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Las garras lo asfixiaron.
Las garras desgarraron la carne y arrancaron su lengua. Las garras revolvieron sus tripas y perforaron los ojos tristes que devolvieron una mirada vacía que en el espejo se rompió. Sus dientes rechinaron por el horror. Las venas bajo su piel ardieron como lava carmesí y las uñas magullaron el rostro podrido que su madre rechazó. Sus torpes dedos se quebraron bajo la frialdad de un cuerpo que no reconoció, y los hilos rasgaron las comisuras de una sonrisa que jamás dejó de estar rota y temblorosa con cada paso que dió. Entonces la sangre fluyó.
La sangre fluyó espesa. Tan espesa y sucia.
Shōto gritó sonidos que jamás abandonaron su garganta. La mandíbula protestó del dolor y su cuerpo tembló por el sudor frío que cubrió su piel durante la pesadilla sin fin que se repite en su cabeza. A veces vendría acompañada de ojos azules. Un azul siempre pálido que se sentiría triste y vacío. Ocasionalmente ese azul se teñiría de rencor y una chispa de diversión, haciéndolos lucir intensos, muy intensos y brillantes en la oscuridad nebulosa de su caótica y desenfrenada pesadilla, pero aún así jamás le infundieron terror. Solo una ligera incomodidad y tristeza. Otras veces se escucharían gritos. Inconfundibles gritos llenos de horror y miedo provenientes de la apática voz maternal.
Al final de la noche sería la voz de su madre lo que le dejaría un inexplicable miedo errático y una culpabilidad aplastante.
Sin embargo habían noches peores, por supuesto que las habían. En esas pesadillas un fuego poderoso y enfurecido arrasaría con el mundo que conocía y reduciría todo en cenizas y carbón. Su corazón sería aplastado por las gruesas suelas de unas botas en llamas y sus esperanzas morirían bajo el grito ensordecedor de su padre. Su voz siempre sepultaría los pequeños quejidos adoloridos de Shōto. Siempre enteraría sus calientes manos en la ropa del niño y lo lanzaría a los lobos que desgarrarían su pálida carne en cada ocasión concedida. Entonces allí, desde el suelo hecho de huesos y ollín miraría ingravido a su padre y sería escupido, para luego volver a ser jalado a la vida y arrojado a las bestias, repitiendo el ciclo sin fin al que nunca pudo acostumbrarse.
Hoy fue una de esas noches.
Hoy fue una de esas noches donde la ropa se pegó a la humedad de la piel helada y sus músculos temblaron bajo el resoplido de un aliento frío, tan frío como el suelo donde fue arrojado en sus pesadillas. En contraste su garganta quemó. Quemó demasiado. Probó soltar una palabra pero apenas se oyó un patético y lamentable gemido. Se llevó los frenéticos dedos al cuello para encontrar alivio pero sólo consiguió empeorar la quemadura. ¿Quemadura? Alarmado pero no lo suficiente, se levantó desganado del futón y recargó todo su peso en la pared más cercana cuando sus rodillas se agitaron débiles y agotadas.
Shōto era un cuerpo inútil desprovisto de fuerza. ¿Tan mal había sido su sueño? Prácticamente los había tenido desde que era un niño, no recuerda que alguna vez durante su infancia tuviera una buena noche. De una forma u otra con lo años desarrolló un resistente nivel de tolerancia a ellos. Seguían siendo noches terribles por supuesto, pero nada que un té o una golosina de contrabando no solucione. Ahora se veía a sí mismo como una cosa lastimera y patética, helada, siempre tan helada y apática. Su corazón se desentendió de cualquier lazo afectivo que ganó.
Él se empujó fuera de la pared.
Él tomó el picaporte de la puerta y enfrentó la oscuridad.
.
El frío siempre lo calmó.
