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Casi había amanecido, los primeros rayos del sol apenas se asomaban por el horizonte cuando Gregory Lestrade tropezó en su camino de regreso a su habitación en el cuartel del palacio cojeando por los pasillos decorados con estatuas de espartanos de piedra, todo estaba en silencio, el silencio pacífico de un sueño espeso como una manta envolvente. La vigilia nocturna aún no daba paso al día, la primera campanada no había sonado, por lo que todo el mundo aún estaba dormido y no había nadie ahí para ver a su ilustre capitán de la guardia del príncipe en semejantes condiciones. Greg estaba agradecido por ese pequeño milagro, estaba cansado y dolorido, lo único que deseaba era un baño caliente y frotar su cuerpo con mucho jabón hasta que los últimos días de suciedad acumulada, sudor y fluidos se desprendieran de su piel, “¡cielos” Eso sonaba maravilloso, después; comería.
No, antes descansar, cama, dormir tanto como pudiera antes de ser convocado por el príncipe, solo entonces comerá.
Gimió ante la idea mientras usaba su hombro para abrir la puerta de madera al final del cuartel que conducía a la sala dónde estaban alojados los oficiales, ser capitán tenía algunas ventajas, una de las cuales significaba que Greg contaba con habitación propia y no tenía que meterse en la sala común con el resto de los soldados. Olía mejor en ésta sala, los oficiales estaban más inclinados a bañarse que los soldados de infantería regulares, y aunque las piedras eran tan desnudas como el resto del cuartel, estaban mejor iluminadas; con candelabros de velas espaciados uniformemente a lo largo de las paredes, ademas de ser silencioso, maravillosamente silencioso cuando Greg lo necesitaba para poder concentrarse en el diseño de planes importantes, o para tranquilizarse cuando el príncipe lo llevaba al borde de la locura por centésima vez en el día. Podía cerrar la pesada puerta de su habitación con llave y alejarse del mundo, al menos por un tiempo. Cuando estaba en su habitación se encontraba solo con él mismo, no tenía que aguantar las risas de algún borracho, los eructos, gemidos sexuales, ni flatulencias a mitad de la noche, como cuando viajaba con sus soldados y compartían el mismo espacio para dormir. “Bueno al menos su trabajo tenía esa ventaja”, pensó con ironía mientras avanzaba por el pasillo haciendo una mueca de dolor a cada paso que daban sus músculos excesivamente trabajados, nuevas heridas se dieron a conocer. Los dioses sabían que no había ningún otro beneficio en este ingrato trabajo.
A Greg le desagradaba la dirección de sus pensamientos, era un estribillo en el que se encontraba pensando cada vez más últimamente, estaba jodido, no podía evitarlo. Estaba amargado, enojado y miserable, y se sentía tan malditamente culpable.
Bien, a él no le importaba en lo más mínimo, podía pensar lo que quisiera, decidió Greg desafiante. El príncipe de Northumbria puede ordenar todos los movimientos de Greg durante el día, pero no puede ordenarle lo que debe o no pensar, todavía. No es que Greg pasara por alto que el príncipe quisiera intentarlo, él podía lograr cualquier cosa que a su brillante mente se le ocurriera, pero hasta que no encontrara una forma para controlar sus pensamientos, el capitán estaba a salvo en su propia cabeza, él podía pensar lo que quisiera, y lo que quería pensar en ese momento era que odiaba al maldito príncipe de maldita Northumbria con cada fibra de su ser.
Príncipe Mycroft Holmes, Greg odiaba todo sobre él; odiaba como sus ojos verdes lo miraban por encima cómo si no fuera nadie, eso claro cuando el príncipe se dignaba a mirarlo, ya que la mayoría de las veces no miraba en su dirección, lo ignoraba o pretendía que no existía al tiempo que le ordenaba lo que debía hacer durante el día mientras observaba los papeles que tuviera en su escritorio o miraba a la distancia, pero nunca a Greg, las pocas veces que le dedicaba una mirada su rostro no denotaba algún tipo de sentimiento, lo veía de manera inexpresiva, se sentía tan distante como la luna.
Greg lo odiaba.
Odiaba la forma en que el príncipe Mycroft hablaba; suave y calmado, nunca grita, ni siquiera levanta la voz, de hecho, cuanto más bajo es su tono más enojado esta y más peligroso se vuelve, es desconcertante como el infierno, Greg no sabe como reaccionar ante un hombre que no grita, ni expresa su enojo, sino que permanece sereno todo en todo momento.
Y ya que esta en el tema, Greg también odia el sonido de la voz del príncipe, frío y distante como el resto de él, pero profundo, innegablemente masculino, el tono infantil con el que había hablado en los últimos años finalmente dio paso a la voz de un hombre con una profunda madurez, sentía escalofríos en la columna vertebral cuando lo escuchaba inesperadamente pasar por algún pasillo hablando con el príncipe heredero Sherlock y llamando a alguien antes de que Greg se presentara ante él.
Odiaba eso, odiaba la forma en la que el príncipe camina de manera decidida siempre por delante de él, con su dominante presencia y su barbilla levantada, ignorando a todos los que lo rodeaban, incluyéndolo a él. El príncipe nunca había caminado así antes, pero desde que creció varios centímetros más, al parecer de un día para el otro, siendo ahora casi tan alto como Greg, se comportaba de manera diferente; la cabeza en alto, hombros hacia atrás, espalda recta, postura rígida, confiada, como debe caminar un príncipe. A Greg le llamaba la atención las nuevas prendas del príncipe, diseñadas por expertos, siempre a la medida, ceñidas a su cuerpo, confeccionadas en finas telas tales como las más costosas sedas, unidas por intrincados cordones que destacaban su altura y la nueva esbeltez de su figura.
