de sus actos él solo.
Chifuyu camina a paso lento mientras el resto de los estudiantes lo observan disimuladamente. Lo miran con terror y admiración al mismo tiempo. Probablemente lo han visto pelear, pero nadie ha decidido comentar nada. Respetan su fortaleza, pero al mismo tiempo parece que les da asco. La mayoría de ellos le llama pandillero y lo evita por la perforación en su oreja y la forma en la que peina su cabello, pero la realidad es que no forma parte de ningún grupo de ese tipo. No lo necesita, de la misma forma en que no necesita probarle nada a ninguno de ellos.
A Chifuyu le gusta pelear, porque es fuerte. Y la mayoría de las veces lo hace sólo por diversión, pero eso no lo hace un mal tipo. La gente le teme porque nunca ha perdido. Porque los que son como él, generalmente usan su fuerza para aprovecharse de los demás. Él no. A él no podría importarle menos eso de tener control y poder. Supone que por eso aún conserva unos cuantos amigos, porque ninguno siente que él sea el jefe de algo.
Cuando llega a su destino, la zona de los casilleros está prácticamente vacía. Hace poco más de una hora que todos los estudiantes han cambiado sus zapatos y la han dejado libre. Chifuyu se para frente al suyo. Está a punto de abrirlo, pero recuerda y no lo hace. La pelea casi le ha hecho olvidar que no puede ser así de descuidado, que no puede abrirlo como si nada. Así que espera pacientemente a que sus amigos aparten su vista y se dirijan a sus propios casilleros, pero parece que a ellos no se les ha olvidado y permanecen detrás de él. Esperan.
Esperan con una sonrisa extraña en el rostro. Se burlan de él en silencio porque saben y es en momentos como ese en el que Chifuyu se arrepiente de no haber impuesto más respeto. Un par de puñetazos en la cara y ninguno se hubiera atrevido jamás a hacer mofa de él por las cartas de amor que aparecen en su casillero una vez a la semana.
Chifuyu suspira internamente. No lo hace físicamente porque ya tiene demasiado con esos idiotas que se hacen llamar sus amigos como para darles más motivos para reírse de él. No quiere abrir el jodido casillero, pero si se queda estático un segundo más las risas van a estallar. Así que extiende la mano y, muy lentamente, la chirriante puertita metálica se abre.
Sus zapatillas están allí, un poco desgastadas por el uso y un poco sucias porque no ha tenido tiempo de lavarlas. Pero eso no es lo que tiene a todo el grupo mirando dentro, por supuesto. Unas zapatillas jamás les daría tanto material de cotilleo. Kuguri, Akama y Numai están esperando a que él haga algo. A que diga algo.
Y él no les va a dar el gusto.
Chifuyu aparta la pequeña nota y la recarga en una de las paredes del casillero con gentileza. Luego, toma sus zapatos y los cambia por las deportivas que lleva puestas en ese instante, como si el pedazo de papel impreso a rayas no estuviera allí, gritando su existencia. Lo hace lentamente, atacando la única debilidad que esos tres tienen en común; la paciencia.
La campana del segundo periodo suena repentinamente, tomándolos a todos por sorpresa. Chifuyu utiliza la distracción para tomar la carta y meterla en el bolsillo de su pantalón, para luego cerrar su casillero y comenzar a camina hacia el salón de clase. Parece que sus amigos quieren reclamar algo, pero el prefecto que ya está revisando los pasillos para que nadie se salte clase les llama la atención y los apresura hasta que los cuatro han tomado asiento. Por suerte para él, su lugar es el más alejado de todos, al fondo junto a la ventana que da al pasillo, y no tiene que escucharlos lloriquear un por poco de chisme.
El tema pasa, pero puede escuchar telepáticamente su ansiedad.