Cuando su mente no paraba de sobreanalizar las cosas, el frío se coló a través de sus pies descalzos y le brindó la necesaria sacudida a tierra que tanto ansiaba. Un recordatorio del aquí y ahora. Un recordatorio del presente. Sus plantas de los pies estarían helados mientras se escabullía a la cocina, pero no le importaba, no de la manera incorrecta al menos, porque eso siempre consiguió calmar la agitación mental de Bakugou, tal como ahora.
Su respiración se desaceleró junto con el mecánico movimiento de su muñeca y el repetitivo sonido del cuchillo sobre la tabla de cortar. El filo hundiéndose en la carne tierna y fresca de los vegetales siempre consiguió traer paz a su furioso y apasionado corazón. Una paz y tranquilidad inigualable que un simple té jamás podría lograr.
Pero el frío y la monotonía, la repetición de un movimiento, de una rutina sí.
El frío lo envolvería, lo entumecería y frenaría sus erráticos pensamientos ante el congelamiento habitual de sus huesos. En esas noches, Bakugou se resignaría a recibir el insomnio como un efecto colateral más del camino elegido para ser el héroe número uno. Tal vez no tendría que deshecharla si conseguía hacerle frente adecuadamente y aprendía a vivir con ella, a silenciar los pensamientos autodestructivos e intrusivos que alejaban los vestigios de un buen sueño reparador.
Ya sabía cómo lidiar con el patético insomnio, ahora sólo debía descubrir una solución rápida a la mierda que sea que le esté pasando. Sabe que no puede seguir así, pero por ahora el soba frío sería suficiente para entumecer, paralizar y dejar de sentir en exceso. Permitamos que el dulce adormecimiento de los indeseados sentimientos prevalezca por más tiempo. Por lo menos hasta que los pensamientos dejen de correr y el pecho deje de punzar. Extendamos este congelado infinito sin sentir sólo una indeseada noche más.
—Haz que valga la pena —dijo, y deslizó el cuchillo sobre las cebolletas.
.
—Oh.
Bakugou alzó la cabeza y abrió los ojos como un ciervo frente a un farolillo.
—Todoroki —reconoció indiferente, casi aburrido luego de un barrido superficial —. Estás empapado idiota.
Shōto se tensó y desvió los ojos a la cocina con culpabilidad, casi como si lo hubieran atrapado en algo sospechoso, pero fue entonces cuando notó las verduras, las ollas y los utensilios sobre la mesada. Fue ahí que lo miró con una curiosidad mal disimulada.
—¿Para qué...?
Bakugou frunció el ceño ante el anormal raspado vocal ajeno. Parecía casi como si hubiera gritado por horas o fuera un maldito fumador habitual. La voz salió peligrosamente ronca y gastada, muy gastada.
—¿Para qué son esas? —Shōto probó nuevamente, señalando las cebolletas sobre la tabla de cortar.
—No es asunto tuyo —respondió brusco, ignorando por completo la agitación corporal ajena, el leve temblor de sus extremidades y la sudoración excesiva.
«Ignóralo, ignóralo, ignóralo»
Shōto asintió y murmuró un bajo "mmm" para sí mismo como única respuesta.
—¡No es asunto tuyo, bastardo! —Repitió con más fuerza, solo por si acaso, pero por supuesto eso no desanimó al idiota. Sólo lo incentivó a acercarse —. ¿Qué diablos crees que estás haciendo? —Espetó inmóvil cuando Todoroki tomó una silla próxima y se sentó frente a él, con una torpe inseguridad que no le sentaba del todo bien.
Esta no era su habitual naturaleza incómoda, tan ajena y disociada de las jergas y costumbres sociales normales. Se trataba de algo más, algo inquietante, desajustado y desolador.
—Puedes seguir cortando las cebolletas, Bakugou —declaró —. No le diré a nadie que estás rompiendo alguna regla sobre cocinar en la madrugada.
—Estás jodidamente hablador esta noche, Todoroki —gruñó enseñando sus dientes —. En todo caso ahora eres mi cómplice bastardo. Y una gran molestia —añadió como ocurrencia tardía apretando el mango del cuchillo.
