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We built this house

Summary:

"La cosa es, que Shang Hua se sentía (se siente) solo y sabe que Shen Yuan, por mucho que le guste aparentar que es frío y distante, está pasando exactamente por lo mismo en ausencia de Luo Binghe y solo necesitó siete cervezas anoche para que lo reconociera.

El problema es que los Shang Hua y Shen Yuan con siete cervezas divagan más de lo normal y se les ocurren ideas locas imposibles de ignorar. Plantan la semilla para que luego los Shang Hua y Shen Yua sobrios tengan un irrefrenable deseo que no se pueden quitar, como un picor en ese punto de la espalda que no alcanzas.

Y francamente, Shen Yuan fue el que lo inició todo, diciendo que Luo Binghe era como un perrito que lo seguía a todos lados y ahora no tiene nada que le haga ese mismo caso. Que Shang Hua le haya insistido toda la mañana para que vinieran fue solo la consecuencia de sus palabras."

(O Airplane bro y Cucumber bro adoptan dos perros, básicamente)

Notes:

Esta historia es super self indulgent, no esperéis gran cosa de ella.

He modernizado los nombres para lo que yo creo suenan mejor en este AU. Básicamente he removido el Jun (Lord) de MBJ y el Qing (título que compartía con todos los Señores de las doce cumbres) de SQH. No sé casi nada de mandarín, así que es posible que haya hecho una aberración. Perdonádmelo, por favor.

Mil gracias a Apo por betearmelo, y a mis Yi City Bitches en general por animarme a terminar y publicar algo que creía que sólo querría leerlo yo.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

 

Shang Hua está bastante seguro de que, si le pregunta a su colega, su amigo, su mayor (anti) fan, Shen Yuan dirá que están en esa situación por su culpa. 

 

Eso es absolutamente una mentira. Es culpa de los dos por igual. 

 

Fueron ambos los que se emborracharon a cerveza en el piso de Shen Yuan y, con la lengua suelta por el alcohol, acabaron reconociendo entre sollozos (los de Shang Hua) y gruñidos (los de Shen Yuan) lo muchísimo que echaban de menos a sus novios. 

 

Estúpida beca de post grado y estúpidos novios super inteligentes que la habían conseguido. Sí, de acuerdo, la habían solicitado un año antes y ninguno estaba saliendo por aquel entonces, pero… Pero…

 

¡Ocho meses!

 

Shang Hua es una persona patética, ¿vale? No ha tenido demasiada suerte en su solitaria vida y cuando, por milagro de los cielos, Mo Bei se enamoró de él se acostumbró increíblemente rápido a tener a alguien en su vida, a despertarse con manos frías en su espalda y gruñidos por la mañana. Se acostumbró a que le quitara todo el sitio en su diminuto sofá y lo obligara a sentarse en su regazo, y a que le monitorizara cuántas bebidas energéticas bebía a lo largo del día. 

 

Y si, quizás su novio no fuera la persona más habladora, cariñosa o amable del mundo, pero Shang Hua lo adora y llevar dos meses separado de él lo está destrozando. Ya casi ni puede cumplir sus plazos de entrega a tiempo de lo triste que está (cosa que Shen Yuan le soltó no era una gran pérdida, el muy traidor). 

 

La cosa es, que Shang Hua se sentía (se siente) solo y sabe que Shen Yuan, por mucho que le guste aparentar que es frío y distante, está pasando exactamente por lo mismo en ausencia de Luo Binghe y solo necesitó siete cervezas anoche para que lo reconociera. 

 

El problema es que los Shang Hua y Shen Yuan con siete cervezas divagan más de lo normal y se les ocurren ideas locas imposibles de ignorar. Plantan la semilla para que luego los Shang Hua y Shen Yua sobrios tengan un irrefrenable deseo que no se pueden quitar, como un picor en ese punto de la espalda que no alcanzas. 

 

Y francamente, Shen Yuan fue el que lo inició todo, diciendo que Luo Binghe era como un perrito que lo seguía a todos lados y ahora no tiene nada que le haga ese mismo caso. Que Shang Hua le haya insistido toda la mañana para que vinieran fue solo la consecuencia de sus palabras. 

 

–Vamos sólo a mirar, ¿entendido? –le dice su amigo con su mirada más seria, que quizás mantenga a sus alumnos y a su novio a raya pero que, francamente, a Shang Hua no le hace nada.

–Claro, claro –contesta sin hacerle mucho caso mientras entran al refugio de animales. 

 

Sí, la idea es sentirse acompañados por una mascota y no la pueden dejar ir, por mucho que Shen Yuan diga que es una locura hasta planteárselo. Y sí, ha sido idea suya ir a un refugio en lugar de a una tienda de animales como había sugerido primero Shen Yuan porque si lo van a hacer, lo van a hacer bien. 

 

La mujer que los atiende es amable, pero los mira cautelosamente, como evaluando sus intenciones. Shang Hua cree que va a empezar a sudar como cuando está en un examen, pero su amigo mantiene su perfecta compostura de profesor de universidad y eso parece ayudar. Los guía hacia el interior, donde hay una parcela muy grande con perros jugando y les explica dónde están los gatos, las jaulas donde duermen, cómo los van sacando, los cuidados que tienen. Les pregunta varias veces en que están interesados y Shen Yuan repite lo de “sólo estamos mirando por el momento” con cada vez menos convicción. 

 

Shang Hua esta imaginado como será todo, sintiéndose un poco más animado de lo que ha estado en todo ese tiempo. ¿Qué sería mejor? Para su vida sedentaria un gato podría adaptarse muy bien en su piso. O quizás un perro pequeño, con el que se animara a dar paseos y salir más. Ah, ya podía imaginarse escribiendo sus diez mil palabras diarias con una pequeña bola de pelos enroscada en su regazo. Y cuando (por fin) Mo Bei volviera de su obligado exilio ya lo habría convencido de las alegrías de una mascota para cuando se mudaran a su piso definitivo. 

 

Sin darse cuenta se había quedado un poco atrás, mirando un shih tzu muy juguetón perseguir su propia cola cuando algo lo golpeó por detrás y lo hizo caer al suelo, aplastado. 

–¡Ah! –suelta, ahogado. Intenta girarse para ver que lo está aplastando, pero sólo puede ver una fuente de pelo espeso negro y blanco. 

–¡Oh, lo siento, lo siento! –decía una de las voluntarias mientras intentaba quitarle a su atacante de encima. Con mucho esfuerzo por parte de ambos lograron apartar al perro, que debía pesar más de cuarenta kilos, de encima. Shang Hua mide un metro sesenta y cinco, pesa sesenta kilos, y no tiene un gramo de músculo, así que no era de extrañar que el animal pudiera con él. 

 

Cuando se levanta ve que lo que lo ha tirado es un enorme malamute. Por el patrón de su pelaje negro y blanco, parecía que lo miraba intensamente, casi enfadado o amenazante. Tiraba de la correa hacia Shang Hua y la chica casi no podía detenerlo. 

–Lo siento, de verdad, no sé porque ha ido así hacia usted, de normal es un perro muy reservado. 

–No pasa nada –contesta sacudiéndose la ropa. No cree que tenga más que un par de ligeros moratones en las rodillas, nada que no haya tenido antes. Cuando la chica parece que va a hacer una inclinación, el perro aprovecha su distracción para ir de nuevo hacia Shang Hua.

Lo siguiente pasa muy deprisa. Shang Hua nota los dientes en su muñeca y en un reflejo la aparta, asustando, arañándose en el proceso con uno de los colmillos y gimiendo de dolor. La chica da un tirón de la correa más enérgico que antes, asustada. 

–¡¿Te ha mordido?! –pregunta asustada–. ¡Oh, cielos, oh cielos!

–No, no es nada, no… –Shang Hua no puede apartar la vista del perro, que ante su grito de dolor y los de la chica se ha encogido sobre sí mismo con las orejas gachas intentando aparentar ser pequeño –Realmente no me ha mordido, ha intentado… ¿agarrarme? No ha apretado. Y al asustarme me he arañado yo solo. Pero no es nada, mira, ni siquiera estoy sangrando–. Le enseña la mano, donde solo tiene un poco de piel levantada y una línea roja, y la chica parece relajarse un poco, aunque luce completamente devastada.

–Por favor, perdone mi irresponsabilidad. Junjun es un poco… difícil de manejar. Pero es muy buen perro en el fondo, se lo aseguro. Por favor, no se enfade con él. No entiendo por qué se comporta así con usted. 

 

Extrañamente, Shang Hua no se siente asustado por el perro. Es raro, porque todo su comportamiento parece indicar que el animal quiere hacerle daño, pero no lo siente así. Él nunca ha tenido perro antes, ni ha interactuado mucho con alguno, pero algo le dice que puede estar tranquilo con él. Tragando saliva, le extiende la mano al animal con la palma hacia arriba y pregunta en su tono de voz más suave. 

–¿Qué pasa, chico? ¿Querías algo?

 

El animal parece activarse de nuevo y, aunque todo en su movimiento parece caótico, Shang Hua se obliga a estar relajado. Nota los dientes rodear de nuevo su muñeca sin apretar y cómo el animal lo guía así hacia una jaula enorme con una cama, un bebedero, y algunos juguetes de cuerda que parecen bastante destrozados. Lo guía hasta uno en particular y no para hasta que sus dedos tocan la cuerda azul desgastada. 

–Oh, querías jugar –comenta, agarrando el objeto. El perro no para de girar sobre sí mismo y mover la cola, y aúlla un poco impaciente. Shang Hua le lanza el objeto y lo coge en el aire, y se lo vuelve a llevar. 

–Parece que ha sido amor a primera vista –bromea la chica que los ha seguido–. Creí que no era posible para él. 

–¿Qué quiere decir? –pregunta mientras vuelve a lanzarle el juguete, con el mismo resultado eufórico. 

–Oh, es solo que Junjun lleva bastante aquí con nosotros, casi dos años. Lo han devuelto unas… ¿siete veces? No le voy a mentir, es un perro que no hemos conseguido educar. Destroza casi todo lo que ve. La gente se cansa y lo devuelve.

 

Shang Hua ve sus fantasías de un gato enroscado en su regazo volar de su cabeza cuando acaricia la cabeza del perro y este se sube a su pecho hasta hacerle caer de nuevo y restregarse contra él. 

 

No es lo que estaba buscando. Pero toma la decisión en el momento. 

 

[+++]

 

–Estás loco –le dice Shen Yuan cuando van dejando el refugio después de haber firmado todos los papeles y el pago para llevarse a los animales–. Te dejo solo cinco minutos y te llevas al perro más grande que tienen. ¡Vives en una caja de zapatos!