Greg lo odiaba, lo aborrecía.
No se podía negar que el príncipe era inteligente, malditamente inteligente, sus padres; la reina alfa y su consorte omega, le habían cedido la mayoría de los asuntos, estaba claro para todos que lo estaban preparando para desempeñar un papel importante para el futuro reinado de su pequeño hermano. Inteligente y brillante, el príncipe Mycroft podía ver a través de un problema, en ocasiones de forma inmediata, y determinar la mejor solución posible, Greg sabe que el príncipe ha formado un estilo de vida alrededor de ese tipo de situaciones. Desde que era niño, Mycroft había planeado su futuro en un camino ordenado que no permite ninguna desviación, ningún apego personal, ninguna concesión para poder ser él mismo, para ser feliz. La felicidad no era parte de su plan, en realidad nunca la había considerado, debido a ello, el príncipe no se tenía permitido nada que no fuera parte de lo planeado.
Greg lo odiaba, realmente lo odiaba.
Dioses, lo odiaba tanto.
Greg se detuvo a mitad del camino por el pasillo cuando sus emociones lo vencieron, la ira quemaba lo suficiente como para arder bajo su esternón. Al menos, pensó que era ira, pero por el momento estaba tan teñido de culpa que no podía notar la diferencia.
El detenerse había sido un error porque tan pronto como lo hizo, Greg sintió que el aroma del omega con quien había estado en los últimos días se arremolinó a su alrededor en corrientes ofensivas, reveladoramente vulgar, permitiendo que todo el mundo supiera con solo inhalar una vez lo que Greg había estado haciendo. El inconfundible olor a calor y a sexo se adhirió a su ropa y cabello después de tres días sin haberse tomado el tiempo de darse un baño. Greg sintió que el olor le salía por los poros, todo su cuerpo se sentía pegajoso con fluidos tanto suyos, como los del omega, dejándolo sucio, repugnante y contaminado, con el deseo de nunca haber tomado la oferta del joven omega masculino.
Dioses deseaba no haberlo hecho.
Pero lo hizo, Greg se había saciado con la carne suave y dispuesta del omega que lo urgía con una boca increíblemente sucia y dedos apretados, arqueándose debajo de él, con las piernas alrededor de su cintura suplicando por su nudo, Greg se lo dio, una y otra vez, bombeando el cuerpo necesitado tan duro como pudo, besando al sucio omega, enjaulando el pequeño cuerpo por debajo de él con sus brazos, la polla de Greg estaba realmente dolorida por la cantidad de veces que había anudado al Omega, los músculos también dolían; desde la espalda y la ingle hasta los brazos y piernas, de tal manera que sin lugar a dudas le recodarían las ásperas actividades de estos tres días.
Greg pensó nuevamente; agua caliente y jabón, una gran cantidad de jabón. Se sentía tan condenadamente sucio.
Sin embargo, la había pasado bien con el omega, inmensamente.
“Lo disfruté” pensó Greg desafiante, sacando el mentón y continuado por el pasillo, con los ojos fijos en la puerta de su habitación al final, dispuesto a caminar más rápido. Él lo había disfrutado, mucho. Él no se sentía culpable.
No había absolutamente nada por lo cual Greg debiera sentirse culpable, no estaba unido a nadie, no le debía promesas a algún otro omega, no había nadie esperando por él, nadie a quien hubiera traicionado, él era libre y con un demonio, podía hacer lo que quisiera.
¿Y que si Greg aceptó la propuesta del omega de compartir su calor con él? ¿Qué importaba si Greg había pedido unos días con el permiso del príncipe para encontrarse con el omega en una posada de la ciudad? A nadie le importaba si Greg follaba al omega, lo anudaba o dormía con él, no había una sola persona a la que le importara si Greg lo hubiera mordido y chupado, tomando lo que se le ofrecía, aunque a veces lo hiciera cerrando los ojos para imaginar a alguien más. No se habían hecho promesas, el omega solo necesitaba a alguien que lo ayudara a pasar su calor, al final agradeció a Greg de manera descarada con un guiño, el capitán asintió saliendo de la posada con una pesada sensación agobiándolo, la cual en su momento no supo lo que era.
Ahora lo sabía; eran culpa y vergüenza.
Lo cual era ridículo, no había ninguna razón para sentirse culpable, ninguna.
Greg odiaba al príncipe.
Él lo odiaba.
Suspiró con cansancio, girando el pestillo de su puerta y arrastrando los pies por el umbral, contento de estar finalmente en casa. La luz y la calidez de inmediato envolvieron su cuerpo cansado, se sentía tan malditamente maravilloso…. Greg levantó la cabeza bruscamente, había fuego rugiente en su hogar, crujiendo sobre una ordenada pila de troncos y velas encendidas en los candelabros, no había quien calentara la habitación para él, Greg no tenía sirvientes, siempre lo hacía él mismo, sin importar lo cansado que estuviera ¿quién podría haberlo hecho?
Greg se detuvo; “oh dioses no, por favor no”
El príncipe Mycroft se volvió de donde había estado inspeccionando uno de los numerosos mapas que colgaban alrededor de la habitación de Greg, algunos eran de Marsella, rutas pasadas por las que el capitán Lestrade había escoltado al príncipe, muchos otros, sin embargo, eran nuevos, en ellos se encontraba trazado la ruta del próximo royal tour; delineado en rojo y con marcadores de diferentes colores que indicaban la ubicación de las tropas, fuertes, posadas designadas, áreas seguras, caminos peligrosos, lugares de interés y la mejor forma de proteger a los príncipes y al futuro rey mientras se encontraran ahí. El príncipe Mycroft conocía los detalles que se mostraban en los mapas, él personalmente junto con Greg, los había diseñado.