«Vete, aléjate»
Un silencio inquietante se apoderó del lugar, y no fue hasta que Shōto tosió bajito que la frialdad del momento se rompió.
—Lo sé —respondió finalmente, deslizando sus brazos sobre el mostrador —. Ignórame si quieres pero por favor continúa —su voz se perdió en el suave susurro de las palabras aceleradas y en la vulnerabilidad de los ojos temerosos que se desviaron a su propio regazo.
Bakugou no halló el corazón para ser un imbécil.
—¿Por qué? —Decidió preguntar, cortando un poco de alga seca.
Enfóquese en una tarea a la vez.
Cortar, deslizar, cortar.
Repita.
—Creí que no querías que hablara —murmuró Todoroki, tomándose su dulce tiempo antes de contestar.
—¡Maldito idiota! ¡Responde o te desalojo de mi cocina! —Amenazó alzando el cuchillo en su dirección.
Todoroki apoyó su cabeza sobre los antebrazos tratando de esconder lo que parecía el comienzo de una sonrisa, y suspiró bajito, como si respirar doliera.
—Es agradable —la respuesta se distorsiona por el brazo que medio cubre su boca, pero es lo suficientemente claro para que Bakugou lo entienda. Aún así, carraspea y repite más fuerte —: Es muy agradable.
Un poco de calor se extiende sobre el errático pecho de Katsuki, y consigue adormecer ligeramente las desagradables punzadas de su corazón. Se siente enrojecer un poco así que suelta un aire burlón, casi cruel.
—Eres jodidamente extraño —señala despectivamente —, pero a la mierda, lo que sea. Permanece si eso quieres, no es problema mío —agrega, escondiendo los ojos bajo sus desordenados mechones rubios, cuando Todoroki lo mira divertido a través de su flequillo bicolor.
Pasa un segundo.
Luego otro.
Entonces Shōto resopla.
—Lo iba a hacer de todas formas.
—¡Oh, cállate imbécil! —Bakugou ve rojo.
.
—Es soba —afirma en un jadeo sorprendido. Luciendo todo idiota con la boca abierta y ojos brillantes, tal como un niño viendo fuegos artificiales por primera vez.
—No sí, mierda Sherlock —Bakugou traspasa los fideos cocidos a una fuente rebosante de agua y hielo —. ¿Cuándo llegaste a esa brillante conclusión? ¿Fue mientras hervía la soba o cuando te pedí el hielo?
Shōto le dedica una mirada molesta, casi infantil que sólo consiguió arrancar una sonrisa petulante de Bakugou.
—Hazte útil y prepara el té, princesa.
—¿Qué?
.
Shōto envolvió sus manos en la taza caliente y sopló con cuidado, pequeñas gotas salpicaron en su cara. Entonces bebió un pequeño sorbo y suspiró más aliviado. Bakugou que no le quitó la mirada de encima, tuvo que reprimir la necesidad de limpiar el desastre mojado que era su barbilla. Tan simple que sería extender la mano y secar el área, pero se contuvo. Lo miró con una pizca de curiosidad incluso mientras servía el soba en los cuencos de porcelana. El quirk de hielo serviría para enfriar el té, estaba seguro, pero mantuvo la boca cerrada por su propio bien.
No iba a ser un idiota, no esa noche.
—Aquí —dijo golpeando los platos sobre el mostrador.
Todoroki le dedicó a los fideos una mirada de pura adoración, para luego mirarlo a él con una inquietante fascinación. Bakugou no quiso profundizar ahí, sea lo que sea que signifique eso. Así que arrastró su trasero a una silla cualquiera -lo más lejos posible del bastardo- y se concentró en la suavidad de la masa, en el sabor tradicional, en la frialdad de la sopa.
—¿Te sentarás ahí? —Preguntó Shōto inclinando su cabeza, sólo un poco, como el cachorro abandonado que encontró de niño.
La idea le pareció un poco divertida. Pensó que estaría bien meterse con el chico.
—¿Por qué? ¿Harás pucheros? —Se burló.