–Vivo temporalmente en una caja de zapatos –puntualiza, porque ya tiene apalabrado con Mo Bei un apartamento un poco más grande para los dos, con dos habitaciones y un salón separado de la cocina y todo, que será de ambos cuando su ridículamente perfecto novio vuelva de labrarse un futuro y todo eso–. Y mira, no puedes juzgarme para nada señor “solo vengo a mirar” –refuta señalando el cachorro de cuatro meses que Shen Yuan lleva en brazos y al que abraza protectoramente como si Shang Hua quisiera quitárselo o algo. A ver, es un cachorro muy mono, una mezcla de caniche con pomeranian negro de pelo rizadito y muy suave. Pero Shang Hua está completamente enamorado de su Junjun (nombre cariñoso para su auténtico nombre Xiao Jun, que le ha gustado tanto que ha decidido no cambiárselo). 

 

Es verdad que, cuando dijo que quería adoptar a su malamute, tanto la encargada como la chica voluntaria intentaron convencerle de que fuera por un tipo de mascota más adaptable a él y a su vida sedentaria de escritor, pero poco pudieron hacer ante la firme decisión de Shang Hua y el evidente encariñamiento que había tenido el perro con él, que en cuanto lo perdía de vista se ponía a aullar tristemente. (Un dato curioso que le habían explicado es que los malamute están tan cerca del lobo que no ladran, aúllan). La mujer había cedido, no sin antes explicarle en detalle los cuidados que necesitaba, así como decirle que seguirían en contacto para ver cómo se adaptaban el uno al otro. 

 

Shang Hua tiene la sospecha de que estaba resignada a que Junjun fuera devuelto de nuevo, pero no. Shang Hua no sería gran cosa como adulto semi-funcional, pero es cabezota. Cuando toma una decisión, la lleva hasta el final. Es esa cabezonería lo que le había permitido escribir novelas de cientos de miles de palabras. Es esa cabezonería la que consiguió que su relación con Mo Bei saliera adelante a pesar de su desastroso comienzo.

Está seguro de que su cabezonería conseguiría que Junjun estuviera bien con él. 

–¿Y qué vas a hacer con Mo Bei cuando se lo cuentes?

–Lo mismo que vas a hacer tú con Luo-didi. Convencerle. Además –Shang Hua se agacha para agarrar la cabeza de Junjun y moverle el pelaje hasta que parece que hace caras raras–¿cómo va a decir que no a esta carita tan mona?

 

Shen Yuan alza las cejas, nada impresionado. 

–A ti te dice que no mil veces. Básicamente vuestra relación se basa en que él te niegue cosas y tú le supliques y le llores hasta que llegáis a un punto medio. 

–Exacto. Compromiso. Por cierto, ¿acabas de insinuar que soy mono, Shen-xiong?

–Por supuesto que no. Anda, sube de una vez –le dice señalando el coche. Después de asegurar a los animales, juntos van a una tienda de animales y terminan de comprar todo lo necesario para sus nuevas mascotas que la protectora no podía darles, como pienso, una cama nueva y más juguetes. 

 

Shang Hua ha perdido los ahorros de dos meses pero da igual. Ya apenas gasta desde que Mo Bei no está porque no sale, ni compra comida que no sea instantánea. Puede permitirse gastarse cosas en su nuevo hijo. 

 

Todo va a ir genial. 

 

[+++]

 

Vale, quizás no todo va a ir genial enseguida. 

 

No es culpa de nadie. Junjun es relativamente joven (un año y medio, más o menos, le dijeron. Lo abandonaron con seis meses en cuanto vieron lo grande que sería y en un año lo han devuelto siete veces. Se le rompe el corazón sólo de pensarlo) y está en un sitio nuevo. 

 

Además le gusta mucho morderlo todo. Da igual, Shang Hua iba a tirar esas zapatillas igualmente. 

También tira de él muchísimo en la calle, pero es porque tiene mucha energía acumulada. Ya se acostumbrará. Todo tiene una explicación razonable. Todo va a ir bien. 

 

Y así es como se lo ha expuesto a Mo Bei en su videollamada nocturna. Su novio no parece especialmente convencido, pero para ser francos no es tampoco la persona más expresiva del mundo. Su perfecta cara parece a veces tallada en mármol, literal. 

–Shang Hua –le dice. Ah, el temible tratamiento de nombre completo. Con lo que le ha costado que le diga ah-Hua. (Porque se negaba a llamarle Hua-ge. La indignación. Shang Hua es un año mayor que Mo Bei)–. ¿Cómo se te ha ocurrido hacer esto sin consultármelo primero?

–¡Quería que fuera una sorpresa! –contesta. Por dentro añade que así tampoco podía ponerle pegas. ¡No es mal novio, ¿vale?! Es solo que Mo Bei es increíblemente tiquismiquis y su instinto natural es decir no a todo lo que no haya sido su idea. Shang Hua tiene un plan, su plan es que para cuando venga de visita en dos meses Junjun sea un perro tan bien educado y adorable que Mo Bei verá que ha sido una buena idea. Además, como no habrá tenido que hacerlo él no pondrá ninguna pega. Es un plan sin fisuras–. Además, ya habíamos hablado de tener una mascota cuando nos mudásemos juntos.

–Pensaba en algo así como un hámster. 

–¿Para qué queremos un hámster? Son super aburridos, sólo dan vuelta en una rueda. 

–Son monos –vuelve a gruñirle, con las cejas aún más juntas, como si hubiera insultado a su padre. Bueno, no. Shang Hua insulta al padre de Mo Bei tres veces al día (el muy bastardo abandonaniños. Shang Hua tiene padres despegados, que se acuerdan de él dos veces al mes, pero el padre de su novio está a otro nivel de despreocupación) y Mo Bei suele reírse (o su equivalente para él) cuando lo hace–. Me recuerdan a ti. 

 

Oh

 

No puede evitar sonreír de oreja a oreja.

–Awn, ¿por eso te gustan? 

–Shang Hua –le gruñe. Es su gruñido que esconde un poco su vergüenza. Luego resopla –. Casi no sabes cuidar de ti mismo para que cuides tú solo a un perro. 

–Ey. Vivo solo desde que tengo dieciocho y no me he muerto.

–Suerte.

–¡Beibei! –dice, haciendo un puchero. Mo Bei le gruñe porque le gusta aparentar que odia ese apelativo cariñoso, como si Shang Hua no se hubiera dado cuenta de que cuando lo usa en la cama suele morderle con más fuerza y arremeter más rápido. Mejor dejar de pensar en eso, por el momento–. ¿Cómo querías que dejara atrás esta carita? 

Para enfatizar su argumento, gira la cámara de la Tablet hacia Junjun, que sigue mordisqueando su zapatilla a su lado en el sofá.

–¿Es ese uno de los zapatos que te regalé por tu cumpleaños?

–No, son los que me compró mi padre hace cinco años y no quería tirar para no ofenderle, pero ahora tengo un motivo. ¿Ves? Todo ventajas. 

–Shang Hua.

–Mo Bei –dice, aun sonando un poco penoso, pero poniéndose más serio–. Tiene año y medio y lo han abandonado siete veces. Y por algún extraño motivo que aún no comprendo, se encariñó de mí nada más verme. No podía ignorarlo. 

 

Quizás es un poco rastrero usar la carta del abandono, pero Shang Hua no presume de tener dignidad precisamente. Además, Mo Bei lo entenderá. Para lo diametralmente opuestos que son, siendo su novio perfecto, guapísimo, fuerte y estoico y él siendo un desastre con patas, blando como una patata cocida y un cobarde rematado, hay algo en lo que ambos coinciden y es que no han tenido gente que se quedase con ellos. 

 

Los padres de Shang Hua no sabían qué hacer cuando se divorciaron y empezaron a hacer sus vidas por separado, pasándose a su hijo como una pelota que ninguno quería, como la prueba eterna del matrimonio que no consiguieron hacer funcionar. Hicieron que se sintiera tan incómodo con ellos, tan incómodo hasta en su propia piel, que prefería vivir solo y alimentarse de fideos instantáneos que llamarles para recordarles que le pasaran la manutención, o llamarles en general. Y siempre fue demasiado torpe socialmente hablando, demasiado hablador, demasiado friki para encajar con nadie. Shen Yuan fue su primer amigo real y básicamente porque es otro nerdo encubierto con el que comparte el noventa por ciento de su gusto en miscelánea consumible. 

 

Y Mo Bei lo ha tenido peor que él. Su madre murió siendo muy joven, y su padre podía haber estado en la pared pintado y hubiera hecho lo mismo. Lo dejó casi todo el tiempo a cargo de diferentes cuidadores que pudiera pagar y que prácticamente dejaban que hiciera lo que quisiera porque les daba igual el hijo de otro. Y el resto de la familia no era mejor. Shang Hua aun tiembla de pensar en la broma que su tío más joven le gastó a Mo Bei cuando sólo tenía cinco años y este dieciséis, que fue dejarlo solo en un parque lejos de casa y ver si sabía volver. Tuvo suerte que la policía lo encontrara horas después y lo llevara a su hogar, donde aún entrada la noche nadie se preguntaba dónde estaba el más pequeño y luego rieron la gracia como una “broma entre chiquillos”. Mo Bei tuvo que aprender a ser desconfiado para sobrellevar a su propia familia, y ello hizo que tampoco fuera especialmente sociable. Eso sin contar con el mal temperamento que se gasta (y que Shang Hua adora. Llamadle masoquista, le da igual).

 

Todavía recuerda la conversación que tuvieron después de su primera (y única) gran pelea. Shang Hua lo llamó en un impulso, por lo mucho que lo echaba de menos, y contra todo pronóstico Mo Bei fue a buscarlo tragándose su monumental orgullo. Cuando hicieron las paces y Shang Hua le reconoció que era la primera vez que estaba con alguien y no tenía ni idea de que estaba haciendo, Mo Bei le contestó que él tampoco es que tuviera mucha experiencia en relaciones.

“Nadie se había quedado tanto tiempo conmigo hasta que llegaste tú. Dicen que soy difícil de querer”. 

 

Difícil de querer. ¡Difícil de querer! Shang Hua se morirá queriendo a su estúpidamente perfecto novio y se morirá feliz. Si algún día Mo Bei quiere separarse de él se le agarrará como una lapa llorando y no podrán apartarlo ni con agua hirviendo. Él es así, ambos lo son, tan sedientos de cariño que se beben el uno al otro. Mo Bei lo sabe, y Mo Bei lo entiende, y por ello debe entender por qué Shang Hua ha puesto su piso de cabeza para que entren cuarenta kilos de pelo y babas adorables. 

 

Y por eso, después de larguísimos segundos de silencio, Mo Bei relaja sus cejas.

–No dejes que toque mis cosas –y casi sonríe cuando añade–, Ah-Hua. 

–¡Por supuesto que no, mi señor!

 

Victoria absoluta. 