El príncipe inspeccionó a Greg desde el otro lado de la habitación, sus hermosos ojos verdes se desplazaron de arriba para abajo observando la apariencia desaliñada de Greg; desde su pelo, el cual sobresalía al haber sido tirado mientras se follaba al omega, su ropa arrugada por haber estado tendida en el suelo durante tres días, los músculos cansados y la barba incipiente de varios días en sus mejillas, no se veía nada bien. Greg supo el momento exacto en el que el príncipe Mycroft lo olió ya que sus fosas nasales se crisparon levemente y sus ojos se abrieron de par en par, un destello de emoción se dibujó en su rostro tan rápido que fue imposible para Greg notarlo, posteriormente su rostro se quedó en blanco, cómo apagar la luz de una vela, cada emoción se borró de pronto dejando sólo un rostro vacío detrás. El príncipe Mycroft miro fijamente a Greg, con ojos tranquilos, remotos e intocables, mirándolo fijamente como siempre lo hacía.
El cambio sucedió tan rápido que Greg se estremeció, dejándolo inquieto, no importa cuantas veces haya visto que eso sucediera, era imposible que no lo afectara. Fuera de todo, eso era lo que más odiaba del príncipe.
Greg nunca pensó que lo haría, pero echaba de menos la versión más joven del príncipe, el chico que les hacía saber a todos lo que estaba pensando con una sola formidable y elocuente mirada, reduciendo a aquellos a quienes apuntaba a simple polvo bajo sus pies. Se había perdido el Mycroft que mostraba todas sus emociones a través de sus magníficos ojos verdes, con sus largas pestañas de extraño color, que observaban con irritación casi la mayoría de las veces a Greg por haber hecho algo estúpido, en esos momentos el capitán esperaba en posición de firmes con las manos detrás de la espalda mientras era reprendido. El príncipe ponía los ojos en blanco cuando Lestrade se comportaba como un tonto, sonreía cuando hacía alguna idiotez, lo fulminaba con la mirada cuando estaba enojado y podía congelar a un hombre adulto hasta los huesos con un vago insulto. El príncipe Mycroft había sido temperamental, emocional y fácil de leer. En una o dos ocasiones incluso se había reído por algo que Greg hiciera.
Todo eso se fue y Greg lo extrañaba demasiado.
En el último año el príncipe Mycroft cambió; además de las alteraciones en la voz y su aspecto, había adoptado inexplicablemente una expresión insensible que estaba dirigida a Greg. El mayor de los príncipes ya no necesitaba expresiones faciales elaboradas para hacerles saber a los demás que estaban por debajo de él, no valía su tiempo y era estúpido.
Greg sabía que todo aquello se aplicaba a él también.
Cerró la puerta y miró a Mycroft, al hermoso y frío príncipe de hielo al que tenía la suerte de servir. Supo con resignada aceptación que no lo odiaba, ni siquiera un poco, él no podría odiarlo aún cuando lo intentara, lo sabía porque lo había intentado.
Greg estaba jodidamente enamorado de él.
Desesperada, irremediable y patéticamente enamorado del príncipe Mycroft….. eso era lo que en realidad odiaba.
—Su alteza –se recuperó de su sorpresa haciendo una adecuada reverencia, obligando a sus doloridos músculos a cumplir incluso cuando temblaban por la tensión, cuando se levantó Mycroft estaba mirando a otro lado, aburrido ante la muestra de respeto.
—He estado pidiendo tu presencia durante la última hora, capitán –dijo suavemente, con las manos detrás de la espalda y la postura más recta que Greg hubiera visto.
—Me disculpo su alteza, me dieron la semana libre.
El príncipe Mycroft no necesitaba que se lo recordara, después de todo, Él fue quien dio el permiso como una recompensa por el arduo trabajo de su capital en los últimos meses, estando activo casi las veinticuatro horas del día durante el periodo previo a la ceremonia de esponsales del príncipe heredero. Día tras día habían estado juntos planificando la ceremonia, las ubicaciones de los guardias y la cantidad de soldados que se le permitiría tener al príncipe John, así como los lugares en los que éstos se encontrarían ubicados y estarían siendo alojados. Fue un trabajo tedioso. Posteriormente resolvieron todos los detalles de la gira real, la cual se llevaría acabo una semana después de la ceremonia de esponsales. Eso fue mucho trabajo, Greg estaba hecho polvo, Mycroft debió haberse dado cuenta, ya que él lo nota todo, por lo que le ofreció a Greg una semana libre para que estuviera descansado el día de la ceremonia. Él aprovechó la oportunidad.
—Por supuesto que si –respondió el pelirrojo– y puedo ver que haz usado ese tiempo de manera ventajosa.
No hubo inflexión en su tono, ya fuera de decepción o enojo, que pudiera darle a Greg una idea de cómo se sentía el príncipe acerca de sus actividades, pero Greg era el capitán de la guardia del príncipe y no un tonto, podía sentir el suelo moviéndose peligrosamente bajo sus pies, incluso mientras Mycroft pareciera estar en calma, cuando no estaba seguro de cómo responder lo mejor era mostrar respeto.
—¿Señor?