Lo que no esperaba era que Todoroki tomará su cuenco, su té y se deslizara en la silla más cercana a él. Bakugou contuvo el aliento, de pronto muy consciente de sí mismo y de la proximidad ajena.
Unos centímetros más y sus rodillas se tocarían.
Apenas unos cuantos centímetros más y sus hombros se juntarían.
Apenas unos cuantos centímetros más y podría sentir el calor de su lado de fuego.
Bakugou anheló sentir el infierno en su propia piel, pero a último instante se detuvo y en cambio dijo —: come.
—En realidad estaba pensando que-
—No pienses —le cortó abruptamente, con el cuerpo tenso, demasiado tenso como las cuerdas de un violín.
Apretó los palillos hasta que sus dedos enrojecieron y allí mismo deseó sentir el frío.
Sólo frío.
Shōto lo miró sin entender pero de todas formas asintió.
.
El frío era bienvenido.
El frío era todo lo que inicialmente conoció. En los ojos de su madre cuando lo golpeaba, en el suspiro cansado de su padre, en la muda resignación de sus profesores. El frío extendió sus dedos gélidos y lo abrazó cuando las explosiones no eran lo suficientemente ruidosas como para silenciar su mente destructiva y ruin.
No lo malinterpretes, él adora la sensación del estallido en sus manos cuando aplasta el enemigo, jodiendo las pretenciosas expresiones con el ardor de sus explosiones. El calor era bueno, el calor era poderoso, el calor era victorioso, pero también el calor era la bestia que alimentaba las emociones que aturdían su pecho a medianoche.
El calor era combustible para pensamientos caóticos y dañinos.
Así que para esos momentos prefería el frío. Realmente lo hacía, pero entonces, ¿por qué...
—¿Qué mierda le pasó a tu garganta?
...le preocupa Todoroki?
.
A Shōto le costó tragar los fideos.
Su naturaleza incómoda salió a flote instantáneamente. La pesadez inicial se deslizó por su cuerpo y se enroscó en su garganta con malicia. El calor que había adquirido desapareció y en su lugar quedó una frialdad casi escalofriante. Sus rodillas se sacudieron y su aliento blanco se liberó tembloroso e irregular. Todoroki temió caer al suelo y no quiere, no quiere caer. No quiere sentir huesos y cenizas bajo sus manos, así que se aferra al borde del mostrador con toda la fuerza que sus fríos falanges le permiten.
Abre la boca.
Una, dos veces.
La cierra.
La abre.
Y moja sus labios secos con la lengua húmeda. El sabor de soba casero se filtra y siente una punzada de calor justo en medio del pecho.
—Creo —susurra pasando saliva —, creo que yo lo hice —se esconde detrás de su flequillo desordenado con una inesperada fragilidad que toma indefenso a Bakugou.
Su necesidad de tocarlo es peligrosa y molesta.
—¿Crees? —Bakugou gruñe alejando su plato.
Shōto al instante se alarma y lo mira casi desesperado. Se pregunta si se equivocó en alguna parte.
—Tengo pesadillas —responde rápidamente, anormalmente rápido, casi caótico. Está vibrando fuera de sí —. Creo que me hice esto mientras dormía —explica buscando la aprobación de Bakugou.
Bajo la mesa sus rodillas chocan y Katsuki aprieta los dientes.
—¿Crees? —Repite, luciendo cada vez más molesto.
Todoroki cree que ha dicho algo incorrecto, ¿qué puede hacer él para que la fantasía soñada regrese a la comodidad anterior? Sin embargo, todo pensamiento es arrojado por la ventana cuando Bakugou se apoya contra él, invade su espacio personal y alza una mano entre ellos.
La sangre corre demasiado rápido en los oídos, cuello y mejillas de Shōto.
—¿Huh? —Pregunta torpemente, a lo que Katsuki vuelva los ojos con impaciencia.
Su mano viaja más allá de Todoroki, y se pierde en el cuenco de fideos a medio terminar. Los dedos ágiles toman un trozo de hielo irregular y lo siguiente que siente es un pequeño escalofrío en su cuello.