 

[+++]

 

Shang Hua descubre rápidamente algo muy curioso. Los perros tienen personalidad. Creía hasta el momento que todos los perros actuaban igual, moviendo el rabo ante algo que les gusta, mordiendo cosas y siendo, bueno, perros. Pero en el tiempo que tiene a Junjun empieza a notar detalles, diferencias entre su perro y el perro de Shen Yuan (que ha llamado Xiuya, el muy nerdo).

 

Para empezar, Junjun es increíblemente impaciente, y lo lleva a rastras a todos sitios. Sacarlo siempre parece una carrera, y Shang Hua termina con los brazos molidos. Se imagina un día acabar como en esas películas cómicas donde un perro arrastra a su dueño por toda la ciudad. Cuando quiere jugar, lo agarra de la camiseta y tira de él hasta sus juguetes, da igual lo que esté haciendo. Lo mismo que si quiere mimos, se tira encima de Shang Hua y no le permite levantarse. Ha aprendido rápidamente que sus cuarenta kilos de peso son difíciles de contrarrestar en sus débiles brazos. 

 

En realidad, eso es básicamente lo único que ha aprendido. Shang Hua no ha conseguido enseñarle nada en los dos meses que llevan conviviendo juntos. Y no se refiere a algún truco gracioso como los que Shen Yuan ha logrado enseñarle a su cachorro, como dar la patita o hacerse el muerto. No, él se conformaría con que Junjun hubiera aprendido a no comerse sus zapatos, a hacerle caso cuando lo manda a su sitio, a ir de paseo sin creer que tiene la obligación de usar la fuerza suficiente para arrastrar un trineo y a no aullar cada vez que escucha a los vecinos. 

 

Sí, Shang Hua ha aprendido muchas cosas de su perro, pero su perro no ha aprendido absolutamente nada de lo que intenta enseñarle. Él es el único en esa relación que ha descubierto muchas cosas nuevas. Como por ejemplo la cantidad ingente de pelo que puedes encontrar en tu ropa por las mañanas, que no hay forma digna de recogerle las caquitas a tu perro (por mucho que Shen Yuan lo intente, a él tampoco le sale) y sobre todo, ha aprendido que su malamute tiene una personalidad bastante clara.

 

Es un cobarde escondido bajo una apariencia de gruñón.

 

Junjun le tiene miedo a muchas cosas. Le tiene miedo al ruido de los vecinos, a los que aúlla tras la puerta mientras se encoge cuando los oye pasar. Le tiene miedo a la lavadora, a la que gruñe todo el programa de centrifugado, y sobre todo tiene miedo a los ruidos fuertes. El otro día un tubo de escape de una vieja furgoneta petardeó y Junjun se quedó petrificado llorando. Le costó casi quince minutos que se moviera del rincón donde se había escondido, temblando, y sólo para que se acurrucara con él en el sofá toda la tarde, lloriqueando encima suya e impidiéndole ir a mear (no se queja mucho de eso, era la mejor manta que podía pedir). 

 

–El problema es que lo mimas mucho –le dice Shen Yuan. Ahora quedan en el parque un par de veces a la semana para que sus perros jueguen. Son como madres–. Y no eres nada autoritario. Junjun no sabe cuando estás siendo serio y cuando es un juego. Se nota que te tiene cariño, pero no te toma en serio. 

–Bueno, Shen-xiong, si has descrito mi vida entera –refuta sarcástico–. Y no lo mimo tanto.

–¿No me acabas de decir que ayer te empujó de tu silla de escritorio, se tumbó encima de ti y tuviste que bajarte el portátil al suelo y estar escribiendo ahí toda la tarde?

–Cuando lo dices así suena peor de lo que es –masculla, mientras abre su mochila ahora llena de cosas para perros y saca un cepillo especial para deslanar–. ¡Junjun! ¡Junjun ven con papá! 

 

Tiene que llamarlo tres veces más para que le haga caso, distraído como está jugando con Xiuya (y básicamente porque Shen Yuan llama a su cachorro y viene trotando hacia él a la primera, haciendo que Junjun por fin se fije en él), pero cuando ve el cepillo casi se lanza encima y lo tira de la emoción. Le encanta que lo cepillen. 

–Abajo. ¡Abajo! –con esfuerzo consigue que le baje las patas de los hombros. Su perro es enorme, a dos patas casi tan alto como él. Y a pesar de que el patrón de color de su pelaje le hace parecer que tiene gesto enfurruñado, siempre parece sonreírle al verle. Empieza a cepillarle con cuidado, evitando que Junjun intente quitarle el cepillo para jugar–. Buen chico. Así. No, no, suéltame la manga. Venga, sé bueno.

–¿No lo cepillaste esta mañana? –pregunta Shen Yuan. 

–Leí que era mejor hacerlo dos veces al día –comenta. Shang Hua se ha vuelto un experto en malamutes, más o menos. Básicamente pasa todo rato libre que tiene viendo videos en Youtube o leyendo artículos sobre ellos. Es por eso que sabe que Junjun no es realmente un malamute puro. Tiene ojos azules, cosa que solo pasaría si tuviera sangre de husky. Y es incluso tirando a demasiado grande para tener solo sangre de husky y malamute, así que es posible que tenga otras mezclas. Pero da igual porque la combinación lo hace el perro más bonito del mundo. 

 

Shen Yuan lo imita y empieza a peinar a Xiuya, pero como es mucho más pequeño acaba antes que Shang Hua, que con lo que ha recolectado de su perro podría rellenar un cojín. Cuando acaba Junju está tan feliz que intenta subírsele a la falda en el banco del parque donde está sentado, y casi lo tira. 

–¿Ves? Eres demasiado blando.

–¡Está imitando a tu perro! –señala al cachorro en el regazo de Shen Yuan hecho una bola, cansado de tanto juego, y luego a su propio perro que intenta encontrar una forma de hacerse una bola en su reducido regazo–. Él no tiene la culpa de no entender que no es pequeño. 

–¿Tampoco tiene la culpa de que sólo te veo zapatillas remendadas con cinta americana?

–Oh, cállate –le gruñe. 

–Te noto más nervioso de lo normal. ¿Has vuelto a atiborrarte de cafeína y azúcar para cumplir una fecha de entrega?

–No –gruñe. Desde que tiene a Junjun se ha hecho un horario más estricto que intenta cumplir porque tiene que sacarlo con regularidad para que se acostumbre a una rutina–. Mañana viene la señora Cheng, del refugio, para comprobar cómo está Junjun. Si se está adaptando bien.

–Ah, cierto. A mí me visitó la semana pasada.

–¿Y qué tal?

Shen Yuan señala a su perfectamente equilibrado y perfectamente educado cachorro en su regazo.

–¿Tú que crees?

–A veces te odio.

–¿Sólo a veces? Algo estaré haciendo mal. 

Le da un empujón sin malicia y Shen Yuan disimula su sonrisa mirando hacia otro lado. 

–En menos de una semana Binghe y Mo Bei tienen sus dos semanas de vacaciones –comenta. Intenta sonar tan natural que queda falso. Shang Hua lo mira extrañado mientras intenta que Junjun no le llene toda la cara de babas. 

–¿Por qué suenas tú ahora nervioso? No eres tú el que va a recibir a su novio con un perro que se comporta como un tornado. La única carta que tengo a mi favor es que he conseguido que no toque nada de las cosas de Mo Bei y básicamente es porque están todas en cajas. 

 

Su novio y él decidieron irse a vivir juntos cuando volviera de su curso en el extranjero, y para ahorrar un poco más, Mo Bei abandonó su apartamento algo más grande y dejó todas sus cosas en el de Shang Hua, más pequeño y barato (por suerte es casi más austero que el propio Shang Hua así que entraban todas sus cajas en el cuarto. Y como Shang Hua tenía su rincón de escribir en el salón, no afectaba que ahora su dormitorio estuviera un poco más atiborrado. Junjun tiene prohibida la entrada al dormitorio por eso mismo, siempre cerraba la puerta, y la cama de perro está junto a su mesa de trabajo en el salón. 

 

–Creo que a Binghe no le gustan los perros –murmura al final–. Creía que sí, por como le he visto interactuar con algunos perros por la calle, pero no sé. Cada vez que le paso fotos de Xiuya o se lo enseño por videoconferencia parece un poco raro. 

–Tío, no es que no le gusten los perros. Es que no le gusta nada que le haga compartir tu atención absoluta hacia su persona. Pero tranquilo, te adora tanto que tragaría cristal por ti, acabará aceptando al pequeñajo. ¿Verdad que sí, Xiuya? ¿A qué vas a ser el doble de adorable para que papi Binghe te quiera?

El cachorro le contesta moviendo la esponjosa cola y Shen Yuan parece relajarse un poco. 

 

Que luego nadie diga que no es un buen amigo. 

 

[+++]

 

Cuando el abre la puerta a la señora Cheng al día siguiente, está sudando tanto como en su primera entrevista de trabajo. No un pensamiento muy alegre teniendo en cuenta que le salió fatal. 

 

Ha limpiado la casa de arriba abajo (cosa fácil, es diminuta) y ha cepillado con especial cuidado a Junjun. Le ha comprado una cama nueva porque destrozó la suya el otro día y aún está aguantado casi intacta, y él se ha vestido con ropa que casi no tiene pelos y se ha peinado su nido de ratas lo mejor posible. Hasta ha conseguido hacerse la coleta más prieta que nunca ha logrado antes, con apenas mechones castaños cayéndole por la cara. 

 

Aun así, ante la mirada de la mujer siente que cada aspecto de su vida va a ser evaluado, y eso nunca lo deja bien parado. Ni siquiera tiene su principal comodín, que es tener el mejor novio del universo para compensar que es un humano poco funcional. 

Para no mentir, la mujer parece tan amable como la recordaba en el refugio cuando firmaron los papeles. Pero luce más profesional con ropa algo menos casual que el chándal que llevaba en el trabajo. 

–Gracias por permitirme pasar –le dice con una amable sonrisa y Shang Hua se apresura a decir que es un placer. Junjun aúlla un poco detrás de él al verla, nervioso. ¿Puede oler su miedo? Espera no estar pegándoselo–. ¿Empezamos?

 

La visita comienza con un recorrido por la casa y es básicamente corta. Sólo tiene la cocina unida al salón, el baño y su cuarto. Repite como diez veces que es temporal, que en cuanto vuelva su pareja del extranjero en cuatro meses se mudarán a un piso más grande. Con dos cuartos y un salón. Y una pequeña terraza. Al lado de un parque. Intenta no sonar muy desesperado. 

 

Luego se sientan para la entrevista. Le pregunta cuántas veces saca a Junjun (tres), durante cuánto tiempo (una hora por la mañana, cuarenta minutos por la tarde y veinte por la noche). Cuánto le da de comer (una), qué marca de pienso usa (la que le recomendaron ellos), cuántas veces lo cepilla (dos), cómo le cuida los dientes (con mordedores y huesos). Le pregunta sobre su propio horario de trabajo (flexible, trabajo en casa). Por último empieza a preguntarle sobre el comportamiento de Junjun. 