Chifuyu comenzó a recibir las cartas en mayo, justo un mes después de iniciar el curso. Un día simplemente llegó a la escuela y la nota ya estaba allí. Una hoja de libreta un poco arrugada que decía “Me gustas” con la caligrafía más ilegible que Chifuyu hubiera visto nunca. Esa fue fácil de ocultar, pero cuando el resto de las notas se volvieron periódicas, sólo fue cuestión de tiempo para que sus amigos lo descubrieran.
Y le parece lindo. Que una chica se haya fijado en él incluso con la mala fama que le pintan. Le parece lindo incluso si no tiene la letra más bonita, ni la mejor de las ortografías. Le parece lindo que se tome el tiempo de escribirle todos los lunes, aunque Chifuyu no le escriba de regreso, porque no tiene idea de que decirle y porque no puede corresponder los sentimientos de alguien a quien ni si quiera conoce.
Así que lo mínimo que puede hacer es leer sus cartas y guardarlas adecuadamente. Por supuesto, esto incluye alejarlas de la vista de sus amigos. Esas cartas fueron escritas únicamente para él y piensa que sería descortés leerlas en voz alta o dejárselas a alguien más. Hacerse el chulo y presumirlas también está fuera de discusión. Los sentimientos de las personas siempre deben ser tomados con seriedad.
El profesor de Literatura entra al aula y todos le saludan. Han dejado pendiente el análisis de una lectura la clase anterior, así que la retoman. Durante los primeros cinco minutos Chifuyu intenta concentrarse, pero falla terriblemente. Un instante después, tiene la nueva carta sobre su libro y con una maestría que tuvo que desarrollar en los últimos meses, la abre sin hacer ruido.
La carta está sellada con el sticker de un gatito negro. Un sobre improvisado de papel que se nota más cuidado que los anteriores. Lo han doblado manualmente y en el borde, está un poco sucio de lo que parece una huella de queso de Cheetos. Como todas las cartas anteriores, no es muy extensa, pero hace que Chifuyu se sienta conmovido.
La carta dice:
Me guzta ese suéter color crema d punto que llevabas ayer. Te queda bien. Te hase ver lindo. ¿Te molesta si digo que eres lindo? Espero q no.
Nada fuera de lo común. Un cumplido y algunas faltas de ortografía. Quien quiera que sea la remitente, no es buena con los kanjis, pero ha mejorado muchísimo desde la primera vez que le escribió y eso le causa felicidad. Probablemente ella seas más joven y su progreso en la escritura solo se deba a que está prestando atención en sus clases, pero a Chifuyu le gusta imaginar que se esfuerza por él.
Es la primera vez que le gusta a alguien y se lo dicen tan abiertamente. Incluso si no ha sido en persona, es agradable recibir halagos por tu apariencia o por tus virtudes y a Chifuyu personalmente, le agrada que vean más allá del arete en su oreja y las malas palabras que suele utilizar cuando pelea con alguien. Lo que no quiere decir que puede aceptar tan fácilmente sus sentimientos.
Muchas veces ha pensado en escribirle de vuelta a la chica para darle las gracias y rechazarla adecuadamente, pero no sabe como contactarla. No piensa que sea correcto jugar con los sentimientos de alguien y menos cuando se ha tomado tantas molestias. Podría poner una nota en su propio casillero, pero teme que alguno de sus entrometidos amigos la encuentre primero.
La clase termina sin pena ni gloria. Chifuyu ha sido el único que ha entregado su análisis (cinco páginas para ser exactos), a pesar de haber comenzado a elaborarlo tarde. Es bueno con las letras, pero es mucho mejor con los números y espera que eso sea suficiente como para convertirse en un piloto de las fuerzas aéreas de Japón, aunque ese sueño aún se encuentra muy lejos de su alcance.
—¿Qué decía? —pregunta Akama en cuanto tiene oportunidad.
Aparentemente no puede con la necesidad de saber.
—Nada en especial —responde. Porque es un caballero.
—Ojalá una chica tan linda me escribiera también —expresa Numai.
—¿Cómo sabes que es linda? —pregunta Kuguri.