—Son las cinco de la mañana capitán, supuse que estarías de vuelta en el cuartel y listo para reanudar tus tareas esta mañana –los ojos de Mycroft volvieron a examinarlo de arriba abajo, Greg reprimió el instinto de buscar donde esconderse, estaba terriblemente consciente de lo sucia que estaba su ropa y lo fuerte de su aroma– pero claramente hubieron asuntos más urgentes que atender que tus responsabilidades.
Greg se lamió los labios, pensando en la mejor manera de responder sin enojar aún más a Mycroft, porque él sabía que el príncipe debía estar enojado si había pasado la última hora preguntando por él, llegando incluso a buscarlo en su propia habitación, cosa que nunca antes había hecho, sólo para encontrarlo literalmente arrastrándose de vuelta al palacio, exhausto después de un maratón de sexo, era obvio que se encontraría furioso.
Mientras Greg se esforzaba por dar una respuesta correcta, Mycroft esperó mirándolo de manera impersonal, cuanto más tiempo Greg dejara que el silencio oscilara horriblemente, más entretenido se volvía Mycroft; una ceja color jengibre alzada y la más pequeña de las sonrisas jugando en la comisura de los labios.
No era una mirada amistosa, Greg sabía que estaba siendo burlado.
Dioses, incluso cuando estaba siendo un maldito con él, el príncipe era hermoso.
Mycroft ciertamente había madurado en el último año, y por más que intentara no notarlo, Greg estaba muy consciente de ello. Además de estirarse por varios centímetros, Mycroft había perdido finalmente toda la grasa que lo había atormentado cuando era adolescente, su cuerpo se volvió liso y esbelto, enfatizado por la ajustada ropa que ahora usaba, las largas piernas envueltas en sus botas se dibujaban a la perfección, más de una vez Greg se sorprendió pensado en ellas envueltas alrededor de su cintura una vez más, las imaginó desnudas, pálidas, largas y completamente espléndidas, lo cual era un pensamiento mortificante, era un hombre adulto por el amor de Dios, fantaseando sobre cómo se veían las piernas de un omega como si fuera un virgen reprimido.
La peor parte de este nuevo príncipe Mycroft, al menos para Greg, era su delgado rostro; tenía unos pómulos lo suficientemente afilados como para cortar y unas bonitas cejas color jengibre. Mientras la sonrisa burlona de Mycroft se ensanchaba, los ojos de Greg se pasearon sin remedio por el cabello del príncipe, atrás habían quedado los apretados rizos rojos que le dieran la desafortunada apariencia de una oveja asustada, sin embargo; era su oveja asustada, pensó Greg con cariño. Ahora el cabello de Mycroft era corto, sedoso y peinado artísticamente, sin dar indicios de aquel pelo rojo brillante que se rizara alguna vez, le quedaba muy bien. La mirada del príncipe era de alguien más viejo y sabio, alguien que exigía respeto y temor. El príncipe de hielo de Northumbria.
—Me disculpo por molestarlo su alteza…. –Greg comenzó, pero Mycroft resopló.
—Seguro que si.
Esa fue la primera emoción verdadera que Greg vio de él en meses y estaba contento por ello, incluso cuando fuera un sarcasmo. El príncipe no siguió con otro comentario cortante, en lugar de eso, se alejó de Greg caminando hacia la chimenea con las manos todavía entrelazadas a su espalda, el capitán lo miró astutamente entrecerrando los ojos.
Algo estaba mal.
No sabía que, pero era evidente por la postura y la forma de caminar del príncipe; se encontraba rígido, caminando lentamente con pasos cortos, casi exageradamente cuidadosos, parecía quebradizo, como si el más leve movimiento hecho demasiado rápido pudiera romperlo. La sensación de malestar se deslizó por la espina dorsal de Greg, un sexto sentido que había desarrollado como reacción cuando algo estaba fuera de su lugar.
—¿Su alteza?
—¿Sí, capitán?
“¿Se encuentra bien?” ¿Cómo reaccionaría el príncipe a una pregunta tan estúpida? Greg no quería saberlo.
—¿Sucede algo? –preguntó con cuidado, Mycroft se volvió hacia él con una ceja levantada imperiosamente.
—¿Qué podría pasar, capitán? –el sarcasmo fue lo suficientemente fuerte como para aplastar a Lestrade, dicho específicamente para empequeñecerlo– sólo he estado esperándo durante horas para hablar con mi capitán de la guardia sobre asuntos importantes que claramente no significan nada para ti, ya que vine hasta aquí solo para notar que no te encontrabas, por lo que….. ¿Qué estás haciendo?
Mycroft se alejó de Greg, quien se detuvo con los dedos extendidos a centímetros del rostro del príncipe, había cruzado la habitación antes de darse cuenta, la marca oscura en lo alto de la mejilla de Mycroft acababa de atraer toda su atención.
—¿Qué es esto? –lentamente se movió hacia adelante una vez más y en esta ocasión Mycroft no se movió, dejando que Greg pasara suavemente sus dedos por la suave mejilla, sintiendo el calor del hematoma. El príncipe se mantuvo muy quieto mientras lo tocaba, sin siquiera respirar, con la mirada baja. Pasivamente dejó que Greg inclinara su cabeza hacia un lado para que la luz del fuego cayera más brillante sobre la herida pudiendo verla así más claramente. Parecía monstruoso, estropeando la cara pálida de Mycroft, Lestrade no lo había visto antes debido a las sobras, pero de cerca pudo observar el hematoma morado y rojo extendiéndose sobre la mitad superior de la mejilla del príncipe.
—No me toques mientras hueles al calor de otro omega –Mycroft se apartó de pronto.