–¿Ha notado mejorías?

–Hum. Esto… Bueno… –dice–. Ya viene hacia mí cuando lo llamo por su nombre –si lo oye y no está muy distraído–. Y se queda en su cama toda la noche –después de arañar la puerta intentado que le abra durante hora y media–. Y… bueno, sigue siendo juguetón y enérgico pero es pequeño. De edad, no de tamaño, obviamente. 

–¿Puede llamarlo para que lo vea?

–¡Sí, claro! –contesta. Por costumbre se gira hacia su rincón donde está la cama y sus juguetes, junto a su escritorio, pero no está allí–. ¿Junjun? Junjun, ven.

 

Escucha un pequeño gemido desde el pasillo. Su perro se asoma por la puerta, pero ve a la mujer, agacha las orejas y se queda en el umbral quejumbroso. 

–Junjun, ¿qué pasa? Ven –pide. 

–Creo que es mi culpa, no me tiene especial cariño –comenta la señora Cheng–. Siempre he sido yo la que ha vuelto a llevarlo al refugio todas esas veces.

 

Shang Hua siente un escalofrío por la espalda. Eso no va a pasar, ¿verdad?

–A ver, Xiao Jun, déjame examinarte, solo un momento –dice la mujer levantándose del sofá. 

Todo pasa muy deprisa. En cuanto Junjun la ve ir hacia él se asusta y sale corriendo hacia su lugar seguro, que es su cama. Por desgracia va sin fijarse, se enreda en el cable del portátil de Shang Hua que estaba en modo reposo y lo tira al suelo. El crujido suena por toda la pequeña habitación. 

–¡No! –dice, desesperado–. Nonononono, estaba escribiendo.

Corre hacia el portátil y lo abre. La pantalla está rajada en una esquina, y él tiembla temeroso. Lo enciende y ve como todo parpadea lentamente. Cuando por fin consigue cargar el escritorio, va a su último archivo y comprueba con desesperación que ha perdido todo lo que había hecho ese día.

–Las veinte mil palabras de hoy –murmura, sintiendo que se hunde. Hoy no podrá comer ni cenar si quiere cumplir la fecha de entrega. 

 

Junjun se acerca hacía él. Tiene que notar que esta vez ha roto algo demasiado importante, porque no parece juguetón para nada. Shang Hua se pone de pie de un salto y sin mirarle señala la esquina vacía del salón.

–Junjun, al rincón castigado –dice con la voz más seria que tiene, temblando como una hoja. Todo es un desastre, un auténtico desastre, y es casi un milagro que por primera vez en todo este tiempo su perro le haga caso y vaya al rincón sin rechistar, pero es todo demasiado tarde. 

 

Deja el portátil con cuidado en la mesa y vuelve a dejar los cables como estaban. Oye a la mujer suspirar a su espalda. 

–Puedo llevármelo hoy mismo –le dice. Shang Hua se vuelve hacia ella horrorizado. 

–¿Qué?

–No tiene que esforzarse. Junjun sigue destrozándolo todo, ¿verdad? Y acaba de perder todo su trabajo. Es un perro difícil, se lo dije. Si me da la correa, me lo llevaré ahora mismo. 

–Pero… pero no quiero que se lo lleve –balbucea–. Por favor, no se lo lleve. 

 

La mujer parpadea, sorprendida ante sus palabras y la expresión que tiene que estar mostrando su cara, como si le hubieran apuñalado el corazón. 

–Pero acaba de destrozar la posesión más importante que tiene. Su herramienta de trabajo. 

–Ninguna cosa es más importante que Junjun –dice sin pensar, sin dudar–. Además, no lo ha destrozado, aún funciona. Hoy tendré que trabajar el doble, pero no es la primera vez que lo hago, puedo lograrlo. Así que por favor, por favor, no se lo lleve.

 

La mujer lo mira durante unos largos segundos y luego sonríe. 

–Es usted más decidido de lo que aparenta –comenta. 

–Me suelen decir cabezota directamente. 

–¿Puede llamar a Junjun de nuevo?

–Junjun, ven.

 

Junjun casi se le lanza encima, feliz de que el castigo haya terminado, y le cuesta toda su fuerza no caer de culo. Le lame la cara con adoración y Shang Hua tiene que controlarse para no reír. 

–Venga, abajo, abajo –consigue que se siente y lo sujeta para que la señora Cheng se acerque y le mire las encías, las orejas y las patas. Lo palpa y acaricia un poco. 

–Es feliz, con usted –comenta–. Más feliz de lo que lo he visto nunca. Pero lo mima demasiado y no lo ve como un líder, sino como su compañero de juego. Lo adora, pero le cuesta tomarle en serio.

Maldita sea, Shen Yuan tenía razón. Odia darle la razón. 

–¿Eso es malo?

–Solo para su día a día, que será más complicado. Pero quizás lo consiga, poco a poco. Tome –le da una tarjeta con su número de teléfono–. Llámeme cuando tenga dudas de cómo educarlo. Intentaré ayudarle en todo lo que pueda. Es la persona que más cerca ha estado de conseguir que este perro se calme. 

 

Cuando se despide de ambos en la puerta, Shang Hua se lo va a tomar como que ha aprobado con buena nota. 

 

Y así es como se lo dice a Mo Bei cuando hablan esa noche, tumbado en el sofá con la cabeza de Junjun en su pecho y su enorme peso ya una costumbre sobre el suyo. 

 

[+++]

 

En retrospectiva, quizás fue demasiado optimista. Tendría que haber sabido que la señora Cheng sería más fácil de impresionar que su estúpido, perfecto, serio y guapísimo novio. 

Shang Hua lleva tres días completamente en una nube pensando en cuando verá a Mo Bei, y cómo lo va escalar como un árbol, y no ha pensado para nada en cómo va a preparar el primer encuentro entre el amor de su vida y el hijo de sus entrañas. 

 

Cuando escucha las llaves de la entrada girar, corre hacia el rellano. Junjun empieza a aullar extrañado, ha relacionado ese ruido a cuando Shang Hua vuelve de la calle sin él, pero Shang Hua está en casa, así que todo es muy confuso, y Shang Hua tendría que darse cuenta, pero está demasiado ocupado abrazando a Mo Bei en cuanto entra por la puerta con brazos y piernas. 

Por supuesto, como su Beibei es perfecto, ni trastabilla con su ataque. Deja caer su mochila al suelo, le da una patada a la puerta para cerrarla y lo sujeta con un brazo (un brazo) por debajo del trasero mientras enreda la otra mano en su coleta para guiarle en un beso que lo deja sin aire. Lo había echado tanto de menos, su olor, sus gruñidos, sus mordiscos, el sabor de su lengua contra la suya, que casi podría ponerse a llorar. No es su culpa que el mundo a su alrededor desaparezca un poco, incluyendo su piso, el ruido en la calle y su perro aullando nervioso a su espalda. 

 

Se separan solo un momento para tomar aire, volviéndose a besar con fuerza. Mo Bei gruñe contra sus labios y Shang Hua se derrite un poco más.

–Mo Bei… –lloriquea cuando por fin deja sus labios para enterrar la nariz en su sien y tomar aire. Por algún extraño motivo, a su novio le encanta cómo le huele el pelo. Sube sus manos desde su cuello hasta su negra y lisa melena, acariciando la parte del lado izquierdo que está rapada y le hace cosquillas en la yema de los dedos–. Por fin estás aquí…

No contesta, sino hace un ruido grave con la garganta que ha aprendido a identificar como su gruñido de felicidad, y muerde una de sus mejillas sin hacerle casi daño. 

–¡Au, bruto! –se queja sin auténtico reproche, y se gana otro mordisco como recompensa, esta vez en el cuello.

 

Pero ante su queja, Junjun, que no ha parado de aullar ni un segundo, se pone a dos patas e intenta meter la cabeza entre Shang Hua y Mo Bei para que se separen. 

–Junjun, no, quieto –dice, bajando (para su desgracia), las piernas que tenía firmemente ancladas en las caderas perfectas de su Beibei–. No me dolía de verdad. Venga, quieto. Quieto. 

 

Con mucho esfuerzo consigue que el perro deje de ponerse en medio. Junjun no es un perro bastante social, es desconfiado de los desconocidos (seguramente por todas las veces que lo han abandonado, su pobre bebé) y es bastante cobarde, así que tener de repente a otra persona que mordisquea su humano y que encima es como el doble de grande de lo que está acostumbrado a ver (¿Se ha puesto su novio más grande y guapo? ¿No es ya bastante poder el que posee?) tiene que estar poniendo su mundo de cabeza. Se agacha a su altura, acariciándole la cabeza para ver si se calma, pero no para de mirar a Mo Bei e intentar ponerse delante de Shang Hua. 

 

Su novio le mantiene la mirada al perro. Se quita los zapatos con los pies, y da un paso acercando la mano para que el animal le huela. Hay una especie de comunicación no verbal, la postura de Mo Bei es imponente, y no parpadea. Ojos azules contra ojos azules, hasta que Junjun se calma un poco y se sienta, moviendo el rabo. 

 

Puto increíble

 

Mo Bei le acaricia la cabeza levemente, con la esquina de la boca ligeramente curvada hacia arriba en su sonrisa pretenciosa marca registrada. Luego, aún acariciando al perro, envuelve la cintura de Shang Hua con su brazo libre y le besa la cabeza. 

–Tengo hambre –le dice, al cabo de unos segundos. 

–¿En serio? Lo primero que me dices después de cuatro meses sin vernos es “Tengo hambre” –se indigna.

–Iba a ser “Ya he llegado” pero te me lanzaste encima. 

–¡Te echaba de menos! –replica, intentando parecer enfadado y no hacer un mohín. Mo Bei se inclina para que sus ojos estén a su altura.

–Lo sé –contesta, el muy pretencioso bastardo. Y lo vuelve a besar. Pero lo perdona porque cuando se vuelven a separar, pega sus frentes y le mira con los ojos más suaves que tiene, regalándole una sonrisa. Una auténtica sonrisa de verdad, enseñando dientes y todo. 

 

Vuelve a abrazarlo, enterrándose contra su pecho. 

–Como te conozco, he pedido que nos traigan chow mein y gyozas de carne. Tienen que estar al caer. 

–Bien –contesta, y va a besarle de nuevo cuando se para un momento al oír un ruido. Shang Hua también y, cuando mira hacia el suelo, se le cae el alma a los pies. Su enorme y muy inoportuno perro está mordiendo una de las correas de la mochila de Mo Bei. 