Oh, piensa.
—Oh —termina diciendo de todas formas.
—Sí, "oh" imbécil —Bakugou repite con eficaz elocuencia.
.
Es en medio de su cuarta taza de té que Shōto se deja medio vencer por el sueño. No recuerda en qué momento se desplazaron al sillón de la sala común, pero es una comodidad bienvenida por lo que no se quejará.
—Bakugou —se oye murmurar.
Un peso se mueve a su lado.
—Qué —responde bruscamente, pero a Shōto no le importa. Nunca le importa.
—Tienes ojeras —menciona adormilado antes de que su observación sea olvidada por su mente dispersa.
Antes de que el sueño se acabe y vuelvan a ser solo Todoroki y Bakugou.
Shōto siente que Katsuki a su lado se tensa, pero podría estar equivocado.
—No eres uno para hablar, idiota —responde con un gruñido y golpea su rodilla con la propia. Duda, pero finalmente solo la deja estar ahí, una junto a la otra, sintiendo el calor bajo la tela de los pantalones. Luego de un rato pregunta —: ¿Bastardo?
Con una suavidad que no le corresponde, porque ha tirado de una cuerda del corazón de Shōto.
O tal vez muchas otras.
—¿Mmm...? —Susurra luchando contra el sueño.
—Ya tienes el estómago lleno, no seas una mierda molesta y ve a dormir —sugiere, no ordena, nota Todoroki.
Su cabeza lucha contra la gravedad por temor a romper el equilibrio que ha encontrado finalmente con Bakugou, pero su cuerpo no coopera y termina apoyándose en el hombro ajeno. Katsuki no se mueve, pero eso no significa que sea bueno.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Pregunta sin la malicia o el desprecio habitual, por lo que Shōto se siente inesperadamente audaz, así que se atreve a juntar los muslos y envolver con su pie el tobillo de Bakugou. Al instante decide que le gusta hacer eso, tocar y sentir.
Katsuki se ahoga con saliva.
—Eso hacía —responde Todoroki.
Bakugou debe ponerse al día rápidamente porque no sabe de qué mierda está hablando, pero entonces se recupera y se permite deslizar una mano titubeante hacia los cabellos bicolor y apretar un puño de pelo.
Shōto apenas se queja, un sonido casi inaudible de satisfacción. Es vergonzoso, pero está cansado, tiene sueño y se siente audaz. Febril.
—¿Te crees divertido, imbécil? No estoy jugando, ve a la cama —ordena, aún cuando parte de él desea permanecer así por más tiempo.
— ...tas —murmura Todoroki en un suspiro.
—¿A la mierda?
Bakugou lucha por escuchar, pero el niño se ha quedado profundamente dormido.
.
Son las cinco de la mañana cuando despierta confundido y desorientado. Hay un agradable peso a su lado y por el calor que emana sabe de quién se trata, se acuerda de quién se trata. Es perfecto. Shōto lamenta la pérdida, pero no es idiota, sabe que fue una cosa de una vez, y si Bakugou descubre que es una persona de abrazos Todoroki definitivamente perderá sus miembros. Por lo que con suavidad se desenreda a Katsuki de encima y lo cubre con su sudadera. Piensa que es un poco asqueroso considerando que anoche sudó y durmió con la misma ropa, pero se encoge de hombros. Es lo mejor que tiene. Funcionará por ahora al menos.
Incómodo a falta de contacto con otros, acaricia lentamente la mejilla de Bakugou lo mejor que puede y se permite sonreír pequeño.
Muy pequeño.
Son las cinco con seis de la mañana cuando decide inclinarse y susurrar en el oído de un Katsuki dormido.
Son las cinco con doce de la mañana cuando Todoroki entra al ascensor.
Son las cinco con trece de la mañana cuando Bakugou se sonroja furiosamente.
Abre los ojos.
Se lleva una mano al pecho y arde, arde, arde mucho, todo arde dentro de él.
Hay un infierno con forma de incendio en su interior.