Greg lo dejó ir, la ira ardía en él ¿era por eso que lo había estado buscando? ¿Había necesitado su protección y Greg se había ido a follar egoístamente a un omega, cuando su príncipe lo necesitaba? La forma en que Mycroft se comportaba ahora tenía sentido. El hematoma en su mejilla era la indicación más clara de que había sido atacado ¿Qué otras lesiones escondía debajo de su ropa que pudieran causarle dolor? La culpa que Greg sintió se duplicó, se triplicó en intensidad y los dejó sin aliento.
—¿Quién lo golpeó?
Nadie debería golpear a Mycroft, Greg sabía que mataría a quien se atreviera siquiera a pensarlo, él juró proteger al príncipe Mycroft y nadie tocaba un solo pelo de su cabeza mientras Greg estuviera cerca. ¡Ah! pero él no había estado cerca cuando alguien lo hizo, ¿o sí? La idea de que alguien se hubiera atrevido a poner un dedo sobre el pelirrojo mientras Greg no esta ahí lo llenó de ira.
—Nadie me golpeó, no es nada.
Ambos sabía que Mycroft estaba mintiendo, la prueba estaba esparcida por su mejilla para que todos lo vieran ¿Por qué protegía a quien fuera que lo había lastimado?
—Alguien lo golpeó y debo tener su nombre.
—No tendrás nada –espetó Mycroft, observó la apariencia de Greg una vez más y algo se deslizó a través de sus ojos, fue algo muy rápido, estuvo ahí y casi de forma inmediata se había ido– Mi vida personal no le concierne capitán, te sugiero que lo recuerdes. Preséntate en el estudio del ala este dentro de una hora.
Greg apretó la mandíbula con ira impotente, luchando con su innato sentido del deber, él sabía que este último ganaría.
—Cómo usted ordene su alteza –dijo Greg de manera automática, cayendo en la posición estándar de un guardia frente a su capitán.
—No apresures tu baño capitán –dijo Mycroft con frialdad– usa agua caliente y jabón en abundancia. Si entras en mi presencia con el hedor del calor de un omega aún sobre ti, no seré responsable de mis acciones.
La advertencia fue dicha de manera tan a la ligera que Greg tardó un segundo en darse cuenta de que en realidad había sido amenazado, pero para entonces Mycroft ya estaba caminando hacia la puerta, esperando que Greg se apartara de su camino para poder irse, lo que normalmente Greg hubiera hecho, esa era la manera respetuosa en la que un capitán de la guardia debía actuar hacia su príncipe, una atención que Greg siempre tenía, anticipándose a los movimientos de Mycroft e inmediatamente reorganizándose para acomodar sus acciones.
Excepto....
Esta fue la primera vez en más de un año que Greg tuvo a Mycroft solo, totalmente solo, no había nadie más cerca, nadie que llegara con mensajes, nadie que esperara afuera, no había sirvientes, ni soldados, ni amenaza de que alguien los interrumpiera, su privacidad estaba protegida por una puerta pesada y Greg no quería desperdiciar esta oportunidad.
Desde que había ayudado a Mycroft a regañadientes a pasar su calor el año pasado, Greg había querido hablar con él. Greg pensó que era necesario discutir cómo habían sido íntimos, especialmente considerando el delicado estado de Mycroft, tanto en mente como en cuerpo (Greg sabía que Mycroft había sido extremadamente inexperto en ese momento) y Greg quería disculparse por la manera en la que se había comportado con él.
Había esperado una oportunidad, espero, espero y espero, pero ésta nunca se presentó. Todo sucedió tan rápido después de que la reina los descubriera, los eventos fueron tan agitados y confusos que dejaron a Greg luchando por mantener el ritmo. Primero; fue arrestado, estaba seguro de que sería ejecutado por robarle la virginidad al príncipe en un colchón sin lavar, en una habitación encima de un bar. Luego, fue liberado, removido como capitán de la guardia y llevado ante la reina, quien le ofreció dinero, tierra, poder y cualquier cosa que quisiera si él permanecía callado sobre el estado del príncipe Mycroft como omega y lo que había sucedido, por supuesto Greg rechazó todas sus ofertas y mantuvo que guardaría el secreto del príncipe por los votos que había jurado y por su honor. Burlándose la reina lo corrió del palacio y lo mando en confinamiento hasta que decidiera su destino. Los rumores que se filtraban a través de su puerta decían que el príncipe Mycroft estaba peleando con su madre a favor de Greg, lo cual había sido un shock. Más sorprendente aún, fue que el príncipe ganó la batalla de voluntades
Greg fue liberado, reintegrado como capitán y la vida continuó. Había pensado que podría hablar con Mycroft entonces, que el príncipe pediría su presencia y conversarían sobre lo que ocurrió entre ellos, permitiéndosele disculparse por su comportamiento tan atroz….. pero el príncipe mantuvo una distancia estrictamente forzada, la cual nunca se relajó en lo más mínimo.
Pero esta mañana Mycroft había llegado a la habitación de Greg, invadiendo su espacio privado (que como príncipe tenía todo el derecho a hacer), esta era una buena oportunidad como para dejarla pasar. Mycroft estaba cerca, y en un movimiento temerario, Greg trató de detenerlo poniendo suavemente una mano en su brazo.
Mycroft retrocedió presionándose contra la pared, manteniéndose lo más lejos posible de Greg.
—¡No me toques! –siseó dándole a Greg una mirada de puro veneno, los ojos chispeando de indignación y la cara retorcida de ira. Era la mayor emoción que Greg le había visto en casi un año: la mayor emoción que había visto desde que lo tuvo debajo suyo, con las piernas alrededor de su cintura y la cara perdida de placer cuando él lo había anudado.