–¡Junjun, no! –grita, yendo hacia él para quitárselo. Como mil veces antes, Junjun cree que es un juego. Baja las patas delanteras, mueve la cola, y forcejea con él–. No, Junjun, suelta. Suelta. Vas a romperlo, suéltalo ya. 

 

Mo Bei a su espalda hace un gruñido para llamar la atención de ambos y con la mirada más fría dice una sola palabra. 

–Suelta. 

Junjun suelta la mochila al instante y Shang Hua aprovecha para cogerla. Su perro mira a Mo Bei confuso, pero obediente. Como si entendiera que con él que no era un juego. Increíble. 

–Junjun, ve a tu sitio. Venga, a tu sitio. 

 

Con esfuerzo y casi a rastras, consigue que le siga y se quede en su cama. Le deja su juguete favorito para que se distraiga, y vuelve a la entrada. Mo Bei ha dejado su mochila en el cuarto, y se acerca hacia él. 

–Me habías dicho que te hacía caso –dice, frunciendo el entrecejo. Shang Hua conoce esa mirada, y empieza a sudar frío. 

–Técnicamente, te dije que me hacía más caso y así es. Antes ni de coña hubiera conseguido que se quedase en su cama. 

–Me dijiste que no estabas teniendo problemas con él. 

–Porque no los tengo –evade la mirada inquisitiva de su novio yendo a la diminuta cocina que tienen como parte del salón. Ahí hay una mesa pequeña para dos donde suelen comer, y empieza a prepararla para cuando llegue la comida. 

–¿Ya no muerde tus cosas?

–No he dicho eso tampoco. He dicho que ya no tengo un problema con eso. Técnicamente, si me lo ha mordido todo no me puede importar. 

Shang Hua –Mo Bei ha dejado toda su suavidad atrás, y ahora luce enfadado–. Me has estado mintiendo durante dos meses

–¿Qué?! No. ¡No! –intenta defenderse–. Ha habido progreso, ¿vale? Sólo que menos de lo que me gustaría. ¡Pero estoy aprendiendo! Y realmente, desde que me rompió el portátil Junjun no ha vuelto a destrozar nada mío. 

–¿Te rompió el portátil?

–¡Solo un poco! ¡La pantalla! 

–¿Y cuándo fue eso?

–Hace tres días. 

Tres días –suena molesto–. El máximo de tiempo que has conseguido que no destroce nada son tres días. 

–¡Es bastante! –farfulla, evitando su mirada. Esa misma mañana estaba tan orgulloso de sus progresos, pero por supuesto Mo Bei tenía que venir a bajarlo de una nube y plantarle la realidad en la cara–. Además, es todavía pequeño. Es normal que le cueste aprender. 

–Pesa más que tú. 

–¡Me refiero a edad!

–Tendría que estar ya entrenado, Shang Hua. Me dijiste que lo estabas haciendo. 

–¡Lo estoy intentando! –grita, porque de repente se siente muy atacado–. No es como si hubiera ignorado el tema, es sólo que es más difícil de lo que creía. Y sabía que te ibas a enfadar, así que preferí no contarte las cosas malas. 

Mo Bei se cruza de brazos. Eso hace que la camiseta que lleva puesta se le tense en los hombros y parezca más grande

–Me mentiste. 

–¡No! Solo… Yo sólo…

–¿Tú qué?

–¿Por qué estás tan enfadado? –sabe que está cambiando de tema, pero no tiene mucho donde agarrarse para su defensa. Junjun se ha acercado al oír los gritos y ha empezado a aullar. Le parece también que tiembla, pero no se fija demasiado porque Mo Bei está en medio, impasible y cabezón–. No ha tocado nada tuyo, te lo prometo. Nada excepto esa mochila, y no la ha roto. 

–Tomaste una decisión sin consultármelo, me dijiste que todo estaba bien y me mentiste. Tendrías que haber esperado a que volviera para hacer esto. 

–¡No podía esperar ocho meses! –grita y se odia por ello en ese instante. Ya está, ya lo ha dicho, la cruda y fea verdad–. Te echaba mucho de menos, ¿vale? Llevabas fuera dos meses y me estaba volviendo loco. Trabajo en casa, Mo Bei. Y quitándote a ti, mi otro único amigo es Shen Yuan que estaba casi tan triste como yo excepto que él sí podía irse a trabajar fuera de sus cuatro paredes y distraerse ahí. Yo estaba aquí solo, triste, rodeado de tus cosas y sin ti, sin ganas de nada y… No sé. Y vale que Junjun no se porta todo lo bien que debería, pero ahora tengo algo que me obliga a salir de casa, y aunque acabo agotado me lo paso bien con él en el parque. Y me hace compañía, y me quiere, y me necesita, y… y… –se atraganta con su explicación, agobiado. No cree que vaya a llorar, nunca llora cuando se siente mal de verdad, pero la sensación es muy parecida.

–Shang Hua… –Mo Bei suena un poquito menos enfadado, pero da igual porque Shang Hua está ahogándose en su propia saliva–. ¿Por qué no me lo dijiste?

–¡Porque no te quería molestar! ¿Para qué decirte algo que no puedes remediar? No es como si pudieras volver antes. Y ahora estoy bien –Mo Bei frunce las cejas aún más–. ¡No, en serio! Estoy bien, estoy bastante bien desde que tengo a Junjun porque, aunque no me hace caso y me da el triple de trabajo, es ya mi pequeño. ¡Mira lo que me quiere, cómo se pone si me ve mal!

 

El animal está francamente nervioso, dando vueltas sobre sí mismo e intentando ir hacia Shang Hua, pero sin atreverse a empujar a Mo Bei. Sigue aullando, y no para aunque ambos le manden callar. 

Su novio parece a punto de decirle algo cuando llaman a la puerta. 

–La comida –deduce. Suspira–. Voy yo. 

 

Shang Hua está demasiado distraído por la discusión que acaban de tener, demasiado abierto en canal y un poco patético para recordar algo. 

–Espera, ten cuidado con…

 

Demasiado tarde. Mo Bei abre la puerta y Junjun sale disparado por ella, empujando al repartidor y casi tirándolo al suelo.

–¡Junjun, no! –grita. Sabía que podía pasar eso. Cuando Junjun está muy nervioso, (sobre todo al principio de traerlo con él), parecía que el piso se le quedaba pequeño y quería salir a la calle. Normalmente pasaba cuando Shang Hua volvía de hacer un encargo y, al ser él quien abría la puerta, estaba preparado para bloquearle el paso, pero este no había sido el caso.

 

Sin pensar siquiera, coge la correa que tiene colgada en un gancho en la entrada y sale corriendo detrás de su estúpido perro. Mo Bei lo llama, y le parece que hace amago de ir detrás de él, pero no se para. Junjun ha bajado ya las escaleras (su edificio tiene escaleras externas) y está doblando una esquina. Es mucho más rápido que Shang Hua, que tiene la forma física de una patata cocida. Aun así, cuando escucha un frenazo, un pitido y un aullido, se le hiela tanto la sangre que corre lo más rápido que ha corrido en su vida. 

 

Es una calle de un solo sentido, que de normal está muy poco transitada y casi no pasan vehículos por ella. En mitad de la carretera hay una paquetera parada, de la cual un conductor se está bajando hecho una furia, y su perro hecho una bola, completamente aterrorizado y temblando, quieto como una estatua. 

–Muévete. ¡Muévete, estúpido chucho! –le dice el impaciente hombre, agarrándolo del pelaje (no tiene su collar, Shang Hua no se lo deja puesto en casa para que no le haga muchos enredos) y tirando sin cuidado. Junjun gime adolorido, pero no se mueve (Nunca se mueve cuando tiene miedo. ¡Es muy cobarde!) y el hombre, furioso, levanta la mano con la palma abierta. 

 

Shang Hua le agarra del brazo con ambas manos antes de haga contacto. 

–¡No lo toque! –dice, sonando menos amenazador de lo que debería por lo ahogado que llega. El hombre lo mira desconcertado, antes de volver a ponerse furioso. 

–¿Es tu perro? ¡Casi provoca un accidente! ¡Muévelo o pasaré por encima de él con mi vehículo, tengo encargos que hacer!

 

Shang Hua lo ignora. Se agacha y empieza a acariciar a Junjun, viendo si se ha dado algún golpe. Por suerte, parece ileso más allá de lo terriblemente asustado que se encuentra. 

–Ven, Junjun. Ven peque, ven con papi –le pone su collar con la correa pero el malamute no se mueve, solo lloriquea lastimeramente–. Venga, vámonos a casa.

Da un tirón suave, sin efecto. El hombre, impaciente, intenta agarrarle la correa y Shang Hua la aparta de su alcance. 

–¡¿Pero qué hace?!

–¡Quitar a ese chucho de en medio yo mismo, inútil!

–Deme solo un par de minutos, está asustado. 

–¡No tengo un par de minutos! ¡Estoy en medio de un reparto!

–¡Para gritar sí parece tener tiempo! –le refuta, harto. No es buena idea porque el hombre se enfada aún más si cabe y le agarra de la camiseta. 

–¡¿Qué has dicho?! –el tipo hace ademán de zarandearlo, pero entonces algo extraño sucede. Se escucha un gruñido gutural y de repente Junjun está entre el hombre y Shang Hua enseñando los dientes, el lomo curvado y las orejas hacia atrás. 

 

Oh, Shang Hua va a llorar de la emoción. El cobarde de su perro, que su primer instinto es siempre encogerse, está defendiéndole. Aun así, no es bueno que la situación escale y aprovechando que el idiota lo suelta y da un par de pasos hacia atrás, Shang Hua vuelve a agacharse para intentar calmar a su pequeño. 

–Tranquilo, tranquilo. 

–¡Ese bicho es una amenaza! ¡Cómo siga gruñéndome voy a pasarle por encima con el coche!

 

Antes de que Shang Hua pueda gritarle un “Ni se le ocurra” alguien coge al tipo por la camisa por detrás y lo lanza contra su vehículo. 

Es Mo Bei. 

–No, no va a hacerlo –dice tranquilo, pero con el tono de voz más helado que tiene. Shang Hua lo conoce bien y sabe que ahora mismo su novio está furioso, aunque puede no parecerlo por su neutra expresión. Hasta su presencia hace que todo parezca más frío, como si un aire helado se hubiera instalado ese cálido día de marzo. Lo bueno es que también da seguridad a Junjun, como si notase que con Mo Bei cerca nadie va a atreverse a hacerle nada a Shang Hua o a él, y deja de gruñir y enseñar los dientes; aunque se queda protectoramente delante de su dueño. 

–¡¿Y tú quién te crees que eres?! –gruñe el hombre, indignado. Es alguien grande, casi de la misma complexión que Mo Bei, aunque se nota mayor y no en tan buena forma. Pero seguramente no está acostumbrado a que lo mangoneen con esa facilidad. 