—Las chicas a las que les avergüenza expresar sus sentimientos frente a frente son las más lindas —responde como si fuera lo obvio—. ¿A que si Chifuyu?
Chifuyu lo piensa detenidamente. No tiene mucha experiencia con chicas (por no decir que no tiene), ni con las tímidas, ni con las extrovertidas, pero si tuviera que elegir, supone que se inclinaría por el segundo grupo. Las chicas que se sonrojan y esconden el rostro cuando te dicen que te quieren son lindas, pero las que se ríen a todo pulmón y te toman de la mano en la primera cita son todo lo que él necesita. Una chica franca, que pueda ser ella misma sin pensar en el que dirán. Eso es lo que le gusta.
La pelea sobre que tipo de chica es más linda continúa sin que Chifuyu se entrometa demasiado. Piensa que cada persona tiene sus propios gustos y sólo los idiotas se pelean por ello. Al final, lo único que importa es que se quieran de verdad, incluso si eso suena a algo que leyó en algún manga shoujo de trecientos capítulos.
El tercer periodo inicia y termina rápido en comparación con el cuarto que se siente como una eternidad. Siempre es así, de todas formas, cualquier periodo que venga antes del almuerzo es una tortura. Sin embargo, y para su mala suerte, cuando termina, en lugar de irse directamente a comer, Chifuyu tiene que pasar los primeros quince minutos de su descanso en la sala de profesores, dando explicaciones. Tal y como ha previsto.
—Es la segunda vez que llegas tarde a clase este mes —dice la profesora.
Suena genuinamente preocupada por él.
—Mis calificaciones no han bajado —dice, como si eso lo excusara por sus faltas.
Ella suspira.
—¿Al menos puedo saber porque no llegaste a tiempo?
—Mi mamá no terminó mi bentō a tiempo.
Ella lo mira como si le creyera a medias, probablemente lo está cuestionando mentalmente, pero decide no decir nada al respecto, tal vez porque ya lo conoce y sabe que jamás va a cambiar su versión de los hechos. Así que, cambia de tema.
—Por favor, péinate correctamente.
No es un regaño, ni si quiera una advertencia. Es más como una petición que repite cada que tiene oportunidad. La escuela no tiene reglas estrictas sobre la vestimenta, lo que no significa que su facha sea la más adecuada. Sabe que está rompiendo las reglas, pero tampoco encuentra que usar una mohicana sea más grave que acosar a las alumnas. Piensa que, tal vez, podría intentar de vez en cuando usar un estilo más común, pero solo en agradecimiento por la preocupación de su profesora que no tiene la culpa de sus extravagantes gustos.
Chifuyu asiente, se despide y sale de la sala de profesores antes de que ella decida que necesita iniciar un nuevo sermón sobre cualquier otra cosa. Ninguno de los otros profesores dice nada, pero le miran como todos los adultos que ven a alguien joven con una perforación o un tatuaje. No les presta atención, nunca lo hace. Es un experto evadiendo las opiniones de los adultos que no valen la pena. A lo que sí le presta atención es al reloj en el pasillo. Aún tiene treinta minutos para comer algo y luego volver al aula.
Con paso apresurado y con la intención de no perder más tiempo, Chifuyu regresa al aula con la para su bentō del escritorio. Sabe que sus amigos deben estar esperándolo en el patio principal, pero no está seguro de querer unirse a ellos. Los lunes se vuelven insoportables con el tema de la carta y él quiere comer tranquilo.
La caja con el almuerzo descansa debajo del pupitre, envuelto en un pañuelo amarillo y sus iniciales bordadas con hilo blanco. Cuando era más joven siempre solía perder la caja y esa fue la única solución que se le ocurrió a su madre para localizarla rápido. Ahora, borda los pañuelos por pura costumbre y porque es probable que Chifuyu no tarde en perder otro.
—Oye tú—llaman desde la puerta.