Sintiéndose alarmado ante la reacción, Greg rápidamente retrocedió, poniendo una distancia segura entre ellos, sosteniendo sus manos a los costados con las palmas hacia arriba, para que Mycroft no se asustara.
—Lo siento mucho, Mycroft.
—-Su alteza –espetó Mycroft y Greg corrigió rápidamente.
—¡Su alteza! No quise asustarle.
—Nada de lo que hagas puede asustarme –dijo Mycroft, pese a estar visiblemente luchando por recuperar el control, sus manos temblaban. El corazón de Greg se retorció al verlo, no había tenido la intención de asustar al príncipe, de hecho, eso era lo último que quería hacer–, simplemente no quiero tus sucias manos sobre mí, apestas capitán –la voz de Mycroft se convirtió en un susurro tan helado como el viento del norte– podría olerte desde el otro lado de la habitación y preferiría que mi cuerpo no se viera manchado por el aroma de tu asquerosa actividad otra vez.
Las palabras eran armas y Mycroft las blandía con una precisión mortal. Había pasado un tiempo desde que todo el peso de la potente furia de Mycroft se hubiera vuelto contra él, Greg había olvidado cuanto le dolía, partes iguales de ira y vergüenza pasaron sobre él, dejándolo al mismo tiempo caliente, frío e incómodo, atando su lengua, justo como Mycroft quería.
—Yo….yo lo entiendo su alteza, lo… lo siento por…. por molestarlo, pero… nunca… nosotros nunca hablamos de lo que pasó el año pasado.
—Hay una razón para ello ¿o eres tan increíblemente ignorante como para que tu mente lo pueda comprender?
—Mycroft…. su alteza, por favor –Greg habló tan rápido como pudo, los ojos de Mycroft se estrechaban cada vez más con cada palabra– quería hablar con usted cuando volvimos al palacio, pero nunca parecía ser el momento adecuado; o estaba ocupado, o estaba fuera, o estábamos viajando…
—Recuerdo lo que ha sucedido en mi vida los últimos 12 meses, capitán. Todas mis acciones siempre tienen un propósito.
—Lo sé, sé que así es, esa es la razón por la que quería hablar con usted, he estado tan preocupado de que…. de haberlo hecho sentir angustiado durante su celo, cada que recuerdo lo que hice me doy cuenta de que fui demasiado rudo y……
—No me hables de mi ca…. –Mycroft se cortó y empalideció– no me hables de lo que ocurrió entre nosotros como si te importara mientras hueles al calor de otro omega.
—Sé lo que parece y se ve horrible –Greg alejó aún más sus manos, deseando que Mycroft no se pegara más a la pared, pero su reacción confirmó algunos de sus temores, Greg tenía que decirlo, tenía que disculparse– pero me importa, su alteza, me importa lo que pasó entre nosotros, inmensamente.
La cara de Mycroft se volvió completamente inexpresiva, Greg no lo tomó como una buena señal.
—Su alteza, cuando llegamos a esa posada estaba asustado y preocupado, obviamente por el riesgo de ser descubierto, pero también porque nunca antes había experimentado algo así con un alfa, es perfectamente razonable que tuviera miedos y debería haberlo consolado más, fui demasiado rudo con usted, debí haber sido más consciente de su inexperiencia y compensarlo, cuando…. cuando lo tomé.
Cielos, Mycroft se sonrojó ante la insinuación de Greg, sus mejillas sonrojadas eran una de las cosas más hermosos que Greg había visto.
—Debería haber ido más lento, haber sido más amable y haberme tomado el tiempo, no debí haberlo tomado de la manera como lo hice, mi comportamiento hacia usted me ha perseguido porque temo haberlo dañado, recuerdo que me dijo que estaba bien, pero eso fue solo después de la primera noche, la mañana siguiente…
—Tu disculpa podría ser más convincente si no tuvieras los restos de otro omega en tus pantalones –la voz de Mycroft vaciló, pero él se estaba recuperando lentamente– pero puedo asegurarte, que no estoy marcado por ser el objeto de tus crudas burlas sexuales, las cuales supongo solo se pueden esperar de alguien con tú –ese fue un golpe para la confianza de Greg destinado a doler, lo cual hizo. Greg trató de no mostrarse afectado–. Nunca tuve grandes ideales o expectativas para mi primer encuentro sexual porque siempre asumí que eso jamás ocurriría, por lo que cualquier cosa que pudieras haberme hecho es considerada aceptable –Mycroft se encogió de hombros–, lo único que esperaba esa noche, era que mi primer celo con un alfa ocurriera con relativamente poco dolo, lo cual fue así.
Greg estaba agonizando.
—No debería haber sentido ningún dolor durante su calor, es por eso que quiero disculparme, no quise lastimarlo, ni hacerlo sufrir, debería haber sido tratado delicadamente, merecedor de su posición. Usted es una buena persona y no se merece eso, un calor debería ser algo agradable y placentero, no algo en lo que debe apretar los dientes y dejarlo pasar, y si pudiera hacerlo de nuevo, yo….
Greg no supo lo que había dicho mal, pero la cara del príncipe se llenó de pronto de emociones, ni siquiera se molestó en tratar de mantenerlos a raya mientras avanzaba hacia Greg de manera amenazadora, haciendo que éste último se viera obligado a retroceder.