–Soy el que te va a romper el brazo por levantarle la mano a su familia –contesta y woah. Mo Bei está enfadado. Realmente enfadado. Y super guapo. Shang Hua está sintiendo cosas, ahora que el miedo se le está pasando. Cosas que no es bueno sentir en público. 

–Bah, no valéis la pena –murmura, intentando salvar su ego para no reconocer que el más joven le ha hecho casi mearse en los pantalones. Hace amago de abrir la puerta de su vehículo, pero Mo Be vuelve a cerrársela de un golpe seco–. ¡Que haces!

–No he dicho que te puedas ir –contesta–. He dicho que te iba a romper el brazo por atreverte a tocarles –Mo Bei da un paso más y se yergue sobre él. De repente es como si midiera tres metros y el hombre se encoge, ya no ocultando su miedo–. No era una amenaza, era un hecho.

 

Shang Hua decide que es su momento de intervenir, y envuelve con su mano mucho más pequeña la muñeca de su novio. Nota la tensión ahí, los músculos y tendones contraídos para formar un puño a punto de atacar.

–Beibei, no –pide, en su tono más suplicante, buscando su mirada hasta que consigue que le mire a los ojos. Shang Hua tiene los ojos almendrados, grandes y marrones. Es de los pocos rasgos de su cara que puede considerar bonitos, y sabe cómo usarlos a su favor–. No quiero que pases la noche en el calabozo –y porque puede y porque es un mierdecilla en el fondo, lanza una mirada de reojo al imbécil antes de añadir–. Otra vez

 

Mo Bei claudica (casi siempre claudica cuando lo mira así) dando un bufido y el hombre aprovecha para meterse en su paquetera y cerrar por dentro. No es necesario, su pareja ya ha decidido que no vale nada y se olvida pronto de él. Sin prisa alguna coge la correa de la otra mano de Shang Hua y lleva a Junjun hacia la acera. El perro no se resiste ni una vez, es más va trotando tranquilamente a su lado sin dar ni un tirón. La paquetera pronto desaparece de la calle y de sus vistas. 

 

Como Shang Hua no puede estar callado ni debajo del agua, enlaza los dedos con los de Mo Bei y se la lleva al pecho. Es enorme, la suya casi desaparece de la vista en comparación. 

–Has dicho familia. A los dos –dice, señalando a Junjun, que los mira moviendo la cola. Mo Bei asiente, porque avergonzase no está en su repertorio, como no lo está negar lo evidente o mentir. Baja la vista al animal y le acaricia la cabeza con cariño. 

–Has defendido a ah-Hua –dice, muy serio–. Buen chico. 

 

Junjun, pletórico, se sube a dos patas a su pecho y Mo Bei le da un par de palmadas en el costado antes de obligarlo a bajársele de encima. Tienen una conversación de miradas que Shang Hua no entiende pues es humano, no lobo alfa, pero algo termina de encajar entre ellos. 

–Siento haber tardado –le dice luego–. Tenía que encargarme del repartidor.

–Por favor, dime que no está muerto –Mo Bei bufa, ofendido–. Es broma, es broma. Y no has tardado ni dos minutos –le asegura, porque realmente todo ha sido bastante rápido. 

–Estás descalzo –le dice y Shang Hua mira hacia abajo para notar que, correctamente, no lleva ni unos míseros calcetines. Encoge los dedos de los pies instintivamente. Estaba tan preocupado que salió sin pensar en nada–. ¿Te duele?

–No, no te preocupes –intenta decir, pero antes de acabar la frase su estúpido novio se lo echa al hombro como si fuera un saco de patatas–. ¡Ey!

–No te muevas –ordena, agarrando sus tobillos con una mano (¡ambos!) para examinar sus plantas. 

–¡Me voy a caer! –le dice cuando se siente resbalar un poco hacia abajo. Tiene la cara muy cerca de su trasero, y no es que se vaya a quejar de eso pero…

–No voy a dejar que caigas –contesta seguro. Luego hace un gruñido apreciativo, pasando el pulgar por uno de los talones–. No tienes ninguna herida. La piel un poco levantada, pero sin sangrar. 

–Estupendo. Ahora bájame antes de que me vea alguien. 

–No –responde, y ajustando a Shang Hua mejor en su hombro con un brazo y dando un leve tirón de la correa de Junjun con la mano libre, comienza a caminar hacia el piso. Menos mal que van a mudarse relativamente pronto, porque Shang Hua va a perder toda la dignidad en ese barrio. 

–Beibei, puedo caminar –intenta inútilmente, porque sabe que no hay nadie más cabezota que su pareja. Nota una mano colarse por una de las perneras de su pantalón corto (cosa fácil, le está enorme) y acariciar levemente la parte interna de su muslo. 

–Tranquilo –puede oír la media sonrisa en su voz, aunque no pueda verla–. Solucionaré eso enseguida. 

 

Shang Hua se nota enrojecer hasta la raíz del pelo, y se remueve inútilmente en el firme hombro.

–¡Mo Bei! ¡Desvergonzado!

 

Junjun los mira como si sonriera, moviendo el rabo mientras camina. 

 

[+++]

 

Tener perro es como tener un hijo. Eso significa que también puedes traumatizarlos con tu vida sexual. 

 

–Espe… ¡Ah! ¡Espera! –grita cuando por fin, por fin, Mo Bei ha entrado en él con una fuerte estocada. Lo ha tenido lo que le han parecido horas sufriendo bajo su boca, pero no por ello se ha tomado su tiempo o ha ido despacio. No, Mo Bei ha arrasado con él, ha mordido cada centímetro de piel que tiene, dejando marcas que durarán días, hasta que quedase temblando. Ha enterrado la cara entre sus nalgas lamiéndolo como si no hubiera un mañana, doblado en dos, erecto y goteando contra su propio pecho. Le ha preparado casi desde el principio con tres dedos y los ha tenido ahí hasta que Shang Hua ha sollozado y pataleado. Y aun con todo eso, no estaba preparado para la delirante tortura que es tener a su novio otra vez en su interior, partiéndole por la mitad, después de cuatro meses –Espera… no puedo… ¿Es más grande?... Joder.

–No –contesta ronco, su respiración algo agitada, y sin hacerle caso a sus súplicas al volver a embestir con fuerza y hacerle gritar de nuevo. Lo nota casi en el estómago–. Tienes que volver a acostumbrarte.

 

¡¿Volver a acostumbrarse?! Shang Hua tardó meses en acostumbrarse. No, borra eso, nunca se ha acostumbrado del todo, no puedes acostumbrarte a algo así, siempre va a ser demasiado. Lo que tu cuerpo hace es condicionarse. Pasar de luchar contra la intrusión a aceptarla. Pero aun así sus primeras veces fueron un desastre. Mo Bei tenía (tiene) la paciencia de un crío mimado y Shang Hua una tolerancia baja al dolor y cero experiencia previa quitando sus propios juguetes. Les costó varios intentos conseguir tener sexo anal y la primera vez ninguno terminó, Shang Hua por el dolor y Mo Bei por no poder moverse a la velocidad que conseguía llevarlo al final. Fueron días algo frustrantes, en los que por suerte ganó la determinación de ambos de seguir intentándolo. 

Y ciertas cosas que, al principio, a ninguno de los dos le convencían del otro, empezaron a gustarles. Mo Bei es un mordedor, y aunque al principio Shang Hua se quejase de ello, poco a poco empezó a disfrutar de esas punzadas de dolor con placer, a estirar el cuello para darle más espacio. La primera vez que consiguió correrse sin que lo masturbase fue con los dientes de su pareja en la nuca, y no sabe cuál de los dos estaba más sorprendido por ello. 

Y Shang Hua es incapaz de cabalgar a Mo Bei hasta el final (es difícil ya para su poca forma física y falta de coordinación, intentarlo con el cerebro de vacaciones es imposible), y al principio a su novio le hastiaba su falta de resistencia pero ahora casi le gruñe si intenta llevar la iniciativa mucho rato, utilizando su fuerza para mangonearlo contra el colchón y hacerlo todo él, imponiendo su ritmo, su tiránica dominancia como si fuera un rey y Shang Hua su siervo. 

 

Si hay algo en lo que se hayan acostumbrado es el uno al otro, a sus cuerpos, a su forma de moverse (Shang Hua despacio y suplicante, Mo Bei rápido y certero) porque son características del otro, hasta un punto que lo que consideraban un problema ahora los ha vuelto adictos. Sobre todo él, no va a negarlo aunque jamás lo diría en voz alta. Hay algo cuando Mo Bei lo empala, cuando se siente abierto más allá de lo que puede su cuerpo, que hace que se retuerza de placer y sobrestimulación mientras sus neuronas se van suicidando en cada estocada, incapaz de controlarse. Su filtro cerebro-boca deshaciéndose rápidamente.

 

Cuando Mo Bei le sube una pierna a su hombro, mordiendo desde su pantorrilla hasta el muslo, cambiando el ángulo de sus estocadas, suelta el grito más agudo de toda la noche, y es seguido por un aullido fuera del cuarto.

 

Junjun lleva desde que empezaron, el pobre, cada vez más nervioso, completamente confundido por los nuevos ruidos que escucha. Comenzó a llamar a la puerta con la pata, a gruñir y lloriquearle levemente, incrementando sus intentos de entrar. Ahora aúlla como llorando, como si estuviera preocupado.

 

Shang Hua es un padre terrible. 

–Ah… más… ¡Ah! Más despacio… No puedo… ¡Ah! –pierde el hilo de su frase cuando Mo Bei aprieta su suave y blando estómago con focalizada fascinación mientras se nota moverse ahí, en el bajo vientre, bajo su propia y enorme palma. Suele hacerlo mucho, como si no se creyera hasta dónde llega dentro de ese pequeño cuerpo –Mo Beeeeei… No puedo… si sigues así no puedo… callarme…

–Bien –replica. 

–Pero Junjun…

–También se acostumbrará –contesta, tranquilo. Como si no lo estuviera dejando hecho un desastre, desvencijado y abierto.

 

Entre la neblina en su cerebro se cuela el sonido de un gemido muy lastimero y siente una punzada de culpa. De verdad que intenta no hacer tanto ruido, pero es imposible cuando te están follando como un pistón automático. Gira la cabeza hacia la puerta e intenta sacar un tono tranquilizador de su cansada garganta.

–Shh… Junjun… Ve a… dormir.

Mo Bei gruñe y mueve la mano de su estómago para agarrarle el mentón y hacer que vuelva a mirarle.

–No –le prohíbe y sabe leer esa mirada molesta. Quiere que le haga caso solo a él.

–Pero… Junjun… y los vecinos… ¡Beibei! –llora. Hasta nota un par de lágrimas por sus mejillas mezclarse con el sudor de su sien–. De verdad que no… No puedo…

–De acuerdo –le contesta, dejándolo confuso hasta que sube su enorme mano del mentón a su boca, cubriéndosela entera–. Yo me encargo.