Es repentino, tanto que todos, incluyéndolo, miran en esa dirección inconscientemente. Una voz profunda y enfadada. No se dirige a nadie en específico, no llama a nadie por su nombre, pero cuando los ojos de Chifuyu se encuentran con los del dueño de la voz, sabe que le está hablando a él. Se trata de un chico alto y cabello negro con la apariencia de alguien al que deben hacerle mucho bullying por las gafas de pasta tan gruesa que le cubren casi todo el rostro.
—Ven conmigo —le dice cuando nota que Chifuyu lo mira de vuelta.
No suena precisamente como una amable petición.
El silencio sepulcral reina en el aula. Parece que todos los presentes se han quedado sin aire. Nadie puede creer que se han dirigido a Chifuyu de esa forma. No ha sido una ofensa como tal, pero todos saben que las órdenes descaradas no son bien recibidas por él. Ha iniciado peleas con otros por esa misma razón y nunca las ha perdido. A Chifuyu no le gustan los tipos que intentan pasarse de chulos.
Pero este desconocido personaje no luce para nada como los que lo han buscado directamente para iniciar un conflicto. Viste el uniforme de verano completo. Todos los botones de su camisa están abrochados y su corbata está perfectamente alineada sobre su pecho. Su cabello es largo y negro y está peinada perfectamente en una coleta relamida que luce dolorosa. Y sus lentes. Dios, Chifuyu piensa que no ha visto unos tan pasados de moda. Un nerd en toda regla. Alguien que no significa una amenaza.
Aún así. Decide ser precavido.
—¿Qué es lo que quieres? —pregunta.
Intenta no sonar hostil para que los ánimos se calmen en la sala. Lo último que necesita es que alguien llame a un profesor.
—La carta —le responde con semblante serio.
No añade nada más, pero no hace falta. Chifuyu sabe perfectamente de lo que está hablando. Sabe que es imposible, pero puede sentir el peso del papel en su bolsillo derecho. La carta anónima que ha estado resguardando desde la mañana.
Sigue al desconocido a través del corredor ante la mira atónita del resto de sus compañeros de clase que esperaban verlo reaccionar un poco más violentamente. Ninguno de los dos habla y a cada paso que dan, la curiosidad va consumiendo la paciencia de Chifuyu. Puede pensar en muchas razones por las que ese tipo lo ha buscado y la mayoría son malas si su entrecejo fruncido es una señal.
Tal vez la chica de las cartas es su novia y se ha enterado. Tal vez no es su novia, pero es la chica que le gusta. Tal vez simplemente es su amiga y quiere pedirle que deje de ser un bastardo y la rechace adecuadamente en vez de seguir alimentando sus ilusiones con silencio. En cualquiera de los casos, Chifuyu admite que tiene coraje al encararlo. Incluso se plantea pedir perdón de ser necesario.
Se detienen cuando llegan a la parte trasera de la escuela. Un pequeño rincón para estacionar bicicletas y una abandonada banca de concreto en forma circular que también funciona como jardinera. Todo el terreno está cubierto por la sombra del edificio, pero al igual que en patio trasero, las voces del interior llegan hasta allí.
Chifuyu aguarda recargándose en la pared. El nerd no le mira desde que salieron del aula y no parece tener intenciones de comenzar a hacerlo. Chifuyu comienza a sospechar que también están esperando a la chica de las cartas y eso le hace sentir un poco nervioso, así que, para distraerse, toma ese tiempo para tratar de recordar. Si logra ubicar chico, entonces es probable que encuentre una pista sobre su admiradora secreta. Su cara le suena un poco, pero no tiene idea de por qué.
—¿Leíste la carta? —le pregunta y su voz es tan repentina que Chifuyu se sobresalta un poco.
—Sí, la leí.
—¿Y entonces?
—¿Eh?
Eh. Es lo único que puede articular. No sabe si es su imaginación, pero lo que le ha dicho le ha sonado como un reclamo. Está siendo hostil.
—¿Si leíste la carta entonces por qué no viniste?
—¿Eh? —repite.
Y está comenzando a creer que va a usar esa expresión mucho durante la conversación.