—Es posible que me hayas follado capitán, y es posible que haya tenido tu nudo, pero no soy un débil omega que necesita protección. Estaba en necesidad, tú tenías un nudo y estabas disponible, yo lo consentí y tuvimos dos folladas cortas y brutales, nada más y nada menos –susurró, y ahí estaba, la voz baja con calma mortal estableciéndose como el hielo en cada sílaba– aunque los dos hubiéramos preferido que tal cosa no hubiera sucedido, ocurrió, fue una situación nacida de la necesidad y puedo asegurarte que no volverá a pasar, porque nunca más quiero volver a experimentarlo contigo.
Mycroft invadió el espacio personal de Greg acercándose con indignación, el olor rancio de la propia rutina de Greg y el calor del omega con quien había estado de pronto se vio invadido por el olor de Mycroft, haciendo que la garganta de Greg se secara.
Mycroft no estaba en celo, pero por la forma en que olía había salido de el recientemente, probablemente se había anudado por última vez esta mañana, el olor de su calor aún se aferraba a él. Greg nunca antes había olido a Mycroft así, excepto claro durante su tiempo juntos. El aroma hizo que su cabeza girara con anhelo.
No sabía si Mycroft no estaba siendo tan cuidadoso al ocultarse como usualmente lo hacía oscureciendo el olor a omega con algo neutral y beta. Olía tan bien, Greg quería tocarlo, tirar del príncipe hacia él y enterrar la nariz en su cuello y poder respirarlo. El olor atrajo los más viscerales recuerdos haciendo que Greg temblara de deseo.
—Mycroft….. –se inclinó hacia delante inhalando temblorosamente, Mycroft lo empujó y su labio se curvó.
—No quiero que me vuelvas a tocar nunca más –su voz helada hizo que los sentidos de Greg regresaran. Sus ojos llenos de odio despellejaron a Greg, dejándolo desnudo hasta los huesos– nunca ¿estamos claros, capitán?
Greg apretó la mandíbula contra la necesidad palpitante y el deseo ineludible. Respiró el aroma de Mycroft nuevamente, cerrando los ojos en éxtasis sin importarle que el príncipe pensara lo peor de él por ello, porque de hecho Mycroft ya lo hacía, ese había sido su logro. Greg no se sentía orgulloso.
—Si su alteza.
Mycroft se apartó, su rostro se suavizó en una perfección impasible nuevamente, mirando a Greg con abierto desdén.
—He escuchado tus disculpas, capitán. Ahora puedes ir y acostarte con quien quieras con la conciencia tranquila…… aunque parece que eso ya los has estado haciendo.
Abrió bruscamente la puerta, salió al pasillo y se fue.
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Mycroft regresó a su habitación sin que nadie lo atrapara, caminando apresuradamente por el palacio, utilizando la escalera trasera que nadie, excepto los sirvientes de la familia usaban. Casi corrió una vez que logró llegar al pasillo principal, el sonido de sus pisadas apresuradas fue amortiguado por la alfombra de tal forma que nadie podía escucharlo. Abrió la puerta y se arrojó dentro de su habitación con un pequeño jadeo, cerrándola detrás de él con una trémula sensación de alivio. Gracias a los dioses que nadie lo había visto.
“¿Que había estado pensando? ¿Estaba loco?” Se había arriesgado impetuosamente a ser descubierto, puso en peligro todos sus planes cuidadosamente establecidos para garantizar la seguridad de su pequeño hermano ¿y para qué?
Mycroft llevó el dorso de su mano temblorosa a la boca, dejándose caer contra la puerta mientras la ridiculez de lo que se había permitido hacer lo inundó. Él era más inteligente que eso, debería saberlo mejor.
Había parecido una buena idea esta mañana, durante la agonía de su calor mientras agitadamente usaba un nuevo implemento para anudarse. Había estado tratando de satisfacerse por horas una y otra vez, fracasando en el intento, sucumbiendo finalmente a los sollozos sin esperanza, los cuales nadie escuchaba y a nadie le importaba, su cuerpo estaba cansado, era el tercer día de su calor y Mycroft solo había conseguido la satisfacción en dos ocasiones, su borde estaba suelto y en carne viva debido a la cantidad de nudos que tuvo en su interior sin conseguir su objetivo, su pequeño miembro estaba hinchado y tenía sangre en las uñas al haberse lastimado debido a los intentos infructuosos. Pero el dolor también había sido usado para distraerse de la terrible necesidad que no se iba, no importaba lo que hiciera, ésta no desaparecía.
Su calor nunca había sido así antes, Mycroft estaba tan asustado.
Finalmente, esta mañana lo había logrado, acostado sobre su cama con los miembros acalambrados y demasiado cansado para llorar, con el olor a oxido de la sangre y sintiendo el aire pesado, Mycroft se había anudado nuevamente y esta vez funcionó, el orgasmo parpadeó a través de él, el cual ni siquiera se sintió bien. El príncipe gimió tan aliviado de que ya hubiera terminado y esperó hasta que su cuerpo se calmara. Había estado ligeramente enfermo debido a una necesidad insatisfecha, su mente estaba nublada y la imagen del capitán Lestrade entraba en sus pensamientos. En cualquier caso, el alfa nunca había estado fuera de su mente, Mycroft había pensado en su capitán en más de una ocasión durante sus últimos calores, especialmente cuando intentaba de manera tan ardua de satisfacerse. Las mejillas de Mycroft se calentaron al recordar la forma en la que le había suplicado a su madre por el capitán, y su insensible y firme negativa.