 

Y planta las rodillas más firmemente en la cama, doblándolo casi por la mitad con una pierna en su hombro, la otra rodeándole su fuerte cintura, y, aunque Shang Hua creía que era imposible, aumenta el ritmo. 

 

Cualquier intento de coherencia por su parte escapa por la ventana. Mo Bei nunca había hecho eso, le gustan los sonidos que hace, así que la sensación de su mano amordazándole es completamente nueva. Le cubre media cara y casi no le permite respirar. Sus gritos son audibles aún, pero mucho más ahogados y se mezclan con el crujir de la cama, los gruñidos guturales de Mo Bei y el obsceno sonido húmedo y rápido de sus cuerpos chocando. La fricción dentro de sí es arrolladora a pesar de la preparación y el exceso de lubricante. Cada estocada apunta a su próstata, y el largo y la anchura del miembro hace que tras golpearla, la carne se restriegue contra ese conjunto de nervios al entrar y al salir. Es una sobrestimulación brutal y, entre eso y el poco oxígeno que está llegando a su cerebro, su cabeza le da vueltas. Se agarra a la muñeca de su novio por anclarse a algo, pero no intenta apartarle la mano. Le gusta que este ahí, apretando contra el colchón. Le gusta el ligero ardor en sus pulmones y sobre todo le gusta él y todo lo que hace con su cuerpo.

 

Cuando las embestidas empiezan a perder ritmo y a ser erráticas Shang Hua se da cuenta de lo cerca que está Mo Bei también de terminar. Si pudiera tener algún tipo de pensamiento complejo pensaría lo raro que es, con su templanza y resistencia, que esté tan cerca del orgasmo como él, pero no puede. Lo único que pasa por su cabeza es el deseo, la necesidad, de que acabe en su interior. Que lo marque de todas las formas posibles, dentro y fuera, y es ese pensamiento el que termina empujándolo al final, ondulando su cuerpo como si estuviera poseído mientras se corre. Es tan intenso que solo ve blanco durante varios segundos y casi no es consciente de que está mordiendo la palma de Mo Bei (para variar) mientras oleadas de placer eléctrico recorren su cuerpo. Es tan poderoso que sigue convulsionando mientras que Mo Bei también llega, temblando entre sus piernas y muy dentro en su interior.

 

Durante largos segundos se quedan quietos, respirando agitadamente. Hay una expresión extraña en Mo Bei, como confusión mezclada con admiración y no sabe por qué, pues tiene que lucir patético, tan concienzudamente arrasado y lloroso. Pero casi ni parpadea cuando, despacio, mueve la mano de su boca y le delinea los labios húmedos de su propia saliva con el pulgar. Le deja bajar una pierna y se inclina sobre él, su pelo negro cae como una cortina sobre su cabeza y le da la sensación de que está protegido del mundo ahí, debajo de la persona que más quiere. 

Respira tembloroso y da un suave beso a la yema del dedo y Mo Bei gime como si estuviera herido. Y oh. Oh. ¿Por qué no ha salido aún de su interior? ¿Por qué parece que no ha perdido nada de firmeza a pesar de que se ha corrido?

 

No puede decir nada cuando lo tiene besándolo profundamente. Lame su lengua;  muerde y succiona su labio inferior mientras sale de su interior. La sensación de pérdida le hace estremecerse, su cuerpo intentando agarrarse al aire, pero no dura demasiado. Mo Bei le da la vuelta con movimientos ágiles, le mantiene las caderas levantadas (no puede decir que lo ponga a cuatro patas. Para ello Shang Hua tendría que tener algún tipo de fuerza en sus miembros y ni de coña; se le han vuelto de gelatina) y se restriega contra sus nalgas antes de penetrarle de nuevo.

–¡BEIBEI! –grita y hay un aullido solidario con su grito–. No puedo… no puedo…

–Shhhh… –suena casi dulce, mientras acaricia el borde de su cuerpo, que lo envuelve de manera pietra, con la yema de los pulgares–. Sí que puedes.

 

¿De dónde saca esa injustificada fe en él? ¡Por supuesto que no puede, es imposible! Debería ser imposible para él también, se acaba de correr, lo sabe, siente el semen correr por sus nalgas tras esa estocada. Dios, su cuerpo está tan sobre estimulado en ese momento, no quiere pensar en cómo Mo Bei lo llena tanto que no hay espacio para nada más, como lo hace… rebosar. 

Agarra la almohada, entierra la cara en ella y grita porque entre la imagen mental y que Mo Bei ha empezado a mover sus caderas en empellones cortos, se va a morir. Así es como acabará su vida y lo peor es que sabe que es mejor muerte de la que se merece. Ahora mismo el roce de cualquier cosa, en cualquier lado, le hace estremecerse. Su piel está erizada, caliente, la sangre le ruge en los oídos y a pesar de que debería ser imposible, nota que su miembro despierta, alzándose pesado entre sus piernas. 

 

Con cuidado, casi tímidamente (algo extraño pues Mo Bei no es tímido para nada) nota una de esas enormes manos que lo sostienen serpentear por su costado, más fría que su ardiente piel, hasta llegar a su cuello. Entierra los dedos largos y fuertes en su nuca hasta que le agarra un buen montón de pelo en su puño. Su corta coleta lleva ya bastante tiempo deshecha y su media melena castaña tiene, al parecer, el largo perfecto para que le agarren del pelo y obligarlo a enterrar un poco más la cabeza contra la suave superficie mientras se lo folla. 

 

Cielos, pocas veces se ha sentido tan usado y es tan erótico. No tiene que pensar en nada, solo recibir casi más de lo que puede manejar mientras deja que Mo Bei tome el control sobre todo; el ritmo de las embestidas, el placer de ambos, la cantidad de aire que va a sus pulmones… Él solo tiene que estar ahí, con la mente en blanco y gimiendo desesperado contra la tela hasta empaparla de saliva y lágrimas. 

 

Las embestidas cada vez van más rápido, y con ello Mo Bei va curvándose más sobre su cuerpo, agarrándose a él como si fuera su tabla de salvación, dejando marcas de sus dedos en las zonas más suaves y blandas. Su mano le acaricia el pecho, sus pezones tan duros que podrían cortar cristal, bajan y se entretienen en su estómago donde vuelve a apretar la palma buscando encontrarse bajo su tacto antes de seguir hacia su erección. Cuando sus fuertes dedos la envuelven con cuidado, Shang Hua nota tal descarga eléctrica por todo su ser que se arquea contra las manos que lo sostienen. Gimotea agotado, mientras lo masturba de manera suave, diametralmente opuesto a la fuerza de sus empellones. Puede oírlo jadear, puede notar el latido de su corazón acelerado. Es casi un milagro que su estoico Beibei esté tan arruinado como él. Le hace girar la cabeza para enterrar la cara justo detrás de su oreja. Aspira con fuerza y suelta con la voz más rota que le ha oído nunca.

–Mi ah-Hua…

 

Se corre por segunda vez, derramándose en esa mano demasiado grande. Se nota contraerse imposiblemente fuerte contra la invasión que es el miembro de su novio, y es bastante para llevarle con él. Caen derrotados sobre el colchón y Mo Bei tiene la suficiente entereza de ponerlos de lado para no aplastar al otro mientras ambos están sin resuello. El aire que le llena los pulmones parece frío, un bálsamo después de haber ardido tanto y tan bien. Shang Hua sonríe levemente y cierra los ojos. 

 

Debe quedarse dormido un instante, porque lo siguiente que nota es un lametón en la cara y un gimoteo quejumbroso. Abre los ojos para ver a Junjun con la cabeza apoyada en la cama, a centímetros de la suya, mirándolo con sus ojos tan azules como los de Mo Bei y las orejas gachas. 

–Ey… –susurra, haciendo un esfuerzo titánico para llevar la mano a su peluda cabeza y rascarle tras las orejas. Tiene que tener marcas y chupetones por todos lados. Mañana se las mirará bien, ahora está demasiado cansado para disfrutarlas–. ¿Qué haces aquí, cómo te has colado? –vuelve a lamerle la cara, provocándole una risa leve–. ¿Te hemos asustado con tanto ruido? Perdón, perdón…

–Xiao Jun –la voz de Mo Bei desde la puerta llama su atención. Lleva puestos los pantalones del pijama que Shang Hua compró para que compartieran, uno celeste con estampados de pequeños hámster. En su momento le hizo gracia imaginarse a Mo Bei llevando eso después de su confesión sobre que le gustaban esos roedores, y él se quedó con la parte de arriba. Es la primera vez que se los ve puestos. Le quedan ridículamente bien–. Déjale descansar. 

 

JunJun mueve la cola y lo mira mientras se acerca. Lleva algo en las manos, un vaso de agua que le pasa a Shang Hua y que bebe casi sin incorporarse, y una toalla pequeña. Cuando la pasa con cuidado por su cara limpiándole las babas de JunJun se da cuenta de que está húmeda y caliente, y es súper agradable. Con cuidado va limpiando los restos de semen de su estómago, sus piernas. Sisea cuando nota el tacto en su maltratada entrada. 

–¿Bien? –pregunta Mo Bei en su tono más preocupado, que es como su tono normal pero una octava más suave. Shang Hua le sonríe agotado y asiente, hundido contra el colchón. El otro se inclina para besarle la frente, le pone la parte de arriba del pijama de hámster (que es suave y calentito y se puede perder en él de lo grande que le queda. Lo compró de la talla de Mo Bei, al fin y al cabo) y lo arropa bajo las sábanas. Se va un momento a dejar la toalla a la cesta de la ropa sucia y cuando vuelve acaricia la cabeza de Junjun. 

–Xiao Jun, ah-Hua está bien. Ve a tu sitio. 

 

Se produce esa extraña comunicación que tienen ambos con los ojos y Junjun restriega su cabeza contra Shang Hua, luego con el estómago de Mo Bei y se va del cuarto, como deseándoles buenas noches. Mo Bei vuelve a cerrar la puerta, se desliza bajo las sábanas con cuidado y envuelve por detrás la figura más pequeña en un férreo abrazo. Tiene las manos frías y las cuela debajo de su pijama, pero le da igual. Shang Hua siente el peso de su pecho contra su espalda y solo puede pensar que, por fin, está donde debe estar, antes de caer completamente dormido por el agotamiento. 

 

[+++]

 

Shang Hua duerme profundamente, casi sin ningún sueño. Algo raro en él, pues suele moverse bastante por la noche y tener sueños muy vívidos. 

 

En un momento le parece, entre las neblinas del aletargamiento, notar algo moviéndolo ligeramente, como acomodándolo en el colchón y hace un ruido de sorpresa, sin abrir los ojos. Le parece oír un susurro en su oído.

–Shhh… Duerme.