Entonces lo mira. Ahora sí le mira. Le observa a través de los cristales de sus lentes y parece genuinamente enfadado, pero él no entiende por qué y tampoco sabe qué es lo que tiene que ver la carta. De hecho, está confundido en muchos sentidos y está a punto de hacer todas las preguntas que podrían resolver sus dudas, pero él vuelve a hablar.
—En la carta te pedí que nos encontráramos hoy. ¿Por qué no viniste? Sé que mi letra no es muy legible, pero pensé que al menos lo entenderías.
Chifuyu se queda de pie con la boca entreabierta y lo mira. Podría hacer un montón de cosas. Preguntar un montón de cosas, pero todo lo que atina a hacer es a meter la mano en su bolsillo y extraer la carta para volver a leerla. El contenido principal, por supuesto, no ha cambiado, pero en esta ocasión nota un pequeño post-it extra dentro del sobre. Una nota que fue añadida de último momento con caligrafía más descuidada que el mensaje principal.
Encontrémonos hoy en la parte trasera de la escuela a la hora del almuerzo.
—Oh, lo siento. No leí esta parte —dice.
Y solo le cuesta un par de segundos darse cuenta. Para hacer cortocircuito.
Oh.
—¿Tú escribiste esas cartas? —pregunta.
Porque podrá ser de la clase uno, pero a veces también es un idiota con un filtro para las cosas que son obvias.
El chico se sonroja. Es un rubor muy leve en la mejilla izquierda, pero lo hace.
—¿Tienes algún problema con eso? —le dice en respuesta.
Agresivo. A la defensiva. Lo reta a burlarse de él. Pero Chifuyu no lo hace. Burlarse de los sentimientos de otros es inaceptable.
—No. Pero no puedo corresponderte, lo siento.
Intenta ser sincero a pesar de la sorpresa. Ha esperado que el remitente de las cartas sea una chica, sí, pero no va a comenzar a comportarse desagradablemente sólo porque no lo es. Se prometió a si mismo que, quien quiera que fuera, lo rechazaría adecuadamente, así que eso es lo que va a hacer.
—¿Por qué? —demanda saber.
—Porque no estoy interesado en salir con nadie.
Y es pura y llanamente la verdad. Está bastante cómodo viviendo su vida escolar sin las complicaciones de una relación. Concentrarse en sus estudios, leer manga, jugar videojuegos y pasar el rato con sus amigos, eso es todo lo que necesita. Probablemente no está siendo muy delicado al decirlo, pero el otro chico ni si quiera se ha tomado la molestia de presentarse, así que no tiene razones para serlo.
El pelinegro suelta una carcajada y Chifuyu arquea una ceja. Parece que trama algo.
—Pero no tienes ningún problema con que yo sea un chico.
Chifuyu parpadea. No está seguro de tener una respuesta a esa pregunta.
—Escucha…
—Te propongo algo —le interrumpe con una sonrisa enorme que muestra sus prominentes colmillos—. Una apuesta. Sé que te gustan las peleas. ¿Qué tal si peleamos? Si gano, sales conmigo. Si tú ganas, te dejaré en paz.
Chifuyu lo mira atentamente por un par de segundos y luego suelta una carcajada. No quiere reírse, pero le ha parecido graciosísimo. ¿Qué forma de iniciar una relación sería esa? Además, no hay manera de que él pierda y el nerd probablemente lo sabe, así que no entiende porque ha hecho una apuesta tan inútil. Tal vez podría decírselo, que es en vano, pero en una cosa ha tenido razón, a Chifuyu realmente le gusta pelear.
—De acuerdo —dice y se quita la chaqueta del uniforme—. Pero no seré blando contigo.
El pelinegro le regresa la mirada y con un solo movimiento de ambas manos, se quita los lentes y suelta su cabello. Parece un animal salvaje y por un instante, Chifuyu siente la necesidad de echarse para atrás en su precipitada decisión.
Él le dice:
—Tranquilo. Yo tampoco.