Mycroft se apartó de la puerta y lentamente atravesó su habitación, caminado cuidadosamente para no rosarse a sí mismo. Las sábanas fueron arrancadas de su cama y puestas a un lado para ser quemadas como era la rutina después de su calor. Mycroft colocó una mano sobre el colchón desnudo tocando con dedos temblorosos las manchas de sangre seca que arruinaban su blancura. Notó que aún tenía sangre debajo de las uñas y cerró el puño. Su cuerpo dolía, especialmente entre sus piernas, pero no intento tocarse para calmar el dolor, había hecho demasiadas cosas durante los últimos días cuando perdía la cabeza debido al calor y trataba de detenerlo. Tocar más solo lo empeoraría.
Una tina con agua caliente estaba esperándolo en la esquina, humeante detrás del biombo, Mycroft se quitó la ropa teniendo cuidado de no mirarse a sí mismo, y se metió en ella.
Dolor.
Oh dios, mucho dolor.
Los lugares en los que se lastimó dolían cuando el agua los tocaba, Mycroft gimió aferrándose a un lado de la bañera con los dedos blancos mientras trataba de hundirse poco a poco, pensado que una entrada gradual disminuiría el dolor. No fue así, no había escapatoria y finalmente sucumbió dejándose caer, mordiéndose el labio para no gritar mientras el agua lavaba la delgada pátina de sangre, haciendo que las heridas volvieran a sangrar.
Había jabón y un trozo de lino suave al alcance de su mano, Mycroft los miró, la idea de lavarse a sí mismo lo torturaba. Trató de controlarse y dominar el dolor mientras su cuerpo flotaba en el agua, el olor de la sangre era nauseabundo, todo entre sus piernas dolía. Él príncipe estaba seguro de que no podría sentarse en días. La agonía solo le recordaba lo que había hecho esta mañana.
Se había permitido comportarse como una zorra, olvidándose a propósito de limpiar el olor a calor y entrando a hurtadillas, tan pronto como estuvo seguro de que su calor había terminado, en la habitación de Gregory, esperándolo como una mujerzuela anhelando un nudo. Él había pensado….. cosas estúpidas.
Mycroft sentía a lo largo de su mejilla, dónde su madre lo había abofeteado ayer cuando había estado tan asustado e incoherente debido a su calor, la piel tierna e hinchada debajo de sus dedos. Gregory lo había tocado ahí, exigiendo saber quién lo había lastimado. Su piel se sentía extraña, hormigueaba por el contacto.
Mycroft tenía planeado proponerle a su capitán compartir su próximo calor con él, pensando qué si aún tenía su olor a omega en celo, disponible y listo para ser tomado, sería más probable que Gregory aceptara.
Por supuesto que no, él no lo haría, cómo pudo creer una cosa tan infantil.
Después de que su madre lo abofeteara y le ordenara que se controlara, se fue, dejando a Mycroft solo en su habitación, llorando y gritando y finalmente sangrando después de tratar en vano de aliviar su calor. Gregory se había ido, encontrando un omega dispuesto para follar, bueno, por supuesto que si ¿por qué no debería? Era un alfa atractivo, amable y generoso, Mycroft estaba seguro de que el omega había disfrutado de las atenciones de Gregory.
Mycroft no podía esperar nada de Gregory Lestrade más allá de sus deberes regulares como capitán de la guardia. No eran un par en condiciones de servidumbre, no estaban juntos, a Gregory ni siquiera le gustaba él, apenas toleraba su presencia. Era como le había dicho su madre: Gregory solo estuvo cumpliendo con su deber cuando lo ayudó a pasar su celo porque le pagaban para cuidarlo, no había significado nada para él. Mycroft se engañaba a sí mismo pensando lo contrario.
Mycroft quería ver a Gregory otra vez, terminando por encontrarlo arrastrándose de vuelta a su habitación despeinado, oliendo a calor y a sexo, su corazón se rompió de nuevo. No debería, Mycroft se dijo severamente, Gregory tenía permitido hacer lo que quisiera con su vida personal, Mycroft no tenía ningún derecho sobre él, ni siquiera debería de sentir nada que no fuera la más mínima consideración profesional por su capitán.
Sin embargo, Mycroft quiso lastimarlo cuando percibió el olor del calor de otro omega sobre él, era infantil y estaba muy por debajo suyo comportarse de esa manera, pero Mycroft quiso torcer el cuchillo de sus palabras en las tripas de Gregory y hacerle sentir una fracción del dolor que él mismo había sufrido en los últimos días, además de la sensación de traición. La mayor parte de lo de que dijo no había sido ni remotamente cierto, pero vio la reacción de Greg a sus palabras y sintió una feroz sensación de venganza.
Dioses ¿Qué iba a hacer ahora?
Él no tenía a nadie.
Mycroft se inclinó hacia atrás en la bañera y algunas lágrimas inútiles se deslizaron por las comisuras de sus ojos incluso cuando sabía que el sentimentalismo no ayudaría a la situación y por su puesto llorar menos, lo sabía por la experiencia reciente.
Tal vez estaba exagerando y sus temores eran prematuros, tal vez este calor había sido particularmente difícil debido a todo el estrés bajo el cual estaba; preparando Northumbria y el palacio para recibir al príncipe alfa y dirigiendo a los nobles en el norte que una vez más estaban causando problemas.
Quizás, una vez que todo terminara y estuviera arreglado, su calor sería más fácil.
Era posible.
También era poco probable.
Mycroft alcanzó el jabón y el pedazo de tela y los arrastró sobre su cuerpo con una mueca de dolor, necesitaba limpiarse y deshacerse del agua antes de que Sherlock lo viera. En cuanto a sus calores….. él no sabía lo que iba a hacer.