 

No es nadie para decirle que no a esa voz, y vuelve a caer en un profundo sueño de nuevo. El resto del sueño se va plagando, poco a poco, de calor. Una sensación agradable que se va apilando en su estómago y que termina, irremediablemente, despertándolo en un estado descolocado y confuso. 

 

Lo primero que ve es a Mo Bei sobre él, su pelo cayendo a un lado como la mejor cortina, casi todo su peso contra él con los fuertes antebrazos por encima de la almohada. 

Lo siguiente que nota es que está acomodado entre sus piernas y completamente enterrado de nuevo en su trasero, moviéndose con una cadencia tan ligera y suave que no puede considerarse embestidas pero no por ello es menos placentero. 

–Uh… –gime, intentando focalizar su dispersa mente. Sigue estando adolorido de la noche anterior, puede notarse especialmente delicado y en carne viva donde Mo Bei lo abre en dos con el arma que se gasta–. Bei… ¿Mo Bei?

Como respuesta recibe un beso suave en los labios, después sus mejillas.

–Creía que no te ibas a despertar. Llevo casi diez minutos así –mueve la cadera. Puede oír diversión en su voz, escondida entre su tono neutro. Con cuidado le anima a que envuelva su cintura con las piernas. Se ha bajado los pantalones del pijama lo justo para sacarse su miembro y la tela se siente suave cuando roza sus muslos–. No he tenido ni que prepararte. Seguías abierto y mojado de anoche. Solo he tenido que usar algo de lubricante en mí y entrar…

–Beibei –gime, cerrando los ojos y escondiéndose en su cuello. Una cosa es que lo haya vuelto adicto a su cuerpo y otra que tenga que avergonzarlo así. Se ríe de él, por supuesto. Le besa la cabeza y sigue por su cuello, como si se parase en cada una de las marcas que le dejó la noche anterior con los dientes y quisiera aliviarlas con los labios y la lengua. Shang Hua pronto es todo maullidos y gemidos bajitos. 

–Dímelo –le pide. Ha abierto dos de los botones de su pijama y está entretenido lamiendo su clavícula.

–¿Eh?

–Dímelo –vuelve a pedirle y Shang Hua tarda unos segundos hasta que se da cuenta, y se derrite en ese momento.

 

La cosa es que, de los dos, la somnofilia es el kink de Shang Hua. El noventa por ciento de los kinks son de Shang Hua si tiene que ser sincero, durante mucho tiempo antes de conocer a Mo Bei fue un virgen patético con mucho tiempo libre. El tema es que, cuando se lo propuso a Mo Bei, este le contestó sin mucho interés que por qué iba a querer follárselo dormido. ¿Dónde está la gracia? le preguntó sin entender, no viendo el peculiar atractivo de un Shang Hua que no estuviera plenamente consciente de cómo lo llevaba a la locura. Quedaron en que, si alguna vez le apetecía intentarlo, tenía el permiso de Shang Hua. 

 

Lo han hecho unas pocas veces desde ese día y todas esas veces hay un denominador común. Mo Bei estaba especialmente cariñoso. Por algún motivo en lugar de morder, embestir y arrasar como suele hacer, como suele ser él, se toma su tiempo, va despacio y no para hasta que lo tiene suplicando y temblando. Son días en los que parece que el cariño que le tiene se le escapa por las grietas de su estoico temperamento y no puede esperar a que despierte para volcarlo. Son también los días que más deja salir ese lado de su personalidad donde quiere que le cumplan sus caprichos y lo inunden en atención. 

 

Shang Hua adora esos días, casi tanto como lo adora a él.

–Beibei –susurra, sonriendo, la piel erizada y su erección atrapada entre sus estómagos–. Te quiero.

Lo siente temblar entre sus piernas, entrar un poco más profundo.

–Otra vez –ordena, y Shang Hua se abraza a su cuello con fuerza. 

–Te quiero.

 

Mo Bei gruñe contento, y aumenta un poco el ritmo. La caricia en su interior se intensifica, y se pregunta si le quedan fuerzas dentro para llegar al orgasmo. No le preocupa, Mo Bei sabrá llevarlo ahí, él solo tiene que disfrutar del viaje. 

Están lo que parecen horas así, Mo Bei cumpliendo cualquier pequeño capricho que le pida (bésame, abrázame fuerte, acaríciame la espalda, llámame HuaHua…), rumiando pequeños ruiditos satisfechos contra su piel mientras besa todo a su alcance, hasta que la temperatura bajo las sábanas es equiparable a un horno. Hasta que ambos acaban con la respiración agitada y terminando casi a la vez, un orgasmo largo como una oleada de calor que lo deja temblando y contrayéndose contra el miembro de Mo Bei hasta que se derrama en su interior. 

 

Es lo más parecido a una avalancha de plumas que puede experimentar. 

Nota al otro acomodarse en su hombro, suspirando feliz. 

–Beibei –susurra, el sueño volviendo a invadirle–. ¿No te vas a mover?

–Hm, no. Aún no –contesta. Shang Hua se encoge de hombros y acomoda las piernas para estar más cómodo y que el peso de su novio no le aplaste.

 

Al fin y al cabo, el cockwarming es el kink de Mo Bei, pero a Shang Hua no le importa en absoluto. 

 

[+++]

 

Cuando despierta por segunda vez está completamente solo. Mo Bei lo ha limpiado de nuevo y lo ha arropado con las mantas para que no tuviera frío. Se siente muy tentado de quedarse así y seguir durmiendo, su trasero le arde y tiene agujetas en los muslos. Pero las ganas de ir al baño ganan, y sale a regañadientes para ir a orinar. Aprovecha para lavarse la cara, enjuagarse los dientes, colocarse mejor el pijama (después de echarse un buen vistazo en el espejo. Tiene chupetones en cada palmo de piel visible, y se distrae apretando con los dedos hasta sentir el tintineo debajo de la piel por el moratón) y lo más importante, usar de nuevo ropa interior. 

 

Cuando sale se extraña de que la casa siga tan silenciosa, y sobre todo que Junjun no lo esté siguiendo por todos lados. Por un momento cree que quizás estén en la calle, pero sus dudas se disipan cuando entra al salón y ve a Mo Bei recostado en el sofá (que parece demasiado pequeño para él) con Junjun tumbado cuan largo es en el suelo a su lado, apenas dándole una mirada y un movimiento de rabo. 

–Pero bueno, ¿cuándo hemos comprado esta alfombra tan peluda? –se arrodilla al lado de Junjun, a pesar de que sus caderas ven estrellas por el esfuerzo, y empieza a acariciar al animal, que lo mira feliz por los mimos, exponiendo su barriga–. ¿Qué le pasa a mi Junjun, dónde está toda su energía?

–Hemos salido a correr. No está acostumbrado –le contesta Mo Bei en tono neutro, pero puede notar en su… algo, que le hace gracia.

–Ah, Junjun, tú también has caído bajo la fuente inagotable de energía, ¿verdad? No te avergüences, meros mortales como nosotros no podemos equipararnos a Beibei.

–Mentira –contesta, acariciándole la cabeza–. Anoche me aguantaste el ritmo muy bien.

–¡Calla! –grita, rojo de vergüenza, incorporándose un poco para taparle la boca. Mo Bei aprovecha para cogerlo y hacer que se siente en su regazo. Shang Hua se acurruca ahí, dejando la cabeza contra el amplio pecho y las piernas entrelazadas con los fuertes muslos. El latido del corazón de Mo Bei es sereno y suave, y notarlo le hace estúpidamente feliz. 

–¿Cómo estás? –le pregunta. 

–Como si fuera un moratón ambulante –contesta sincero y con una sonrisa–. No tuviste una onza de piedad conmigo anoche.

–No querías piedad precisamente –objeta tranquilo, acariciando su pelo con cuidado, deshaciendo algunos nudos con los dedos. Shang Hua le clava la barbilla en un pectoral para poder mirarle bien a su perfecta cara y como, a pesar de ser tan cobarde, al parecer no tiene instinto de supervivencia, le dice bajo, como una confesión:

–Aun noto como si siguieras dentro.

 

Los ojos claros se oscurecen, la pupila dilatándose y amenazando con comerse el azul. Le agarra de los muslos hasta que ambas piernas quedan a cada lado de su cadera. 

–No me provoques –le advierte–. No creo que aguantes otra ronda más tan pronto. 

Hace un puchero, pero asiente, acomodándose mejor sobre Mo Bei. 

–No tengo fuerzas ni para moverme. No sé qué planes tenías para hacer hoy, pero vas a tener que cambiarlos a ver series y pedir comida a domicilio. 

–Mi único plan para estas dos semanas es quedarme entre tus piernas el mayor tiempo posible –le aprieta los muslos ligeramente y le sonríe un poco de medio lado–. Parece que lo estoy consiguiendo.

–Beibei –gime avergonzado, escondiendo la cara en su pecho–Ug, eres tan perfecto. No puedo. 

 

No cree que Mo Bei vaya a contestar, pero igualmente no puede cuando Junjun se sube también al sofá. Realmente no hay sitio para él, así que se tumba sobre la espalda de Shang Hua.

–Xiao Jun, abajo –dice Mo Bei, y el perro hace un ruidito triste. 

–Déjale, no me molesta –pide Shang Hua y el otro accede. Junjun parece feliz, o al menos el continuo ruido de su rabo golpeando contra el respaldo del sofá se puede interpretar así. 

–Cuando nos mudemos necesitaremos un sofá más grande –dice, y Shang Hua sonríe, imaginando cómo van a vivir en su nuevo piso, cuando Mo Bei vuelva definitivamente. Cómo ya está pensando para que Junjun encaje en todo eso. 

 

Siempre ha tenido una vida solitaria pero ahora, en ese momento, atrapado entre el pecho fuerte de Mo Bei y el peso cálido de Junjun, se da cuenta de que ya no será así. Que nunca más será así. 

 

Se siente afortunado, y terriblemente feliz.

 

 

Notes:

Mira, si has llegado hasta el final mil gracias porque esto es de lo más self indulgent que he hecho en mi vida. Básicamente, quería escribir mis experiencias con mis perros de manera cómica (mi perra, ya fallecida, era un ángel como el perro de SY, pero ahora cuido a los perros de mi padre desde que él falleció y básicamente nunca los educó bien y ha sido todo un viaje de lágrimas hasta que por fin hemos conseguido que se porten bien. Junjun es la mezcla de esos dos perros y la lucha, aunque gratificante al final, de conseguir adaptarlos a una vida doméstica)

La verdad es que me encantó escribir esto pero no quería publicarlo porque no pensaba que nadie más que a mi le gustaría, pero las niñas me acabaron convenciendo. Pero ha costado ¿eh? Que esto lo acabé en febrero.

Seguramente haga una segunda parte, algo más corta, BingQiu. Sólo necesito tiempo

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